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La libertina, de Florencia Canale

 

Canale no decepciona nunca: es garantía de lectura apasionada. Y La Libertina – Madame Périchon, una espía en el Río de la Plata (Planeta) no es excepción. En esta oportunidad, la autora best seller nos acerca la historia desconocida de la espía más seductora del Río de la Plata. “Placer hasta el final, abismo galo, quien se cruce en mi camino jamás podrá olvidarme, para bien o para mal” fue su mantra. Marie Anne Périchon de Vandeuil, más conocida como Anita Périchon “la Perichona”, nació en la isla de Reunión, en el océano Índico, en el seno de una familia de la élite colonial francesa. Muy joven se casó con Thomas O’Gorman, oficial irlandés al servicio de Francia. En 1797, con la Revolución Francesa pisándole los talones, la familia comenzó un largo periplo para instalarse por fin en Buenos Aires. Allí alternarían con lo más granado de la sociedad porteña, que los recibió con curiosidad y desconfianza por partes iguales. Pero la política volvería a torcer su destino. Ante las Invasiones Inglesas al Río de la Plata, Thomas O’Gorman tuvo que buscar refugio en Río de Janeiro. Sola en medio de una sociedad que recelaba de ella, la bella y sensual Anita no se resignó al rol de madre devota y esposa fiel. Amante del general William Beresford, comandante inglés de las Invasiones, y luego de Santiago de Liniers, héroe de la Reconquista, quería para sí una vida placentera y excitante, aunque eso implicara ser vista como la encarnación de todos los vicios y ser tildada de espía. Esta novela narra una historia de pasión, intriga y conspiraciones, con el telón de fondo de una Argentina colonial que comenzaba a soñar con su independencia. Luego de la exitosa La vengadora, Florencia Canale vuelve a elegir como protagonista a una mujer audaz, inteligente y rebelde a los límites impuestos a su género. Lo dicho: Canale es sinónimo de talento y conocimiento.

 

 

 

POR FLORENCIA CANALE

 

Al fin se casaba. Le había llegado la hora. A pesar de sus jóvenes veinticuatro años, ya había empezado a preocuparse. Étienne Armand Périchon de Vandeuil consideraba que estaba en condiciones de establecerse como un caballero de bien, con esposa y familia propia, credenciales más que suficientes para su flamante puesto en la Compañía Francesa de Indias.
Instalado hacía unos meses en Pondichéry, en la costa oriental de India, había conocido a Jeanne Madeleine Abeille, hija de un influyente miembro del Consejo de esa bella localidad colonial frente a la bahía de Bengala, y rápidamente había decidido que se convertiría en su mujer. La cortejó, midió los tiempos tratando de refrenar la impaciencia y por fin pidió su mano. El joven comerciante ya demostraba ser un rey del cálculo. Aprobado con creces por la familia de la novia, llegó el día en cuestión en que se firmó el acta en la parroquia: Hoy, nueve de julio de mil setecientos setenta, yo el infrascripto certifico haber dado la bendición nupcial en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, de Pondichéry, al señor Étienne Armand Périchon de Vandeuil, Caballero, empleado de la Compañía, natural de París, parroquia de San Roque, hijo del señor Étienne Guillaume Périchon de Vandeuil, Caballero, Recaudador de los Dominios y Bosques de Su Majestad en la Generalidad de Moulins, y de la señora Avoye Constance Armand Montice, su madre, de edad de veinticuatro años, y a la señorita Jeanne Madeleine Abeille, hija del señor Jean Joseph Abeille, Caballero, Consejero en el Consejo Soberano de Pondichéry, de edad de dieciséis años, y después que las amonestaciones han sido publicadas en la Misa mayor de la parroquia, la primera el 1º de julio, la segunda el 5, la
tercera el 8 del mismo mes y año arriba mencionados, sin que exista ningún impedimento. Fueron testigos los señores Simon Lagrenée de Meziére, Consejero en el Consejo Superior de Pondichéry y Segundo Jefe de la Plaza, natural de la Isla de Francia; Pierre Duplant de Laval, ex consejero, natural de París, Louis Pierre Tremolliéres, Secretario del Consejo de Pondichéry, natural de París, que han formado conmigo, así también el esposo y la esposa.
Firmado: Fray Sebastian de Nevers, capuchino, Misionero Apostólico, Cura; Jeanne Abeille Périchon de Vandeuil, Lagreneé de Meziére, Duplant de Laval y Tremolliéres…
Los recién casados, junto a la familia de la novia, habían recibido a los invitados en la casa de los Abeille. El Consejero de la colonia francesa en la India de Pondichéry tenía motivos para celebrar. Desposaba a su hija con un ascendente comerciante, joven que prometía, a todas luces, un futuro más que acomodado para su querida Madeleine.
La residencia lucía su mejor vajilla e hilandería, adquiridas y acumuladas gracias a los negocios con la pujante Compañía Francesa de Indias. También el vestido de la entusiasta novia había llegado de París. No habían tenido ni que tocarlo, parecía pintado sobre el cuerpo núbil de la
joven Madeleine. La falda de seda celeste caía sobre una infinidad de enaguas y armazón, y sobre la cotilla, el peto bordado con hilo dorado y mucho encaje la había convertido en princesa por un día.
—¡Brindemos por la felicidad de ma petite Madeleine y Armand! Les auguro una vida pletórica de armonía.
Jean Joseph levantó la copa y todos los presentes lo imitaron.
Las mejillas de la novia se tiñeron de rubor pero eso no impidió que sonriera de oreja a oreja. Se había convertido en madame Périchon de Vandeuil en pocos meses y su nuevo estatus la llenaba de alegría.
Algunos invitados veían por primera vez al flamante marido de la hija del Consejero de Pondichéry. Los más lanzados se acercaron a Armand y sin ningún reparo le preguntaron por su ascendencia. A otros no les hizo falta, su vida y obra —algo corta, por cierto— corrían como reguero de pólvora entre murmullos comedidos detrás de oportunos abanicos: la familia del joven empleado de la Compañía de Indias era de París, residían en un petit hôtel de la calle Saint Denis. Su tío, señor de Vandeuil, era una de las personalidades más importantes de la ciudad, además de su Primer Regidor, y su padre, un destacado recaudador de una comuna al oeste de París. Preguntaron por la madre pero ¡oh, qué tristeza!, madame Vandeuil ya no estaba entre nosotros, pobre Armand, qué suerte que ha encontrado a una muchacha tan buena y encantadora que sabrá cuidar de él y lo acompañará hasta que la muerte los separe, aunque roguemos que el final le llegue a él primero. Los cuchicheos amenizaban el atardecer festivo chez Abeille, mientras que los flamantes esposos respondían a las diversas convocatorias, asentían a todo tipo de cuestiones y, cuando lograban algún segundo para ellos, se dedicaban una sonrisa cómplice de una punta a la otra del salón.
Una de las convidadas, madame de Bligny, moradora influyente de la colonia francesa, traía noticias frescas de la metrópoli. Dos meses atrás el Delfín, duque de Berry, se había casado con María Antonieta, la Archiduquesa de Austria, en los espléndidos salones del palacio de Versailles. Al oírla, Madeleine quedó prendada con la novedad de esa boda, tan cercana en el tiempo a la suya aunque con realidades tan lejanas. Se acercó a madame de Bligny para escuchar mejor todo lo que se cuchicheaba. Se decía que la extranjera tenía catorce años y el futuro rey dieciséis, que sí, es una deliciosa muchacha espléndidamente formada, de exquisito rostro oval, de piel entre el color del lirio y de la rosa, y qué ojos, un amigo me ha confesado que son capaces de hacer caer a un santo, tiene el cuello esbelto propio de una reina y un caminar digno de una diosa. Las objeciones no tardaron en llegar y una voz destemplada, también proveniente de París, señaló que la boca de la Archiduquesa recién llegada a la Corte francesa era bien desagradable, tan pequeña y con ese inmundo labio inferior rebosante de desdén, propio de los Habsburgo. La joven novia de Pondichéry escuchaba con atención y en silencio. Se preguntaba si ella despertaría una sarta semejante de señalamientos y críticas luego de la celebración de su boda. Apenas pestañeaba para no interrumpir.
—A ver, señoras, que yo he estado allí —interrumpió uno de los invitados. —Acompañé a la familia de los Austrias, así que puedo dejar de lado las pleitesías francesas. Solo había ojos para María Antonieta, sentada o de pie era la imagen misma de la belleza, y bastó que se moviera para demostrar que también era la gracia en persona.
Las damas reclamaron más detalles de parte del caballero, que no se hizo rogar. Hubo descripción de los fastos, los desfiles, la fiesta monumental y las solemnidades que provocaron estupor y algarabía en la audiencia femenina.
El alboroto llegó a su paroxismo cuando oyeron el chisme sobre el gesto del Delfín al salir de la alcoba, luego de la noche de bodas. Con los labios apretados y gesto despectivo, parece que había escupido un «rien», para seguir su camino hacia vaya uno a saber dónde. Madeleine bajó la mirada con recato, pero no pudo esconder una sonrisa. Esperaba que su marido no tuviera que expresar el mismo descontento.
Su madre le había confiado alguna que otra cosa sobre la famosa noche de bodas y la ansiedad ya no le entraba en el cuerpo. No faltaba tanto para que la fiesta se apagara y ella y Étienne se encerraran a solas en la alcoba. Ganas y miedo, eso era lo que sentía.

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