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La loba, de Camucha Escobar

En La loba (Plaza & Janés, 2020), tres de las hermanas Rojas huyen del desamor y la desgracia en una Barcelona que esconde crímenes aberrantes: una mujer captura niñas y niños, los obliga a mendigar y trafica el plasma de su sangre. A principios de 1913 se lanzan a un mar lleno de amenazas con la promesa de un reencuentro con su padre, quien amasó una fortuna con una mina en Salta, Argentina. Pero al llegar nada es como lo habían soñado, Manuela, Sonsoles y Balbina deberán afrontar una dura realidad: su padre sufrió un atentado… Camucha Escobar comienza así su novela.

 

 

 

POR CAMUCHA ESCOBAR

 

 

Barcelona, España

Septiembre de 1912

Recuerdo aquella mañana de otoño con precisión de cirujano: el aroma del café recién hecho que provenía de la cocina se mezclaba sin piedad con el de las hojas de eucalipto que hervían en una cacerola junto a otras hierbas desconocidas. Desde hacía unos días la casa exudaba un trágico olor a hospital: mi madre estaba agonizando.

En la amplia cama con dosel y colcha con motivos de flores, su figura en los huesos se perdía bajo la pila de mantas: el rostro, pálido; el contorno de los ojos enrojecidos y la mirada, sin brillo. Encarna, nuestra nana, con las mangas recogidas y los ojos secos le aplicaba paños fríos sobre la frente. A pesar de sus esfuerzos, la fiebre no remitía.

Sonsoles, Amaia, Balbina y yo, Manuela, escuchábamos el parte del médico, que había sido lapidario. El galeno nos dirigió una mirada con un dejo de compasión y nos advirtió:

—Dada la situación por la que atravesáis, os voy a ser sincero: a vuestra madre le queda poco tiempo.

Creo que todas empalidecimos a la vez.

—Pero ¿cómo es posible, doctor? Hasta hace unos días madre gozaba de muy buena salud. Lo que usted afirma nos deja sin palabras.

El médico me sonrió con lástima:

—Sus síntomas no son concluyentes: fiebres oscilantes, dolores basales, atonía en general. No me atrevo a daros un diagnóstico. Es un cuadro poco común, creo que es la primera vez en mi carrera que me enfrento a una enfermedad como esta, pero… —Hizo una pausa para mirarnos con seriedad y con tono grave agregó—: Lo único que puedo afirmaros es que vuestra madre se está consumiendo poco a poco… Lo siento mucho. —Con esas palabras nos recetó un tónico para calmarle los dolores y se marchó a visitar a otros enfermos.

Mis hermanas y yo nos quedamos calladas, tristes y con miedo. ¿Qué iba a ser de nuestras vidas sin madre y con nuestro padre tan lejos?

Entonces llegó Gabriela Iribarren, la mejor amiga de madre, y puso el grito en el cielo. Diplomada en Enfermería con méritos y descreída, consultó a otros facultativos, pero todos concluyeron en lo mismo: madre tenía los días contados.

Sin embargo, apenas nuestra nana le explicó cómo se había enfermado madre, una mirada de temor y resignación se observó en sus ojos. Fue en ese momento cuando se instaló en el dormitorio de la enferma, y no se separó de ella durante su corta agonía. Se hizo llevar un catre y ella misma le administraba las medicinas y le ponía los paños frescos sobre la frente afiebrada.

Gabriela Iribarren era la madrina de mi hermana Amaia. Cuando a madre la repudió su familia por haberse casado con Pedro Rojas, mi padre, un argentino sin abolengo ni fortuna, abandonaron su San Sebastián tan querida y marcharon a vivir a Barcelona. Entonces Gabriela alquiló una propiedad en la ciudad para estar cerca de ellos. Había cursado sus estudios de Enfermería en Madrid y trabajaba en un hospital de la zona. Sin embargo, un velo de misterio la rodeaba. Recuerdo una conversación susurrada entre mi madre y ella. Una conversación que me dejó muy perturbada a pesar de ser una niña. Hablaban de un amor perdido por culpa de la perfidia de una mujer, en una isla lejana. Lástima que yo todavía era muy pequeña para comprender el verdadero significado de lo que escuchaba, pero lo que sí quedó grabado en mi memoria fue su llanto desconsolado. Tal vez con el tiempo voy a poder preguntarle sobre él.

Luego de varias noches en vela, observé sus prendas arrugadas, las marcas de fatiga bajo los ojos inflamados. Entonces la obligué a dormir unas horas en mi habitación y ocupé su lugar. Esa noche me desperté varias veces oyendo soplar el viento. A pesar de las muchas mantas, seguía notando el frío de forma persistente. Aquella madrugada estaba empeñada en no pasar y el tiempo se había entumecido en aquel viento maléfico. Busqué mi chal, me acerqué a la cama de madre y me senté cerca de ella. A Dios gracias respiraba acompasadamente. Velando su sueño tuve una especie de visión que llegaba del más allá y supe el momento exacto en el cual había comenzado nuestra desgracia: había sido el martes anterior, luego del té de las cuatro, cuando un mandadero tocó a nuestra puerta. Traía un paquete a nombre de Edurne Aguirre Larreta. El paquete era muy pequeño y lo coronaba un moño de seda rojo.

Madre se sorprendió, pues hacía muchísimos años que no usaba su apellido de soltera. Creo que fue en ese momento cuando su rostro comenzó a transfigurarse y en sus labios se dibujó un gesto de temor.

Todas pensamos que era un regalo que enviaba padre desde la Argentina. Hacía poco había sido su aniversario de casados. ¡Nada más lejos!

Balbina, mi hermana menor, quiso abrirlo, pero madre, tal vez presintiendo ya la desgracia, se lo impidió. Sus manos temblaban un poco mientras quitaba el fino papel del envoltorio para dejar expuesta una pequeña caja de terciopelo azul brillante. Con mucho cuidado la abrió, pero al ver su contenido el grito que salió de su garganta fue desgarrador.

Mis hermanas y yo, que la estábamos rodeando expectantes, fuimos testigos de cómo se desplomaba en el suelo.

Sonsoles corrió como una exhalación hacia la cocina, donde se encontraba Encarna, ajena a tanto alboroto.

Cuando vio a madre desmayada en el piso, mandó a Balbina a por las sales mientras la criada iba a por el médico.

—¿Qué ha pasado, por Dios? —preguntó la nana, muy preocupada porque madre no reaccionaba—. Dímelo, Manuela —me ordenó. Con unos golpecitos suaves en las mejillas trataba en vano de que reaccionara.

—No sé, nana. No entiendo. Abrió el regalo y gritó como si hubiese visto al demonio.

Encarna se levantó con una agilidad sorprendente para sus años y abrió la caja de terciopelo que había quedado tirada en el suelo. Estaba vacía.

—Pero ¿qué significa esto? —No entendía nada.

Fue en ese momento cuando Amaia le mostró lo que había rodado hasta esconderse detrás de una de las patas de la mesa del comedor:

—Mira, nana, esto es lo que había dentro. —Le enseñó la moneda de oro retorcida.

Encarna perdió el color y le gritó:

—¡Deja eso de inmediato, vade retro! —Amaia guardó la moneda torcida dentro del estuche y se enjabonó las manos como la nana le indicó.

Entonces Encarna comenzó a cantarle a madre una canción de cuna en un idioma que yo no entendí (mucho más tarde supe que era el euskera), mientras sus manos temblorosas le acariciaban los cabellos. Madre todavía seguía en el suelo, con los ojos cerrados:

—Mi Edurne, mi chiquilla bonita, ¿quién ha sido capaz? ¡Virgen santa! —se lamentaba, meciéndola como a un recién nacido.

De los ojos cerrados de madre comenzaron a brotar lágrimas. A medida que la canción transcurría, el llanto se fue haciendo cada vez más copioso hasta que murmuró con la voz acongojada:

—Nana, ahora viene a por mí. No dejes que la maldad de aquella mujer alcance a mis pequeñas, por favor.

La nana asentía acariciándole los cabellos. Ella también lloraba.

Cuando madre finalmente abrió los ojos, la mirada de desconsuelo que nos dirigió quedó impresa para siempre en nuestras almas.

Esa misma tarde de finales de septiembre, cuando el sol ya estaba en su ocaso, Encarna me llevó al jardín. Hacía frío afuera, un frío seco que anticipaba un invierno crudo. Se dirigió al cobertizo de madera donde se guardaban las herramientas y buscó una pala. Se sacó el chal de lana que llevaba sobre los hombros y comenzó a excavar bajo el árbol de avellanas, que mi madre adoraba. Hizo un pozo muy profundo y enterró allí la caja de terciopelo azul.

Preferí mantenerme en silencio durante toda la ceremonia porque intuía que era muy importante. Sin embargo, apenas terminó su labor comenzaron mis preguntas:

—Nana, ¿qué significa esa moneda torcida que madre recibió? ¿Por qué la entierras bajo el árbol de avellanas? —Mientras le preguntaba, me frotaba las manos frías. Me había olvidado de calzarme los guantes.

Encarna me miró seria y me respondió:

—Alguien le ha hecho un daño a mi querida Edurne. Como sabes, los árboles de avellanas tienen poderes mágicos y nos protegen. Por eso debí enterrar esta caja cerca de sus raíces. Para que no siga causando desgracias.

—¿Un daño? ¿Qué es un daño, nana? Explícamelo, por favor. —Estábamos en la cocina. Encarna había servido dos tazones de chocolate espesado con melaza y había colocado en un platito unos bizcochitos de yema bañados en almíbar, que eran mis preferidos.

—Ven, siéntate, Manuela. Así podremos conversar tranquilas. —Nos instalamos cerca del ventanal. Los pálidos rayos del sol que ya se escondía se reflejaban en el vidrio. Encarna no se anduvo con vueltas—: Eso que viste es un maleficio que le han hecho a tu madre.

Yo no podía ocultar mi asombro ni mi impresión:

—Pero ¿quién? ¿Por qué? Si madre es más buena que el pan.

—Bien sabes que tu madre renegó y cortó cualquier vínculo con su familia, con su pasado. Esta moneda la hizo alguien que le desea el mal y solo si esa persona deshace el maleficio podrá sanarse mi querida Edurne. —Me miró significativamente.

—¡Qué maleficio ni qué ocho cuartos! Me parece, nana, que me estás diciendo una serie de disparates. Madre va a reaccionar de un momento a otro y todo estará bien.

Me levanté de un salto y la miré desafiante. Lo que me decía era puro cuento. No aguantaba escuchar esa sarta de idioteces. Estaba por salir cuando me advirtió:

—Tú, por ser la mayor, recibirás el don en su debido momento. No me preguntes porque no te diré nada más. No corresponde. Tu madre te hablará de él cuando llegue la hora.

Enojada, salí de la habitación sin siquiera haber probado uno de los bizcochitos. Sin embargo, recordé de pronto las palabras de padre cuando se refería a la nana: “Esa mujer vale más por lo que calla que por lo que dice”.

No había podido volver a conciliar el sueño con tanto pensamiento rondando por mi cabeza. Todavía faltaba mucho para el amanecer. El viento seguía soplando con toda su furia, sacudiendo los árboles, arrancando la tierra del suelo. Parecía como si al atravesar las ramas murmurara: “Ya se acerca… Ya se acerca…”.

Cuando me di cuenta, era mi madre la que decía:

—Ya se acerca, mi niña… ya se acerca…

Corrí hacia su lado y encendí la lámpara de la mesita. La luz tenue iluminó su rostro, que era una máscara cenicienta. Respiraba con dificultad.

—No llames… a nadie… Solo… tú y… yo… —Hizo una pausa para respirar hondo y me dijo—: Dame… la mano izquierda… Manuela. —Hablaba entrecortado, pero estaba perfectamente lúcida.

Lo hice, y nuestras manos se entrelazaron. Sentí las suyas frágiles y frías. Sin embargo, al cabo de unos minutos un fuego pareció brotar de ellas y entrar a mi torrente sanguíneo:

—Ahora… has recibido… el don… como… yo lo… recibí de… mi madre, y ella… de la suya… y como… todas las… mujeres primogénitas… de nuestra… familia… lo hicieron. Es un… lazo invisible… el que… nos… une. —Le alcancé un poco de agua, que bebió despacio. Tenía la voz ronca y la garganta seca—. Lamento tanto mi… querida… Manuela… no… haberte hablado de… nuestras costumbres… vascas… de nuestros… antepasados… no haberte… preparado. Pronto… entenderás de… lo que hablo.

Recordé las tantas veces que mis preguntas sobre su familia habían caído en el saco roto de los silencios y las excusas. Esas fueron sus últimas palabras antes de morir. No habían sido para padre o para mis hermanas, ni para Gabriela. Solo para mí, Manuela, su primogénita.

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