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Te amaré eternamente… y otros mitos

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La psicóloga Diana Wang, con casi cincuenta años de ejercicio como terapeuta de parejas, recaba algunas observaciones, consejos y lecciones que fue aprendiendo tanto de sus pacientes como de su propia experiencia para todos los que quieren compartir la vida con otra persona. Te amaré eternamente… y otros mitos de la vida en pareja (Grijalbo) analiza las relaciones sin tapujo. Aquí la introducción.

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El amor es un sentimiento que compartimos todos los mamíferos, como seres gregarios. Asegura el apego, el cuidado y la protección de los que tenemos cerca, de la cría y los miembros de la tribu. Es condición de supervivencia. Segregamos oxitocina a la hora de cuidar y proteger, alimentar y cubrir, abrazar y consolar. Lo que vemos como “espiritual”, “trascendente”, “misterioso” o “mágico” tiene sustento hormonal.

Las hormonas actúan sobre nuestra conducta. Bien lo sabemos las mujeres durante el período del síndrome de tensión premenstrual, con sus días de llanto, irritación o angustia, esas tormentas arrasadoras que nos cubren con imágenes oscuras y pesimistas.

En la infatuación y el enamoramiento, la presencia del otro, sus besos y sus abrazos generan una inundación de oxitocina en nuestro torrente sanguíneo. Puro placer, felicidad y violines. Adictivo y total. Tenemos la misma sensación cuando, puérperas, segregamos a mares esta hormona del amor junto a nuestro recién nacido. La oxitocina estimula la lactancia, genera las contracciones del útero durante el parto y las de la vagina en el orgasmo. Éxtasis total que obnubila, emborracha y fascina, abre el buen humor y la sociabilidad e inhibe la agresión y la ira. Al igual que otras drogas adictivas, libera varios neurotransmisores ligados con el placer, la dopamina, la noradrenalina y la serotonina y al mismo tiempo, reduce los niveles de cortisol, o sea, baja el estrés, el miedo y la ansiedad. No en vano el Prozac se llama la droga de la felicidad.

Cuando nos enamoramos vemos todo con brillo y color, estamos llenos de energía y optimismo, nos sentimos capaces de todo. Pero con el paso del tiempo el efecto acostumbramiento va disminuyendo el caudal de liberación hormonal. Baja la oxitocina, se eleva el cortisol y con ello la ansiedad, el miedo y el pesimismo. Perdido el brillo del amor apasionado, este descenso hormonal puede ser leído y vivido como pérdida del amor.

Somos tan vanidosos que nos creemos dueños de nosotros mismos y de nuestras emociones. Nos resistimos a creer cuántas de nuestras emociones y estados de ánimo son dictados por los neuroquímicos. Cuando nos inundan, le ponemos palabras a ese sentimiento para darle un sentido y comprender lo que nos pasa.

Pero no seamos reduccionistas. No todo es hormonal. Es mucho, eso sí, pero no todo. Somos una unidad neuro-hormono-psicológica, no estamos divididos en físico o psicológico, está todo junto y cada aspecto parcial potencia o tiene efectos en la totalidad. Podemos tener emociones placenteras también con pensamientos, relaciones y experiencias positivas, y suelen ser los persistentes.

Decía Borges que enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible. Creemos que el amor es exterior a nosotros, perteneciente a la esfera “espiritual”, y que nos es dado mágicamente. Y que, cuando desaparece, nos ha sido quitado, también por arte de magia. El Cupido mitológico es una clara representación de la idea de que no somos responsables por el amor, el flechazo vino de afuera y no pudimos más que entregarnos.

La cultura, las novelas románticas, las películas, las canciones nos instilan sin cesar esa idea del amor maravilloso con la misma cantinela: Si hay amor todo lo demás se arregla, incorporada como una verdad incontrovertible. Pero, nos enamoramos y decidimos unirnos y al tiempo, el fuego del comienzo se transforma en tibieza y, aterrados ante la idea de que se apague, advertimos que no era así, que el amor no bastaba.

Hasta que uno no está en la pista de baile no sabe cuáles son sus habilidades y cuáles sus debilidades, no sabe qué necesita y qué espera de su partenaire para bailar un buen tango. Uno está lejos de imaginar que la coreografía es más de lo que parece a simple vista, que los grandes pasos son el resultado de cosas mucho más sutiles: miradas, sobreentendidos, pequeños gestos, movimientos y roces con las manos, los hombros, las caderas. ¿Cómo entenderse con el otro? ¿Alcanzará la química, la piel?  

¿Dicha o desdicha?

Por todo eso, ¿qué es ese sentimiento que llamamos amor? Compartimos como especie su sustento hormonal, pero en tanto sentimiento ¿es igual para todos? ¿Una vez que está, seguirá estando? ¿Hay algo que podamos hacer para sostenerlo?

Hay muchas formas de amor, pero solemos pensar al amor en pareja como ese sentimiento que determinará que quien lo produce será el centro de nuestra vida, el dador y posibilitador de toda la felicidad posible. Sexualidad satisfactoria, reconocimiento personal y familia feliz estarán garantizados de por vida si hay amor. El sexo siempre será ardiente y apasionado, la convivencia eternamente armónica, los hijos y la familia un oasis de paz y realización, y cada uno se sentirá necesitado, elegido y altamente valorado.

De la infatuación del comienzo, al enamoramiento que pudiera seguir y luego al amor, si es que sucede, se pasa a la convivencia, al todos los días, a las rutinas y estructuras, a la caída de los velos que nos iban cubriendo mientras duraba el entusiasmo y nadábamos en oxitocina. El otro se nos empieza a aparecer tal como es y nosotros nos mostramos al otro tal como somos.

Aquel brillo esplendoroso del enamoramiento con la promesa de la conjunción armónica y perfecta inevitablemente se termina y en el mejor de los casos dejará paso al buen amor. Es un amor diferente de aquel del comienzo que nos encuentra un tanto desvalidos porque la vida continuó después de las doce y el encantamiento se esfumó, y no siempre nos gusta lo que hay, ni las cosas resultan ser como lo soñábamos. Y, lo que es peor, no siempre responde a nuestras necesidades ni nos protege de nuestros rincones oscuros y temores.

Años de convivencia

La vida cotidiana es un gran estructurador y organizador. Las rutinas, las obligaciones, la esfera social y familiar, los hijos, van construyendo una forma de amor diferente que no estamos seguros de que se siga llamando amor. Eso nuevo que aparece, y que nos acompaña cada vez que nos sentamos a la mesa o que seguimos los pasos conocidos del todos los días, es una nueva forma de amor. Pero no es una compensación suficiente en caso de que no nos guste cómo nos vemos en los ojos del otro, cuando lo que estamos viviendo nos hace sufrir.

Dentro del gran marco que llamamos amor, ya entraron la infatuación y el enamoramiento. Falta todavía que las narrativas sociales y culturales, las novelas y las canciones —esos constructores y modeladores culturales—, se ocupen de este período de la convivencia continuada para que también sea incorporado al amor. Con la extensión de la expectativa de vida, la pareja de larga data comienza a ser una constante, y hasta ahora, ha recibido poca atención en nuestra sociedad. Se sigue pensando en el amor de la infatuación y el enamoramiento y ese otro amor que sobreviene más tarde, no tiene boleros ni poemas que lo enaltezcan, como si fuera una consecuencia no deseada o un desenlace pobre y opaco de aquello que fue y que ya no es más. ¿Cómo cantarle a eso?

El otro como parte de uno. En la convivencia, el otro es el testigo permanente, lo que nadie quiere que se vea o se sepa la pareja lo ve y lo sabe, es un espejo en el que a uno no le gusta a veces lo que ve ni su mirada enjuiciadora. Tal vez por eso el baño sea el único espacio privado de la casa, el único lugar en donde uno se puede relajar porque no está allí la mirada judicativa y aprisionadora del otro.

Un incesto no previsto

Digo medio en chiste y medio en serio que después de varios años todo matrimonio se convierte en incesto. Convivo con el mismo hombre, mi segundo marido, desde 1975. Como dicen en Alcohólicos Anónimos, yo también estuve ahí, sé lo que es la ilusión y la frustración, la necesidad y el deseo, la urgencia y la irritación, la furia y la depresión. Yo también estuve ahí. En la convivencia nos co-construimos en una nueva entidad, el otro se vuelve parte de uno mismo y uno se vuelve parte del otro, aprendemos de sus gustos y los hacemos nuestros, tomamos sus preferencias y las compartimos, y así, poco a poco, nuestras subjetividades se mezclan y somos quienes somos como individuos, pero también somos esa parte que ha co-construido la pareja.

La infatuación, el enamoramiento, las primeras etapas del amor suceden con un otro, un diferente, alguien desconocido que se debe seducir y conquistar, enamorar y fascinar. Si somos parte de una unidad, si el otro es parte de mí como mi brazo, ¿cómo emprender un proceso de seducción y conquista, si ya es mío? ¿Dónde quedó la magia de esperar que el otro me mire, gustarle, enamorarlo y ver el deseo en sus ojos? ¿Cómo salir de una conversación sobre el service del lavarropas y entrar en un ámbito erótico? ¿No estamos pidiendo mucho?

¿Queremos volver al comienzo? Sí. Tenemos hambre de pasión, queremos paladear otra vez la embriagadora droga del comienzo del amor. Necesitamos sentirnos enamorados y creemos que solo podremos recuperar ese sentimiento enamorándonos de otra persona.

Bertrand Russell, hace cien años, aconsejaba casarse con el mejor amigo, alguien con quien se compartan gustos y estilos, con quien se pueda conversar y convivir y dejar el tema flexible del amor fuera del matrimonio. Consejo de un matemático y filósofo galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1950.

De ida y vuelta  

Solemos pensar al amor, así como cualquier otro sentimiento, como dentro de una cajita en compartimentos particulares. Una cajita con el sentimiento para A, otra para B, otra para C y así las demás. ¿Cajitas? ¿Dónde? Pues en nuestro cuerpo, arriba a la izquierda, en el pecho, en el corazón que, en lugar de aurículas y ventrículos, está lleno de cajitas diminutas. Por eso nos llevamos la mano al pecho cuando hablamos de amor.

Además de localizado, solemos creer que ese sentimiento tiene un monto fijo de valores guardados. Nuestro corazón sería una caja de caudales, un compartimento cerrado que abrimos y ofrecemos a determinadas personas por causas misteriosas. No hay datos en ese corazón acorazado acerca de cuáles son los elementos que hacen que queramos a alguien, que nos aburra otro, que despreciemos a un tercero o nos fascine un cuarto. Los sentimientos parecen ser algo que surge per se. El corazón se abre de pronto y lanza llamadas de amor que no se pueden predecir, ni controlar, ni comprender, que nos asaltan sin que tengamos ni voz ni voto en ello.

Observo algo bien diferente en mi experiencia, tanto personal como profesional, que me ha hecho ubicar a los sentimientos ni en una ni en otra persona, sino en el entre, en su interacción, en el clima que se crea, en el ida y vuelta de cada encuentro. Lo que sí tiene cada uno dentro de sí es la posibilidad de registrar lo que sucede cuando está con el otro. Y si el dispositivo de registro está adecuadamente calibrado en ambos, los dos registrarán el mismo sentimiento. Si lo que sucede cuando están juntos es aburrido, cada uno verá al otro aburrido. Si lo que ocurre cuando están juntos es simpático, cada uno verá al otro simpático. El afecto o el desafecto, el sentimiento, cualquiera que sea, es una consecuencia de lo que sucede cuando se está con el otro, de lo que cada uno gatille y provoque, del aire que armen juntos, de la energía que produzcan. Alegría o depresión, tensión o relajación, ligereza o pesadez, estímulo o freno, suceden de a dos, están en el entre. Y si ambos tienen bien ajustado su dispositivo registrador, si pueden leer bien los datos de lo que pasa cuando están juntos, ambos sentirán lo mismo porque estarán traduciendo el mismo aire que comparten. Los sentimientos son siempre mutuos, porque los dos leen lo mismo, si es que ambos tienen bien balanceada la percepción de lo que sucede.

Ocurre igual con ese sentimiento al que llamamos amor. No es un tesoro guardado en la caja de caudales esperando un destino. Es consecuencia de la interacción, no está dentro de uno y dentro del otro, está en el entre.

Pero el dispositivo de registro se puede dañar por un estado de carencia y necesidad que altera la lectura, tergiversa los datos y no se ven las cosas como son. Los amores contrariados son fallas en la lectura del clima. Cuando en un tango, en un bolero o en una confidencia oímos yo la quiero, pero ella a mí no, falló el registro. Falló la lectura de lo que pasaba cuando estaban juntos. Si solo uno ama, la lectura fue imaginaria, no tomó los datos reales del encuentro sino que los alteró. Es una experiencia habitual en situaciones en las que alguien vio señales de flirteo cuando solo fueron gestos de amabilidad.

Los sentimientos no son fijos y para siempre, como tampoco lo son las relaciones, los climas y las trayectorias. Pueden cambiar, crecer o decrecer. El entre es la mejor forma de evaluar lo que está pasando cuando esas dos personas están juntas. Lo que sienten, si lo están registrando bien, si son honestos con su piel —que no se deja engañar—, es el aire que circula, esa corriente que los une de esa particular manera.

No solo en la pareja matrimonial sino en cualquier relación de dos. Saberlo nos da una información preciosa y precisa porque eso que sentimos por el otro es, probablemente y casi seguro, lo mismo que el otro siente por nosotros. Tenemos una poderosa herramienta diagnóstica de los sentimientos de los demás y no es preciso preguntar, tan solo dejarse vivir en el encuentro y registrar el clima, la emoción, el sentimiento que se produce. Sospecha, desconfianza, recelo, desprecio o alegría, comodidad, gusto, cariño, si lo sentimos por el otro, ganaremos tiempo y esfuerzo sabiendo que el otro siente algo similar.

Además del clima grato, la energía, el gusto, la diversión, el placer, todo eso que circula en un encuentro de amor, lo más potente es el modo en el que cada uno se ve en la mirada del otro. Somos inseguros, vulnerables e imperfectos. Cuando nos vemos en el espejo de los ojos del otro como quien nos gusta ser y cuando, paralelamente, reflejamos al otro con la imagen de la persona que quiere ser, florece el amor. Como todo mamífero necesitamos asegurar que seremos queridos, cuidados, protegidos, alimentados y que nunca nos dejarán solos. Es la mirada del otro la que nos dice que somos bellos, inteligentes, admirados, necesitados, valorados, deseados. Es esa mirada la que nos proporciona una emoción oceánica de plenitud, un ya llegué que promete dicha eterna y felicidad garantizada. Pero ¿el amor puede durar para siempre?

 

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