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Tiempo pasado, de Lee Child, una de las novelas del año

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Las editoriales Blatt & Ríos y Eterna Cadencia se unieron para editar esta novela de Lee Child, la primera traducida en Argentina. Y aunque el género revisitado por el autor británico sea el policial, realmente Tiempo pasado se vuelve al terror. Un viaje programado, un desvío de rigor y el infierno mismo. Jack Reacher, el protagonista, un antihéroe entrañable, nos vuelve a enredar en su cartografía; única, combativa. Aquí el segundo capítulo

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Los árboles enfriaron y refrescaron el aire, por lo que Reacher se sintió a gusto manteniendo un ritmo constante de seis kilómetros por hora, que para su largo de piernas eran exactamente ochenta y ocho beats por minuto, que era exactamente el tempo de una buena cantidad de la mejor música, por lo que era un tiempo que se pasaba de manera agradable. Hizo treinta minutos, tres kilómetros, siete temas clásicos en su cabeza, y entonces escuchó detrás de sí sonidos verdaderos, y se dio vuelta y vio que una vieja pick-up se acercaba hacia él moviéndose de un lado para el otro, como si cada una de las ruedas quisiera ir en una dirección distinta. 

Reacher le hizo señas con el pulgar. 

La camioneta paró. Un tipo viejo con una barba larga y blanca se estiró adentro hacia el costado y bajó la ventanilla del pasajero. 

-Voy a Laconia -dijo. 

-Yo también -dijo Reacher. 

-Bueno, OK. 

Reacher se subió, y volvió a levantar la ventanilla. El viejo arrancó y recuperó la tambaleante marcha. 

-Supongo que esta es la parte en la que me dice que necesito neumáticos nuevos -dijo. 

-Es una posibilidad -dijo Reacher.

?Pero a mi edad intento evitar gastar grandes sumas de capital. ¿Para qué invertir en el futuro? ¿Tengo algún futuro? 

-Ese argumento es más circular que sus neumáticos. 

-De hecho el chasis está torcido. Tuve un choque. 

-¿Cuándo? 

-Hace cerca de veintitrés años. 

-Entonces esto ahora para usted es normal. 

-Me mantiene despierto. 

-¿Cómo sabe hacia dónde tiene que dirigir el volante? 

-Te acostumbras. Como navegar a vela. ¿Por qué va a Laconia? 

-Pasaba por acá -dijo Reacher-. Mi padre nació ahí. Quiero verla. 

-¿Cuál es su apellido? 

-Reacher. 

El tipo viejo negó con la cabeza. Y dijo: 

-Nunca conocí a nadie en Laconia que se llamara Reacher. 

La razón de la bifurcación previa en forma de Y en la ruta resultó ser un lago, lo suficientemente ancho como para hacer que los conductores norte-sur tuvieran que elegir un lado, orilla derecha y orilla izquierda. Reacher y el viejo se zarandearon y se sacudieron a lo largo de la orilla derecha, lo que era mecánicamente estresante, pero visualmente bello, porque la vista era deslumbrante y el sol estaba a menos de una hora de ponerse. Después vino Laconia misma. Era un lugar más grande de lo que Reacher esperaba. Quince o veinte mil personas. Una capital de condado. Sólida y próspera. Había edificios de ladrillo y prolijas calles antiguas. El sol bajo y rojo hacía parecer que estaban en una película vieja. 

La zarandeante pick-up se tambaleó hasta quedar detenida en una esquina céntrica. El viejo dijo: 

-Laconia.

?¿Cuánto cambió? -dijo Reacher. 

-Por acá, no mucho. 

-Crecí pensando que era más pequeña. 

-La mayoría de las personas recuerdan que las cosas eran más grandes. 

Reacher le agradeció al tipo el aventón, y se bajó, y vio cómo la camioneta se alejaba chirriando, cada neumático insistiendo en que los otros tres estaban equivocados. Después se dio vuelta y caminó unas cuadras al azar, dándose una idea de qué podía haber dónde, en particular dos destinos específicos para empezar con la búsqueda al día siguiente, y dos para atención inmediata esa misma tarde, el primero un lugar para comer, y el segundo un lugar para dormir. 

Ambas cosas estaban disponibles, un poco al estilo de un centro histórico. Comida saludable, ningún lugar medía más que el ancho de dos mesas. Ningún motel en la ciudad, pero sí muchas hosterías y muchos bed and breakfast. Comió en un estrecho bistró, porque una camarera le sonrió por la ventana, después de un momento de incomodidad cuando ella le trajo el pedido. Que era una especie de ensalada que tenía carne, que era la opción del menú que pensó que sería la más nutritiva. Pero cuando llegó era diminuta. Después pidió una segunda vez, y un plato más grande. Al principio la camarera no entendió bien. Pensó que había algo mal con el primer pedido. O con el tamaño del plato. O ambas cosas. Después entendió. Tenía hambre. Quería dos porciones. Le preguntó si necesitaba algo más. Pidió una taza más grande para el café. 

Más tarde deshizo su recorrido hacia unos alojamientos que había visto, en una calle lateral cerca de las oficinas de la municipalidad. Había lugar en la hostería. Las vacaciones habían terminado. Pagó una buena suma por lo que el posadero llamó una suite, pero que él llamó una habitación con un sofá y un exceso de estampados de flores y almohadas de plumas.

Removió de la cama una docena y puso sus pantalones debajo del colchón para plancharlos. Después se dio una larga ducha caliente, y se metió debajo de las sábanas, y se fue a dormir.

 

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