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El amor en la literatura

 

En este ensayo sobre el amor, la autora relee a Clarice Lispector, a Safo, Anne Carson, Pascal y más pensadores para confrontar las partes. Entender la narrativa como un puente entre el sentimiento más poderoso y el proceso de entendimiento. 

 

 

 

 

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

 

El acontecimiento

 

“Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca”, escribe Clarice Lispector promediando su cuento Amor, un cuento que nos habla sobre como nuestras verdades (subrayo el “nuestras”) se nos revelarán por encima de cualquier manía de silenciarlas, ignorarlas, decorarlas y tantos etcéteras posibles como nos ofrece la ilusión de control. 

“Eros —¡aquí va otra vez!— afloja mis miembros, me lanza a un remolino, dulce-amargo, imposible de resistir, criatura sigilosa”, escribió Safo en la Antigua Grecia y la brillante Anne Carson edifica sobre estos versos uno de esos libros que son imprescindibles, Eros, el dulce-amargo, en el que se aventura a darnos vuelta las pocas certezas que podemos llegar a tener en cuanto a las emociones y, atravesando todo un linaje cultural de lo más diverso, se asegura de que nos resignemos a esa pregunta abierta y constante que es una otredad vinculada a nosotros, pero, sobre todo, un nosotros transformándonos en la vinculación. 

La “náusea dulce, hasta la boca” de Lispector es otro reflejo del “remolino, dulce-amargo” del que habla la poeta griega, y el responsable es el mismo: Eros, siempre por encima de todos nosotros, o por delante, o los costados, o, con más honestidad y resignación, quién sabe dónde y cuándo. El deseo está ahí, a veces estremece, a veces muerde, pero siempre está ahí como pulsión de vida, o sea, como pulsión de muerte. Una vida y una muerte que se presentan desde diferentes posibilidades metafóricas y simbólicas, pero no por eso menos reales. En definitiva, todas estas manifestaciones gobiernan sobre un cuerpo que nos lo hace saber, y siempre lo hace más temprano que tarde. Pero… 

“Las almas capacitadas para el amor exigen una vida activa que rompe en nuevos acontecimientos”, explica Pascal en Discurso acerca de las pasiones del amor y otros opúsculos. En la clave de esa idea descansa el trasfondo de lo que es un acontecimiento, o, mejor dicho, en el ideario alrededor del mismo que tan bien compuso Badiou y alimentaron otros tantos, entre ellos Žižek, quien no solo llamó así a un libro, sino que se permitió bucear propias direcciones.

 

Para Badiou el acontecimiento es algo que se sale de lo instrumentado; si habláramos de amor lo identificaríamos como un flechazo, en lo político sería una revolución o en lo científico una serendipia. Pero hay algo aún más importante para él que es lo que sucede a partir de ahí, porque el acontecimiento no sobrevive por sí solo, sino por el sujeto, y “el sujeto es raro”, sentencia. Así, por primera vez entre estos pensamientos nosotros ocupamos un rol fundamental: seremos los responsables de lo que suceda con lo acontecido, con aquello que se nos reveló, que nos mostró otra cara de nuestras verdades, que nos dio vuelta el mundo tal como hasta ese momento lo configurábamos. Y acá se abre el principal drama, porque el acontecimiento también es algo “raro”, es algo que está empujándonos a un terreno incierto y sin garantías, por lo que, entonces, su desarrollo necesita una apuesta, y así, el filósofo francés abraza la percepción de Pascal, en donde la apuesta no tiene que ver con una duda a resolver sino con una confianza que podríamos ofrecer aún desde lo amenazante; es una apuesta, dice Badiou, que “no podría involucrar ni al escéptico, al que le bastan los valores limitados del mundo, ni al dogmático, quien cree que él ha encontrado en el mundo los valores auténticos y suficientes”.

 

Volvamos al cuento Amor: “Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella”. Sin embargo, conociéndose, o, más bien, intentando desconocerse, Ana encuentra herramientas defensivas para no terminar de encarnar en su cuerpo lo que cada uno de esos momentos de hecatombe están recordándole. Los entramados del cuento son detallistas y nos llevan a la intimidad de su hogar, Lispector se encarga generosamente de mostrar a su marido intentando contener el habitual vértigo con el que Ana sobrevive a la peligrosidad de esa “cierta hora”. Así, aferrada a esa llama que se había encendido con aquel hombre ciego, se queda mirando por la ventana provista de sus defensas ficticias y divagando sobre preguntas existenciales que pronto serán anécdota. Al menos hasta el día siguiente. Pero, por ahora, aparece su esposo y la abraza, le sugiere que es tarde y la invita a descansar, ella, que primero se permite una vez más regodearse en la negación de lo acontecido, termina eligiendo seguir a su hombre y darle fin a “el vértigo de la bondad”, una bondad que acá aparece, ni más ni menos, como la sensación de estar viva y no meramente existiendo. Mientras caminan hacia la habitación, Ana se alinea con lo que hasta hace un instante estaba a punto de detonar.

¿Qué diría Zizek de este final? Siguiendo la línea de Badiou, para él, “el acontecimiento es precisamente aquello que no puede ser creado, lo que nos sorprende”, y se concentra en el campo amoroso para poder traducirlo mejor, porque enamorarse “es algo contingente, sencillamente sucede. (…) Cuando uno se enamora lo primero que hace es reconsiderar toda su vida en perspectiva, como si se tratara de una preparación para ese momento milagroso”. De esta manera, el esloveno se alinea a Spinoza, quien definió al milagro como “un acontecimiento cuya causa no se puede asignar”. Por eso, una vez más, “lo importante no es tanto el acontecimiento en sí mismo sino la fidelidad con la que uno decide comportarse respecto a él. En el caso del amor, la fidelidad al acontecimiento consistiría, por ejemplo, en asumir por completo las consecuencias de haberse enamorado”. Esta conclusión también nos permite aplicarlo a la inversa.

“Nada tan embarazoso como ser amado”, concluye Pascal. Siempre se habla del desamor desde el lugar del no ser correspondido o desde las diferentes imposibilidades que se pueden dar para vivir en plenitud una relación de amor mutuo. Podemos permitirnos la exageración de creer que la vida adulta comienza cuando uno entiende que el amor no es suficiente y que inevitablemente siempre será fatal, incluso en lo flamante, cuando aún se siente suficiente. Pero qué pasa cuando es uno el que no corresponde, cuando es uno el que se desenamora, cuando aún con el amor ahí latiendo y gozando de buena salud las ideas de futuro empiezan a ir hacia lugares diferentes para cada uno, o como a Ana, cuando los acontecimientos te recuerdan que -aferrada a los mandatos- se olvidó de su propia vida.   

Entonces, todo acontecimiento requiere de una apuesta, que, a su vez, se basa en un factor fundamental. «El instinto es un hecho macizo, y una vez que está ahí ya no hay pasado ni futuro, antes ni después, ayer ni mañana… En vano nos hacemos los fuertes, en vano lo despreciamos», reflexiona Vladimir Jankélévitch en su ensayo La Ironía, y líneas más abajo susurra, como quien sabe que está acomodando la cereza del postre, que la conciencia “sigue siendo nocturna para sí misma». La noche, en sí la oscuridad/experiencia, se ilustra como un túnel hacia el amanecer, o sea, hacia la luz/aprendizaje.

Lo que nos permite concluir en que el acontecimiento inevitablemente siempre es seguido por un proceso, no importa si nos hacemos responsables de lo acontecido o no, el no asumirlo no nos liberará de ese mismo proceso; en todo caso, será la apuesta la que sí nos libere al menos de esa “hora peligrosa” que nos vendrá a recordar que lo acontecido pudo ser desestimado en la superficie, por fuera y a la vista de todos los demás, pero que no será así, o no por demasiado tiempo, hacia adentro de cada uno de nosotros.

 

 

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