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La vengadora, de Florencia Canale

Cuando el general Juan Lavalle, la espada unitaria más aguerrida, ordena el fusilamiento de su querido hermano Mariano, Damasita comienza a planear una venganza que se convertirá en la razón de su vida. Se viste de hombre y parte a la guerra para convertirse en su enfermera primero, en su guardiana luego y por fin en su amante, mientras da forma en silencio a su plan macabro. Lo que no puede calcular es que el amor llegará a su vida para trastocarlo todo. En esta palpitante novela, Florencia Canale retrata a una heroína que en más de un sentido se adelantó a su tiempo. La vengadora (Planeta, 2019) es una historia de pasión, desesperación y revancha en medio de convulsiones políticas y militares que derivarán en el combate decisivo entre unitarios y federales.

 

Capítulo I

La sala parecía un hervidero. Los integrantes de la familia ocupaban gran parte de los asientos, y de a poco se sumaban los amigos y alguna que otra relación insoslayable. El festejo de cumpleaños de Damasita exponía las ganas de celebrar de los Boedo. De todos, menos de la niña.

—¿Enfurruñada otra vez, m’hijita? —preguntó su tía Marcelina en un murmullo. —Que no se cumplen ocho años todos los días y la cocina en pleno se ha ocupado durante toda la semana para colmarte de manjares. A ver, cambie esa cara, Dámasa.

—Es que me hubiera gustado que estén mis hermanos aquí conmigo —dijo la niña en un hilito de voz.

—¿Qué pasa por aquí? —se acercó Josefa, la tía preferida, y tras ella, la mayor de las Boedo, Juliana.

—La niña está triste —anunció Marcelina y revoleó los ojos con hastío. Había perdido la paciencia hacía rato.

Josefa la tomó de la mano y se la llevó aparte. Sabía que debía dedicarle tiempo. Desde bien pequeña su sobrina no la tenía fácil. Damasita y sus hermanos Mariano Fortunato y José Félix eran huérfanos. La madre de la pequeña, María Gerónima Arias Castellanos, había muerto a pocos días de parir a la niña, y su padre, José Francisco, de salud frágil, no la había sobrevivido mucho tiempo más. Casi de la noche a la mañana, los Boedo y Arias quedaron solos demasiado pronto. Los varones, quince y nueve años mayores que la niña, habían intentado ejercer un rol paternal, a pesar de que la crianza de los tres había sido asumida por los tíos.

—A ver, mi pequeña, cuéntame los motivos de tu pena.—

Se habían dirigido hasta el patio y Josefa se sentó bajo el naranjo, uno de los sitios favoritos de Damasita.

—Extraño a Mariano y a José.

—Te entiendo, pero están cumpliendo con su deber. Tus hermanos son valientes, niña, como todos los Boedo. Y tú debes sentir orgullo por ello. Las mujeres de la familia alentamos las decisiones de nuestros hombres. Volverán, ya verás, con la gloria de los vencedores —dijo Josefa mientras acariciaba los rulos claros de su sobrina.

—Los hombres de esta casa nunca vuelven —sentenció Damasita con la resignación de una anciana.

—¿Pero qué dices? —Josefa la miró de arriba a abajo, azorada. —¿De dónde sacas esas ideas alocadas?

—Tatita y los tíos, ¿acaso están aquí con nosotras? —preguntó desafiante.

Damasita estaba en lo cierto, demasiados fantasmas poblaban la finca de los Boedo. Apenas tenía recuerdos de su padre muerto, de su tío Juan Manuel —el valiente teniente coronel que había perdido la vida en el ataque a la fortaleza de Talcahuano un año antes de su nacimiento— y del otro tío del que todos hablaban, no sólo en las calles salteñas sino en el resto del país, el gallardo Mariano Joaquín. Éste había participado de los revoltosos acontecimientos de Mayo de 1810 y en 1816 había ocupado una banca por su provincia en el Congreso de Tucumán. Pero había muerto en Buenos Aires tres años después, víctima de disentería. Sólo quedaba
un varón vivo, el tío José.

—Mis hermanos nos cuidan desde el cielo, Damasita. No estés triste, pequeña, demuéstrales con tu bondad el orgullo de la sangre. ¿Sabes cómo hago yo? —Josefa le clavó la mirada para que no le quedaran dudas. —Todas las noches, cuando rezo, les converso. ¡Y ellos me contestan!

La niña abrió los ojos de par en par. No entendía lo que le confesaba su tía pero si aquella práctica le podía traer a su padre siquiera por unos pocos minutos, lo intentaría.

—¿Y eso mismo me servirá para conversar con mis hermanos? —la mirada celeste de Damasita se iluminó.

—Seguro, querida. De cualquier modo, los muchachos estarán de vuelta en un santiamén, ya verás.

Hacía un año que Mariano Fortunato y José Félix, con 22 y 17 años, habían sido convocados para formar parte del batallón de Cazadores de Salta, creado por el comandante José María Paz, y a sus órdenes habían pasado al ejército que había organizado el general Martín Rodríguez en la línea del Uruguay.

Desde la sala y con paso cansino llegó Marcelina al patio en busca de su sobrina. Los invitados demandaban la presencia de la agasajada.

—Damasita, volvamos adentro, acaba de llegar Juana y te busca.

La niña pegó un salto y corrió a la sala, dejando a sus tías rezagadas. Allí, cerca de la puerta, estaban Juana Manuela y
sus padres, el gobernador delegado José Ignacio de Gorriti y su esposa, Feliciana Zuviría.

—¡Pero qué bien se te ve, Damasita! ¡Que los cumplas con alegría! —la saludó doña Feliciana y le extendió un presente.

La niña agradeció y, sin mirar lo que traía el paquete, se fundió en un abrazo con su amiga. Entre sonrisas y secreteos se alejaron de los adultos y se dirigieron al estrado, donde se obsequiaban todas las exquisiteces del festejo. Atiborraron un plato de golosinas y se acomodaron en sendas sillas en la cabecera de la sala, contra el muro tapizado de damasco de seda morada. Los vestidos claros de Dámasa y Juana parecían dos gotas de leche cuajada sobre un río de sangre. Como dos loros, dieron rienda suelta a la conversación.

Juana Manuela había llegado hacía algunos años desde Los Horcones, la hacienda de la familia, para estudiar en un beaterío de la capital provincial. Pero el encierro no era para ella. La madre la había venido a buscar para emprender el regreso y, mientras tanto, disfrutaba un poco de la algarabía de la ciudad.

Mientras las niñas cuchicheaban de sus cosas, en la otra punta los Boedo acribillaban a preguntas al Gobernador acerca de la Patria Vieja y el ascenso paulatino de los opositores, que oscilaban entre las fuerzas extranjeras y la furia que llegaba desde Buenos Aires. Ay, Buenos Aires, la elegida, esa ciudad con ínfulas de reina…

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