Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Cartas o el poder de la revelación

 

El éxito editorial de las correspondencias responde a un solo motivo: la curiosidad. Todos queremos saber sobre la intimidad del trazo de un autor; porque ya tenemos sus libros, pero la recóndita pluma de una carta es lo más auténtico que obtendremos de ellos. Ahora bien, si como dice la autora -y es tal- estas cartas son escritas a partir de la emoción, ahora que ya no lo hacemos, ¿hemos perdido esa exaltación? 

 

 

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

Las cartas tienen su propio peso en el mundo editorial y, de hecho, saben ser uno de los géneros más seductores. Mientras leemos algunos párrafos de correspondencia ajena, pensamos por qué las cartas también tienen ese “no sé qué”.

Le escribe Kerouac al poeta Lawrence Ferlinghetti: «He pasado estos últimos días clasificando cartas antiguas, sacándolas de los sobres de entonces, grapando las páginas, guardándolas. Centenares de cartas antiguas de Allen, Burroughs, Cassady, suficientes para que el entusiasmo de cuando éramos jóvenes nos haga derramar lágrimas. Qué grises somos ahora. La fama acaba con todo. Llegará un día en que las cartas de Allen Ginsberg a Jack Kerouac harán llorar a América». Así de sentimental, soberbio y nostálgico empieza el libro Cartas (Anagrama, 2012) entre, justamente, Kerouac y Ginsberg.

A lo largo de las 600 páginas no solo nos estamos familiarizando con la intimidad de una amistad profunda, tanto en lo gozoso como en lo atormentado, con encuentros y desencuentros diversos, o sea, con todos los rasgos de vitalidad vincular, sino que también nos sumergimos a las extremidades de la historia literaria de aquellos años. Hay chismes, dires y diretes, correcciones y comentarios sobre sus grandes escritos y sobre otros tantos que quedaron perdidos en el universo propio del escritor. También hay opiniones de las lecturas que van haciendo de otros autores, de la vida cultural y política, posiciones ideológicas y religiosas bien opuestas que se chocan en los limbos filosóficos y existenciales a los cuales se empujan midiéndose. Hay vértigo, celos, envidia, críticas con saña, obsesiones que arrastran, resentimiento. Estas cartas tienen pasión, sexo,jazz, drogas y alcoholismo, olor a carne,tabaco y amor. Todo sucede ahí frente a nuestras narices, incluso la ansiedad, la espera desesperada en la que uno y otro aguardan por la llegada de la próxima carta.

“Sé que te gustará En el camino, por favor, léela entera, nadie la ha leído todavía (…) es pura inspiración, puedo afirmarlo ahora cuando miro atrás ese río de lenguaje. Es como el Ulises y debería enfocarse con la misma seriedad”, le escribe Kerouac en mayo de 1952, cinco años antes de su publicación. En junio, Ginsberg le responde, “no creo que así se publique nunca, es tan personal, está tan lleno de lenguaje sexual y de referencias mitológicas nuestras que no sé si algún editor le encontrará sentido (…). Es una locura (pero no simplemente una locura inspirada), sino una locura incoherente”.      

 

Allen Ginsberg y Jack Kerouac

 

Una mente propia. Selección de Cartas sociales y Discursos femeninos (Mardulce, 2017) nos trae toda la agudeza -desde la mitad del siglo XVII- de la dramaturga y poeta Margaret Cavendish (1623/1673), también primera autora de ciencia ficción y primera filósofa inglesa, Duquesa de Newcastle. Apasionada por las letras y la ciencia, a lo largo de estas cartas ficticias que escribe a una amiga, Margaret se regodea en la excusa epistolar para sacudir la solemnidad de la época, y, a través de toda su ironía y con un humor exquisito, se desdobla de la escena cultural en la que se mueve y siembra los ecos de un feminismo potencial con elegancia y firmeza. Acá las cartas funcionan, entonces, como una biblioteca de pensamientos y marcan un precedente.

“La verdad es que no somos súbditas más que de nuestros propios maridos, y no siempre, ya que en ocasiones usurpamos su autoridad, o bien mediante halagos conseguimos su beneplácito para gobernar”, escribe en la Carta 16, y luego hace una salvación: “Si la naturaleza no nos hubiese favorecido con la belleza y otras mercedes para asistirnos en la tarea de provocar el interés de los hombres, estaríamos más dominadas que cualquier otra criatura. Pero demos gracias a la naturaleza, tan generosa ha sido con nosotras”.

Margaret repite la estructura en cada una de las cartas, y las finaliza enumerando palabras claves de los temas que planteó y desarrolló. El cierre, su firma, es un toque de gracia: “Señora, su fiel amiga y servidora”.

 

Margaret Cavendish

 

Fechada el 4 de marzo de 1932 y enviada desde París hacia Louveciennes, la carta dice: “Ahora estoy sentado en tu sitio y he alzado tu vaso a mis labios. Pero se me traba la lengua. Lo que me leíste sigue dándome vueltas en la cabeza. Tu lenguaje es todavía más abrumador que el mío. Comparado contigo soy como un niño, porque cuando hablas con las entrañas lo envuelves todo: es la oscuridad lo que yo adoro”. El que escribe es Henry Miller, la que recibe es Anaïs Nin, los protagonistas de uno de los romances más calientes del siglo XX. Por lo que cada página de Una pasión literaria: Correspondencia 1932-1953 (Siruela, 2003) es un hervidero de sensaciones.

No importa cuál sea el motivo, desde comentarios económicos hasta culturales, incluso desencuentros lingüísticos, la relación entre los amantes -con márgenes de triángulos amorosos, ménage à trois, distancias e intermitencias de varios colores- se mantiene encendida en diversas tensiones que no cesan, y que responden a una sola, y se imaginarán cuál es.

Henry no puede con la independencia de Anaïs, quien, aunque es más cuidadosa en sus cartas (no así en sus diarios, en donde literalmente vuelca todos los matices desgarrados que significó enamorarse de él), no puede con todo lo que representa Henry (machista, mujeriego, obsesivo). Entre ese choque de energías y de egos, el amor, el deseo y el idilio literario hicieron el resto para que el vínculo, nacido en 1931, se sostuviera hasta el final de sus días.

El 9 de marzo de 1932, Anaïs le escribe: “Ahora solo reconozco el esplendor, el deslumbrante esplendor de tu habitación, y aquel momento irreal, ¿cómo es posible que un momento sea al mismo tiempo tan irreal y tan cálido, tan cálido? (…) Entre nosotros hay demasiada inteligencia, demasiada literatura, demasiada ilusión, pero entonces negaste que existiera solamente la inteligencia… Mi rostro te hace creer que todas mis expectativas van para arriba… pero ahora sabes que no es solamente mi mente la que es consciente de ti. Caóticamente consciente de ti”.

 

Anaïs Nin y Henry Miller

 

 

Cartas entre amigos, cartas ficticias, cartas entre amantes. Debe haber tantos tipos de cartas como de emociones. Porque no se necesita tener un vínculo para escribir una carta, se necesita una emoción, en donde también entra el hecho de tener algo que contar. De hecho, ¿cuántas veces escribimos cartas que no enviamos? Es lo emocional lo que nos mueve a hacerlo, y es lo emocional lo que define qué hacer con eso escrito. Pero la carta sigue siendo carta aun sin ser enviada, porque no necesita indispensablemente de un receptor (vivo, muerto, conocido, desconocido) para ser lo que es, y tampoco necesitamos, de hecho, una otredad para escribir una carta.

Escribir es tan placentero como tortuoso, se escribe con el cuerpo, y cada palabra, aunque no lo hagamos consciente, recorre todos nuestros recuerdos y conocimientos antes de llegar a nuestra mente, que es la que dará la orden a nuestros dedos para volcarla sobre el papel. Racionalizar el movimiento y el lenguaje, descifrar todo lo que implica un momento de escritura en el cual nos dirigiremos a alguien, identificar ese alguien para poder favorecer una comunicación que carece de tonos, de miradas, de gestos, es por demás un ritual de conexión, primero con nosotros, después con todo lo demás (sea aquello que sea).

En definitiva, escribir una carta no es más que compartir nuestras presencias, por eso no existe la carta neutral, porque no hay manera de dejarla exenta de quiénes somos, de lo que pretendemos ser y de lo que creemos ser. De todo aquello que el receptor es, de lo que pretendemos que sea y de lo que creemos que es. Por eso nos gusta leer correspondencia ajena, porque la mayoría de las veces son las personas fuera de su traje habitual, como suele decirse, sacándose el casete.

Es en un entramado de fantasía que la comunicación por carta vive y sobrevive, incluso cuando pudo haber sido la única opción posible. Porque es a partir del momento en el que empezamos a escribirla que ya empezamos a estar a donde la carta irá. Es la humanización de la escritura, la brutalidad de la expresión, el anhelo de que el otro no nos olvide y, al tocar ese papel, nos toque.En definitiva, es esa hoja escrita con nuestro pulso la que nos lleva,ya sea en un plano físico como metafórico, a donde no podemos ir, a donde no fuimos ni nunca iremos, pero que un deseo propio, una necesidad, burlando la peor de las distancias, que es la mental, nos llama a estar.

 

 

 

Marcela Quiróz

 

 

 

Posteos Relacionados