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La institutriz Gabriela Margall

La Instituriz es lo último de Gabriela Margall (EDICIONES B,). Tras casi quince años de trabajar como institutriz en Argentina Elizabeth Shaw está decidida a volver a su pueblo natal en Inglaterra. Cuando su regreso es casi un hecho, una familia -a la que está unida por fuertes lazos- requiere de sus servicios y se reencontrará con Tomás Hunter, su amor de la juventud. ¿Podrá el amor vencer una red de secretos y un oscuro pasado? Acá el primero capítulo.

 

 

 

POR GABRIELA MARGALL

 

 

Elizabeth tenía las manos unidas en la espalda, como si meditara su decisión por última vez. Cuando golpeara, un círculo se cerraría. Volvería a aceptar las decisiones de personas que poseían una influencia extraordinaria sobre su propia vida.

Golpeó, con fuerza, para demostrarse que estaba segura de lo que hacía.

Escuchó la voz de la criada que avanzaba hacia la puerta. Era normal que eso ocurriera en lugares con pocas habitaciones y ventanas. Pero eso no pasaba en casas que ocupaban tanto espacio como una iglesia y donde el silencio era un bien de lujo que los dueños aprendían a respetar desde niños.

Una mujer le abrió sin ceremonia ni saludo y le indicó con el dedo que tomara asiento. Elizabeth concluyó que la señora no estaba en la casa y que por eso la criada había relajado su comportamiento. Se preguntó quién la recibiría. Sentada en el borde de un sillón —que no quería mirar con detalle—, le llegó la respuesta.

—El señor Tomás la va a recibir ahora.

La criada avanzó unos pasos y golpeó la puerta que estaba frente a Elizabeth. Sin esperar la respuesta, la mujer entró a la habitación. La siguió. De nuevo, trató de vaciar su mente de todo posible prejuicio.

Tomás Hunter se puso de pie cuando ella entró en el estudio. Avanzó con la mano alzada para saludarla.

—Elizabeth —murmuró.

Ella aceptó saludarlo con la mano, pero la retiró de inmediato. La situación era extraña y no quería dar ningún paso en falso, sobre todo cuando había tanto margen para que las cosas salieran mal.

Se sentó en la silla que estaba al otro lado del escritorio. Las manos juntas sobre la falda y entre ellas su bolso de paseo. Tenía dos cartas de recomendación preparadas, pero estaba segura de que no se las pediría. Él también tenía algunos sobres en el escritorio, como si estuvieran preparados para la entrevista. Elizabeth, por tercera vez, no quiso llegar a ninguna conclusión apresurada.

—Debería pedir té —murmuró él.

Ella no le respondió.

—¿O agua?

Elizabeth no estaba dispuesta a darle una respuesta, así que hizo una pregunta.

—¿Cuándo veré a la señora Hunter?

Él asintió, pero la respuesta no fue la que Elizabeth esperaba:

—Ella está al otro lado de la casa.

Elizabeth enderezó la espalda.

—La nota que recibí decía que la entrevista era hoy.

—Sí. La envié yo.

Ella seguía sin entender así que volvió a preguntar.

—¿Y a qué hora veré a la señora Hunter?

—Mi esposa no se siente bien. Hablarás conmigo. Yo me encargo de esto, después de todo.

La respuesta fue tan desconcertante que Elizabeth sintió frío. No entendía qué pasaba o por qué Hunter hablaba como si estuviera hecho de piedra. En contra de su voluntad, tuvo que preguntar de manera directa.

—Señor Hunter, ¿con quién voy a tratar las condiciones de mi trabajo?

—Conmigo.

Estuvo a punto de levantarse y abandonar todo. La mantuvieron en su sitio sus años de trabajo como institutriz y el terror a hacer un escándalo que afectara el buen nombre que había ganado con esa experiencia.

—Esto es muy inusual —dijo con serenidad.

—¿Sí? —preguntó él—. Supongo que sí. No estoy al tanto. La última persona que estuvo a cargo de los niños fue Juliette y murió hace dos años. La envió mi tía Luisa desde Francia.

Ella se puso de pie. Él hizo lo mismo.

—Tiene que haber un error, señor Hunter.

—No, no lo hay. Por favor, Elizabeth… ¿Cómo debo llamarte? Supongo que Elizabeth no está bien.

—Todos mis empleadores me llaman miss Shaw.

—Bien. Así será. Por favor, siéntese miss Shaw. Esta no es una situación común aquí. No sé qué se dice en casos como estos. Pero ya que nombré a mi tía comenzaré por ella. Mi tía Luisa me escribió varias veces. Me dijo que ya está planeado tu regreso a Inglaterra.

Elizabeth asintió y agregó información a lo que había dicho Hunter:

—La señora Luisa también me escribió. Y me pidió por favor que retrasara mi regreso a Inglaterra y aceptara este trabajo. Le respondí que no. Le expliqué que había decidido volver a Fowey este año, pero ella insistió en que debía trabajar aquí. Insistió mucho.

—¿Y vas a hacerlo? —preguntó él con cautela.

—No si continúa con ese trato de confianza, señor Hunter.

Él pestañeó un par de veces.

—Entiendo.

Ella asintió.

—Tengo en mi bolso dos cartas de recomendación. Son más que suficientes en estos casos. Pero la carta de la señora Luisa debería alcanzar para usted. ¿Es así?

—Para mí sí.

—Para mí también. La señora Luisa describió este trabajo como un favor personal hacia ella. Insistió mucho en que viniera. Le expliqué que aceptaba, pero que solo sería un año. ¿Usted también entiende eso?

—No del todo. En otras casas estuviste más tiempo. Eso me ha dicho mi tía. Quizá puedas pensar en vivir aquí unos años más.

—No, esta es mi decisión final. En abril del próximo año partiré a Inglaterra. Así se lo dije a la señora Luisa y es necesario que quede claro ahora.

—Está claro.

—Bien —dijo Elizabeth con tranquilidad—. Entonces mi siguiente pregunta es qué es lo que se espera de mí en esta casa. Y por eso prefiero hablar con la señora Hunter. Quizá lo mejor sea posponer la reunión hasta que ella se sienta mejor.

Él la interrumpió.

—No pedí el té, ¿verdad? ¡Marta! —gritó—. ¡Marta, venga por favor!

Elizabeth tuvo que contenerse para no llevarse la mano al pecho. El grito de Hunter la había asustado y avergonzado al mismo tiempo. Conocía ese tono de voz elevado, pero no esperaba reencontrarse con él con un llamado a la criada. Entreabrió los labios y dejó escapar el aire con suavidad.

Hunter, impaciente, se puso de pie y fue hasta la puerta. Marta era la misma mujer que había recibido a Elizabeth. Ni los dueños ni los empleados moderaban las voces en esa casa.

—Marta, prepare té para mí y para miss Shaw.

—Como mande, señor —dijo Marta.

Se escuchó que el teléfono sonaba. Elizabeth esperó que la voz de Marta respondiera el llamado, pero volvió a escuchar la voz de Hunter que hablaba.

—¡Sí, páseme!

“Los dueños establecen el tono de la casa”, le había dicho la señora Luisa una vez y, muchos años después, Elizabeth volvía a comprobar que tenía razón. Se preguntó qué clase de niña sería Adela Hunter y cómo respondería a la educación que ella podía ofrecerle. La voz de Tomás la distrajo y no pudo seguir el hilo de sus pensamientos.

—¡Lo recibí ayer, Bauman! Llegó en perfectas condiciones. Estamos contentos. Enrique más que yo, sí. Planeamos llevarlo a la azotea esta noche. Espero que no llueva.

Elizabeth miró por la ventana. Estaba nublado. Era probable que los planes de Hunter y el mencionado Enrique tuvieran que cancelarse. Cerró los ojos ante el acto instintivo de huir. “Es una mala idea”, se repetía, “todo esto es una mala idea”.

Tuvo que recordarse que le había prometido a la señora Luisa que se quedaría un año ya que no estaba segura de poder cumplir con su palabra. Haría lo posible, solo porque la señora había sido parte necesaria de su vida.

Tomás Hunter volvió a su asiento detrás del escritorio. La expresión de su rostro había cambiado.

—Bauman es un alemán que trae máquinas y artilugios de Europa. Nos trajo un telescopio de Alemania, exclusivo para nosotros. Al menos eso me dijo. No es la primera vez que me engaña.

Elizabeth no respondió. Se quedó con los ojos fijos en él. Quería estudiar la reacción de Hunter

 

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