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Enemistades literarias

 

Vargas Llosa le dio un puñetazo a García Márquez. Lope de Vega ridiculizó al Quijote de Cervantes. Capote odiaba a Kerouac. Sartre y Camus… No, basta de spoilers. Lean este informe sobre las peleas entres autores, esos grandes egos enfrentados. El autor detalla y analiza las circunstancias de estos, diremos, desentendimientos: verdaderas amistades peligrosas.

 

 

POR PATRICIO CERMINARO

 

Ah, la literatura. Qué mundo, qué maravilla. Sentarse todos los días sin más preocupaciones que resolver un conflicto entre personajes, generar climas, contar el cuentito: eso es vida.

Sin embargo, la realidad se presenta menos idílica y los conflictos, mucho más reales: a lo largo de la historia de la literatura universal, algunos de los grandes enfrentamientos estuvieron más bien de este lado del texto. Y bien lejos de la diatriba tuitera, pero en composé con la lógica chimentera de la televisión de media tarde, decenas y decenas de ejemplos revelan que los conflictos no son solo de los mediáticos sino también de los autores.

Famoso es el caso de Cervantes y Lope de Vega. Y, como siempre, el conflicto desanda su camino hacia un inicio con protagonistas cercanos: fue en la casa de Jerónimo Velázquez, un cómico célebre en la época, donde ambos literatos se conocieron. Descubrieron que compartían el día a día en la barriada e, incluso, que habían estado en varios lugares comunes sin siquiera conocerse. Hasta lo de Velázquez, sin embargo, habían llegado por motivos diferentes: mientras que Lope De Vega visitaba a su vecino más bien obsesionado por su hija que por su humor, el autor de El Quijote prefería sentarse en el sillón para observar escenas de una vida cotidiana que le resultaba interesante e inspiradora.

Fue en una de esas tertulias improbables cuando Lope de Vega accedió, bajo circunstancias poco claras, a un ejemplar de El Quijote, incluso antes de su publicación. Y lo que leyó le resultó desagradable. Tanto es así que en una carta a un colega, escribió: “de poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguna hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Y no solo eso: en una carta posterior encaró de frente y tildó a su colega de puerco, de buey y de baladí. Incluso, en lo que sería un acto de evidente animosidad prácticamente injustificable, se especula que fue el propio Lope de Vega quien escribió la publicación “Quijote de Avellaneda”, que apareció en 1614 y funcionó como una ridiculización del texto original.

Muchas otras cuestiones se disfrazan de trascendentales o de ideológicas. Y en el fondo –o no tanto-, parece que siempre se trata del amor. Albert Camus y Jean Paul Sartre, cercanos en su juventud, justificaron sus conflictos en el choque entre dos posturas políticas: Camus era más cauto ahí donde Sartre prefería acciones violentas en el contexto de la Guerra Fría.

Sin embargo, el libro The Boxer and the Goalkeeper de Andrew Martin resulta revelador. Fue Simone de Beauvoir quien presentó a Sartre y Wanda Kosakiewicz, una actriz franco-rusa. Ahí nomás, el filósofo sacó a pasear por París a todo su gracia. Y, con ella, a la recién llegada. Fueron días de cortejos y galantería. Fueron noches de amores. Sin embargo, de un día para el otro y escudado en aquel supuesto conflicto bélico, su guerra fría personal se transformó en acción: fue Camus, ¡el que prefería un conflicto tranquilo!, quien sedujo a Wanda. Especula el libro: todo fue planeado para hacer enfadar a Sartre. De hecho, cuando al autor de El Extranjero se le terminó el chiste, abandonó a Kosakiewicz y se fue con otra actriz. De ahí en más, no volvieron a intercambiar palabras. O, de hecho, sí: aunque no volvieron a verse las caras, el conflicto tomó tal estado público que las cartas viajaron de un lado como los mensajes de dos twitteros en plena contienda banal.

 

Distinto terminaron las cosas entre Vargas Llosa y García Márquez, hace ya muchos años. El 12 de febrero de 1976 fue cuando se pudrió todo. Vargas Llosa recién había aterrizado en la Ciudad de México cuando se dirigió al Teatro Bellas Artes. Allí encontró a su par colombiano quien, al verlo nomás, alzó los brazos en la espera del abrazo y lanzó el grito alegre: “¡Hermanito!”. Del otro lado no hubo respuesta. En realidad, la hubo y fue silenciosa y veloz: el otro no pudo ni terminar su saludo cuando Vargas Llosa ya le había atestado un derechazo potente, de esos que rompen narices. “¡Esto es por lo que dijiste a Patricia!”, le espetó sin pausa el autor peruano.

Entonces la historia viaja algunos días atrás. Fue ese mismo año, pero en algún momento perdido entre mediados de enero y ese día en cuestión. Patricia Llosa había viajado a Barcelona mientras su esposo estaba en un congreso en Bogotá. Allí visitó algunos departamentos vacíos, ya que planeaban comprar uno durante la próxima temporada. Al momento del regreso, García Márquez, quien casualmente también estaba en la ciudad, se ofreció a acercarla hasta el aeropuerto en uno de esos típicos gestos de amabilidad que tienen los amigos. La historia revelada por Patricia sugiere que, más bien, de intenciones amistosas había poco.

En una curva, el escritor giró a la izquierda cuando debió hacerlo hacía la derecha. Y Patricia, como loca: iba a perder el avión. Ahí fue cuando todo se enrareció: totalmente despreocupado, García Márquez bromeó con que no habría problema, volverían a la ciudad y tendrían una fiesta íntima. Para qué: no solo que eso no le causó ninguna risa a Patricia –quien finalmente sí perdió el avión-, sino que lo tomó como una ofensa tan grande que fue lo primero que le contó a su marido en el reencuentro. De ahí en más, la relación quedó tan rota como la cara de Gabo tras el puñetazo de Vargas Llosa.

Como estas, hay muchas historias: Truman Capote no lograba digerir la obra de Jack Kerouac, Faulkner definió a Hemingway como alguien que “no tiene coraje. Nunca ha sabido utilizar una sola palabra que llevase al lector al diccionario” y Bret Easton Ellis y David Foster Wallace detestaban tanto la obra del otro que se han enfrentado en más de una oportunidad.

Lo cierto, ya lejos de la lógica de un panelista promedio, es que poco importan los conflictos personales si no es por una cuestión amarillista o cholula. Eso sí: si la competencia sirve para escribir mejores textos, bienvenida sea.

 

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