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Memorias de un psiquiatra

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Irvin D. Shalom es psiquiatra y escritor. Profesor universitario, ha escrito libros sobre psicoterapia y de narrativa que se convirtieron en grandes bestsellers internacionales. Sus obras han traducidas a más de veinte idioma (El día que Nietzsche lloróUn año con Schopenhauer, etc.). En Memorias de un psiquiatra analiza su propia vida, cómo el hijo de unos inmigrantes judíos rusos creció en un barrio de clase baja en los suburbios de Washington y se propuso ser médico. (Emecé, 2019)

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Capítulo uno

El nacimiento de la empatía

 

Me despierto de mi sueño a las tres de la mañana, llorando en mi almohada.

Moviéndome en silencio, para no perturbar a Marilyn, me deslizo de la cama y voy al baño, me seco los ojos y sigo las instrucciones que les he dado a mis pacientes durante cincuenta años: cierre los ojos, repita su sueño mentalmente y escriba lo que ha visto. Tengo alrededor de diez años, tal vez once. Estoy bajando en la bicicleta por una larga colina que queda muy cerca de casa. Veo a una chica llamada Alice sentada en el porche del frente de su hogar. Parece un poco mayor que yo y es atractiva aun cuando tiene el rostro cubierto de manchas rojas.

Le grito mientras paso con la bicicleta: «Hola, sarampión». De pronto un hombre, extraordinariamente grande y aterrador, se yergue frente a mi bicicleta y me detiene aferrando el manubrio. De alguna manera, sé que es el padre de Alice. Exclama, dirigiéndose a mí:

—Eh, tú, sea cual fuere tu nombre. Piensa un minuto —si es que puedes pensar— y responde esta pregunta. Piensa sobre lo que le acabas de decir a mi hija y dime algo: ¿cómo crees que se sintió Alice?

Estoy demasiado aterrado para responder.

—Vamos, respóndeme. Eres el chico de Bloomingdale [el almacén de mi padre se llamaba Bloomingdale Market y muchos clientes creían que nuestro apellido era Bloomingdale] y apuesto a que eres un judío listo. Así que adelante, adivina cómo se sintió Alice cuando le dijiste eso.

Tiemblo. El miedo no me deja hablar.

—Bueno, bueno. Cálmate. Lo haré más simple. Solo dime esto: ¿las palabras que le dijiste a Alice la hacen sentir bien consigo misma o mal consigo misma?

Todo lo que puedo hacer es farfullar:

—No lo sé.

—¿No puedes pensar, eh? Bien, voy a ayudarte a pensar. Supongamos que te miro y elijo alguna característica mala de ti y comento sobre eso cada vez que te veo.

—Me observa detenidamente.

—Un moco en tu nariz, digamos. ¿Qué te parece «mocoso»? Tu oreja izquierda es más grande que la derecha. Supongamos que te digo: «Oye, oreja gorda» cada vez que te veo. ¿O qué tal «chico judío»? Sí, ¿qué te parece? ¿Te gustaría?

En el sueño, advierto que no es la primera vez que paso en bicicleta frente a esta casa, que he estado haciendo lo mismo día tras día, pasando en bicicleta y gritándole a Alice las mismas palabras, tratando de iniciar una conversación, tratando de hacerme amigo. Y cada vez que gritaba «Hola, sarampión», la estaba hiriendo, insultándola. Estoy horrorizado… por el daño que le he hecho todas esas veces, y por no haberme dado cuenta. Cuando su padre termina conmigo, Alice baja la escalera del porche y dice suavemente:

—¿Quieres subir a jugar?

Mira a su padre. Él asiente.

—Me siento tan mal —respondo—. Me siento avergonzado, muy avergonzado. No puedo, no puedo, no puedo… Desde principios de la adolescencia, siempre he leído para dormirme y durante las últimas dos semanas, he estado leyendo un libro llamado Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. Esta noche, antes del sueño, había leído un capítulo sobre el aumento de la empatía durante la Ilustración y cómo el ascenso de la novela, particularmente de las novelas epistolares británicas, como Clarissa y las mujeres sin importancia, pueden haber desempeñado un rol en la disminución de la violencia y la crueldad, ya que nos ayudaron a experimentar el mundo desde el punto de vista de otro.

Apagué la luz alrededor de la medianoche y, pocas horas más tarde, me desperté de mi pesadilla sobre Alice. Después de calmarme, vuelvo a la cama, pero me quedo despierto durante largo tiempo pensando qué notable era que este absceso primigenio, este bolsillo cerrado de culpa que ya tiene setenta y tres años de edad, hubiera estallado repentinamente. En mi vigilia, recuerdo ahora, sin duda había pasado en bicicleta frente a la casa de Alice cuando tenía doce años, gritándole «Hola, sarampión», en un esfuerzo brutal, dolorosamente carente de empatía, destinado a llamarle la atención. Su padre nunca me había enfrentado, pero mientras estoy tendido en la cama, a los ochenta y cinco años, recobrándome de esta pesadilla, puedo imaginar lo que sintió ella y el daño que tal vez le hice.

Perdóname, Alice.

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