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Escritores y sus mininos

 

Elegantes, sensuales, solitarios, determinantes. Cargan sobre su lomo los prejuicios de aquellos que nunca convivieron con uno, pero también con varios mitos que logran hacerlos más misteriosos y atractivos. ¡Oh, los gatos! Ese tesoro infinito de posibilidades que los escritores, destinados a cierta solitariedad exigente, disfrutan y adoran.

 

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

 

“Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos”, escribió Osvaldo Soriano, que se enorgullecía más porque en todas sus obras había gatos que por sus obras en sí, y esto sin contar que llegó a separarse de una novia porque era alérgica a los felinos.

 

Osvaldo Soriano

 

Charles Bukowski llegó a tener nueve gatos en su departamento de Los Ángeles. No solo fueron compañeros, fueron inspiración y protagonistas de muchas de sus obras, pero, sobre todo, fueron su fuerza, tal como nos cuenta en estos versos de su poema Mis gatos: “cuando me siento mal todo lo que tengo que hacer es mirar a mis gatos y mi coraje regresa (…) son mis maestros”.

 

Charles Bukowski

 

 

 

En 1953, Ernest Hemingway le escribe una carta a su amigo Gianfranco Ivancich en la que le cuenta “He tenido que disparar a gente, pero nunca a nadie que hubiera conocido y querido durante once años”. El escritor acababa de dispararle a su gato Willie, que, según esas líneas, pudo haber sido atropellado o golpeado por alguien con un palazo porque tenía las dos patas rotas, “pero él aún me ronroneaba y parecía seguro de que yo podría solucionarlo”. Hemingway llegó a tener 34 gatos y las referencias hacia ellos son muchísimas. La historia perlita es que tuvo uno con 6 dedos, regalo de un capitán de la marina. En su casa de Florida devenida en museo, entre los descendientes del gato especial y otros tantos, son cerca de 50 los que aún hoy ofician de anfitriones y estrellas.

 

Ernest Hemingway

 

H.P. Lovecraft no quiso quedarse afuera de la discusión perro o gato, y lo hizo con toda su grandilocuencia característica publicando un pseudo ensayo, que podría tranquilamente pasar como un manifiesto o una declaración de guerra a los anti-gatos, en la revista Leaves. Luego de decirnos algunas aclaraciones, “no es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos”, se mete de lleno a contarnos sobre las razones de su adoración: “En su gracia sin tacha y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido”. Como quien está en su salsa, aprovechó también la ocasión para marcarles el terreno a los que acusan que los gatos son traicioneros, recordándoles lo ridículo que es pensar así teniendo en cuenta que nunca prometió lealtad y que desde que los conocemos nos dejan en claro que sólo seguirán sus deseos. Además, desafía y se pregunta qué clase de sujeto puede ver virtud en que otro ser sea nuestro objeto servil, aludiendo a la siempre buena predisposición de los perros. Su remate fantástico es sentenciar “el gato es un realista, no un hipócrita”. Este escrito fue rescatado para la antología Algo sobre gatos y otras piezas.

 

Jean Cocteau lleva ese sentido a otro nivel y con contundencia reflexiona “¡pero claro que prefiero a los gatos! No conozco a ninguno policía”. O como diría Burroughs, “el gato no ofrece servicios”. Y ya que estamos con él, podemos recordar que la última entrada en su diario, pocos días antes de morir el 2 de agosto de 1997, es toda una declaración: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor”.

 

Jean Cocteau

 

 

La ganadora del Nobel de Literatura 2007, Doris Lessing, también tiene su corazón con los felinos. En su libro Gatos ilustres narra su vida rodeada de estos compañeros y, sin escatimar magia ni poesía, pone en palabras esas pequeñas escenas de la convivencia que maravillan a los que contamos con ellos: “Un gato es un auténtico lujo, lo ves caminar por tu habitación y en su andar solitario descubres a un leopardo, incluso a una pantera. La chispa amarilla de esos ojos te recuerda todo el exotismo escondido en el amigo que tienes al lado, en ese animalito que maúlla de placer cuando le acaricias”. Lo que nos recuerda la célebre cita de Victor Hugo, “Dios hizo al gato para ofrecerle al hombre el placer de acariciar un tigre”.

 

Lord Byron tuvo cinco gatos a los que, incluso, llevaba de viaje con él. Entre sus gatos estaba Beppo, quien no imaginó que luego sería tomado de inspiración para darle nombre a uno de los dos felinos de Jorge Luis Borges. Al Beppo borgeano, además de conocerlo por las fotos con el escritor, lo conocemos por el poema homónimo:

“El gato blanco y célibe se mira

en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa blancura

y esos ojos de oro que no ha visto

nunca en la casa, son su propia imagen”.

En ese poema hace referencia a su otro compañero, el atigrado Odín, llamado así por el Dios de la mitología nórdica, y no hace falta advertir la virtud de su escritura para regodearnos en la forma que el escritor nos cuenta las diferencias estéticas de uno y de otro:

“Me digo que esos gatos armoniosos

el de cristal y el de caliente sangre

son simulacros que concede al tiempo un arquetipo eterno”.

Pero sin duda el clímax de las dedicatorias borgeanas llega con el poema A un gato, incluido en El oro de los tigres, donde cada verso parece la traducción de un ronroneo

“Tuya es la soledad

tuyo el secreto (…)

En otro tiempo estás.

Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño”.

 

El que no se llevaba a sus gatos de viaje y sufría muchísimo por eso era Stanley Kubrick. Y era tal su amor y adoración a los suyos que llegó a hacer un manual de aproximadamente 15 páginas, con cerca de 40 referencias, para que en su ausencia los gatos sean cuidados como si estuviera él mismo. Por ejemplo, veamos el ítem 37: “Si Freddie y Leo se pelean, la única forma de separarlos es tirándole agua encima. Intenten agarrar a Freddie y salgan de la habitación, no traten de agarrar a Leo. Otra alternativa es abrir la puerta y dejar que Freddie salga, así también puede escapar de Leo. Pero si él queda atrapado en algún lugar donde no puedan agarrarlo, tiren tanta agua como sea necesario y griten, salten, distráiganlos moviendo toallas, camisas”.  

En su novela ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Jeanette Winterson plantea “Adoro la manera que tienen los gatos de estar mitad dentro, mitad fuera, a la vez salvajes y domésticos”, y en ese sentido, Edward Gorey ya había dicho antes que “llevan esas vidas misteriosas, que solo están medio conectadas a la tuya”. Para Gorey, quien dijo no concebir la vida sin estos animales en ella, la lógica gatuna funciona con la inteligencia, sensualidad y sincronicidad de un ballet. Y traerlo a estas líneas y no contar su decisión final sería un despropósito; su amor era tal que en su testamento destinó la gestión de su obra a una fundación proteccionista.

 

Edward Gorey

La historia de amor entre gatos y escritores parece tan infinita a nuestra percepción como la de la historia misma de la humanidad. Y claro que no es para nada diferente a la que tenemos cualquiera de nosotros con los nuestros, pero hay algo de cierta justicia poética en la debilidad que la literatura y el arte sienten por ellos. Si bien podríamos tomar como un punto original de esta adoración formal a la cultura egipcia, también podemos tratar de no descifrar lo indescifrable y disfrutarlo por el valor que en sí mismo representan.

En este siglo XXI -el siglo de las respuestas rápidas y furiosas, del ruido constante, de la exposición por costumbre, de la manifestación presumida, de la confusión no siempre ingenua entre lealtad y condescendencia- los gatos configuran una intimidad insólita, un recordatorio de que la incondicionalidad- traída a estas líneas desde la retórica recurrente y dejando de lado la ilusión narcisista que esa idea dominante contiene- no es una concesión de la existencia propia. Por lo que los gatos nos recuerdan que por más amor mutuo que sea, amar siempre nos deja bajo la incómoda posición de una pregunta abierta, de un silencio que nunca es mudo y de una presencia que no nos será nunca absolutamente revelada. Y ese es el truco fantástico de las vinculaciones y que parece olvidado. Así, es en el misterio que los gatos se hacen enormes, y es en la comodidad de las respuestas, siempre efímeras y parciales, que nosotros, humanos, demasiado humanos y modernos, nos quedamos chicos.

 

 

 

 

 

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