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Pequeña Viena en Shanghái

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Plager es una escritora voraz que ya cuenta con muchos títulos y así sabemos que lo suyo es la narrativa de ficción histórica, entre otros géneros. Pequeña Viena en Shangái –  La vida de una familia austríaca en el gueto judío de Hongkou (Plaza & Janés) la ubica en el año 1938 y cuenta una historia única: el doctor Jonas Schranz comprende que la única salvación posible es conseguir la visa del consulado de China en Viena y huir con su familia hacia un destino que lo espanta, la ciudad de la que alguien alguna vez dijo: «Si Dios destruyó Sodoma y Gomorra, fue porque no conocía Shanghái». Esta novela describe, con detalles conmovedores, la vida de la comunidad judía dentro del gueto de Hongkou. Y del barrio irónicamente llamado «Pequeña Viena» por sus nostálgicos almacenes y cafeterías. Un sitio en el que los refugiados austríacos y alemanes intentan mantener sus costumbres a pesar de las hambrunas y las restricciones. La prosa cautivadora de Silvia Plager logra transportar al lector desde el infierno europeo hasta el caldero chino, en un viaje donde los chispazos de la pasión se confunden con los destellos de las bombas.

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El capitán Kenzaburo Mifune sale de la sede que muchos llaman la Gestapo japonesa con la convicción de que el decreto ministerial que ordena una acción amistosa hacia los aliados alemanes representa un trabajo suplementario e inútil para las fuerzas ocupantes. Él, que por haber estudiado en Hamburgo, en el fondo desconfía de ese pueblo. Y ahora ve confirmadas sus presunciones. Confinar a los judíos procedentes de Alemania y Austria, que habían llegado a Shanghái después de 1937, no significa ninguna victoria de la cual vanagloriarse. ¿Los antiguos ciudadanos del Reich deben ser eliminados donde hubiesen logrado refugio? Ridícula decisión en un momento en el que los ejércitos alemanes combaten en distintos frentes de Europa y África sin una certeza acerca de la definición triunfal del tablero bélico.

Tres días. Apenas tres días para movilizar a una muchedumbre que se resiste al traslado, aun con el conocimiento de que pueden ser ejecutados por esa rebelión estúpida. Primero les habían comunicado en privado la decisión práctica de exterminar a la comunidad de apátridas en Shanghái, aproximadamente treinta mil, entre mujeres, hombres, niños y ancianos. Un método práctico: aguardar que se reunieran en las sinagogas para el Año Nuevo judío, subirlos a frágiles embarcaciones y abandonarlos en altamar o desembarcarlos en una isla desierta en la que terminarían por comerse los unos a los otros. Pero finalmente no se había llevado a cabo lo propuesto, y ahí está él, convertido en una especie de rey de los judíos. ¿Matarlos? Trabajo inútil. ¿Cuántos de ellos podrán sobrevivir a las epidemias y a las hambrunas? A los superiores se los obedece. ¿A qué vienen, entonces, sus disidencias mentales con el más importante aliado de Japón? A fin de cuentas, los japoneses y no los alemanes son los dueños de Shanghái y ahora han arriado a sus detestados judíos. La Kempeitai ha hecho bien en decapitar a los judíos polacos que se negaron a ir a la zona, alegando no ser “apátridas” porque la patria de ellos era Polonia. Cortarles la cabeza como respuesta enseñará a todos los Tiu Kiu Tao, como los llaman los chinos, a obedecer.

Mifune en ese instante olvida a los acaudalados judíos bagdadíes, liberados del edicto de confinamiento y posible exterminación, al igual que los askenazíes que habían huido de las crecientes razias antisemitas a partir de la derrota de Rusia ante Japón en 1905, y que doce años más tarde debieron escapar nuevamente tanto de los rusos blancos como de los rojos, pues ambos bandos vengaban sus triunfos o derrotas con los judíos que habitaban aldeas y barrios de Odessa, Chernivtsi, Berdichev… Esos askenazíes, que habían hecho interminables viajes arriesgándose a morir por asaltos a mano armada, congelamiento o inanición, continuaban comunicándose entre ellos en idish, lengua que incluye el alemán, el hebreo y un surtido de diferentes idiomas eslavos. Resentidos, quizás, porque en su momento no habían sido bien recibidos por los potentados judíos provenientes de Bagdad en el siglo anterior o a comienzos del XX, se apoyaban mutuamente y, en secreto, presuponían que los germanoparlantes, muchos de ellos profesionales y científicos, obtendrían favores que a ellos, en su mayoría hijos de campesinos, sastres, vendedores ambulantes, les habían sido negados. Si no fuese por una misma religión y una misma experiencia de persecuciones y ejecuciones ordenadas y llevadas a cabo por antisemitas, las diversidades culturales e históricas los hubiesen convertido en grupos antagónicos.

En el distrito de Hongkou, los expatriados habían levantado un centro comercial que llamaron Pequeña Viena, pero ni siquiera ese esfuerzo ha conseguido mejorar el aspecto de una de las zonas más perjudicadas por los enfrentamientos entre chinos y japoneses durante 1937. Y los lilong, edificios típicos de Shanghái —confrontación entre la cultura china y la occidental—, continúan exhibiendo sus fachadas derruidas.

Según decisión del gobierno imperial, el capitán Kenzaburo Mifune es la máxima autoridad del gueto. Judíos malnutridos y peor vestidos hacen fila para ser confinados en barracas con míseras literas o en habitaciones asfixiantes y sucias.

El capitán Mifune baja del vehículo en cuanto su chofer le abre la portezuela y se inclina, reverencial, ante quien, erguido en su escasa estatura y dotado del atributo de su uniforme, experimenta el goce que otorga el poder. Por más que muchos de los miserables apiñados en el lugar le ganen en altura y algunas de sus mujeres parezcan estrellas de Hollywood disfrazadas de indigentes, él manda.

El capitán se detiene junto a las mesas para inspeccionar la tarea de soldados y escribientes abocados al trámite burocrático de clasificar personas como si se tratara de mercadería. Incluso los que han accedido a casas en el barrio del otro lado del río se ven obligados a mudarse a la denominada Ciudad Interior, asfixiada entre el Yangzi y su afluente Suzhou. Pugnan por abrirse camino los chinos que, pedaleando o sobre sus hombros, llevan los objetos de miles de europeos a quienes nadie ha invitado. Esa gente extraña ha llegado a Shanghái para robarles sus trabajos, sus cuencos de arroz y sus exiguos rincones. Bastante padecen bajo la ocupación japonesa como para tener que igualarse con aquellos que pretenden hacerse entender por señas y reciben una ayuda que a los chinos pobres, excluidos eternos de una existencia digna, les es negada hasta por sus propios compatriotas.

Los policías chinos, que forman un cordón, no odian al gentío; incluso desconocen qué significa ser judío, salvo que los llaman Tiu Kiu Tao por ese ritual incomprensible de sacar los tendones de los animales que sacrifican. Por qué los Tiu Kiu Tao deben ser trasladados de un lado del barrio a otro. Por qué las familias chinas se ven obligadas a abandonar sus hormigueros para ir a otros. Ellos desearían estar en sus caseríos, en el campo, junto a sus hijos. Pero durante la guerra han perdido sus tierras y están ahí por unos diez dólares americanos, arroz gratis, el uniforme y un catre en el cuartel. Lo que logren ahorrar será enviado a sus familias.

Los pensamientos de aquellos que aguardan en la estrecha plazoleta son de consternación e incomprensión. Muchos, al igual que los Schranz y los Poleman, se dicen que lo que está sucediendo no tiene razón de ser. Pero en la guerra no hay razonamiento que valga, salvo el de sobrevivir.

The Jewish Refugee Community of Shanghai ha enviado a decenas de sus miembros para asistir a los más débiles en la conquista de una cama o un espacio en el que guardar sus pertenencias: libros, una valija, un instrumento musical, un perchero, un bastón de buena empuñadura… Los ancianos, bajo la luz mortecina, anticipan la calavera que los espía debajo del insuficiente abrigo.

Muchos de esos viejos han conocido épocas en las que asistían a la ópera y a recepciones. En un ayer neblinoso, supieron cuidar de sus hijos y nietos enviándolos a estudiar y a capacitarse para el futuro. Ese futuro negro es hoy. Solo queda rezar por lo bajo: Adonai adoneinu, Adonai ejad.

Los hombres fuertes que no han logrado hacerse de una carretilla u otro objeto rodante cargan en los brazos o montados a horcajadas a tíos, padres y abuelos; es mentira que cuando se aproxima el final de la existencia todo da lo mismo. Quizás resulte así para los que en los campos de concentración son despojados de sus nombres hasta convertirse en un conjunto de huesos que espera ser ametrallado, violado, gaseado, para liberase finalmente de la tortura del pensamiento. El horror no puede explicarse. Los hornos crematorios, las cámaras de gas, las fosas comunes, lo expresarían mejor que las palabras.

Entre la multitud desesperanzada están Herr Doktor Jonas Schranz, su esposa Frida y el tesoro al que ellos intentan proteger en una Shanghái prostibularia y mafiosa: Hannah, su única hija. Ella, expectante en la playa del infortunio, anhela avistar en el montón al tío Otto y a Iutta. Ambos han ido a buscar a Angela, que se niega a dejar su labor junto a las monjas, pero a la que terminan de convencer cuando la autoridad de la congregación religiosa promete conseguirle una autorización para salir diariamente del gueto.

La amistad, comenzada en la travesía del Conte Rosso, ha transformado en familia a los Schranz y a los Poleman, y esa condición, quizás, los sostuvo y los sostiene en las horas más complejas y degradantes.

Frau Frida, de elegante sombrero, se diferencia de quienes imploran estrujándose las manos y el orgullo ante la indiferencia nipona, que solo se altera cuando algún desesperado pretende adelantarse y deben emplear el palo de bambú para restablecer el orden.

Frida ha sujetado su melena castaña con hebillas porque le han hablado de piojos y de madrigueras con toda clase de bichos. Sus prevenciones anticipatorias tienen sentido: recluirán en un espacio reducido, donde ya residen cien mil chinos, a veinte mil “apátridas”.

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