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Pegaso rosado, de Pamela Stupia

Cielo, el entrañable personaje de la saga 14/7, y de Pegaso Rosado (Planeta, 2019) no está conforme con su personalidad ni con su físico. La frustra no disfrutar de lo mismo que disfruta el resto de los chicos de su edad, sin embargo, le gusta ser diferente.
Popular en las redes sociales e invisible en la vida real, entiende que la mejor (y la única) forma de expresarse es escribiendo, y logra terminar una sola novela de las miles que comienza: esta, la misma que recibe de manos de Agustín, cuatro años más tarde, en una playa de Australia.

 

 

Por PAMELA STUPIA

 

Un antes y un después

2 años, 13 días y 6 horas después…

Voy camino hacia la que podría ser la peor decisión de mi vida, aunque en cierto punto, no sé si lo decidí o solo me estoy dejando llevar. En ese caso no sería una decisión, más bien, podríamos catalogarla como un gran error o un buen acierto. Lo sabremos luego.

El problema es que no suelo acertar y los errores me dan pánico. Me detengo porque descubro que estoy más cerca de arruinar todo que de mejorarlo. No me suele suceder, pero en este caso puntual, siento que las cosas son inmejorables. Cuando algo es perfecto… (No lo era… no cuando aún no te había tenido enfrente de mí.)
Gracias por dejarte llevar. ¿se puede mejorar? Ya no dudo, sé que voy camino a arruinarlo todo.

Mi amiga me mira intentando entender si realmente voy a abortar el plan. “¿En qué momento coseché una amiga?”, pienso, pero recuerdo que ya tengo suficientes problemas como para ponerme a analizar uno más. Lo bueno es que Bianca no habla, solo me mira mientras resoplo porque me conozco y sé que estoy a unos pocos pasos de arruinar lo único bueno que me sucedió en la vida. Arquea una ceja y abre sus ojos de manera exagerada, algo que podría traducirse con un: “Cielo… ¿qué pasa?”. Me muerdo el labio inferior y vuelvo a la caminata. Suspiro y pienso a una velocidad abrumadora. Sigo mi camino y ahora lo hago a paso firme, aunque en el fondo sé que no debería estar dando esos malditos pasos. Pero avanzo, mientras pienso en cómo fue que llegué a ese patético momento en el que todos los sentimientos se mezclan: nervios, angustia, vergüenza, miedo e inseguridad.

Soy una persona insegura, eso no va a cambiar y no es mi culpa. Nací condenada a la inseguridad. Mi pelo, mis anteojos, mi estupidez mental, todo lo que “navega” por mi genética está mal. (Todo lo que «navega por tu genética» me enamora). Lo peor cayó en mí, como si al nacer hubiese tenido un imán inmenso que atraía todo lo negativo. La inseguridad no fue una elección, sino parte del combo.

Hay muy pocas cosas que me gustan, de hecho, siempre me fue más fácil enumerar lo que odio, frente a lo que amo. Podría asegurar también que detesto casi todo de mí: mi forma de ser, mi pelo, mi voz y todas las decisiones que tomo. Soy fiel a ese sentimiento como una fan, pero a la inversa. Hace poco tiempo llegué a la conclusión de que soy mi propio hater y lo peor del caso es que sé todo sobre mí, mi odio no está basado en suposiciones. Es serio y analizado. Me gustaría ser todo lo opuesto a lo que soy, pero nunca pude cambiar.
O, al menos, no del todo.

Me doy cuenta de que analizar mi condena nata al fracaso me ayuda a no pensar en el error que estoy a punto de cometer. Así que me zambullo directamente en ese pensamiento y descubro que, en realidad, me gustan muchas cosas porque soy fan de casi todo. De One Direction, de Wattpad, de Twitter y de las galletas Chocolinas (sobre todo cuando las mojo en café negro recién hecho). Ese es el punto crucial de la situación: amo muchas cosas, pero detesto todas aquellas que tienen que ver conmigo. Me parece bien, soy fan de todo, menos de mí. De todos modos, ¿alguien podría serlo?

Llamarme Cielo es una de las primeras cosas que odié. Me gusta el nombre y cómo suena cuando alguien lo dice, pero siempre me pareció complicado de “llenar”. “Te ganaste el cielo”, suelen decir cuando alguien hace algo extremadamente bueno, o “siento que estoy tocando el cielo con las manos”, aseguran cuando algo genial les sucede. Todo es bueno en torno al cielo y me parece una gran carga tener que lidiar con un nombre que promete perfección donde no la hay.

Y si busco algo positivo en mi destino, dejando de lado la carga que acarrea mi nombre, nacer en Balcarce siempre me pareció algo para destacar: poca gente en una ciudad pequeña donde todos ya me conocen y saben que no quiero hablarles. Lo malo es que, a esta altura, mi única ráfaga de buena suerte se esfumó y caí en estas calles de Buenos Aires que estoy caminando en este momento.

Suspiro y me detengo. No quiero hacerlo, no quiero arruinarlo. Sé que no hay una sola posibilidad de que algo resulte bien. Bianca me toma de la mano, sin emitir una palabra, y me arrastra. Tengo ganas de llorar, no quiero decepcionarlo, pero sé que lo único que puede sentir al verme es decepción. (También podría
enamorarme, ¿no?).

Eso es lo que siempre genero: decepciono a mamá por no ser como ella quisiera. Decepciono a papá que, aunque intenta entenderme, sé que debe creer que tiene a una hija rara y malhumorada. Estoy segura de que voy a hacer lo mismo con Bianca algún día, pero hoy… hoy es el turno de la última persona a la que desearía decepcionar.

Igual —me conformo— solo era cuestión de tiempo. Vuelvo al otro pensamiento, porque este me está haciendo daño. Quiero analizar aquellas cosas que me gustan para disipar la angustia, de hecho, este sería el momento perfecto para sacar de la mochila mi cuaderno y escribir una lista. Hacer listas y cuadros sinópticos sobre mis pensamientos me ayuda a ordenar lo que me pasa. De todos modos, estoy temblando. No podría escribir nada en este estado.

Busco desesperadamente otro pensamiento que no sea él y el momento en el que voy a perderlo para siempre. Intento poner la mente en blanco, pero es imposible. ¿Alguien pudo hacerlo alguna vez? Desconfío de la gente que lo logra.

Decido llevar mis pensamientos hacia lo que más amo en la vida: escribir. Podría asegurar que hacerlo es una de esas pequeñas cosas que le dan algo de luz a mi vida. Siempre me gustó escribir, aunque nunca me consideré lo suficientemente capaz. Sin dudas, sería otra manera de decepcionar. Una novela escrita por mí decepcionaría a cualquier lector.

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