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Yo, Julia

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En clara contraposición al Yo, Claudio de Robert Graves, el Yo, Julia de Santiago Posteguillo fue ganador del premio Planeta 2018. En esta novela histórica sobre la Antigua Roma se ve que cualquier dinastía no puede ir sino de la mano de una mujer. Hija de reyes y madre de césares y esposa del emperador, Julia resulta más poderosa que todos. Arde Roma y bajo su fuego emerge una única figura, la suya. 

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PROOEMIUM 

Diario secreto de Galeno 

Anotaciones sobre la emperatriz Julia y sobre la naturaleza secreta de estas páginas 

Roma, 950 ab urbe condita

Mi nombre es Elio Galeno, educado en Pérgamo y Alejandría. He sido el médico de la familia imperial de Roma durante años y he asistido como testigo a numerosos acontecimientos notables en mi larga vida. Así, a modo de ejemplo, puedo mencionar que he presenciado la caída de una estirpe de emperadores y el ascenso de otra. También he acompañado a las legiones de Roma a varias campañas contra los bárbaros, ya fuera en el norte, más allá del Rin o el Danubio, o en las remotas tierras de Oriente. He visto dos cruentas guerras civiles, mucha sangre derramada en combates en los anfiteatros de medio mundo y en infinidad de campos de batalla. Por fin, seguramente la más terrible de mis experiencias, he asistido a los devastadores efectos de la peste. Muchos son, pues, los sucesos de renombre que he presenciado en mi existencia. Entiendo que los historiadores oficiales del Imperio y otros que se ocupan del recuerdo de lo que acontece en la existencia de los hombres tomarán debida cuenta de cada uno de estos eventos, quedando, de ese modo, todos ellos convenientemente reflejados por escrito para la posteridad. 

Pero siempre me asalta una duda: ¿y Julia? ¿Se acordará alguien de su historia? En solo diez años pasó de ser una desconocida adolescente de la ciudad de Emesa en su Siria natal a la augusta emperatriz de Roma en lo que supone un deslumbrante cursus honorum sin parangón. En mi caso, por gratitud y por justicia, me he asignado un cometido inaudito en mi persona: he decidido contar su historia desde el principio, al menos, desde el momento en el que Julia Domna llegó a Roma. Pero en mí no habita ni el sentimiento ni la pericia de las palabras de un poeta ni de un autor de teatro popular y, aunque he escrito mucho, siempre han sido tratados de medicina, de plantas y pócimas, de anatomía, de enfermedades y tratamientos. Huelga decir que esta circunstancia me situaba ante un problema nunca antes considerado por mi intelecto: ¿cómo se cuenta la historia de una persona? ¿En qué orden? ¿En una sucesión cronológica de acontecimientos u organizando estos según temáticas afines? 

Esto es algo nuevo para mí y confieso que me he sentido perdido durante meses en este punto. Es complejo decidir cómo se va a contar una historia. Esto es, si se quiere hacer bien, tal y como se deben acometer todos los empeños en los que uno se embarca. Lo que implica, en el caso que nos ocupa, evitar ser uno de esos que se aventuran al relato sin antes considerar bien cómo organizar las ideas. Si uno va a ser proclive a semejante desatino entonces es mejor que ni tan siquiera empiece la empresa. Por eso he dedicado tiempo, esfuerzo e ingenio a pensar sobre esta cuestión: ¿cómo contar la historia de Julia Domna, la emperatriz más poderosa de Roma? Estuve ponderando acerca de qué elementos o rasgos definen a una persona: unos dicen que su carácter, que tan relacionado está con los humores y su salud, pero estas características técnicas son las que nos interesan a los médicos. Yo no escribo ahora esta historia para otros cirujanos. A ellos les dejo mis manuales y tratados del arte de Asclepio, detallados y extensos. Limitados también. Solo yo sé cuánto me duele eso, mas empiezo a dispersarme. Luego volveré sobre este punto, sobre las fronteras impuestas a mi medicina, sobre la ceguera de conocimiento en la que me han obligado a trabajar. 

Pero volvamos a Julia. ¿Qué define a una persona además de su carácter y sus humores? Sus amigos, aquellos a quienes uno considera merecedores de ser depositarios de su confianza. A la luz de las amistades de las que alguien se rodea a lo largo de su vida se puede entrever con claridad qué tipo de persona es la que está en el centro de ese núcleo. Aristóteles ya hablaba de esto, pero también advertía de que las amistades que surgen del interés no son realmente tales, pues en esas circunstancias lo que promueve nuestro acercamiento a la otra persona es conseguir algo, por lo general un beneficio. De esta forma, en el caso de una emperatriz tan poderosa como la augusta Julia, si bien podemos encontrar alrededor de ella un círculo cercano de amistades, en el que yo mismo me incluyo, cabe también preguntarse: ¿quién de nosotros se ha acercado a la emperatriz solo por auténtica amistad sin perseguir un privilegio, un regalo, una ayuda? Hasta yo mismo me aproximé a ella en un inicio para obtener cosas que anhelaba. Luego aprendí a respetarla e incluso a sentir admiración, pero ¿es esa una relación de amistad? Emperatriz y poder. Eso me dio finalmente la clave para poner en marcha mi narración y articular mi discurso de forma coherente: es muy complejo discernir los amigos auténticos de alguien poderoso, pero es mucho más sencillo, y me atrevo a decir que hasta más objetivo, determinar quiénes fueron sus enemigos. Resulta, por cierto, indiscutible que la emperatriz Julia Domna tuvo enemigos formidables, oponentes mortíferos, y comprender quiénes fueron puede hacernos entender con precisión quién, en verdad, fue la persona a la que tanto mal intentaron hacer estos. En consecuencia, ante la incapacidad de definir bien a los amigos reales de la emperatriz, he decidido narrar su historia organizándola en cinco secciones, en cinco libros de acuerdo con los cinco grandes enemigos a los que se ha enfrentado la augusta Julia hasta ahora: nada más y nada menos que cinco emperadores de Roma. Es un listado imponente que creo que puede trasladar al lector de este relato la dimensión de la personalidad de Julia. La augusta nunca se arredró ante nadie. Eso siempre me admiró de ella. Pero vayamos al principio. 

 

LIBER PRIMUS 

DIARIO SECRETO DE GALENO 

Anotaciones sobre los orígenes de Julia y sobre la locura del emperador Cómodo 

Julia se curtió en una constante lucha por la supervivencia desde el principio de su llegada a Roma, siendo su primer enemigo tan formidable como brutal. Prueba de lo que digo son los muchos que perecieron en los últimos años de gobierno del Imperator Caesar Lucius Aelius Commodus Augustus Pius Felix Sarmaticus et caetera, esto es, usando una parte de sus nombres oficiales y dejando de lado los exóticos que se fue añadiendo y autoasignando a lo largo de su gobierno; en todo caso, para abreviar y facilitar la narración, a partir de ahora, me referiré a él como Cómodo. La capacidad de sobrevivir de Julia en medio del peor de los mundos se manifestó suprema ante los desatinos de Cómodo, el último de los emperadores de la dinastía Ulpio-Aelia o Antonina, según nos fijemos en los orígenes de esta estirpe con Nerva y Trajano o en su final con Antonino y Marco Aurelio. Pero más allá de mi organización temática por enemigos de nuestra protagonista, hagamos un poco de cronología para ubicar al lector en el momento preciso del comienzo de nuestro relato: nacida en Emesa, en la provincia oriental de Siria, hija de un rey-sacerdote del culto al dios del sol El-Gabal, Julia se casaría con Septimio Severo, un prometedor legado del Imperio. Para consumar el matrimonio, la joven muchacha se trasladó a Lugdunum, donde Septimio ejercía como gobernador de la Galia Lugdunense. Ella era muy joven, apenas dieciséis o diecisiete años; él, un maduro viudo de unos cuarenta años, sin hijos. Los esposos se llevaban bien: Julia era muy hermosa y de una inteligencia sobresaliente, aunque nadie reparase en ello. Supo ocultar esta destreza suya tras la deslumbrante belleza de su rostro y de su pequeño cuerpo, del que Septimio Severo quedó prendado de inmediato, al parecer en un encuentro previo que tuvieron ambos cuando Severo ejerció como legado en Oriente años antes, cuando ella aún era solo una adolescente. Más adelante daré cumplida cuenta de ese primer encuentro entre ambos. Pero avancemos. Tras contraer matrimonio con Septimio Severo, Julia se quedó embarazada apenas nueve meses después de la boda, lo que certifica la pasión de su esposo por ella, así como la fertilidad de la augusta. Nació en Lugdunum entonces el primogénito de la pareja, a quien pusieron el nombre de Basiano, como el padre de Julia, un detalle que mostraba algo que muchos no supieron ver: Septimio quería agradar a su esposa, pues estaba enamorado de ella. Algo comprensible desde un punto de vista puramente físico y desde la perspectiva de un varón adulto y en razonable plenitud aún. En mi caso es diferente, pues conocí a la que sería emperatriz Julia cuando yo ya tenía más de sesenta años. Aun así recuerdo que su belleza hizo revivir en mí deseos carnales que creía no ya dormidos sino muertos y enterrados. No lo digo porque la emperatriz cayera en la frivolidad del flirteo o provocara con sus ademanes ni con su vestido. Siempre fue prudente en su forma de conducirse, ya fuera en la residencia de su esposo o en público. No seré yo quien la acuse de llevar una vida lujuriosa como han hecho tantos de sus enemigos hasta crear de ella una imagen tan falsa como extendida en muchos lugares del Imperio. ¿Será esa la idea que perviva de ella, la de los rumores y la maledicencia? Sin embargo, su capacidad de hechizar a los hombres no era fruto ni de frivolidad en su conducta ni de erotismo fatuo. Era simplemente que hay mujeres de tal hermosura que, no importa cómo se aderecen ni qué ropa luzcan, irradian algo que obnubila. Julia siempre supo utilizar esa baza con su esposo, incluso cuando aquello pudo suponer una guerra civil, descarnada y sin límites. Quizá tampoco ella tuvo alternativa. Siempre se adelantaba a los acontecimientos, y para Julia atacar primero era la mejor opción y, cuando lo hacía, no solía errar en sus objetivos. Yo creo que actuó siempre en defensa propia, pero vuelvo a adelantar acontecimientos. Ciertamente es más difícil contar una historia como esta que redactar uno de mis manuales de anatomía. El lector habrá de tener paciencia conmigo. Explico mi aseveración anterior: en los círculos de poder de Roma, si no atacas tú primero, tus enemigos te aniquilan, en el sentido literal del término. Julia aprendió todo esto con rapidez. Los que la critican no han querido entender que ella tan solo fue una alumna aventajada de los usos brutales de la lucha por el poder en Roma y eso que durante años la consideraron una extranjera, mas ella lo solucionaría de forma definitiva. Pero volvamos a los últimos años de Cómodo para marcar el inicio propiamente dicho de nuestro relato: tras su buena gestión en la Galia Lugdunense, a Septimio Severo lo nombraron procónsul en Sicilia. Julia y el pequeño Basiano lo acompañaron y allí dio ella a luz al segundo niño de la pareja, al que llamaron Geta en atención, esta vez, al hermano de Septimio. Ella también sabía cómo agradar a su esposo, y no solo en el lecho. Luego vendría el nombramiento clave para Septimio: gobernador de Panonia Superior con tres legiones a su mando. Era un matrimonio feliz. Sí, todo habría sido tranquilo si no hubiera existido Cómodo. Los acontecimientos se precipitaron unos sobre otros y, en medio de la locura del emperador Cómodo, llegó el desastre. Ese día yo lo perdí todo. Pero no he de dispersarme. Esta no es mi historia, sino la historia de Julia.

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