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Los tres nombres del lobo

En Los tres nombres del lobo, Lola P. Nieva (Vestales) narra un viaje interior. Desde la refinada sensibilidad árabe al ímpetu vikingo, en una travesía personal, íntima, en la que se abrirán nuevos paisajes, conocerán otras lenguas, costumbres, el placer de una gastronomía diferente, bailes, vestimentas, el despertar de los sentidos. Aquí el primer capítulo.

 

POR LOLA P. NIEVA

 

Retazos del pasado

Relinchos de caballo, alaridos de dolor infrahumano, entrechocar de metales, demonios de pelo largo y ensangrentado despedazándose entre sí. Cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados. Oscuridad rota por hebras rojizas, y una lluvia fina pero persistente.

Podía sentir las gotas que me golpeaban la piel, al igual que sentía el terror que me paralizaba, me sobrecogía.

Tirada en un charco maloliente, aterida y sin aliento, miré en derredor.

De entre aquella caótica masa de guerreros enfurecidos, surgió una figura amenazadora que se aproximaba con calculada lentitud, mientras saboreaba el pavor de su presa y se deleitaba con aquel macabro preámbulo que precede al placer de matar.

Pude ver el gozo en sus crueles ojos y, por su peculiar brillo, adiviné que aquel preludio sería breve.

Mis sentidos, antes abotargados por el horror, despertaron a la vida con dolorosa agudeza. Iba a morir, y aquella certeza arrancó un grito de mi interior, un “no” tan desgarrador que me quemó la garganta sin haberse hecho voz. No podía morir, no debía morir.

Jadeante, intenté incorporarme. En mi desesperación por escapar di la espalda a mi verdugo. Un silbido escalofriante me persiguió e instintivamente me lancé de nuevo al lodo para esquivar, en el último momento, una estocada mortal. Giré la cabeza con rapidez, pero solo vi un gigante abalanzarse sobre mí. El impacto me dejó sin respiración; no pude pensar en nada más, solo en las manos que me envolvían. Aquel rostro se acercó al mío y me susurró algo en un idioma extraño al tiempo que alzaba su puñal. No lo acercó a mi garganta; lo apoyó contra mi vientre. Al instante sentí la gélida hoja invadir mis entrañas; el dolor acudió envuelto en llamaradas devastadoras. Grité y grité, pero él no sacó el puñal; solo susurraba: susurraba y sonreía.

* * *

Mi propio grito me despertó y, como impulsada por un resorte, me incorporé de la cama. Un sudor frío perlaba mi frente. Me abracé en un intento por aplacar los temblores que me sacudían.

Aquella pesadilla había sido más vívida que las anteriores, más aterradora. De alguna forma, todavía sentía la piel manchada de barro y sangre, y un hormigueo en el abdomen.

Me levanté y casi corrí a la ducha; el agua caliente no alivió el malestar. Cerré los ojos y acompasé la respiración; intenté relajarme pensando en cosas gratas que ahuyentaran el terror que todavía me ahogaba, pero de nada sirvió. La mente me traicionó: las minúsculas gotas que caían sobre mi cabeza se me antojaron una molesta lluvia fina. No tardé en escuchar un fragor belicoso, y el caos volvió a mí de alguna incomprensible manera. De nuevo vi aquel rostro siniestro y sórdido frente a mí, de nuevo aquella voz gutural susurrándome y aquel puñal en mi vientre entrando y saliendo de mi carne.

Aullé de dolor, supliqué con el alma desgarrada, pataleé, arañé y golpeé hasta que un estruendo me paralizó. Abrí los ojos: puntiagudos trozos de cristal de la maltrecha mampara me rodeaban los pies.

Aturdida y asustada alcé las manos. El agua empujaba la sangre que brotaba de los numerosos cortes y formaba pequeñas hileras rojas que descendían sinuosas por mi cuerpo.

Temblorosa salí de la ducha. Envolví las manos en una toalla y, como en trance, volví a la habitación. Me acurruqué en un sillón: debía esperar a que la hemorragia cesara. Mi mente era incapaz de racionalizar aquella experiencia, aquel delirio aterrador.

No podía dejar de tiritar.

Tardé un buen rato en darme cuenta de que lloraba y me mecía. ¿Qué me estaba pasando? ¡Había reanudado una pesadilla estando despierta! Aquello estaba llegando demasiado lejos. Mi vida se estaba derrumbando como un castillo de naipes. Nada era normal ya, ni siquiera yo misma.

Hacía cinco meses que las pesadillas habían aparecido, todas similares, cada una más real que la anterior. Había leído que, cuando un sueño se reitera, es signo de que el subconsciente trata de advertir algo. Eso me angustiaba, pues el único mensaje que lograba extraer era el de una muerte violenta.

La primera pesadilla surgió el mismo día que encontré por casualidad un anillo bastante peculiar. Estaba en mi buzón y, aunque obviamente no era para mí, no pude ubicar al propietario, ya que no adjuntaba ninguna nota. Por lo tanto, lo guardé en mi cómoda a la espera de que alguien lo reclamara. Aquella primera noche lo tuve entre mis manos, maravillada por la habilidad del artesano. Se trataba de dos serpientes entrelazadas con las cabezas enfrentadas y el realismo de los detalles resultaba sorprendente: minúsculas escamas, expresiones feroces en los rostros, bocas abiertas de dientes afilados y lenguas bífidas. Los ojos de una eran dos pequeñas esmeraldas refulgentes y, los de la otra, dos piedras ambarinas. Parecía muy antiguo y, dados mis conocimientos en historia del arte, podía datar perfectamente de la era vikinga: el emblema no dejaba lugar a dudas. Lógicamente se trataba de una imitación, porque, de otro modo, ¿quién podía ser tan inconsciente de meter una reliquia tan valiosa en un buzón? Lo giré entre los dedos para examinarlo, fascinada. Ejercía un magnetismo en mí. Tanto que, cuando decidí guardarlo en el cajón, me sorprendí incapaz de moverme. Tuve que apelar a toda mi voluntad para poder hacerlo. Y, aun así, miraba subrepticiamente el mueble para descubrir un inquietante anhelo por volver a tocarlo.

Esa noche comenzó todo e incluso llegué a pensar que estaba maldito. Aquella idea estuvo a punto de obligarme a deshacerme de él, pero un impulso mucho más fuerte me lo impidió. Además, mi pragmatismo se opuso a aquella absurda idea e instaló en mi mente que no había sido la casualidad la que había hecho coincidir ambas apariciones.

Desenrollé la toalla y examiné los cortes: a excepción de uno bastante profundo, los demás, aunque numerosos, no pasaban de rasguños.

Fijé la mirada en el oscuro y tierno tajo que me cruzaba la palma de la mano derecha y una idea no menos oscura me ensombreció. Tal vez fuera un tumor lo que provocaba los sueños y las visiones. Era la única explicación razonable, aunque no la más tranquilizadora. Las lágrimas, apenas contenidas, afloraron con amargura y desesperación.

Iba a ser una noche muy larga en la que esperaría al alba con ansiosa impaciencia con el anhelo de que los tempranos rayos de sol imprimieran un destello a mi casi desaparecido optimismo habitual.

* * *

Llegaba con diez minutos de retraso a mi cita con Elena, aunque, cuando abrí la puerta de la cafetería, no temí encontrarme con un semblante contrariado: sabía que ella no estaría: su impuntualidad era ampliamente conocida.

Me senté en una mesa apartada y miré pensativa por el ventanal. Llovía. A mi alrededor oía comentarios respecto del tiempo, sin embargo, yo adoraba la lluvia, las tormentas, los días nublados y el viento. También me fascinaban la naturaleza, los parajes verdes, el mar. Anhelaba poder viajar por el mundo, vivir una vida bohemia y despreocupada allí donde quisiera, desligarme de lo material, de los compromisos, de la hipocresía, del tumulto de las ciudades, de la contaminación. Algo casi imposible.

—¡Jamás adivinarías lo que acaba de ocurrirme!

Elena me rodeó y ocupó la silla de enfrente. Una sonrisa radiante le iluminaba el semblante. Aquellos ojos avellana emitían un fulgor fácilmente reconocible.

—Acabas de conocer al hombre de tu vida —contesté.

Ella soltó una carcajada y meneó la cabeza.

Aquella esplendorosa cabellera roja reverberó bajo la luz y convirtió su melena en un halo cobrizo que atrajo más de una mirada masculina.

—Este es el definitivo, lo sé —musitó soñadora.

—Siempre es el definitivo —repliqué con ironía.

—Esta vez estoy segura. Espera a conocerlo, te va a encantar. ¡Me mira de una forma que…! Aún tengo el corazón en la boca.

Observé atentamente su fascinada expresión e intenté sentir curiosidad, no obstante, me fue imposible. Estaba demasiado habituada a sus repentinos y breves encandilamientos. A pesar de eso, fingí interés.

—¿Cuánto hace que lo conoces?

Miró el reloj. Esta vez fui yo quien soltó una carcajada.

—Tú y tus conquistas…

—Al menos yo intento encontrar a mi media naranja y puedo asegurarte que, cuando eso suceda, no lo dejaré escapar. Hay gente que no valora lo que tiene.

—No quiero hablar de Alex.

Imprimí en la voz una clara advertencia que, como siempre, ignoró.

—Pero algún día tendrás que darle una respuesta. ¿O crees que va a esperarla toda la vida?

Alex; el dulce, gentil y paciente Alex. El muchacho que supo conquistarme con tierna perseverancia y almibarada tozudez. Jamás imaginé que aquel hombre de tímida sonrisa y audaz mirada resistiera tantas negativas, plantones y continuas inseguridades. Pero resistió. Llevábamos dos años comprometidos. Y, aunque lo quería, me mostraba reticente a fijar fecha para la boda. Ni yo misma sabía por qué. Era como si una voz interior me frenara y lo peor era que aquella voz no era la mía.

Aquellas reservas habían comenzado con las pesadillas. No solo estaban trastocando mi vida: estaban cambiándome. Lo notaba en cada pensamiento, en cada predilección. Por las noches, en vez de encender la lámpara de mesa como acostumbraba, gustaba de iluminar con un par de velas para leer. Aquella titilante luz me reconfortaba. También leía historia, a pesar de que siempre me había aburrido.

Incluso mis preferencias en la ropa se habían modificado. Ya no me decantaba por un vestuario informal, desenfadado, actual. Prefería prendas largas, sobre todo faldas amplias. Apenas me maquillaba y estaba dejándome el pelo largo. Ya casi me llegaba a la cintura cuando nunca había crecido más allá de los hombros.

Un día me descubrí haciéndome una trenza que dispuse en extraño y complicado moño. Actuaba como si aquel rocambolesco peinado fuera la rutina de cada mañana. Mis dedos disponían con desenvoltura cada mechón y no vacilaban en sus movimientos. Tampoco reconocí el gesto satisfecho que me dirigí a mí misma en el espejo al terminar. Aquello me asustó tanto que a punto estuve de cortarme el pelo.

A menudo me observaba. Miraba mis ojos e intentaba penetrar en los confines de ese iris ámbar para buscar en mi interior una respuesta.

Yo, una persona realista, poco amiga de las supersticiones, fiel defensora de la ciencia y la razón, dejaba caer el escudo de la lógica para ceder ante suposiciones esotéricas.

—Siguen atormentándote, ¿verdad?

Elena me miró con pesar. Alargó una mano y cubrió la mía.

—Esto se me está yendo de las manos. —Mi voz sonó temblorosa.

Le conté sobre la pesadilla y lo ocurrido en la ducha.

—Eso no es normal. Nadie tiene ese tipo de sueños estando despierta. Tal vez estás demasiado sugestionada.

—He pensado en hacer una consulta médica. Quizá el problema esté en mi cabeza.

La mirada de mi amiga se oscureció. Pude ver el temor en sus ojos. Sin embargo, ocultó la preocupación en una sonrisa traviesa.

—Yo que tú, iría a un psiquiatra. No me extrañaría nada que estuvieras como una cabra —bromeó.

Bajé la mirada hacia la mano herida. Sentí una opresión en el pecho.

—¡Eh! ¿Qué pasa? Era una de broma. Vicky, eres la persona más cuerda que conozco.

—Lo que no es un gran consuelo.

Elena se pasó los dedos entre los revueltos rizos del cabello y fijó en mí su mirada.

—No te dejes vencer.

—Lo intento, de veras, pero a veces es tan difícil, tan aterrador.

Un camarero alto y bastante atractivo se acercó a nosotras.

—¿Algo para tomar?

Mi amiga sonrió seductora y observó con descaro el apuesto rostro del joven.

—Sí. A ti, totalmente desnudo, encima de una bandeja y rodeado de lechuga. Me gustan los platos decorados.

Solté una carcajada. El descaro de la respuesta había terminado por mandar al diablo mi remilgo inicial. Finalmente me había acostumbrado a sus pícaras maneras y, aunque alguna vez la sermoneaba, comprendí que era imposible hacerle sentar esa cabezota alocada e impulsiva.

El asombro del camarero dio paso a una sonrisa. Inclinó la cabeza y replicó:

—Como desee. Pero ese plato se sirve en privado. Solo tiene que decirme cuándo y dónde lo quiere.

Elena me guiñó un ojo.

—¿Qué tal esta noche?

El hombre asintió con una sonrisa luminosa.

—Salgo a las diez.

—Estupendo.

Fingí escandalizarme y repuse divertida:

—Creí que habías conocido al “definitivo” hombre de tu vida.

—Sí —contestó—, pero todavía no hemos formalizado nada. Así que supongo que no le importará que me dé un capricho.

El joven rio complacido.

—¡Elena!

—¿Qué? ¿He dicho algo incorrecto?

—Olvídalo. Es inútil hacerte sentir un mínimo de pudor.

Frunció el ceño y arrugó la nariz.

—Sabes de sobra que nací sin eso. Creo que será mejor que nos vayamos. —Se dirigió hacia el muchacho y añadió—: y tú, encanto, no olvides la lechuga.

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