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Los nombres epicenos, de Amélie Nothomb

Los nombres epicenos (Anagrama) de Amélie Nothomb es un suculento cuento cruel sobre amor, odio y venganza, protagonizado por una hija que jamás contó con el cariño de su padre. Los nombres epicenos son aquellos que, como Claude o Dominique, pueden utilizarse tanto en masculino como en femenino. En esta historia Claude es él y Dominique ella. Él despliega un gran empeño en casarse con ella, y después pone todavía más tesón en dejarla embarazada, sometiéndola a una extenuante disciplina sexual. Al fin logra su objetivo y como resultado nace la hija de ambos, a la que le ponen el nombre de Épicène, tomado del título de una obra teatral de Ben Jonson –contemporáneo de Shakespeare– y que es también un nombre epiceno. Sin embargo, en cuanto se produce el nacimiento del bebé la obsesión procreadora del padre se torna indiferencia absoluta hacia su hija, una niña inteligente que crece envuelta en el absoluto desinterés de su progenitor hacia ella. Entre tanto, Claude y Dominique se han instalado en París, y él, arrastrado por una ambición social que también forma parte de sus empeños obsesivos, convence a su mujer de entablar amistad con una pareja de la alta burguesía financiera formada por Reine y Jean-Louis, cuyas hijas van al colegio con Épicène. Una pareja con la que Claude tiene un secreto vínculo –en forma de agravio– que viene de años atrás…

 

 

 

 

POR AMÉLIE NOTHOMB

 

 

 

Él no se desenoja.

Desenojarse es el tipo de verbo que solo tolera la negación. Nunca leeréis que alguien se desenoja. ¿Por qué? Porqué el enojo es algo valioso, que nos protege de la desesperación.

Tres horas antes, no existía nadie más feliz que él.

– Eres la más hermosa. Por tu culpa, todas las demás son feas. No. Por tu culpa, las otras mujeres no existen.

– Pues tendrás que acostumbrarte a ello.

– Llevamos cinco años haciendo el amor y nunca habíamos llegado tan alto. ¿Alguna vez habías oído algo parecido?

– No.

– Te llamas Reine. Al principio tu nombre me producía terror. Hoy no soportaría que te llamaras de otro modo. Reine te viene como anillo al dedo. Quédate entre mis brazos, amor mío.

– No puedo.

– ¿Adónde vas?

– Voy a casarme.

– Muy divertido.

– No es ninguna broma. Me caso con Jean-Louis dentro de dos días.

– Pero ¿qué dices?

– Jean-Louis. Le conoces.

– Pero es a mí a quien amas. Es conmigo con quien quieres casarte.

– Cuando mis padres se casaron, estaban locamente enamorados. Han tenido una vida mediocre. Ahora mi madre le hace de criada a mi padre. Eso no es para mí.

– Conmigo no tendrás una vida mediocre.

– Llevamos cinco años juntos. Aparte de hacer el amor, no has hecho nada.

– No te he oído quejarte.

– No seas vulgar. Jean-Louis será el vicepresidente de una enorme empresa de electrónica. Me lleva a París con él.

– ¡París!

– Sí. París. La excelencia, la gran vida. Es lo que siempre había soñado. ¿Cuántas veces te he dicho que quería marcharme de este pueblucho?

– Solo tengo veinticinco años.

– Y yo ya tengo veinticinco años. No puedo esperar más.

– ¿Jean-Louis sabe que existo?

– ¿Cómo no iba a saberlo?

– ¿Y no le molesta?

– Es agua pasada.

– ¿Pasada? ¡Hace media hora estábamos haciendo el amor como dioses!

– Era la última vez.

Reine acabó de vestirse en silencio.

– Amor mío, esto es imposible. Dime que es una horrible pesadilla, una broma de muy mal gusto, una provocación.

– Es la verdad. Adiós.

Una vez solo, él opta por el enojo. Para alimentarlo, decide vengarse. ¿Matando a Reine? De ningún modo. Eso se volvería contra él.

Quiere, sobre todo, que Reine sufra. Que sufra tanto como sufre él.

No se desenojará nunca.

Sentada en la terraza de su café preferido, Dominique saboreaba aquella tarde de sábado. Le gustaba aquel sol de septiembre, que calentaba sin quemar.

Secretaria en una empresa de importación y exportación, se sentía orgullosa de su trabajo. Su padre era marino en un buque de pesca, su madre no trabajaba. «Eres una mujer independiente, querida», le había dicho. «¡Bravo!»

Con veinticinco años veía el porvenir con confianza. Le gustaba su soltería. El amor llegaría a su debido tiempo. Cuando veía a algunas de sus amigas casadas y convertidas en madres, se felicitaba por no haber seguido sus pasos. ¡Encasillada, menudo destino más siniestro!

No se dio cuenta de que, en la mesa de al lado, un hombre la estaba mirando fijamente.

– Hola, señorita. ¿Puedo invitarla a una copa?

Ella no supo qué responder. Él lo interpretó como un sí y se sentó frente a ella.

– ¡Camarero! Champán.

– ¿Dos copas?

– La botella. Y del mejor.

El camarero trajo una botella de Deutz y llenó las dos copas.

– ¿Tiene algo que celebrar? –preguntó la joven.

– Habernos conocido.

Brindaron. Dominique nunca había probado el mejor de los champanes y le conmovió que le pareciera tan bueno.

– ¿Cómo se llama?

– Claude. ¿Y usted?

Ella contestó que se llamaba Dominique y que llevaba cinco años trabajando en la empresa Terrage. Luego se calló, porque no parecía que él la estuviera escuchando.

– ¿A qué se dedica? –acabó por preguntarle ella.

– Tengo que ir a París para crear una empresa –le dijo con el tono evasivo de quien no desea extenderse sobre la cuestión.

Aquel hombre le daba un poco de miedo, no sabía por qué. Se tranquilizó pensando que, después de todo, era él el que la había abordado. ¿Qué importaba que se sintiera decepcionado?

– Es usted preciosa, Dominique.

Se atragantó con un sorbo de champán.

– Y no creo que sea el primero que se lo dice.

Sí, lo era. Hasta entonces solo su madre se lo había dicho y ella se lo había tomado con las lógicas reservas.

– No sé qué decirle, señor.

– Llámeme Claude. Somos de la misma edad.

– Yo no soy una creadora de empresas.

– No se preocupe por este detalle. Me gustaría volver a verla.

Él insistió para que le diera su número de teléfono. Ella se lo dio a regañadientes y se levantó enseguida para disimular su incomodidad.

 

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