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San Martín – Una biografía política del Libertador

 

 

 

San Martín. Una biografía política del Libertador (Edhasa) es la deslumbrante biografía de Beatriz Bragoni que incluye una reconstrucción completa de la vida política y militar de San Martín, desde sus orígenes en España hasta las décadas que vivió en Francia. ¿Por qué decidió apostar por América? ¿Cómo incidió la Logia Lautaro en la liberación de América? ¿Cuál fue su relación con Inglaterra? ¿Cómo se trasformó en el héroe nacional mientras se hallaba sumergido en el ostracismo? Con una investigación sin fisuras, alejada de cualquier maniqueísmo, esta biografía es un retrato cabal de una figura impar de la gesta revolucionaria de América Latina; una figura constituyente de la identidad argentina que se enlaza, y se reanima desde el siglo XIX a la actualidad.

 

 

POR BEATRIZ BRAGONI

 

El arribo a Buenos Aires y la sociabilidad porteña

San Martín y sus amigos de la logia, junto con el barón de Holmberg, se embarcaron en la fragata inglesa George Canning. Los primeros días de marzo de 1812 recalaron en el puerto de Buenos Aires. Llegaba a una ciudad prácticamente desconocida. De allí había partido siendo muy pequeño, y su familia no había creado lazos durante su breve estancia porteña. Su único refugio lo constituía el reducido núcleo de sus compañeros de viaje, y sólo traía consigo su foja de servicios, el uniforme y la decisión de sumarse al gobierno insurgente. Sería justamente el influyente Carlos de Alvear quien lo recomendaría al gobierno triunviral, que le reconocería el grado de teniente coronel ocho días después de haber pisado suelo porteño. Antes de hacerlo, el gobierno valoró su foja de servicios, y despejó dudas sobre su desempeño, no sin antes calcular que podría engrosar el conglomerado de adversarios realistas (o franceses) que todavía albergaban esperanzas de extirpar el “virus” de la revolución.
El frente de guerra abierto desde la creación de la Junta Patriótica el 25 de mayo de 1810 había exigido persistentes presiones reclutadoras sobre la población urbana y rural en la inestable jurisdicción de las Provincias Unidas con resultados demasiado frágiles para hacer de ella una poderosa maquinaria militar capaz de sostener la revolución rioplatense. Para ese entonces, la militarización revolucionaria en Buenos Aires había reemplazado el esquema miliciano, eficaz durante las invasiones inglesas, por formaciones militares permanentes organizadas en cinco cuerpos de veteranos de infantería, uno de granaderos y uno de castas.En 1811, y a raíz del motín del cuerpo de Patricios, el gobierno introdujo cambios en la organización y disciplina militar, dando origen a cuatro compañías que reunían a más de siete mil soldados, en su mayoría de infantería. No obstante, las urgencias de la guerra en la Banda Oriental y en el Alto Perú exigían nuevas reformas, y con el ingreso de perfiles profesionales como el suyo, el gobierno confiaba fortalecer los cuerpos de caballería para enfrentar la poderosa descarga militar que le había permitido a las tropas del virrey del Perú triunfar en Guaqui, y el refuerzo de la fuerza militar arribada a Montevideo.
Entretanto, la vida política en la antigua capital virreinal y en las ciudades del interior que aceptaron el gobierno instalado en Buenos Aires había dado origen a una nueva sociabilidad que traspasaba los límites urbanos y penetraba en el mundo rural. La política como actividad y como tema de conversación cotidiano había alcanzado a grupos sociales que hasta entonces estaban ausentes del campo de decisiones. El debate público y el curso de la guerra que afectaba por igual a contingentes enormes de hombres movilizados, y a sus familias, había dado curso a un poderoso proceso de politización colectivo. El mismo gobierno había activado un repertorio de dispositivos destinado a fomentar el espíritu público y el fervor patriótico para que ningún rincón quedara ajeno al clima revolucionario. Los bandos y proclamas eran expuestos y leídos en las plazas, en los atrios de las iglesias, en los regimientos y en las pulperías. Los curas fueron obligados a impartir sermones afines al “sagrado sistema de la libertad”, y los rituales y ceremonias públicas que antes habían servido para afirmar la lealtad al rey ahora se ponían al servicio de crear lazos de obediencia con la Patria. El acto soberano de 1810 ameritaba ser entendido en clave de ruptura con el pasado, y esa razón justificó invenciones rituales que se pusieron de manifiesto desde el Tiahuanaco hasta la Plaza de la Victoria en Buenos Aires. Allí, el Cabildo había dispuesto la erección de una pirámide para conmemorar el primer año de la revolución, y al siguiente, el Triunvirato ordenó planificar en detalle los festejos del nuevo aniversario del acontecimiento que había marcado el inicio de una era. Para ese entonces, el vecindario y pueblo de la ciudad participaron de jornadas festivas que incluían como antaño el ornato urbano, fuegos de artificio, música y corrida de toros, en sintonía con las celebradas en cada capital y villa (como la de Jáchal en San Juan), insertas en la atmósfera revolucionaria.
Mientras las Fiestas Mayas arbitraban con relativo éxito la cohesión simbólica y social del nuevo tiempo político, la nueva sensibilidad alcanzó como no podía ser de otro modo a las mujeres. Allí emerge desde luego la figura de Mariquita Sánchez, quien no sólo alentaría una de las tertulias más memorables del Buenos Aires revolucionario, sino que habría de movilizar a sus congéneres para reunir dinero y ofrecérselo al general Manuel Belgrano, bajo el pedido especial de que sus nombres fueran inscriptos en los fusiles, frente a los límites de “la naturaleza y las leyes” que les impedían “desplegar su patriotismo con el esplendor de los héroes en el campo de batalla”. En la base de la escala social las cosas no eran demasiado distintas. Para cuando la célebre Mariquita manifestara su interés patriótico al general que encabezara la segunda expedición al Alto Perú, un grupo de esclavos mendocinos habían promovido una rebelión con el objetivo de exigir la carta de libertad para convertirse en soldados de la Patria y ponerse al servicio de las armas de Buenos Aires. Aunque la rebelión fue desbaratada por las autoridades, la resolución judicial del caso favoreció a los negros insurrectos, los cuales fueron declarados libres para integrarse a las armas de la Patria, luego de refutar el derecho de gentes y filiar la pretensión plebeya con la genealogía patriótica de los negros porteños durante las invasiones inglesas.36 Todo parecía indicar, entonces, que el espíritu público y patriótico había alcanzado las almas de la casi completa geografía rioplatense, y ese sustrato de convicciones habría de contribuir decididamente a acelerar el curso de la revolución.
Al tiempo que San Martín encaraba la creación del flamante escuadrón de Granaderos a Caballo, los herederos del partido del difunto tribuno de la revolución, el Dr. Mariano Moreno, habían dado vida a la So­ciedad Patriótica, que operaba como club jacobino para activar la pro­paganda revolucionaria.37 Las acusaciones al gobierno se tradujeron en la clausura de la Gazeta y el Censor, y desde entonces las páginas editadas por Bernardo Monteagudo, desde Mártir o Libre y el Grito del Sud, acrecentaron la opinión contraria al Triunvirato por entender que había frenado la constitución de un Estado independiente. La conspiración realista liderada por el antiguo líder de la defensa porteña en las jornadas contra los ingleses, el comerciante vascongado Martín de Álzaga, verificó los riesgos que pendían sobre el centro revolucionario, más aún cuando se supo que contaban con ramificaciones en el interior y mantenían contactos con la “fidelísima Montevideo”. La detención, muerte y exhibición de los restos de los acusados de “traición a la Patria” y de los treinta involucrados en la conjura en la Plaza de la Victoria no disminuyó el malestar popular que se extendió más allá de la proclama que daba por finalizada la represión. La furia de la plebe se expresó en cánticos, agravios e insultos a los cadáveres que ni siquiera la influyente autoridad de los curas pudo detener.
A esa altura, los militares reunidos en la Logia Lautaro que habían reactualizado en suelo americano el juramento prestado en Cádiz o en Londres cuestionaron el accionar del gobierno bajo la doble convicción de que la suerte militar de la revolución debía inscribirse en una dimensión más amplia a la reducida visión localista de Buenos Aires, y que por ello veían en el gobierno un instrumento al servicio de su causa. Ese doble objetivo hizo posible la interrelación entre ambos grupos, y esa conjunción de opiniones, influencias y armas precipitaron, el 8 de octubre, la caída del gobierno y su reemplazo por el Segundo Triunvirato. En aquellas jornadas donde la Plaza de la Victoria se convertía en epicentro (una vez más) de la reunión y agitación popular –que era activada por una clientela de empleados de la Aduana, quinteros y peones que respondían al liderazgo de Juan José Paso–, San Martín, Alvear y sus granaderos custodiaron el proceso electivo conducido por el Cabildo que recayó en su mayoría en hombres de la logia. Las Actas del Cabildo porteño dejaron testimonio de la interferencia sanmartiniana del siguiente modo: “No habiendo pasado mucho rato volvió a entrar también el señor comandante don José de San Martín y manifestó con expresiones las más enérgicas que no debía perderse un instante, que iba aumentando el fermento y era preciso cortarlo de una vez. Y se retiró”.
El nuevo gobierno convocó a una asamblea soberana que invocó por vez primera la noción de soberanía nacional, según su estirpe francesa, con el propósito de avanzar en la confección de una Constitución para el nuevo Estado independiente. Sin embargo, y a pesar de las reformas introducidas destinadas a dotar de libertades a indígenas y castas, eliminar privilegios y aprobar la simbología patriótica que de allí en más distinguiría a las Provincias Unidas del Sud, el mandato de la Asamblea quedó trunco frente a un contexto internacional desfavorable para declarar la independencia y dotarla de una Constitución. La divergencia de opiniones sobre la oportunidad de aquel momento político y sobre el curso de la guerra contra los realistas de Montevideo (que habían aumentado su escuadra y parque de artillería), y en el Norte, donde el triunfo de Belgrano en Tucumán sólo había franqueado su avance hasta Salta, dividió aguas entre los miembros de la logia. Mientras Alvear creía que la logia debía constituir un instrumento a utilizar en el marco de la política rioplatense bajo protección británica y debía renunciarse a la intensificación revolucionaria a la espera de la nueva constelación internacional que sucedería al sistema napoleónico, la posición tomada por San Martín era distinta en tanto preservaba los objetivos jurados en Londres: hacer de la logia un medio para asegurar los recursos necesarios y avanzar en la estrategia militar a favor de la independencia americana. Según informó el comodoro Bowles al secretario del almirantazgo inglés, San Martín también era “partidario de la paz” pero no a costa de “negociar la independencia”. Se lo había dicho en uno de sus encuentros en el que también le había confesado que pondría “todo su influjo” para frenar toda acción “antiinglesa”. Bowles podía sentirse satisfecho de la conversación mantenida con el diestro militar al servicio del gobierno de las Provincias Unidas: “la disposición de San Martín –concluyó– son ciertamente favorables a Gran Bretaña, y su optimismo ha aumentado desde la partida de D. Manuel Sarratea hacia Inglaterra en la fragata británica”.
Las señales arribadas desde Europa que anunciaban el eclipse de la estrella de Napoleón, las marcadas desigualdades en el ascendiente que tenían en las tropas y la capacidad de mover influencias por dentro y por fuera de la logia robustecieron el liderazgo de Alvear. A esa altura, las relaciones que San Martín había conseguido construir en Buenos Aires no eran suficientes para competir con quien conocía como la palma de su mano los vericuetos del poder social y político porteño. Esa posición expectable no estaba (ni estaría) todavía a su alcance, aunque había sido eficaz para ingresar al corazón de la elite porteña. Para ese entonces, y después de haber frecuentado las famosas tertulias celebradas en la casa del antiguo canciller de la Audiencia, don Antonio José de Escalada, y estrechar lazos con sus hijos y el cuñado, enrolados en el ejército de línea, contrajo matrimonio con la joven María de los Remedios Escalada Quintana, coronando un ciclo vital que reactualizaba las formas de integración social de los emigrados peninsulares en América mediante matrimonios estratégicos. Cumplidas las autorizaciones eclesiásticas de rigor, la ceremonia religiosa se llevó a cabo el 12 de septiembre de 1812 en la Iglesia de La Merced, y oficiaron como testigos el segundo jefe de Granaderos Carlos de Alvear y su esposa, Carmen Quintanilla, una joven oriunda de Jerez de la Frontera con la que había contraído matrimonio en Cádiz en 1809. Ese día pocos podían imaginar que la revolución y la guerra los transformarían en adversarios irreconciliables. No obstante, el comodoro Bowles anticipó en sus papeles un contrapunto entre ambos personajes, y escribió sobre San Martín: “es menos ambicioso y tiene menor capacidad para la intriga política”.

 

 

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