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Crónicas de muertes anunciadas

 

Un estudio que data de 2012 y realizado en el Instituto Karolinska, de la prestigiosa universidad de medicina en Suecia, puso de relieve que las personas dedicadas a actividades creativas tienen mayor riesgo de sufrir trastornos mentales. Y que el índice de suicidios es mayor. De cualquier manera, el punto en común entre los suicidas es la depresión. Aquí los grandes autores que prefirieron partir cuando lo consideraron necesario.

 

 

 

POR BENJAMÍN LOMBARDO

 

Cesare Pavese, antes de tomar diez dosis de somnífero en una habitación de hotel en Turín, había escrito que “todo suicida es un asesino tímido”. Murió el 27 de agosto de 1950, el 16 había dejado en una nota las siguientes líneas: “Un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz” y “mi obra pública está acabada en lo que me es posible. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido la pena de muchos”. El 17 siguió: “No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré”. El 18 acaba: “No escribiré más”. Y en el cajón de esa habitación encontrarán un poema: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Los de ella, la que no le respondía.

 


Cesare Pavese

 

Otros que recurrieron a los barbitúricos fueron Alejandra Pizarnik y Stefan Zweig, que lo hizo junto a su esposa, Charlotte Altmann. Pizarnik ingirió 36 pastillas de Seconal cuando le dieron el alta por una semana del psiquiátrico. Se la veló en la Sociedad Argentina de Escritores que, prácticamente, se inauguró para la pcasión.? En el pizarrón de su recámara se encontraron los últimos versos de la poeta: “No quiero ir / Nada más/ Que hasta el fondo”.

Hemingway, Hunter S. Thompson, Mariano José de Larra y Sándor Márai optaron por las armas de fuego; el poeta de la revolución, el ruso Mayakovski se disparó en el corazón.. Kawabata y Sylvia Plath se ahogaron con gas (el hijo de la poeta también también se suicidó).

La tarde del 12 de septiembre de 2008, David Foster Wallace le sugiere a su esposa, Karen Green, que fuera a preparar una de sus exposiciones. El autor de La broma infinita, que ya había intentado suicidarse con anterioridad, escribió una carta a su mujer, cruzó la casa hasta el patio trasero, se subió a una silla y se ahorcó.

Primo Levi había logrado sobrevivir al horror de Auschwitz, el campo de concentración donde perdió a los suyos, pero no pudo con su propia existencia y se tiró por el hueco de la escalera. El polaco Tadeusz Borowski también había pasado por Auschwitz, pero terminó quitándose la vida días después de haber sido padre. Recurrió al gas, al igual que Sylvia Plath, que antes de meter la cabeza en el horno dejó leche y galletas en la habitación de sus dos hijos para cuando les diera hambre.

 

Yukio Mishima

 

Mishima -nacido Kimitake Hiraoka- hizo lo impensable: el consabido harakiri. El 25 de noviembre de 1970 envió la última parte de la tetralogía El mar de la fertilidad a su editor. Más tarde pretendió un golpe de estado para que devolvieran al Emperador a su legítimo lugar. Habiendo fallado en su misión llevó a cabo el seppuku, ese ritual que incluye la decapitación tras el propio sablazo. La costumbre de la decapitación al final de este ritual le fue asignada a uno de los miembro de la Tatenokai, quienes lo acompañaban en la campaña, pero no fue capaz de realizar su tarea de forma adecuada. Después de varios intentos fallidos, le permitió a otro miembro de la Tatenokai, acabar el trabajo. Entonces, éste también llevó a cabo su seppuku y fue decapitado por otro. Otro elemento tradicional de esta muerte ritual es la composición del jisei no ku, un poema escrito cuando se acerca la hora de la propia muerte, cosa que efectuó antes de su entrada en el cuartel general. Mishima había preparado de forma meticulosa su muerte durante al menos cuatro años y hasta se aseguró de que sus asuntos estuvieran en orden -incluso tuvo la previsión de dejar dinero para la defensa en el juicio de los otros tres miembros de la Tatenokai que no murieron-.

El filósofo y pensador Ángel Ganivet, precursor de la Generación del 98, se tiró al río Dviná, casi como Virginia Woolf que también tras fallidos intentos, se llenó los bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse. Antes escribió: “He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por eso elijo la que me parece la mejor opción”. Gilles Deleuze, el gran filósofo heterodoxo, a sus 70 años y gravemente enfermo, se arrojó al vacío desde su departamento en París.

Horacio Quiroga, Emilio Salgari y Leopoldo Lugones coinciden trágicamente en haber tenido el suicidio como sello familiar.

La vida de Quiroga, marcada por accidentes y suicidios, culminó por decisión propia cuando bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de la capital cuando supo que padecía cáncer de próstata. Su padre se había disparado accidentalmente cuando el escritor tenía dos meses de vida. Él estaba sostenido en los brazos de su madre y presenciaron el momento. Su padrastro, un buen hombre que lo crió, se suicidó disparándose en la boca con una escopeta manejada con el pie justo cuando Horacio, de 18 años, entraba en la habitación?. Cuando creyó encontrar tranquilidad y amor, su esposa, la madre de sus dos pequeños, Ana María Cires, ingiere un sublimado empleado en el revelado fotográfico, lo que le provocó una agonía de ocho días y fue atendida por el mismo Horacio hasta su último suspiro.

El padre de Salgari fue el primero de una larga cadena de suicidios que incluyó la del mismo autor, el de su hijo Romero primero y luego el de su hijo Omar (la de éstos, tras la muerte de Emilio). Antes de eso, su esposa tuvo que ser internada en un psiquiátrico cerca de Turín afectada por diferentes desequilibrios. Es aquí cuando tiene un primer intento de quitarse la vida pero falla para finalmente también, como Mishima, apelar a un cuchillo para abrirse el vientre.

Leopoldo Lugones se quitó la vida en un recreo del Delta de San Fernando el 18 de febrero de 1938. Bebió un whisky con cianuro. Se dice que estaba muy enamorado de una joven que había conocido en una de sus conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras y habían mantenido una relación sentimental y apasionada. Descubierto y presionado por su hijo, debió abandonarla y esto lo habría precipitado en un declive depresivo que acabaría así con su vida. El resto de su familia no escapó a estas tragedias: su hijo, también Leopoldo, se suicidó en 1971. Su nieta Susana fue detenida y desaparecida en 1978, víctima del terrorismo de Estado, y su hijo Alejandro se suicidó igual que su bisabuelo, en Tigre.

 


Leopoldo Lugones

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