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Papel para envolver verdura, de Fabián Casas

En Papel para envolver verdura, Fabián Casas (Emecé) no deja tema sin tratar: rock, filosofía, política, literatura… Ese hilo invisible que nos vincula a todos. “En la superficie, Guardespaldas habla de política, paranoia y terrorismo. En la intimidad, habla de las relaciones rotas de las personas, de la manera
en que, como decía Charly García, olvidamos y volvemos a amar. O no”. Si se reemplaza el trío de sustantivos con que Fabián Casas describe la serie británica por “poesía, paternidad y capitalismo”, o “posverdad, divorcio y karate”, o bien “Sylvia Plath, Luis Miguel y Stanley Kubrick”, la cita anterior podría aplicarse a este libro. Como si nada de lo humano le fuera ajeno, cuando escribe sobre rock, literatura, deporte, cine, filosofía o política, Casas está siempre escribiendo sobre ese delicado hilo invisible que vincula a la gente entre sí y con la cultura de su tiempo. Publicados antes como notas en la prensa, cada uno de los ensayos aquí reunidos es una pieza perfecta de escritura y una muestra del dominio magistral que el autor ejerce sobre el género. Lo alto y lo bajo, lo público y lo íntimo, lo popular y lo selecto encuentran su lugar en estas páginas. Irónico, incisivo, estimulante, conmovedor, Papel para envolver verdura es periodismo literario en su más alta expresión.

 

 

 

POR FABIÁN CASAS

 

 

El pasajero de la noche
Ese día mi hija Anita me preguntó: ¿Papá, vos qué fuiste en una vida anterior? Le respondí, sin dudar: En
otra vida fui un perro que cuidaba de un niño mudo. La respuesta le encantó. Me di cuenta por el destello
en los ojos cuando la escuchó. Por la noche soñé con Quique Fogwill. El argumento onírico que preparó
el inconsciente era bien sencillo: Fogwill volvía de la muerte para traerme mensajes pero lo hacía como un
zombie, no estaba vivo, estaba muerto vivo. A pesar de que hablaba con mis amigos, es decir, me dejaba consejos no a mí, sino a mis seres queridos, para que me fueran transmitidos, yo lo veía cuando lo hacía porque el narrador del sueño era omnisciente. Me dio impresión ver a Quique resucitado. Tal vez porque la resurrección siempre me pareció algo antinatural y cansador.
Cuando me desperté, pensé largamente en el sueño. ¿Por qué Quique volvía para aconsejarme sobre algo?
¿Y sobre qué? Despierto, ya no sabía lo que me había dicho, se había borrado. Recordé su hermoso cuento
«Los pasajeros del tren de la noche», que está en el libro Música Japonesa. En ese relato anómalo dentro de
la obra de Fogwill —parece realismo mágico— unos soldados que murieron en la guerra vuelven a su pueblo en un tren nocturno. Y retornan a su vida normal aunque todos saben que son resucitados. Empiezan a
llegar el jueves 5 de diciembre. Mi sueño se produjo en lo que va de la noche del miércoles al jueves. ¿Se cruzó la ficción con la vida «real»?

 

Cuando el jefe no es jefe
¿Cómo hacer para publicar? Esa es una de las preguntas que se hacen los escritores inéditos. Muchos empiezan a publicar ganando un concurso que habilita la publicación o le caen bien a algún editor de una editorial independiente o consiguen que lean su manuscrito en las editoriales grandes. He visto que muchas
buenas prosas que publican su primer libro en editoriales independientes después se debilitan en las editoriales mainstream. Libros agrandados o achicados —y sobre todo apurados— para gustar al gran público
que, por otra parte —salvo que seas Coelho o algún youtuber—, no existe. Está muy mal visto publicarse su propio libro. Cosa que hicieron Rimabud —que le pidió plata a la madre para editar Una temporada en el infierno—, Juan L. Ortiz, Virginia Woolf y Juan Luis Martínez, para nombrar solo a cuatro grandísimos
escritores que prefirieron sin problemas editar por su cuenta. El martes pasado me encontré en una librería
con una chica que me pasó una plaqueta que ella había editado. Me dijo que eran los poemas de anticipo de
un libro que tiene en preparación. La poeta se llama Martina Benitez Vibart y empecé a leer los poemas ni bien se fue del lugar. La plaqueta se llama 1. Sacudir al árbol. 2. Con sumo cuidado. Lo que entendí es que hizo dos plaquetas, la primera no la tenía, la segunda, Con sumo cuidado, era la que estaba leyendo. Los poemas son breves, casI matemáticos y largos. Con una potencia mineral. Me hizo acordar al largo tranco de Javier Heraud. Me gustaron todos, mucho. Voy a transcribir uno: «Satisfaction»: «El jefe se convierte en un ser / exigente y despreciable / cuando el fin es satisfacer al cliente / para sacar provecho de él. / Cuando el jefe
no es jefe / —porque no quiere serlo— / pasa lo contrario: / no manda ni exige. / Quienes trabajan, si no
despiertan / su lado más creativo, / quieren que el jefe sea jefe / y que exija más y más».

 

Al servicio de su majestad
¿Qué es lo que tiene que hacer un hombre para que su pareja, de la que se acaba de separar, lo perdone? La
serie británica Guardespaldas, emitida por Netflix, da una respuesta posible a esta pregunta. El sargento Budd
(Richard Madden) vuelve de la guerra de Afganistán con problemas de estrés postraumático. Se le asigna
la custodia de la ministra del Interior, Julia Montague (Keeley Hawes). No solo la protege, sino que empiezan
un romance secreto. Dicen que la primera relación que se tiene después de separarse no va a durar mucho. Acá pasa eso. Esta es una de las singularidades de la serie.
Los arcos narrativos que hubieran servido para todo un primer capítulo en cualquier serie yanqui, acá solo
son el preludio de la primera entrega. La tensión del cortejo entre el guardespaldas y la ministra que nos
podría haber tenido en vela —o aburridos— toda la temporada hasta su consumación, acá se disipa en el
tercer capítulo. En la superficie, Guardespaldas habla de política, paranoia y terrorismo. En la intimidad, habla de las relaciones rotas de las personas, de la manera en que, como decía García, olvidamos y volvemos a
amar. O no. Un thriller veloz que tiene pocos capítulos para dar cuenta de todo. Pero la cara del sargento Budd, sus expresiones, creando un personaje inestable e imprevisible, hace que la serie tenga profundidad psicológica aunque algunos cabos queden sueltos en el final y parezca un poco forzado. La serie tendría que haber terminado cuando Budd llora por todos los corazones solitarios, en el gabinete psiquiátrico de los servicios secretos de la reina.

 

 

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