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Escritores a la carta

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¿Cuál era el plato de comida favorito de Borges? ¿Qué es ese dulce oriental que le gustaba a Sartre? Y por supuesto las excentricidades de Dalí traspasaban sus platos. ¿Acaso comer lo mismo que nuestros autores favoritos nos acerquen. Lean el informe de nuestro autor y a preparar la cocina. 

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POR PATRICIO CERMINARO

El obsesionado por escribir, el que idolatra a los grandes, quizá busque cualquier recurso para parecerse a ellos. Sus rutinas, sus obsesiones, sus manías, sus adicciones: cualquier imitación es posible a la hora de encontrar ese componente místico que hizo a Borges, Borges; a Cortázar, Cortázar. Y, como en cualquier otra disciplina, ahí está el fetiche misterioso y, seguramente, equivocado: tal vez al imitar sus costumbres también pueda imitar su trabajo.

La comida, entonces, se presenta como una opción: entender qué comen los que escriben tal vez sea una buena manera de acercarse más a su estilo. Porque ahí donde el alimento se presenta como el combustible del cuerpo y sus propiedades, cada vez más, circulan por los portales de noticias como dueñas de las mejores de las bondades o las peores desgracias, quizá una probada del dulce fetiche de Stephen King nos convierte en maestros del terror. Y aunque el supuesto parece estar totalmente errado, la curiosidad a veces puede más: quizá sea bueno entender qué comen los que escriben por el simple dato.

Jorge Luis Borges por Grete Stern

 

Borges, por ejemplo. Habitué de algunos típicos lugares porteños, muchos han definido sus gustos como sencillos. Y cuando al escritor novel le pregunten si tiene algo de él, podrá responder: “Sí, a mi también me encanta el bife con papas fritas”. Parece ser que la comida predilecta del nene que visita a la abuela era también la obsesión del autor, que pasaba sus mediodías en uno de estos tres lugares: La Cantina Norte, el restaurante Maxim y el Gran Hotel Dorá. Empachado por la repetición, sin embargo, a veces prefería unas opciones más livianas: cuando no se sentaba a ordenar “lo de siempre” prefería un plato de arroz blanco con manteca y queso. 

 

 

Dalí, ya lejos de la Buenos Aires de varias décadas atrás, prefería ser un poco más excéntrico. Su obsesión eran los crustáceos y su fetiche era comerlos bien fresquitos, saliditos recién del agua. Así definió sus gustos en una oportunidad: “Solo me gusta comer aquello que tiene una forma inteligible. Si odio a aquel detestable y desagradable vegetal llamado espinaca es porque es informe, como la libertad”.

Y aunque de bien pequeño solía decir que su futuro sería como cocinero, su adultez lo encontró más bien con hábitos poco convencionales: a sus comensales los convidaba con manzanas rellenas con carne o habas con chocolate. Sin embargo, nadie puede negar que el gusto por el gusto mismo era una de sus pasiones: en su lecho de muerte, harto de la intravenosa insulsa, le pidió a su amigo Artur Caminada un último deseo: quiso probar la sopa de ajo por última vez.

 

 

Otros tuvieron obsesiones mucho más específicas. Y aunque Jean Paul Sartre no fuera un fanático de la cocina ni de ningún estilo en particular, sí tenía una debilidad. Él quería halvá, un dulce oriental de pasta de sémola y almendras. La quería todo el tiempo: para el desayuno, el almuerzo o la merienda, para escribir o antes de dormir. La quería, incluso, para la guerra: en las cartas que intercambió con Simone de Beauvoir durante su estancia en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial demandaba ese gustito antes que todo. “No te olvides”,  le decía en un escrito de 1939, justo unas líneas después de encargarle la encomienda de dos cajas de halvá. Y era insistente: “Tuvimos un gran día hoy y luego me dediqué a leer tus libros, pero no había halvá, ¿vas a mandar otro paquete”. Pero, claro, también era agradecido. Algunas semanas después, le dijo: “Los postres llegaron bien, muchas gracias, pequeña. Nos comimos toda la caja durante el almuerzo”.

 

Halvá

Para algunos, ya lejos de la obsesión por el sabor y nada más que el sabor, eligen sus comidas por cuestiones más profesionales. O al menos eso dicen. Stephen King no puede empezar a trabajar sin una rebanada de la cheesecake que prepara su esposa, Tabitha. De hecho, parece que ella es una cocinera excepcional: “Muchas veces dije que me casé con ella porque nosotros éramos pobres y ella llegó con una máquina de escribir”, dijo hace algún tiempo a la revista Bon Appétit, y remató: “Pero realmente fue por el pescado que me cocina”. Sin embargo, no deja todo el trabajo para ella y él también se ensucia las manos: “Me encanta cocinar pan” dijo, “hace que la casa huela deliciosa”.

Para otros, tan solo un gustito en la boca puede ayudar a la inspiración. Dostoyevski prefería el té por sobre todo, era un obsesionado. De hecho, esto escribió en Memorias del subsuelo: “¿Es posible que el mundo se desmorone y que yo no beba té? Diré que el mundo se desmoronará pero yo siempre beberé té”. Pero, claro, la química detrás del sabor deberá ser cuidada y metódica. Por eso, la mejor mano para prepararlo era la propia y la de nadie más. No confiaba ni en Anna, su esposa, para prepararlo. Así describió ella el proceso: “Lo primero que hacía era enjuagar la tetera con agua caliente y luego colocaba tres cucharadas de té” relató. “Vertía solamente un tercio de la tetera y lo cubría con una servilleta. Tres minutos después añadía agua a la tetera y la volvía a cubrir. Cuando vertía el té se fijaba en el color y muchas veces añadía más té”. Y, frente a eso, ella no podía objetar mucho: las obsesiones son así.

Y, como siempre, las historias que salen a la luz no son las de los gustos típicos sino, más bien, las de las anécdotas absurdas. Parece ser que Víctor Hugo disfrutaba de un rico café por la mañana, como cualquier persona normal. Lo que no es tan normal: para darle una cuota extra de energía lo mezclaba con dos huevos crudos antes de mandárselo de un saque. Otro que no podía con su genio: Lovecraft disfrutaba de unos espaguetis con gusto solo y solo si eran regados por una cantidad industrial de queso parmesano. Y la obsesión no terminaba allí: las rosquillas de la mañana debían ser con queso o no ser. Otro particular: Daniel Handler, el autor del libro Lemony Snicket, llegó a obsesionarse tanto con la vida sana que durante un tiempo se alimentó solamente de agua y zanahorias crudas.

Las historias revelan que,  ya lejos de la superstición extrema por imitar hábitos de los grandes, sus particularidades gustativas son tan únicas como, a veces, desagradables. Tal vez el mejor consejo para todo aquel que quiera aspirar a Premio Nobel sea, en lugar de comer como los que escriben, escribir como ellos. Eso sí: que nadie les saque el gusto por la comida. Si todos ellos hicieron historia(s) con esa alimentación tan particular, cualquiera puede hacerlo.

 

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