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La cucaracha, de Ian McEwan

McEwan afila los colmillos: una mordaz sátira de la Inglaterra del Brexit y la Europa de los populismos. El arranque de La cucaracha (Anagrama, 2020) no dejará indiferente a ningún lector, porque es una reelaboración del famosísimo inicio de La metamorfosis de Kafka. Solo que aquí se invierten los términos y nos encontramos con una cucaracha que un buen día, al despertarse, descubre que se ha convertido en un enorme ser humano, concretamente en el primer ministro del Reino Unido, de nombre Jim Sams.

 

 

POR IAN MCEWAN

 

Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, Jim Sams, inteligente pero de ningún modo profundo, se vio convertido en una criatura gigantesca. Durante un rato largo permaneció de espaldas (no era su postura favorita) y miró con consternación
sus lejanos pies y sus escasas extremidades. Solo cuatro, naturalmente, y del todo inmóviles. Las patitas morenas por las que sentía ya cierta nostalgia se habrían agitado alegres en el aire, aunque inútilmente. Seguía inmóvil, decidido a no caer en la
histeria. Un órgano, un bloque de carne resbaladiza, yacía apoltronado y húmedo en su boca, y sintió asco, sobre todo cuando se movió por sí solo para explorar la amplia caverna de la boca y, según advirtió con callada alarma, se deslizó por una inmensa dentadura. Observó la longitud de su cuerpo. Desde los hombros hasta los tobillos era de un azul claro, con ribetes más oscuros alrededor del cuello y las muñecas, y con botones blancos que bajaban en vertical por su no segmentado tórax. Entendió
que la ligera brisa que corría por él de manera intermitente, arrastrando un poco atractivo olor a comida descompuesta y alcohol etílico, era su respiración. Su campo visual era ineficazmente angosto –bueno, para un ojo compuesto– y todo lo que
veía estaba asfixiantemente coloreado. Empezaba a darse cuenta de que, a causa de una grotesca inversión, su carne vulnerable estaba ahora fuera de su esqueleto, que en consecuencia le resultaba totalmente invisible. Qué tranquilidad si hubiera podido ver aquel moreno nacarado que tan bien conocía.

Todo esto era ya preocupante de por sí, pero cuando acabó de despertar cayó en la cuenta de que estaba embarcado en una misión importante y exclusivamente personal, aunque por el momento no recordaba cuál era. Voy a llegar tarde, se dijo,
mientras trataba de levantar de la almohada una cabeza que debía de pesar por lo menos cinco kilos. No es justo, pensó. No merezco esto. Sus sueños habían sido fragmentarios, profundos y disparatados, acribillados por voces estentóreas y resonantes
que no cesaban de discutir. Solo en aquel momento, cuando dejó caer la cabeza, empezó a columbrar el otro lado del sueño y a recordar un mosaico de imágenes, impresiones e intenciones que se dispersaban en cuanto trataba de asirlas.

Sí, había salido del agradablemente ruinoso Palacio de Westminster sin siquiera despedirse. Así tenía que ser. El sigilo lo era todo. Lo había sabido sin que se lo dijeran. Pero ¿cuándo había salido exactamente? Sin duda después de oscurecer. ¿Anoche? ¿Anteanoche? Debió de salir por el aparcamiento subterráneo. Dejaría atrás las lustradas botas del policía de la entrada. Ahora lo recordaba. Pegado al bordillo de la acera, había corrido por la alcantarilla hasta llegar al aterrador cruce de Parliament Square. Echó a correr en busca de la alcantarilla de la acera opuesta, por delante de una fila de vehículos al ralentí, impacientes por plancharlo contra el asfalto. Le pareció que había transcurrido una semana cuando consiguió cruzar otra calzada aterradora para llegar a la acera de Whitehall que le interesaba. ¿Y después? Ya más seguro, había recorrido muchos metros a buena velocidad y se había detenido. ¿Por qué? Ahora lo recordaba. Jadeando por todos los tubos de su cuerpo, había descansado cerca de un albañal para saborear un trozo de pizza que habían tirado. No pudo comérselo todo, pero lo aprovechó bien. Por suerte era una Margarita. Su segunda favorita. Sin aceitunas. No en aquel trozo.

Averiguó que su ingobernable cabeza podía girar ciento ochenta grados con poco esfuerzo. La volvió hacia un lado. Estaba en el dormitorio de ormitorio de un pequeño desván, desagradablemente iluminado por el sol matutino, dado que no habían corrido
las cortinas. Al lado de la cama había un teléfono, no, dos teléfonos. Su restringida mirada recorrió la alfombra para posarse en el rodapié y la estrecha abertura del borde inferior. Ojalá hubiera podido escapar de la claridad matutina metiéndose allí, se
dijo con tristeza. Habría estado tan a gusto. Al otro lado de la habitación había un sofá y al lado una mesa baja con un vaso de cristal tallado y una botella de escocés vacía. Encima de un sillón había un traje y una camisa lavada, planchada y doblada.
En una mesa más grande, situada junto a la ventana, había dos archivadores, uno encima del otro, los dos de color rojo.

Dominaba ya el movimiento de los ojos, tras haber comprendido que podían girar juntos suavemente, sin ninguna ayuda. Y en vez de dejar la lengua fuera, que a veces le colgaba hasta el pecho, descubrió que estaba más cómoda encerrada en los rezumantes límites de la boca. Horrible. Pero empezaba a cogerle el tranquillo a su nuevo aspecto. Era rápido aprendiendo. No obstante, estaba preocupado porque tenía que ponerse a trabajar. Había que tomar decisiones importantes. De súbito llamó
su atención un movimiento en el suelo. Era una criatura pequeña, con la forma que había tenido él anteriormente, sin duda el desahuciado propietario del cuerpo que habitaba él ahora. Observó con cierto espíritu protector mientras la criaturita
forcejeaba con las fibras de la alfombra de pelo,camino de la puerta. Allí titubeó, sus antenas se agitaron con incertidumbre con la ineptitud propia de un principiante. Finalmente, hizo acopio de valor y se coló por debajo de la puerta para iniciar
un difícil y arriesgado descenso. Había mucho trecho hasta el palacio y tropezaría con muchos escollos. Pero si conseguía llegar sin que nadie lo aplastara de un pisotón, encontraría seguridad y consuelo entre millones de congéneres tras los paneles de madera o debajo de las tablas del suelo de palacio. Le deseó suerte. Pero tenía que ocuparse de sus propios asuntos.

Pese a todo, Jim no se movió. Nada tenía sentido, todo movimiento era inútil mientras no reconstruyera el viaje, los acontecimientos que lo habían llevado a aquel dormitorio desconocido. Después de la pitanza improvisada, apenas consciente del bullicio que había por encima de él, atento a lo único que le importaba, pegado a las sombras del bordillo de la acera, aunque sin recordar durante cuánto tiempo ni hasta dónde. De lo que sí estaba seguro era de que por el camino había
encontrado un obstáculo de gran tamaño, un cerro de boñigas todavía calientes y ligeramente humeantes. En otra ocasión se habría alegrado. Se consideraba una especie de entendido. Conocía el modo de vivir bien. Podía identificar al instante aquel
maná. ¿Quién podría confundir aquel aroma enloquecedor con un toque de petróleo, piel de plátano y jabón para el cuero? ¡La Guardia Montada! Pero qué metedura de pata haber picado entre horas. La Margarita le había quitado todo interés por el excremento, por reciente y distinguido que fuera este, y el cansancio acumulado lo había dejado sin ganas de corretear por encima. Se encogió a la sombra del cerro, contra el mullido terreno de su falda, y meditó sus opciones. Tras reflexionar un momento tuvo claro lo que debía hacer. Escalar la pared vertical del bordillo para bodear el cerro y descender por el otro lado.
Acostado en el dormitorio del desván, llegó a la conclusión de que aquel había sido el momento en que se había quedado sin voluntad, o sin la fantasía de que tenía voluntad, y había caído bajo la influencia de una fuerza rectora más grande. Al
subir a la acera, como había hecho, se había sometido al espíritu colectivo. Y ahora era un elemento minúsculo de un plan cuya magnitud no podía abarcar ni entender ningún individuo.

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