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El pobre zapatero que editó Frankenstein

James Lackington es un nombre que no hay que olvidar. No solo fue el creador de la primera gran librería del siglo XVIII sino que se ocupó de la primera edición de Frankenstein, casi nada. Una historia encantadora.

 

 

 

 

En pleno siglo XVIII, y cuando los libros eran prácticamente objeto de lujo entre los grandes terratenientes -amén que no todos sabían leer-, James Lackington revolucionó la industria librera.

Este buen hombre había nacido el 31 de agosto de 1746 en Somerset, Inglaterra. Se dedicó a la zapatería, oficio heredado de su padre pero, paralelamente, se le adivinó un gran talento a la hora de las ventas: para ayudar a la familia, vendía tortas y pasteles por las calles de su, entonces, pueblo.

En 1773 se traslada a la capital londinense y, cuenta la leyenda, con apenas dos chelines y seis peniques, historia que recordará siempre considerando la fortuna que llegó a amasar un hombre sin educación formal adquirida. Al llegar a Londres con su esposa gastó su última media corona en un libro de poemas. Explicó «porque si hubiera comprado una cena, deberíamos haberla comido mañana, y el placer habría terminado pronto, pero si viviéramos cincuenta años más, tendremos los Pensamientos Nocturnos para festejar».

Lo primero que hizo al llegar fue asentarse en Finsbury square, abrió una tienda, la llamó El Templo de las Musas y la llenó con algunos libros. Lo que terminaría siendo la más grande de todo el siglo XVIII, instauró un nuevo sistema de ventas gracias a la aplicación de originales ideas y técnicas comerciales pergeñadas por el mismo Lackington. Comenzó no aceptando crédito, que era el modo usual de compra-venta a la época, el pago era en efectivo sin más; de este modo, le daba liquidez al librero para comprar material. Creía que si vendía en efectivo tendría más facilidad para comprar también en efectivo y ahorrarse los pagos de créditos innecesarios cuyos intereses encarecían el producto final. Lo próximo fue hacer de la librería un lugar de paseo, algo más accesible que un mostrador y libros detrás casi sin poder verlos. La idea de pasar el rato en una librería era algo poco usual y los libreros no querían gente merodeando por las estanterías por temor a los robos.

 

James Lackington

 

 

Y bajó los precios. A riesgo de aventurarse a que se lo acusara de deslealtad comercial, puso el precio más bajo posible y alardear sobre ello. Todas estas estrategias comenzaron a dar sus frutos rápidamente. Una vez adelantado en el negocio, abrió más salas de la librería para que los clientes se sentaran a leer ahí mismo. Llegó a tener un edificio de cuatro pisos atiborrados de libros y otra particularidad: cuánto más alto subieran las escaleras, más bajos eran los precios de los libros.

Imprimió catálogos de su stock y ya esa primera edición contenía 12,000 títulos aunque llegó a manejar un inventario de unos 500 000 libros con ventas superiores a 100 000 ejemplares al año, que le dejaban unos ingresos de 5000 libras de la época. Una verdadera fortuna hoy en día.

Se dedicó personalmente de comprar bibliotecas enteras a deudos que perdían algún familiar muy lector y publicó manuscritos de escritores ya que su verdadera vocación era la de editor. De hecho, en 1818 lanzó una tirada muy pequeña de un librito en el que poca gente tenía confianza, de una joven desconocida, una tal Mary Shelley. La novela en cuestión era Frankenstein o el moderno Prometeo.

Tras años de ocuparse de la librería y fomentar como nadie la lectura y en 1798, Lackington se retiró a su finca en Gloucestershire dejando el Templo de las Musas a su primo tercero, George Lackington. Lamentablemente, años m´sa tarde, la impresionante librería fue presa de un incendio voraz y nunca se volvió a reconstruir.

Lackington escribió dos autobiografías: Memorias de los primeros cuarenta y cinco años de la vida de James Lackington (1791) y Las confesiones de James Lackington (1804), a las que se adjuntó posteriormente Cartas, sobre las malas consecuencias de educar a las hijas en un internado.

Tuvo dos matrimonios de los cuales siempre habló con amor, primero con Nancy, que murió de una fiebre tifoidea, y luego Dorcas. Murió el 22 de noviembre de 1815, en Budleigh Salterton, Devon y probablemente sin saber que revolucionó el mundo de los libros y fue el gran ejemplo a seguir por generaciones de lectores.

 

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