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Fetiches sexuales de escritores (!)

Porque el sexo es vida (¿la falta del mismo es la muerte?) y es un gran disparador de emociones, la sensibilidad de los escritores bien podría estar a la orden del día en cuanto a favoritismos sexuales refiera. Aquí apenas un pantallazo sobre algunos de ellos.

 

 

POR BENJAMÍN LOMBARDO

 

Víctor Hugo tiene un historial sexual tan largo como sus novelas Los Miserables y El jorobado de Notre Dame. No solo aseguran que en su noche de boda mantuvo relaciones en casi diez ocasiones con su virginal esposa, sino que la embarazó cinco veces en ocho años. Pero eso no es nada: además de una eterna amante (una reconocida actriz de la época), Víctor Hugo podía comenzar el día satisfaciendo sus necesidades sexuales con una prostituta, al mediodía vería a la actriz, por la tarde a alguna cortesana y por la noche a su infatigable esposa. Cuando murió, todas las prostitutas de París llevaron un crespón de luto en honor a quien tanto trabajo les había provisto.

 

H.P. Lovecraft habrá sido el maestro del terror pero no supo dominar las artes amatorias. No solo llegó virgen a su matrimonio (y contaba con treinta y cuatro años…) tras años de lectura al respecto aunque aparentemente sin haber aprendido mucho. Sonia, su esposa, dijo una vez: “Él creía que si un hombre no se casaba en el apogeo más grande de su deseo sexual -que según su caso estima fue a los diecinueve-, difícilmente viviera una vida sexual plena. Me sorprendió un poco cuando me lo dijo pero no dije palabra”.

 

 

A riesgo de parecer que no disfrutaría nunca de una vida sexual plena, Virginia Woolf se aventuraba a un matrimonio asexuado cuando conoció a la también escritora Vita Sackville-West. A su esposo Leonard Woolf no le importó: se sabía correspondido en su amor y así al menos ella sería feliz. Fue el período más fructífero de Virginia: mientras duró su relación con Vita, escribió sus obras más destacadas: La señora Dalloway, Orlando y Al faro. Incluso el marido de la amante de Woolf, las consideró una de las historias de amor más bellas.

 

Honoré de Balzac tenía una gran musa, una sola inspiración: su propio pene. Aparentemente se masturbaba frenéticamente antes de comenzar su tarea diaria de escritura pero se quedaba sin alcanzar el clímax: ese momento previo de agitación, nervioso y con miras casi a la locura como lo entendía, lo motivaba pluma en mano a escribir furiosamente.

 

William Shakespeare se casó con su esposa embarazada: la pulsión sexual del Bardo era tal que no respetaba tiempos. Y, como en sus obras, los hijos bastardos estaban a la orden día. Uno de tantos, William (¡OK!) Davenant, fue el fruto de una relación entre Shakespeare y Jane, la hija de un adinerado vinatero, John Davenant. ¿La evidencia? El abrumador parecido físico y la elección del pequeño de ser poeta y dramaturgo. Y sí, su padre biológico fue el padrino. Dedicó veintiséis sonetos a la “Dama oscura”, una mujer casada (¿Jane u otra?) y hay estudiosos del padre de la literatura inglesa que lo atribuyen a un hombre.

 

Lord Byron, el gran Casanova de la narrativa y la poesía tuvo, entre sus muchas y muchos amantes a su propia hermanastra, Augusta Leigh. Que ella estuviera casada en el momento no era tan grave como la circunstancia de… ¡incesto! Medora, una de las hijas de Augusta, también tenía los rasgos del libertino poeta.

 

 

Henry David Thoreau era un seductor. A pesar de su falta de belleza y de, ejem, aseo. “Su fealdad es de un género amable y honrado que le conviene más que la belleza”, dijo de él Nathaniel Hawthorne. La autora de Mujercitas, Louisa May Alcott que perdió la cabeza por él al punto de llevarla a la adicción de opiáceos, escribió sobre él: “Bajo sus defectos, el ojo del Señor vio las grandes líneas que servirán de modelo para el hombre perfecto”, lo cual pareciera ser cierto si consideramos títulos suyos como Desobediencia civil y Walden.

 

James Joyce puede resultar el favorito de muchos fetichistas: amante de las nalgas enormes era apenas la primera de una larga lista de gustos sexuales. En la larga correspondencia con su mujer, Nora Barnacle, hace alusión a su deseo de ser flagelado: “Me gustaría que me abofetearas o incluso, me flagelaras. ¡Me encantaría que me azotaras, Nora, cariño!”. Otra misiva: “Las dos partes de tu cuerpo que hacen cochinadas son las que más me gustan”, escribió el autor del Ulises. Le pedía que le enviara su ropa interior sucia por correo y la hacía responsable de su fetichismo: “Es como si me volvieras animal. Eres tú, pequeña pícara desvergonzada, la que llevabas la iniciativa”.

 

Scott Fitzgerald tenía una particular obsesión con los pies: así como le producían náuseas los suyos propios (lo cual lo enfrentaban a su propia desnudez) y hasta los de los demás (a la playa llevaba sandalias y medias), se volvían objeto de adoración si se trataba en un contexto sexual como confesaba a prostitutas. Al protagonista de su libro A este lado del paraíso, le provocaba vomitar cuando veía los pies de la corista.

 

 

Jean Paul Sartre fue fue, a pesar de su aspecto desgarbado, un gran seductor. Mientras Simone de Beauvoir estaba internada por unas fiebres tifoideas, el infiel amante se apresuró a buscar cuanta mujer estuviera dispuesta (y convengamos que la inteligencia es un gran atractivo) pero con una sola condición: no eyaculaba. Y no como medida anticonceptiva sino como medio de negarles una intimidad que consideraba innecesaria.

Todo muy normal.

 

 

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