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Cómo escriben los que escriben

 

Un informe único: Cerminaro nos acerca las curiosidades entre los hábitos a la hora de escribir de los autores más destacados. Algunos lo hacen de pie, otros con una rutina particular, están los que precisan determinados objetos y hasta casas adecuadas para el sagrado momento de la invención, la creación de textos que sin el entorno, sabemos con certeza no serían tales. 

 

 

 

POR PATRICIO CERMINARO

 

Una palabra. Después otra. Después, otra.

El texto se presenta como una seguidilla ordenada de conceptos, que tiene un principio y un fin, un tema y un desarrollo. El escritor construye con su mente: ahí donde no había nada, de repente, algo apareció. Sin embargo, ese proceso tiene inflexiones, dudas, formas que son comunes y formas que son distintas.

Y aunque el producto –en apariencia- se presente igual para los escritos más brillantes y para los más atolondrados, lo cierto es que tan distintos son los textos como su forma de escribirlos. Entonces, ¿cómo escriben los que escriben?

 

Gay Talese

 

 

Las rutinas han sido más tradicionales para algunos. Gay Talese era un hombre metódico. Lo es aún hoy: todas las mañanas recorre su casa en un plan ordenado e idéntico. Primero sube al cuarto piso. Allí se calza pantalones de vestir, camisa, chaleco y se prepara para una jornada laboral que, a juzgar por su apariencia, lo llevará a Wall Street o a la oficina vidriada de una importante compañía. Nada más lejano: cinco plantas más abajo lo espera su sótano, un espacio cerrado, cuadrado, sin ventanas ni distracciones. Allí se relaja: como ya llegó al trabajo prefiere calzar pantalones comunes y un suéter, si el clima lo amerita. Una página, ese es su objetivo: debe escribir una nueva página para el texto en el que esté trabajando, cualquiera sea. Cumplida la misión, desanda el camino: desviste su atuendo informal, vuelve a ser ese falso ejecutivo y sale del sótano para almorzar con su esposa.

 

Eso, lo de vestirse como un banquero, parece ser recurrente en las rutinas de los autores y tal vez sea lógico: no existe un uniforme de escritor. García Márquez lo hacía. Antes, sin embargo y religiosamente, ya le había dedicado una hora y media a la lectura, desde las cinco y media de la mañana hasta las siete. Se había bañado y también había desayunado. Y aunque con el tiempo y el suceso de sus libros debió pasar largas noches en hoteles, su ritual nunca se modificó: ese era su trabajo y así debía hacerse. “Es una rutina que cumplo todos los días, no importa dónde esté” dijo en un reportaje en el Hotel Mark de Manhattan a fines de los noventa. Tecleaba en una máquina de escribir eléctrica Smith Corona, lo único que no podía faltar en su escritorio. No, había una cosa más: una rosa amarilla. Necesitaba una rosa amarilla, un ramo entero si era posible. En 1982, Gabo le comentó al periodista Darío Arizmendi: “No hay nada más bello en este mundo que una bella mujer. De manera que el gran conjuro de todos los males sería una mujer bella, pero como uno no la puede poner en un florero, ni colgarla en el ojal, entonces lo más bello, después de una mujer bella, es una flor amarilla”.

 

 

Máquina de escribir eléctrica Smith Corona

 

 

Otros hábitos resultan menos saludables. Y aunque el autor de Cien años de soledad haya dicho en una entrevista que un escritor no puede estar drogado o borracho porque “hay que estar absolutamente lúcido al momento de escribir y en buen estado de salud”, la experiencia parece revelar lo contrario.  O al menos así lo cuenta el mito.

Scott Fitzgerald estaba convencido de que la bebida era un tónico que lo ayudaba a invocar las palabras. Y una de sus máximas lo revela como un bebedor empedernido: “cualquier cosa en exceso es mala” solía decir, “pero demasiado champagne es justamente bueno” remataba. Sin embargo, pasados los años, los testimonios recabados revelan más su búsqueda de inspiración como una adicción. Y aunque es verdad que cuando dejaba de tomar dejaba de escribir, también es cierto que los hechos no estaban encadenados por el misterio de la inspiración sino por los efectos de la abstinencia: resulta difícil trabajar entre vómitos, apatía y falta de energía.

 

El link entre bebida y literatura invoca la figura de Hemingway. Sin embargo, él ha sido más prolijo que el autor de El Gran Gatsby: prefería dejar el alcohol para los momentos de ocio. Al momento de trabajar era más metódico: lo hacía de pie, con los zapatos puestos y sobre una alfombra de piel de antílope. Aunque sus motivos no eran supersticiosos o extraños: no podía hacerlo de otra manera. Luego de recibir una herida en la pierna durante su estadía en batalla en la Primera Guerra Mundial, su capacidad para estar sentado largos ratos se vio diezmada. De ahí en más se sumó a Charles Dickens, Virginia Woolf, Vladimir Nobokov y tantos más que completan la lista de escritores que prefieren trabajar parados.

 

Otros son más excéntricos. Nunca nadie entendió bien por qué T. S. Eliot pintaba su rostro con un polvo verde para trabajar e incluso para salir a la calle. Su biógrafo, Peter Ackroyd, arriesgó una teoría: “él sentía que pintar su cara lo hacía ver más moderno, más interesante, un poeta y no un empleado de banco”.

 

Algunos otros fueron más analíticos y menos impulsivos: pusieron su forma de escribir incluso por encima de su obra. El cómo sobre el qué. George Bernard Shaw fue uno de ellos: durante los últimos 20 años de su vida trabajó en una casa especialmente diseñada y construida para que la ventana de su escritorio siempre apuntara al sol. Mediante un sistema de rotación complejo y moderno, la propiedad tenía la capacidad de rotar hacía el sentido de la luz. Como una flor que busca energía, Shaw buscaba inspiración. Y las ventajas eran muchas más: sin luz artificial, podía maximizar su tiempo de trabajo al aprovechar hasta el último rayo de sol proyectado en su hoja de escritura. Y como el distrito de Saint Albans, ubicado a unos treinta kilómetros de Londres, suele ser bastante frío en invierno, también resolvía el tema de la calefacción. La casa solamente necesitaba esa ventana y él solamente precisaba esa porción de luz para aislarse de la temperatura, asegurarse luz natural y poder trabajar cómodamente incluso en los meses más fríos del año.

 

George Bernard Shaw

 

La colección de anécdotas revela una hermandad tácita entre autores, pero también entre artistas en general. Esa búsqueda de algo superior o incluso místico. Una necesidad inexplicable, sin dudas construida a través de los años y posiblemente sin fundamentos reales, de cumplir con rituales o cargar amuletos para exorcizar el gran temor: el miedo a la página en blanco.

 

 

 

 

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