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La piel no olvida

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La piel no olvida, de Fernanda Pérez, es una novela coral sobre mujeres que rompen con los moldes de la época y hombres comprometidos con un mundo que cambia. (Suma de letras)

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Septiembre de 1914

Dimas

“Nos volvió la suerte”, exclamó mi hermano al enterarse de que Joaquín Terranova nos había contratado para trabajar en su propiedad. Le llamaban La Estanzuela, estaba a unos cuarenta kilómetros de Resistencia. Meses antes, nuestra madre había empezado a trabajar allí como encargada de la limpieza.

“¿Suerte? ¿Es que alguna vez la tuvimos?”, le refuté. Los inconvenientes de los últimos tiempos me habían vuelto pesimista.

En ese momento me invadió la nostalgia, añoré aquel caminito pedregoso que nos llevaba a nuestra casa, el mismo que con mi hermano Teseo habíamos transitado desde que tengo uso de razón. Era una propiedad sencilla, pequeña, pero en la que nunca nos faltó nada. Estaba en las afueras de la estancia La Bonita… La Bonita, ése era nuestro segundo hogar. Todos mis recuerdos de esos tiempos son felices.

Ladislao Fabbri había sido bueno con nosotros. Desde que éramos pequeños disfrutábamos de sus obsequios y favores. Estábamos convencidos de que el patrón nos daba todo por simple generosidad y por respeto a los Furlán. Pero cuando cumplí los dieciséis empecé a desconfiar de sus atenciones. Ya no era un niño: ataba cabos, escuchaba rumores, observaba. Por pudor, no me atreví a compartir las dudas con mi madre. Promediando los dieciocho, tomé coraje y enfrenté al propio Fabbri.

—Patrón, tengo que hablar con usted —mi voz debió de haber sido dominante, porque don Ladislao ni siquiera me preguntó de qué. Fue como si estuviera esperando ese momento.

—Ensille los caballos, vamos a andar un rato para hablar de hombre a hombre.

Salimos en silencio. Yo no sabía exactamente qué preguntar o más bien cómo hacerlo. Él también se mantuvo callado, recién cuando nos alejamos de La Bonita tomó la palabra.

—Mi familia, al igual que la de su madre, los Furlán, y que otros vecinos de la zona, abbiamo viaggiato (“habíamos viajado”) desde Italia, para conseguir un mejor futuro en estas tierras —aunque se esforzaba con el castellano, le era imposible evitar usar palabras o expresiones en italiano.

—Conozco esa parte de la historia, mi mamá nos la contó varias veces. Mis abuelos murieron en el viaje, entonces sus padres se hicieron cargo de ella. Siempre agradece eso.

—El relato de su madre es demasiado magnánimo.

—¿No fue así?

—No. Mis padres se la trajeron y la cuidaron a cambio de trabajo… Con doce años, Verónica se transformó en nuestra domestica…

El corazón me empezó a latir inquieto, no estaba seguro de querer escuchar el resto de la historia. Pero Fabbri prosiguió.

—Yo la quería. Era mia compagna (“mi compañera”)… Hacíamos travesuras, tareas… Io le enseñé a leggere (“leer”), a scrivere (“escribir”) en italiano. Lei mi ha insegnato (“Ella me enseñó”) el español. Verónica borró el italiano y tomó esta lengua como propia, la aprendió fácil y bien… El tiempo pasó, crecimos, ella se transformó en una ragazza bellissima (“jovencita hermosa”), tan bellísima como ahora, y… nos enamoramos.

En ese instante la verdad se me develó. Sin embargo, me quedé callado. Buscar una verdad a veces era doloroso, y esta verdad ya estaba doliéndome en un sitio indefinido.

—Cuando quise desposarla, mis padres se negaron. Me mandaron cuatro años a Buenos Aires y de allí volví casado con Elisa.

—Pobre mi madre, habrá sufrido mucho —comenté en un susurro.

—Sí, pero nuestro amor estaba intacto, tanto que le puse una casa con todas las comodidades.

“Le puse una casa”, no me gustaba cómo sonaba aquello.

—Con Elisa los figli (“hijos”) no llegaron, en cambio con ella…

—¿Es que alguno de nosotros es hijo suyo? —disparé con ansiedad.

—Los dos…

Ahí estaban las razones.

Ahí estaban las razones. Por eso nos había alentado a estudiar en una escuelita montada en La Bonita. Por eso nos había enseñado todo sobre caballos y cosechas. No solo porque éramos sus hijos, sino porque éramos los únicos que podíamos heredar esa propiedad. “Voy a reconocerlos como mis hijos legítimos”, prometió al finalizar la cabalgata.

Lo vi y me vi en sus ojos azules. La única diferencia es que mi piel era más trigueña, como la mi madre. Me reconocí también en su carácter firme. En ese momento me sentí orgulloso de ser un Fabbri.

Desde ese día, nuestros lazos se hicieron más estrechos. En cambio, para Teseo la noticia fue difícil de aceptar. Le recriminaba a nuestra mamá Verónica su relación clandestina y cuando yo salía en defensa de ese amor que se tenían, afirmaba: “Nos tolera porque somos buenos trabajadores. Y dice que nos quiere como herederos porque no tuvo hijos propios con doña Elisa. Si no, otro sería el cuento. Está haciendo con nosotros lo mismo que sus padres hicieron con nuestra madre”.

Yo siempre defendí a Fabbri, tal vez por respeto, aprecio o por la ambición. Fantaseaba con ser el dueño de La Bonita. Pero lo cierto es que el tiempo pasó y él nunca llegó a reconocernos. Ladislao Fabbri murió repentinamente y ya nadie se acordó de nuestros derechos.

Nos quedamos sin herencia. Nos quedamos sin casa y sin trabajo. Elisa, su mujer, nos echó a los tres como si fuéramos perros rabiosos. Ella conocía la verdad y nos odiaba. Había tolerado la doble vida de mi padre y su trato preferencial para con nosotros, pero en cuanto tuvo la oportunidad de sacarnos de su propiedad lo hizo sin el menor remordimiento.

Ese día fue doloroso, allí descubrí lo que es sangrar por dentro. Mi madre lloró, Teseo insultó y yo me quedé en silencio con la amargura atravesada en el pecho. Nos golpearon lo suficiente como para vencer nuestras resistencias, nos amenazaron lo suficiente como para quitarnos las ganas de volver alguna vez a reclamar lo que nos pertenecía.

A los pocos días de andar divagando de un lado al otro, toda esa tristeza, ese cansancio y ese odio no fueron bastante para apalear el hambre.

En las inmediaciones de Barranqueras logramos conchabarnos un tiempo como cosecheros. Tarea silenciosa, mal paga. Tarea agobiante bajo el peso de la humedad, el sol y el calor del verano. Tarea en la que las manos se destrozan. Intuíamos que mi madre no lo iba a tolerar. Si bien había trabajado desde pequeña, no era lo mismo hacerlo en una casa que en medio de las inclemencias del campo y bajo el yugo de capangas exigentes y castigadores. Ella se enfermó, empezó con una fiebre persistente. Finalmente, cuando logró recuperarse un poco dejamos ese lugar para buscar un sitio más favorable. Teseo insistía en que no nos separáramos, que nos mantuviéramos juntos. Así fue que nos enteramos sobre un hombre, contratista de una empresa forestal, que estaba buscando hacheros y que además acababa de adquirir una propiedad en la que necesitaba servidumbre. A nosotros no tardaron en contratarnos. Teníamos brazos fuertes para el monte. Pese a que por nuestra sangre no corría una gota india, nuestro cuerpo toleraba el bicherío, los mosquitos y la convivencia con las alimañas. El tal Joaquín Terranova nos puso a trabajar para él y a mi madre —gracias a sus buenos modos y belleza— no tardó en enviarla a la casona.

La vida de los hacheros es tanto o más dura que la de los cosecheros. Sin embargo, en algo sí se diferencian: en medio de los árboles se respira un aire de mayor libertad.

La faena comenzaba temprano en cuanto despuntaba el sol. Con Teseo habíamos logrado formar la dupla imbatible. Los árboles caían uno a uno, y yo no podía evitar que algo dentro de mí se desmoronara cuando los veía derrumbarse. “Si un árbol de años y años puede sucumbir de esa manera, qué nos queda a nosotros los hombres”, comentaba mientras el mate pasaba de mano en mano.

La paga de tres pesos diarios era magra para tanto trabajo, sin embargo al llegar el sábado los hombres dejaban el monte y salían de juerga. Con Teseo a veces los acompañábamos, más para romper con la rutina que por el deseo real de andar de fiesta.

Allí se jugaba a la taba y, con el correr de las horas y el alcohol, llegaban algunas mujeres a las que los hacheros se ganaban en partidas. Así, se agenciaban un poco de calor en esas camas sin mantas, hechas tan solo de palos clavados sobre tres largueros y cubiertas por bolsas llenas de pasto seco. Algunas de esas mujeres se aquerenciaban, se quedaban semanas enteras haciéndoles compañía. Las llamaban “las cocineras”. Es verdad que cocinaban, pero también hacían otros servicios. Mi hermano y yo, en ciertas oportunidades, aceptábamos sus favores como para hacer más llevadero el instinto indomable de nuestros jóvenes cuerpos.

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