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Shakespeare: amor u odio, esa es la cuestión

William Shakespeare, nacido en Stratford-upon-Avon, Warwickshire, Reino de Inglaterra, supuestamente el 23 de abril de 1564 y fallecido el mismo día y en mismo lugar en 1616, es el más grande dramaturgo de todos los tiempos (la confusión refiere al calendario juliano de la época y no al gregoriano actual). De hecho, se cree que murió tras una juerga repleta de excesos celebrando su cumpleaños. En el aniversario de su nacimiento y muerte, recordamos las palabras que le dedicaron los más grandes pensadores y escritores de todos los tiempos. Tanto de amor como de odio, atentos.

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Escribió Johann Gottfried Herder, filósofo del romanticismo alemán: “Todas las obras teatrales de Shakespeare son propiamente Historia; únicamente Historia, tan plena, tan completa, tan viva como solo ella puede acontecer en la gran confluencia de los sucesos del mundo».

Dice Harold Bloom que William Shakespeare ha tenido, durante los dos últimos siglos, el carácter de una Biblia secular y con más exégesis que la Biblia misma.

De ese Shakespeare escribió John Milton un poema-epitafio, que finaliza: “…yaces sepultado en tal pompa que Reyes por semejante tumba querrían morir”. Según el Dr. Johnson (Samuel Johnson, por lo general conocido simplemente como el Dr. Johnson, es una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra: poeta, ensayista, biógrafo, lexicógrafo, es considerado por muchos como el mejor crítico literario en idioma inglés), “el diamante shakespereano resiste indemne la corriente del tiempo que sin cesar arrastra los solubles cimientos de otros escritores”

El poeta, escritor, traductor y editor alemán Christoph Martin Wieland (1733/1813) escribió: “Es el poeta dramático más grande de todos los tiempos”. Y añade: “Conozco a fondo, desde hace muchos años, a los sabios griegos y romanos; pero no conozco a ningún escritor que supere a Shakespeare en conocimiento de los seres humanos”.

Goethe: “Sus caracteres son como relojes de esferas transparentes: muestran la hora en la que estamos como cualquier reloj, pero además su mecanismo interior, que se vuelve visible”. Y dijo con respecto a su dramaturgia: “El teatro de Shakespeare es una bella caja de rarezas, en la que la Historia del mundo pasa ante nuestros ojos en los hilos invisibles del tiempo… Sus obras giran en torno a ese punto secreto que todavía ningún filósofo ha visto ni ha podido determinar: en el que lo peculiarmente propio de nuestro yo y la libertad pretendida de nuestros deseos choca con el discurrir necesario del todo”.

Nietzsche es más bien crítico: duda de su valor poético y moral, Hamlet le parece casi una parodia del drama antiguo, Schiller le parece mejor poeta teatral que él, y percibe en Shakespeare un “tufo de chusma, un hedor de cloaca de gran ciudad”. Luego empieza a dudar: “¿Se entiende a Hamlet? No es la duda, es la certeza la que vuelve loco… Todos tememos a la verdad”. Apunta: “La lectura de Shakespeare tiene mucho más efecto que su representación. (…) El actor es un hombre moderno, y por eso está en contradicción con la tragedia”. Finalmente dirá: “Shakespeare es la plenitud de Sófocles. Totalmente dionisiaco”.

Hegel analiza los personajes del Bardo y admite que lo que emociona en el arte es el pathos y no exactamente el sentimiento. Ese pathos es concreto y debe revelarse en los caracteres a partir de su peculiaridad y su individualidad. Y así son precisamente los caracteres de Shakespeare: individuos autónomos que cuentan solamente consigo mismos. Y destaca de Hamlet: “Así es Hamlet, un hermoso y noble espíritu; no es interiormente débil, pero, sin un ánimo vital fuerte, se enreda, arrastrado por la apatía de la melancolía, en la locura; tiene el fino presentimiento de que algo ha acontecido; no hay signo externo alguno, ni razón alguna para la sospecha, pero le desazona, no todo es como debiera ser, presiente el hecho monstruoso ocurrido. El espíritu de su padre le señala a lo cercano. Rápidamente está decidido a la venganza, piensa constantemente en el deber que le prescribe su propio corazón; pero no se deja arrastrar como Macbeth, no mata, no se enfurece, no golpea…Hamlet es, ciertamente, indeciso, pero no dubitativo, no duda sobre el qué, sino sobre el cómo debe cumplirlo (…) La colisión no está propiamente en que el hijo, en su venganza moral, tenga que incumplir la moralidad, sino en el carácter subjetivo de Hamlet, cuya alma noble no está hecha para estos actos enérgicos y, lleno de asco por el mundo y la vida y a vueltas con la decisión, las pruebas y los preparativos para la realización, se hunde por la propia irresolución y los embrollos de las circunstancias”.

Para Schopenhauer, el drama es la cumbre del arte poético: “Del dolor sin nombre, del quejido de la humanidad, del triunfo de la maldad, del poder del azar y del caso irresoluble de los justos e inocentes”. Por eso le gusta Shakespeare: “Como el destino, debe ser implacable, el espejo del género humano”. “El contenido esencial del mundialmente famoso monólogo de Hamlet, dice el filósofo, es este: nuestra situación es tan miserable que el no-ser total sería decididamente preferible a esa situación”. El verdadero sentido del drama es la comprensión de qué es lo que el héroe paga: “No sus pecados particulares, sino el pecado original, es decir, la culpa de la existencia”.

Wittgenstein, categórico y sin vueltas: “Este Rey Shakespeare, ¿no resplandece en su soberanía coronada, sobre todos nosotros, como el más noble, el más gentil, y, sin embargo, el más fuerte de todos los estandartes, indestructible, más valioso en ese sentido que cualquier otro? Podemos imaginarlo resplandeciendo desde lo alto sobre todas las naciones de ingleses de aquí a mil años”.

Nuestro Borges escribió: “Hamlet, el dandy epigramático y enlutado de la corte de Dinamarca, que, lento en las antesalas de su venganza, prodiga concurridos monólogos o juega tristemente con la calavera mortal, ha interesado más a la crítica, ya que estaban en él, de modo profético, tantos insignes caracteres del siglo XIX: Byron y Edgar Allan Poe y Baudelaire y aquellos personajes de Dostoievski, que exacerbadamente se complacen en el moroso análisis de sus actos. Esas y muchas otras cosas, naturalmente: por ejemplo, la duda —que es uno de los nombres de la inteligencia—, y que en el caso del danés no se limita a la veracidad del espectro sino a su realidad y a lo que nos espera después de la disolución de la carne”. Agrega Borges: “El rey Macbeth siempre me ha parecido más verdadero, más entregado a su despiadado destino que a las exigencias escénicas. Creo en Hamlet, pero no en las circunstancias de Hamlet; creo en Macbeth y creo también en su historia”. Continúa sobre el autor inglés: “Y ahora William Shakespeare. En aquella época decisiva de la Armada Invencible, de la liberación de los Países Bajos, de la decadencia de España y de la conversión de Inglaterra, isla desgarrada y lateral, en uno de los grandes reinos del orbe, el destino de Shakespeare (1564-1616) corre el albur de parecernos de una mediocridad misteriosa. Fue sonetista, actor, empresario, hombre de negocios y de litigios. Cinco años antes de su muerte se retiró a su pueblo natal, Stratford-upon-Avon, y no escribió una línea, salvo un testamento en el cual no se menciona un solo libro, y un epitafio tan ramplón que más vale tomarlo como una broma. No reunió en un volumen su obra dramática; la primera edición que poseemos, el infolio 1623, se debe a la iniciativa de unos actores. Johnson ha declarado que poseía poco latín y menos griego. Tales hechos han inspirado la conjetura de que sólo fue un testaferro. Miss Delia Bacon, que halló asilo final en un manicomio y cuyo libro mereció un prólogo de Hawthorne, que no lo había leído, atribuyó la paternidad de sus dramas a Francis Bacon, profeta y mártir de la ciencia experimental y hombre de una imaginación del todo distinta; Mark Twain ha vindicado esa hipótesis. Luther Hofman propone la candidatura, harto menos inverosímil, del poeta Christopher Marlowe, amado de las musas, que no habría muerto apuñalado, en una taberna de Depford, en 1593. La primera de estas atribuciones data del siglo XIX; la segunda del nuestro. En el curso de más de doscientos años a nadie se le había ocurrido pensar que Shakespeare no fuera el autor de su obra”.

 

 

 

 

Sus detractores

Tolstoi decía que las obras de Shakespeare eran “triviales e insufriblemente malas”, además de definir a dicho autor como “un escritor poco artístico e insignificante no sólo poco moral sino inmoral”. Por último, se refirió a los libros como Romeo y Julieta o Hamlet como “una repulsión y un aburrimiento irresistible”.

El autor de El señor de los anillos, J.R.R. Tolkien odiaba a Shakespeare desde que era adolescente hablando de “su sucio lugar de nacimiento, su entorno simplón y su carácter sórdido”. Ya de adulto se refería a los escritos de Shakespeare como “malditas telarañas”.

El irlandés George Bernard Shaw fue crítico teatral en el London Saturday Review y tras ver diecinueve obras de Shakespeare, comentó: “Con la sola excepción de Homero, no hay un escritor eminente, ni siquiera Sir Walter Scott, que desprecie tan completamente como lo hago con Shakespeare, sobre todo cuando mido mi intelecto contra el suyo”. Más adelante añadió: “He dedicado mucho esfuerzo para abrir los ojos de los ingleses al vacío de la filosofía de Shakespeare, a su superficialidad, a su doble moral, a su debilidad e incoherencia como pensador, a su esnobismo, a sus prejuicios vulgares, su ignorancia y su incapacidad como filósofo”.

Para Voltaire, “Era un salvaje. Ha escrito muchas líneas agraciadas pero sus piezas pueden agradar solo en Londres y en Canadá. No es una buena señal cuando solo te admiran los de tu propia casa”. Con el tiempo fue peor: “Me hierve la sangre en mis venas mientras hablo con usted acerca de él… Y lo terrible que es… es que yo, que fui el primero en hablar sobre este Shakespeare también he sido el primero en demostrar a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme estercolero”.

El Bardo, un personaje de conflictividad global. Gracias por eso.

 

 

 

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