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¿Cuáles fueron sus últimas palabras antes de morir?

Los grandes autores no murieron solos. Han tenido un alma piadosa que veló por ellos hasta el último suspiro y recogió ese deseo definitivo, algún delirio, una confesión y hasta maldiciones.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

En marzo de 1823, el poeta Lord Byron fue designado por el Comité de Londres para luchar en la independencia de Grecia del Imperio Otomano (Jeffrey Eugenides trata el tema en su maravilloso Middlesex). Recibido como un héroe y habiendo escrito su última composición, A mis treinta y seis años, sufre repentinamente un ataque de epilepsia y los médicos sugieren un tratamiento de sangrías como era habitual en la época. Byron se niega en primer momento a que se le extraiga la sangre acusándolos de asesinos pero cedió frente a la enfermedad que lo aquejaba. La primera fue “exitosa”, al día siguiente se le practican dos más y al tercer día muere tras, aseguraron los testigos, la extracción de dos litros de sangre. “Ahora me iré a dormir. Buenas noches”, murmuró frente a los griegos quienes llamaron Vyronia a un suburbio de Atenas en su honor. No, no pudo ver a Grecia liberada de los turcos. Embalsamaron el cuerpo y lo trasladaron a su Inglaterra natal sumergido en una cuba de cognac para su preservación. Por su “dudosa” moralidad, no fue enterrado en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster -aunque hoy sí hay un memorial- sino que lo designaron junto a su madre en Nottighamshire. En 1938 se abrió el ataúd y se comprobó el buen estado del cuerpo (salvo sus extremidades) y la serenidad en su rostro: esa belleza cúbica que muestran los grabados de la época.

 

 

Según Julio Cortázar, Edgar Allan Poe pronunció antes de morir “¡Que Dios se apiade de mi alma!”. Lamentablemente, no se conserva el historial médico ni el certificado de defunción del autor de El cuervo, aunque sí hay registro de esos últimos días suyos. Reencontrado con un viejo amor de juventud, Sarah Elmira Royster -con quien había tenido una relación a los quince años pero el padre de Poe lo obliga a seguir en la universidad y cortar con Sarah- y siendo ambos viudos ya, deciden comprometerse en casamiento. Ella lo alienta a dejar el alcohol que, claro, lo estaba matando. Fecha para la boda establecida, el 17 de octubre de 1849, el escritor, feliz y entusiasmado, recorre las calles de Richmond… hasta que no se lo vio más. Aparece en Baltimore el 3 de octubre con ataques de delirium tremens y sin conciencia en absoluto de lo ocurrido. Muere el día 7 en el hospital Washington College. También relata Cortázar, que Poe deliraba y llamaba a un tal Reynolds, y nuestro poeta lo atribuye al explorador polar que fue referente para La narración de Arthur Gordon Pym. La “inflamación cerebral” como llamaron a la causa de muerte no era otra cosa que un eufemismo para “alcoholismo”.

 

 

Anne Brontë, la más joven de las hermanas más destacadas de la literatura partió el 28 de mayo de 1849. El 24 de septiembre del año anterior había muerto Branwell, su hermano, y el 19 de diciembre, Emily. Los tres enfermos y contagiados mutuamente de tuberculosis, como dignos héroes victorianos. Los últimos días de la joven, tenía veintinueve años, fueron duros y sombríos como las protagonistas de las novelas de las Brontë. “Ten valor, Charlotte, ten valor”, susurró antes de apagarse y dirigiéndose a su hermana quien, envuelta entre el dolor de las pérdidas y quizá el remordimiento. Charlotte había sido muy crítica con Anne por su La inquilina de Wildfell Hall, que no la consideró “adecuada ni digna de literatura femenina” debido a la crudeza con el que trata el tema del alcoholismo y la adicción del opio que claramente había basado en su hermano. Anne Brontë descansa en Scarborough, uno de los lugares preferidos de la escritora.

“Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren, se lamentaba León Tolstoi, ¿por qué están cuidado de mí solo?”. Tolstoi había abandonado su vida aristocrática, quiso donar todas sus posesiones a su gran obsesión: los campesinos pobres. Su esposa Sofía lo impidió y él huye de la casa familiar en pleno invierno ruso. Era 1910, apenas siete años previos a la revolución… “Pero los campesinos, ¿cómo mueren los campesinos?”, se preguntó antes de caer muerto a sus ochenta y dos años en Astapoyo, la estación de trenes (hoy, estación León Tolstoi) como consecuencia de una neumonía mal curada. A pesar de la restricción policial, miles de personas se acercaron al servicio funeral para honrar a quien tanto había ofrecido al pueblo, al pueblo miserable, sin saber la mayoría de ellos acerca de los méritos del héroe como escritor. Está enterrado en su propia casa en Yasnaia Poliana.

 

Tolstoi

 

“¿No es meningitis?”, preguntó en su último suspiro Louise May Alcott, como Beth, quizá, una de sus Mujercitas, quien muere de escarlatina tras asistir a la familia que sufría esta enfermedad. La escritora, que nunca se casó y fue una luchadora del voto femenino, fue enfermera en la Guerra de Secesión en 1863, donde se envenenará con mercurio por la manipulación de termómetros. Murió el 6 de marzo de 1888, el mismo día que su padre era enterrado. Y aunque Alcott no se casó, sí conoció el amor: se había enamorado de Henry David Thoreau, escritor, poeta, filósofo trascendentalista quien muere de tuberculosis y frente a la pregunta de su tía si había hecho las paces con Dios -era unitarista-, respondió “No sabía que nos habíamos peleado”. Pero sus últimas palabras fueron, y nadie supo a qué y a quién refería: “Alice… indio”.

 

 

Walt Whitman fue directo: “Incorpórame, quiero cagar”. Emily Dickinson no abandonó la poesía hasta el último momento: “Se disipa la niebla”. Arthur Conan Doyle le dijo a su esposa “Eres maravillosa”. H.G. Wells los echó fuera de la habitación a todos con un contundente “Vayan, estoy bien”. Gertrude Stein se preguntó: “¿Cuál es la respuesta?” -silencio- “Ah, no, ¿cuál es la pregunta?”. James Joyce estaba angustiado: “¿En serio nadie la entiende?” dijo refiriéndose a su novela Finnegans Wake. Delirando en fiebre, Kafka exclamó; “¡Mátame o eres un asesino!”. Eugene O’Neill, maldijo: “Nacido en una habitación de hotel y, ¡maldita sea!, muerto en otra”. Dylan Thomas, haciendo negro honor a su primer libros: Dieciocho poemas dijo “Acabo de beber dieciocho whiskies. Creo que es mi récord… Mi único logro en treinta y nueve años”.

 

James Joyce

 

 

 

 

 

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