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Nosotras – Historias de mujeres y algo más, de Rosa Montero

La española Rosa Montero publicó este volumen donde repasa distintos perfiles de importantes mujeres el mundo literario y dedicamos este fragmento a las hermanas Brontë. En realidad, su primera tirada fue hace veinticuatro años y hoy añade más retratos de mujeres memorables. Agatha Christie, Mary Wollstonecraft, Simone de Beauvoir, Alma Mahler, George Sand, Camille Claudel y un puñado más de féminas trazan en este libro una misma historia: la de la mujer que se impuso con su arte y traspasó su propio tiempo. Porque la revolución empezó hace mucho tiempo, es necesario rever el pasado y el rol femenino en la construcción de una vida social y artística que enaltece al ser humano. (Alfaguara, 2018)

Las hermanas Brontë: Valientes y libres

¿De dónde saca el escritor lo que escribe? ¿Nacen sus novelas de lo que sabe o de lo que teme? ¿De lo que ha vivido o de lo que ha soñado? Permitidme que os cuente un cuento, un relato que desasosiega y embelesa: es la historia real de la familia Brontë y de tres hermanas singulares, tres tímidas vírgenes que vivieron perdidas en un pueblo remoto; y allí, solas, entre las estepas y los vendavales, esas delicadas doncellas (Charlotte, Emily y Anne) escribieron novelas poderosas y brutales, colosales novelas llenas de fulgor y tinieblas. Como en los cuentos de hadas, las tres hermanas triunfaron al final por medio de un portento; pero en su caso lo prodigioso no consistió en que una fea rana se convirtiera en príncipe, sino en que unas insignificantes solteronas a las que nadie escuchaba rompieran su silencio, súbitamente, con el tronar de una voz literaria maravillosa.

Hoy las Brontë son una leyenda. Parte del mito lo creó la propia Charlotte, la más longeva, que quiso disculpar ante la estricta audiencia victoriana los excesos literarios de sus hermanas muertas, haciéndolas pasar por muchachas inocentes que, aisladas dentro de un mundo salvaje,escribían sobre las brutalidades que escuchaban a su alrededor de pura candidez, sin acabar siquiera de entenderlas. Así se acuñó la imagen de las Brontë como criaturas doloridas y perdidas en el páramo, animalitos sensibles pero perplejos. Y sí, hubo desdicha y soledad y furor, pero vividos de una manera muy distinta. Por fortuna, en las últimas décadas han aparecido unos cuantos libros sobre las Brontë (sobre todo la monumental biografía de Juliet Barker) que han empezado a destruir estos estereotipos.

Ya se sabe que el padre era un pastor evangelista, fue nombrado párroco de Haworth (en Yorkshire, al norte de Inglaterra) y allí, en la rectoría, vivieron y murieron las hermanas. Todavía hoy se puede visitar la casa: un lúgubre edificio de piedra gris junto al cementerio. En cuanto a la madre, en siete años dio a luz a seis hijos, cinco niñas y un varón; e inmediatamente después se dispuso a morir de cáncer de estómago. Tardó en hacerlo siete espantosos meses, torturada por dolores insoportables. Durante la larga agonía, María, la inteligentísima hermana mayor, que apenas si había cumplido siete años, leía a sus hermanos el periódico en la sala, para entretenerlos y que no hicieran ruido.

De modo que se quedaron huérfanos muy pronto y fueron criados por el padre, Patrick Brontë, un personaje contradictorio y extraño. Pese a ser irlandés y pobrísimo, Patrick había logrado la proeza de estudiar una carrera en Cambridge. Era alto, guapo, pelirrojo, con los ojos azules; escribía y publicaba poemas religiosos, prosa didáctica, cartas y artículos políticos. La leyenda dice que fue un monstruo de talante ultraconservador y que descuidó fatalmente a sus hijas. Debía de ser, en efecto, un hombre abrasado por su propia rectitud, autoritario y seco, y es cierto que prestaba más atención a su único hijo varón, Branwell, y que en su educación invirtió todo su tiempo y su escaso dinero, mientras que las niñas tuvieron que asistir a terribles internados de caridad y trabajaron desde muy jóvenes. Pero todo esto era completamente normal en aquella época: por entonces la mujer no valía nada.

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