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La ciudad de las mujeres desaparecidas 

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La ciudad de las mujeres desaparecidas (Lince), de la escritora Megan Miranda. es un thriller que atrapa al lector desde la primera página. Diez años después de su ida, Nicolette Farrell regresa a su ciudad natal. Se marchó tras la desaparición de su mejor amiga, Corinne, y ahora vuelve para cuidar de su padre pero pronto se ve inmersa en un terrible drama que abre viejas heridas. Una nueva desaparición llevará a la protagonista a descubrir que en la ciudad nada ni nadie es lo que parece. ¿Hasta dónde será capaz de llegar para proteger a los que ama?

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Capítulo 1

 

De nuevo en casa

El hombre […] no puede aprender a olvidar, se refugia en el pasado: por más que corra y por más rápido que lo haga, esa cadena se desplaza con él.

Friedrich Nietzsche

 

Eché un último vistazo al apartamento antes de cargarlo todo en el coche. Había dejado la llave en un sobre, junto al fregadero. Había colocado algunas cosas de última hora en una caja, que seguía abierta junto a la puerta. Contemplé el apartamento desde la cocina, desnudo, vacío, y aunque sabía que no me dejaba nada, no podía evitar pensar que estaba olvidando algo.

Lo había recogido todo de cualquier manera, deprisa. Mi partida coincidía con el fin del curso escolar. Mientras hablaba con Daniel para ultimar los detalles de mi llegada, buscaba a alguien que realquilara el apartamento durante el verano. No podía pararme a pensar en lo que estaba haciendo. No había tiempo. Lo único en lo que podía pensar era en que iba a volver. Allí. Daniel no sabía nada de la carta. Creía que únicamente volvía a casa para echarle una mano, que iba a dedicar mis dos meses de vacaciones a arreglar lo de papá y que luego regresaría a mi vida.

El apartamento estaba prácticamente vacío. Parecía un recinto industrial, sin ningún tipo de personalidad, a la espera del estudiante universitario aparentemente responsable que pensaba ocuparlo durante el verano. Le había dejado los platos, porque hubiera sido una locura empaquetarlos. Le había dejado el futón, porque me lo había pedido, y porque me había pagado 50 dólares más por él.

El resto —todo lo que no me cabía en el coche— estaba en un almacén cercano. Era mi vida e iba a quedarse allí, en aquel almacén, con la única compañía de unos muebles viejos y ropa de invierno.

Alguien llamó a la puerta y me sobresalté. Se suponía que el nuevo inquilino llegaría en un par de horas. Para entonces yo ya estaría en la carretera. Era demasiado pronto para que fuese él.

Crucé el pequeño aposento y abrí la puerta.

—Sorpresa —dijo Everett—. Quería verte antes de que te fueras.

Iba trajeado, el traje que se ponía para el trabajo —tan limpio y elegante—, y se inclinó para besarme, con un brazo a la espalda. Olía a café y a pasta de dientes; a almidón y a cuero; a profesionalidad y a eficiencia. Sacó un vaso de espuma de poliestireno de su espalda.

—Te he traído café. Para el camino.

Cogí aire.

—Tú sí que sabes —dije.

Lo cogí, bebí un gran sorbo. Él miró su reloj y se lamentó:

—Siento abandonarte, pero tengo una reunión a primera hora en la otra punta de la ciudad.

Se acercó para darme un beso. Le cogí por el codo cuando hizo ademán de marcharse. Le dije:

—Gracias.

Él apoyó su frente contra la mía.

—Pronto estarás de vuelta. Ya verás.

Le contemplé mientras se alejaba hacia el ascensor con paso firme y seguro; su cada vez más larga melena negra le rozaba el cuello. Se volvió justo cuando las puertas se abrieron. Me apoyé contra el marco de la puerta, me sonrió.

—Conduce con cuidado, Nicolette.

Volví dentro. Por primera vez pensé en lo que se me venía encima, y fue como si todo a mi alrededor se ralentizara. Me hormigueaban las puntas de los dedos.

Había pasado otro minuto. Las cifras rojas del reloj del microondas cambiaron. Tenía que darme prisa si no quería llegar tarde.

Había nueve horas de coche entre Filadelfia y Cooley Ridge, suponiendo que el tráfico fuera fluido y contando las paradas para comer, para repostar y para hacer pis. Y puesto que iba a salir veinte minutos más tarde de lo previsto, me imaginaba ya a Daniel cansado de esperarme, en el porche delantero, antes de que por fin apareciese yo por el sendero de grava que llevaba a nuestra antigua casa.

Le mandé un mensaje al salir del apartamento, con una de las maletas en la mano: «Ya en camino, pero más bien 3.30».

En dos viajes tuve el coche cargado. Llevaba equipaje y algunas cajas. El coche estaba aparcado en la misma manzana, pero justo detrás del edificio. De fondo se oía el tráfico, parecía que hubiera algún atasco cerca. Se oía un zumbido constante, algún que otro bocinazo. Resultaba tremendamente familiar.

Arranqué y esperé a que el aire acondicionado actuara. «Vamos allá», pensé. Coloqué el teléfono en el sujetavasos y vi la respuesta de Daniel: «Papá te espera para cenar. No lo olvides».

Como si fuese a llegar tres horas después de lo previsto. Daniel era un verdadero experto en ese tipo de cosas. Y parecía que en los últimos tiempos había perfeccionado el arte del mensaje de texto pasivo-agresivo. De hecho, llevaba años practicando.

Cuando era pequeña, creía que podía ver el futuro. Probablemente fue culpa de mi padre, que me había llenado la cabeza de lo que aprendía en los tratados de filosofía que solía leer. Mi padre me había hecho creer que cualquier cosa era posible. Y yo cerraba los ojos y veía imágenes. Escenas. Veía, por ejemplo, a Daniel, con toga y birrete, el día de su graduación. Veía a mi madre sonriendo orgullosa a su lado. Yo les decía que se juntaran un poco más porque iba a hacerles una foto. «Rodéala con el brazo. ¡Que parezca que os queréis! Perfecto.» Años después de aquello me había visto con Tyler lanzando nuestras mochilas al asiento trasero de su polvorienta camioneta y largándonos a la universidad. Largándonos para siempre.

Por entonces no tenía ni idea de que no bastaba con subirme a una camioneta, que alejarme de verdad iba a ser mucho más difícil. Que iba a llevarme diez años. Que los kilómetros de por medio iban a ayudarme y, por supuesto, el tiempo. Pero que el proceso iba a ser lento. Por no hablar de que Tyler nunca iba a dejar Cooley Ridge. Que Daniel no iba a graduarse. Y que mi madre no iba a vivir para contarlo.

Si mi vida fuese una escalera, Cooley Ridge sería el primer peldaño, una aborrecible ciudad oculta entre las Smoky Mountains, el clásico pueblo americano sin ningún tipo de encanto. Mudarme a cualquier otro lugar —fuese el que fuese— suponía ascender un peldaño más, y no iba a tardar en hacerlo. Primero me fui a la universidad, alejándome trescientos kilómetros; luego me matriculé en un curso de posgrado que me obligaba a cambiar de estado, en dirección norte; y, al acabar, me busqué las prácticas en otra ciudad, también del norte, y me negué a abandonarla cuando terminé. Tenía un apartamento y mi propio despacho. En todo aquel tiempo, Cooley Ridge no había dejado de alejarse. O, mejor dicho, yo no había dejado de alejarme de allí.

Lo que he aprendido sobre la vida es esto: en cuanto te vas, ya no hay vuelta atrás. No puedes volver. Ya no sé qué hacer en Cooley Ridge, y Cooley Ridge no sabe qué hacer conmigo. La distancia no deja de aumentar con los años.

La mayor parte de las veces, cuando intentaba volver la vista atrás —«cuéntame cómo era tu casa, cómo fue crecer allí, cómo era tu familia»— porque Everett quería saber cosas de mi pasado, todo lo que veía era una reconstrucción a escala infantil en mi cabeza: un pueblo diminuto, con todo listo para que empezaran las vacaciones, congelado en el tiempo. Así que lo que hacía era darle algún tipo de respuesta superficial, nada específica. Le decía cosas como: «Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis años», o «el pueblo estaba junto al bosque», o «tengo un hermano mayor».

Incluso para mí, mientras respondía, la sensación era de que no estaba diciendo nada. Que sujetaba una polaroid descolorida; que hablaba de una ciudad fantasma habitada por fantasmas.

Pero había bastado una llamada de Daniel, aquel «tenemos que vender la casa», para tener la sensación de que el suelo desaparecía bajo mis pies. «Voy para allá», dije, y todo volvió a mí de repente: los besos de mi madre; lo que pasó en la noria cuando Corinne empezó a mecer nuestra cabina; Tyler cruzando el río sobre el árbol caído.

«Aquella chica», había escrito mi padre, y me había parecido verla.

Se reía.

«Necesito hablar contigo. Aquella chica. La he visto.»

Mi padre había escrito aquello, y lo más probable es que lo hubiese olvidado. No habría hecho falta ni una hora: quizá lo hubiese olvidado en un momento. Lo más probable es que hubiese dejado en alguna parte el sobre, con la carta dentro, quizá en su mesita de noche, o bajo la almohada, y que alguna de las enfermeras, dando por hecho que la carta era para mí, hubiera escrito mi dirección en el sobre. Pero algo le había llevado a escribirla. Quizá había sido un recuerdo. Una idea perdida en las sinapsis de su cerebro; un pensamiento en busca de acomodo.

Había escrito aquello llevado por un impulso, y luego alguien había puesto mi nombre en el sobre, y ahora el pasado corría, desbocado, como un animal salvaje, en mi cabeza. Y el pasado tenía un nombre.

Corinne Prescott.

La carta de mi padre llevaba semanas en mi bolso, pero no había dejado de pensar en ella. Cuando metía la mano para buscar las llaves del coche o la cartera y la rozaba sin querer, todo volvía a mí: su melena bronceada cayéndole sobre los hombros, su olor a hierbabuena, su voz.

«Aquella chica.» Ella era «aquella chica». ¿Qué otra chica podía ser?

Hacía poco más de un año que había ido a casa por última vez, después de que Daniel llamara para decirme que teníamos que ingresar a papá en una residencia. Había ido en coche porque no podía permitirme un vuelo de última hora. Llovió durante prácticamente todo el trayecto, ida y vuelta.

Aquel día, sin embargo, era perfecto para conducir. No llovía, estaba nublado pero no amenazaba tormenta. La luz era agradable. Había logrado atravesar tres estados sin detenerme. Las ciudades y las salidas se iban alejando, una tras otra, por el retrovisor. Me estaba alejando de todo lo que amaba. De lo que me había salvado de aquella otra vida. Y me había dado una vida sencilla. Una vida en la que podía limitarme a anotar las tareas pendientes, en la que podía disponer del tiempo a mi manera.

Me gustaba que el empleado de la tienda de la esquina fuese borde conmigo, que nunca levantara la vista del crucigrama que estaba haciendo para cobrarme, que no se produjera ningún tipo de contacto visual. Me fascinaba el anonimato de aquella vida. Que la calle estuviera repleta de extraños y de infinitas posibilidades.

Conducir a través de todos esos estados fue un poco así, también. Al menos al principio, cuando todo iba más deprisa. Luego, a medida que fui adentrándome en el sur, las salidas tardaban cada vez más en llegar, el paisaje se volvió repetitivo y la sensación era que ya había pasado por allí mil veces.

Estaba en algún lugar de Virginia cuando sonó el teléfono. Seguía en el sujetavasos. Tanteé el bolso en busca del dispositivo de manos libres, tratando de no perder de vista la carretera, pero no di con él y me limité a descolgar.

—¿Hola? —dije.

—Eh, ¿me oyes? —La voz de Everett sonaba lejana, y no sabía si se debía al altavoz o a la cobertura.

—¡Sí! ¿Qué pasa?

Dijo algo indescifrable, la voz se cortaba.

—Perdona, te pierdo, ¿qué has dicho? —casi grité.

—He salido a comer algo —dijo inmerso en la estática—. Solo llamaba para ver qué tal iba todo. ¿Las ruedas bien esta vez? —Supe que estaba sonriendo.

—¡Mejor que el teléfono! —dije.

Se rio.

—Posiblemente estaré reunido todo el día, pero llámame cuando llegues para que me quede tranquilo.

Pensé en parar a comer, pero no encontré otra cosa que asfalto y campo a lo largo de kilómetros y kilómetros.

Había conocido a Everett un año antes, la noche después de que ingresáramos a mi padre en la residencia. Conducía de vuelta a casa, tensa y malhumorada, porque se me había pinchado una rueda a las cinco horas de salir y había tenido que cambiarla yo misma y durante todo el rato no había dejado de llover.

Cuando llegué a casa, a punto estuve de echarme a llorar. Llevaba el bolso en el hombro y me costaba dar con la cerradura de tanto que me temblaba la mano. Apoyé la cabeza contra la puerta para tratar de estabilizarme. Y pensé en el tipo del 4A. Había salido conmigo del ascensor y me estaba mirando. Lo más probable es que estuviese esperando a que estallase.

¿Qué sabía de él? Que era el tipo del apartamento 4A. Que ponía la música muy alta, que a menudo tenía invitados y, también, unos horarios nada convencionales. En aquel momento había un tipo con él, uno que parecía educado y elegante. No tenía nada que ver con mi vecino. Era de una delicadeza que contrastaba con su rudeza. Y estaba sobrio, cosa que no podía decirse de mi vecino.

El tipo del 4A solía sonreírme cuando nos cruzábamos en el pasillo, y una vez me esperó en el ascensor. Eso era todo. Vivíamos en una ciudad. La gente nos traía sin cuidado.

—Hola, 4C —acertó a decir, tambaleándose.

—Nicolette —dije.

—Nicolette —repitió—. Trevor. —El tipo que había a su lado parecía avergonzado—. Te presento a Everett. No sé, tengo la sensación de que necesitas una copa. ¿Por qué no pasas y te la sirves?

Pensé que un buen vecino me habría preguntado cómo me llamaba hacía un año, cuando me mudé, pero necesitaba esa copa. Quería sentir que me había alejado de allí, que volvía a estar en casa; necesitaba olvidar aquel viaje de nueve horas.

Trevor sujetó la puerta mientras entraba. El tipo que iba con él me tendió la mano y dijo «Everett», como si el hecho de que Trevor ya lo hubiera presentado no contara.

Cuando me fui, le había contado a Everett lo de mi padre y la residencia, y él me había dicho que era lo mejor que podíamos haber hecho. Le había hablado del piso y de la lluvia y de lo que pensaba hacer aquel verano, en vacaciones. Cuando acabé, me sentí más ligera, mejor. Puede que fuera por el vodka, pero quise pensar que era por Everett. ¿Trevor? Se había quedado dormido en el sofá, a nuestro lado.

—Debería irme —dije.

—Te acompaño —dijo Everett.

La cabeza me daba vueltas mientras caminábamos en silencio, y para cuando mi mano acertó a posarse sobre el pomo de la puerta y él seguía junto a mí, me dije: «Hay reglas de adultos para esto, ¿no?».

—¿Quieres entrar?

No respondió, pero me siguió. Se detuvo en la cocina, desde donde podía verse todo mi apartamento. Era un estudio de un único ambiente, con ventanas altas y tuberías vistas. Una cortina poco tupida separaba mi habitación del resto. Podía ver mi cama a través de ella —incitando, deshecha—, y también él podía verla.

—Vaya —dijo. Le gustaban los muebles, seguro. Los había encontrado en tiendas de segunda mano y mercadillos y los había restaurado yo misma, pintándolos de colores llamativos que armonizaran entre sí—. Me siento como Alicia en el País de las Maravillas.

Me quité los zapatos y me apoyé en la encimera de la cocina.

—Diez dólares a que no la has leído.

Sonrió y abrió la nevera, sacó una botella de agua.

—Necesito un trago —dijo, y me reí.

Luego sacó una tarjeta de visita, la colocó sobre la encimera, se inclinó hacia mí y rozó sus labios contra los míos antes de retroceder.

Llámame —dijo.

Y lo hice.

Atravesar Virginia se me antojaba interminable, con sus enormes granjas y sus fardos de heno salpicando aquí y allá el paisaje que las rodeaba, colina tras colina. Atravesé las montañas, con sus quitamiedos y sus señales de curvas cerradas y de faros antiniebla, y la estática que hace que la radio se entrecorte. Cuanto más conducía, más lenta me sentía. «La relatividad», pensé.

El ritmo era diferente allí abajo. Todo era más lento. La gente prácticamente no cambiaba nada en una década. «Ahí está —me dije—. Cooley Ridge, dejándote que sigas siendo la de siempre.» Cuando salí de la carretera, bajé por el desvío y me metí en la calle principal tuve la sensación de que no tardaría en toparme con Charlie Higgins junto a la farmacia. O con Christy Pote persiguiendo aún a mi hermano, y mi hermano fingiendo que la cosa no iba con él, aunque el tiempo había pasado y ambos estaban casados con otras personas.

Puede que fuese por la humedad, y cómo tuvimos que acostumbrarnos a ella, a esa especie de sirope dulce y viscoso que se te pegaba a las suelas de los zapatos. O por vivir tan cerca de las montañas, que tardaron en formarse mil años, las placas tectónicas desplazándose lentamente bajo la tierra, los árboles que ya estaban allí cuando nací y que seguirán ahí cuando muera.

Quizá sea que no puedes ver nada más allá cuando estás en Cooley Ridge. Las montañas, el bosque, tú. Nada más.

Una década más tarde, a ciento sesenta kilómetros de distancia, cruzo la línea estatal —«¡bienvenidos a Carolina del Norte!»—, los árboles se espesan y tengo la sensación de que el aire pesa más, de que he vuelto.

Todo lo que estaba borroso se me aparece con claridad, es como si todo volviera a su lugar en mi cabeza. Los recuerdos fluyen. Vuelvo a vernos junto a la carretera: Corinne tiene el pulgar en alto, hace autoestop. Bailey y yo la seguimos. Está sudando. Cuando los coches pasan demasiado cerca, su falda se levanta. Bailey cuelga de mi hombro. Su aliento apesta a vodka. Puede que el mío también.

Mi mano se apartó del volante. Quería extenderla y tocarlos. Que Corinne se diera la vuelta y dijese «ponte las pilas, Bailey», y me mirase y sonriese. Pero ya no estábamos allí, nos habíamos ido, como todo lo demás, y en su lugar se había instalado una horrible sensación de pérdida.

Lo que había pasado hacía una década se acercaba. Estaba ya a treinta kilómetros de todo aquello. Empecé a pensar en mi casa. Vi la puerta delantera. El sendero de grava cubierto de vegetación, las malas hierbas que lo invadían. Se abre la puerta y Tyler pregunta: «¿Nic?». Suena un poco más alto que en mis recuerdos, un poco más cerca.

Ya casi estoy en casa.

Salgo de la carretera, giro a la derecha en el semáforo, las ruedas pisan el asfalto agrietado y gris.

No puedo evitar ver el letrero recién plantado en la esquina, la base aún cubierta de barro seco. El letrero es idéntico al de hace una década y anuncia la llegada de la feria del condado. Fue en la feria donde ocurrió. Me estremezco al pensarlo.

Ahí está la farmacia, y el grupo de adolescentes pasando el rato por los alrededores, como solía hacer Charlie Higgins. Y la hilera de tiendas, con sus nombres en las puertas esmeriladas, como cuando era niña. Ahí está Kelly’s, el pub donde solíamos reunirnos. Ahí está el colegio y, cruzando la calle, la comisaría. Imagino un viejo archivador cubierto de polvo y los expedientes del caso Corinne dentro. También veo una caja, la caja en la que guardan todas las pruebas en un rincón, perdida entre todas las demás, olvidada con el tiempo.

Como entonces, los cables siguen colgando, pegados a sus postes, por encima de la carretera, y la iglesia a la que todo el mundo va, sea o no protestante, sigue estando junto al cementerio. Corinne nos hacía aguantar la respiración cuando pasábamos por delante del cementerio. También nos pedía que alzáramos los brazos cuando cruzábamos las vías y que besáramos a alguien cuando daban las doce. Pero sobre todo nos pedía que no respirásemos junto a los muertos. Cuando murió mi madre, nos obligó a hacerlo. Para ella era como si la muerte fuese una superstición, algo de lo que pudiéramos librarnos tirando un poco de sal por encima del hombro, cruzando los dedos a nuestra espalda.

Al parar en el semáforo cogí el teléfono y llamé a Everett. Como suponía, saltó el buzón de voz. «Estoy aquí —dije—. Acabo de llegar.»

La casa estaba exactamente igual a como la recordaba y era tal como había imaginado que la encontraría. El sendero de grava que llevaba al porche delantero estaba invadido por las hierbas del maldito patio, muy descuidado. Daniel había dejado el coche fuera del garaje para que yo metiera el mío, y los hierbajos que crecían por doquier no iban a tardar en emprenderla con mis tobillos cuando saliera del coche.

Contemplé la casa. La pintura estaba descolorida. Había zonas más oscuras y otras más claras, blanqueadas por el sol. A medio camino me detuve y no pude evitar pensar en la lista de tareas pendientes que haría si aún estuviera en casa: «Tomar prestada una hidrolimpiadora», «encontrar alguien que corte el césped», «llenar el porche de macetas con flores»…

Seguía allí, a medio camino, pensando en todo lo que quedaba por hacer, con la mano protegiendo los ojos a modo de visera, cuando vi salir a Daniel por la puerta.

—Sabía que era tu coche —dijo. Tenía el pelo más largo de lo que lo recordaba, una especie de media melena. Parecido a como lo llevaba yo justo antes de largarme para siempre. Solía llevarlo muy corto, porque la única vez que se lo había dejado crecer la gente no paraba de decirle que se parecía a mí.

El pelo, tan largo, parecía más claro —era más rubio que no rubio—, mientras que el mío había ido oscureciéndose con el tiempo. Tenía la piel muy blanca, como yo, y sus hombros desnudos aparecían rojos, como quemados por el sol. Había adelgazado, las líneas de su rostro eran más pronunciadas. No parecíamos hermanos.

Tenía la zona del pecho sucia y las manos cubiertas de tierra. Se limpió las palmas en los vaqueros mientras se dirigía hacia mí.

—Aún no son las tres y media —dije, pero sonó ridículo. Él siempre había sido el responsable de los dos. Fue él quien dejó el colegio para ayudar a mamá. Fue él quien se dio cuenta de que papá nos necesitaba. Era él quien estaba pendiente del dinero que quedaba. Que hubiese llegado relativamente a tiempo no era gran cosa.

Se ri0 y volvió a limpiarse las palmas de las manos en los vaqueros.

—Qué bien que estés aquí, Nic.

—Lo siento —dije, y me lancé a sus brazos. Fue un poco demasiado. Siempre me pasa. Intento compensar yéndome al otro extremo. No me devolvió el abrazo, pero de todos modos me puse perdida—. ¿Qué tal el trabajo? ¿Qué tal Laura? ¿Qué tal tú?

—Mucho lío. Irritable, por el embarazo. Feliz, porque estás aquí.

Sonreí, luego regresé al coche a buscar el bolso. No se me daban bien los cumplidos. No sabía qué hacer con ellos, no sabía si iban en serio. Daniel era, como solía decir mi padre, un tío difícil. Nunca sabías en qué estaba pensando en realidad. Su cara te decía que en absoluto aprobaba lo que fuese que estuvieras haciendo, por eso siempre estaba a la defensiva con él, como si tuviera algo que demostrar.

—Por cierto —dije, abriendo el maletero y revolviendo entre las cajas—. Tengo algo para ella. Para los dos. Para el bebé. —¿Dónde demonios estaba? Era una bolsa de regalo con un sonajero que cambiaba de color cuando lo movías—. Está por aquí, en alguna parte —susurré. El papel en el que estaba envuelto tenía diminutos pañales dibujados sujetos con alfileres; yo no entendía nada, pero me había parecido que a Laura le encantaría.

—Nic —dijo, tenía una mano apoyada en la parte superior de la puerta abierta del coche—. No hay prisa. Tenemos la fiesta del baby shower el próximo fin de semana, para preparar la bienvenida para el bebé. Puedes venir, si quieres. —Se aclaró la garganta. Retiró la mano de la puerta—. A Laura le encantaría verte.

—Claro —dije, dejando de buscar—. Por supuesto. Allí estaré. —Cerré la puerta y nos dirigimos a la casa; Daniel ralentizó el paso para mantenerse a mi lado—. ¿Cómo de mal está la cosa? —pregunté.

No había visto la casa desde el pasado verano, cuando llevamos a mi padre a Grand Pines. Por entonces creíamos que era algo temporal. Eso fue lo que le dijimos. «No es para siempre, papá. Cuando mejores, volverás a casa. Solo serán unos días.» Ahora sabíamos que no iba a mejorar, que no iban a ser unos días. Su mente estaba hecha un asco. Pero sus cuentas estaban aún peor. Eran un desastre que desafiaba toda lógica. Pero al menos tenía la casa. Teníamos la casa.

—Llamé ayer para dar de alta los suministros, pero el aire acondicionado no funciona.

El pelo, largo, se me pegaba al cuello, y el vestido de verano, al cuerpo. Estaba sudando. Me sudaban las piernas. Y no llevaba allí ni cinco minutos. Cuando pisé el astillado porche de madera, por un momento pensé que las rodillas iban a fallarme.

—No corre aire.

—Lleva así todo el mes —dijo—. He traído un ventilador. Todo funciona, excepto el aire acondicionado. La casa necesita una mano de pintura, hacen falta bombillas, y tenemos que decidir qué hacer con todo lo que hay dentro, claro. Ahorraríamos una pasta si pudiéramos venderla nosotros —añadió, dirigiéndome una mirada penetrante. Aquí era donde entraba yo. Daniel no solo quería que me encargara del papeleo de papá, también quería que vendiera la casa. Él tenía un trabajo, un bebé en camino, una vida.

Yo tenía dos meses de vacaciones. Un apartamento que estaba realquilando para sacar algo de dinero. Un anillo de compromiso y un novio que trabajaba sesenta horas a la semana. Y ahora, además, tenía un nombre —Corinne Prescott—, un fantasma, que iba dando vueltas en mi cabeza.

Abrió la puerta mosquitera y su chirrido me cortó la respiración. Siempre lo hacía. Bienvenida a casa otra vez, Nic.

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