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Dios en spray: medio siglo de Ubik

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Entre las revueltas sesentistas, su saga de divorcios y las anfetaminas, Philip K. Dick escribió una de sus obras maestras definitivas: un thriller entrópico donde la realidad tiene el espesor de una hoja de papel. Nuestro autor escribió sobre Ubik, la novela de Dick escrita en 1969 que es un inception de universos y mundos circulares.  

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POR MARTÍN GRAZIANO

 

A diferencia de la cerveza artesanal, la espuma de la paranoia siempre sube. Mientras escribía Ubik, Philip K. Dick firmó una carta abierta en las páginas de la revista de izquierda Ramparts para manifestarse en contra de la intervención de los Estados Unidos sobre Vietnam. Su amigo James Pike, el obispo anglicano que lo había introducido en el gnosticismo, desapareció misteriosamente en el desierto palestino cuando buscaba el secreto de los esenios. De pronto el escritor empezó a ver autos estacionados en la puerta de su casa, le cortaron la electricidad y, llegado un punto, decidió que no iba a andar por la calle sin su revólver. Para entonces, tenía cuarenta años. Arrastraba la muerte de su hermana, tres divorcios, tres colapsos nerviosos y, como Allen Ginsberg, había visto a las mejores mentes de su generación destruidas por las drogas y la locura. ¿Quién puede culparlo de nada?

 

Publicado entre las grandes revueltas contraculturales y el vértigo de Woodstock, Ubik se posó sobre el techo de la década como un pájaro de mal agüero. Su canto, distorsionado por los rayos gamas, anticipaba la gran decepción de los setenta. Visto con la suficiente perspectiva, la publicación simultánea de Ubik junto a Matadero Cinco (1969) de Kurt Vonnegut y La exhibición de atrocidades (1970) de Ballard parece trazar el cierre de una parábola: acaso el final de la inocencia para la ciencia ficción. 

 

La tapa de aquella primera edición era enigmática: un aerosol de la marca Ubik emitiendo un rayo rosa (el omnipresente rayo rosa de la obra de Dick) sobre el fondo crema de la editorial Doubleday. Una iconografía que dialogaba con el pop art (como el slogan de Desayuno de campeones, que se publicaría en 1973) y la propia estructura de la novela. Así, cada uno de los capítulos estaba precedido por el spot publicitario de alguna de las infinitas variaciones de Ubik. Verbigracia: “Hoy nos toca hacer limpieza, amigos: éstos son los descuentos con los que liquidamos nuestros silenciosos Ubiks eléctricos. Sí, echamos la casa por la ventana. Y recuerden: todos nuestros Ubiks han de ser usados de acuerdo con las instrucciones”.

 

El argumento es poco menos que intraducible. Hacia el año 1992, el planeta pendula en la tensión entre telépatas e inerciales: entre los tipos que puede influir sobre los meros mortales y los empleados de Runciter Associates que son capaces de anular esos poderes. La luna ha sido colonizada y nuestros seres queridos, una vez fallecidos, pueden verter su conciencia en un estado de semi-vida. Hasta aquí todo más o menos bien. Los problemas comienzan cuando un magnate llamado Stanton Mick contrata a un equipo de once inerciales y, en la transacción lunar, una bomba explota y desata el caos: Runciter muere y, de regreso a la Tierra, los sobrevivientes asisten a la desintegración del mundo tal como lo conocen. Todo se marchita: las flores, los autos, el cielo. El tiempo. “Dick es quien de manera más efectiva, en Ubik, se acerca a la conciencia o a los retazos de conciencia del ser humano, y su puesta en escena –dice Bolaño, en uno de los ensayos de Entre paréntesis-, el acoplamiento entre lo que cuenta y la estructura de lo contado, es más brillante que en algunos experimentos sobre el mismo fenómeno debidos a las plumas de Pynchon o DeLillo”.

 

El escritor no trabajaba sobre abstracciones. Para apoyarse en el mundo, Dick necesitaba otorgarle carnadura a fuerzas tan inasibles como la salvación (que, en un giro de comedia, es aquella lata ordinaria de spray) o la entropía: un adolescente odioso llamado Jory. A diferencia de Ballard, la prosa de Dick no siempre luce (su virus –como Kafka, como Burroughs- es su forma de pensar), pero la descripción de Jory no ofrece tregua. “Podía pensarse que el creador de aquel ser le había asestado un golpe destinado a acabar con él; pero la materia, la sustancia que lo fundamentaba, resultó demasiado resistente: el niño no se había desmembrado y seguía viviendo, enfrentado incluso al poder que lo creara, del que se burlaba como se burlaba de todo lo demás”. 

 

A su manera, Ubik es un thriller entrópico. Si Proust y su magdalena inventaron el efecto especial de poner el tiempo en slow motion (Saer lo calibró con el salamín de Nadie nada nunca, según Fabián Casas), Dick logró otro prodigio técnico: mientras el héroe lucha contra las fuerzas regresivas, se pone en escena el colapso del mundo cuadro por cuadro. El resultado no produce desesperación: es el sustantivo mismo de la desesperación.

 

A principios de 2011, cuando se hizo público que Michel Gondry estaba involucrado en una adaptación fílmica de la novela (disconforme con los guiones, finalmente la descartó), muchos se pusieron felices. El director francés trabajó sobre el desmontaje del tiempo y la conciencia en varias de sus películas. Si no en todas. El intérprete natural para Ubik, sin embargo, ¿no debería ser Christopher Nolan? Sus guiones célebremente enredados (¿alguien sabe qué carajo está pasando en su segunda Batman?) y el descalabro de la realidad de Inception parecen calzar como un guante de seda en la mano de acero de Ubik. “La sensación se acentúa todavía más cuando se leen varios Dicks seguidos: la sospecha que te despierta en cuanto a lo que es verdadero y lo que es falso –dice Rodrigo Fresán-. Me parece que es una sospecha que trasciende la vulgar paranoia y está más cercana al pensamiento religioso. En este sentido  creo que Dick es el escritor perfecto para los que no creen en Dios pero quisieran que existiera alguna inteligencia superior que explicara todo este despropósito”.

 

Dick, como es fama, solía usar una cruz en el pecho. Sin embargo, cuando le preguntaban por el amuleto, se limitaba a decir: “es para caerle mejor a los policías”. No se lo creía absolutamente nadie. Empezando por él. 

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