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La casa infernal, de Richard Matheson

Con La casa infernal (2020), Minotauro recupera para su colección de ESENCIALES una de las mejores novelas sobre casas encantadas del maestro del terror Richard Matheson. En 1940 una expedición de cinco personas se internó en la infame Casa Belasco para desentrañar los misterios de la que era considerada como la casa más peligrosa del mundo. Sólo uno de ellos consiguió salir con vida. Treinta años después, el millonario Rolf Randolph Deutsch contrata a cuatro extraños, entre ellos el único superviviente de la masacre de 1940, para demostrar la existencia de la vida después de la muerte. Para ello deberán pasar una semana en la Casa Belasco. La Casa Infernal les ha permitido entrar, pero ¿los dejará salir?

 

 

 

 

POR RICHARD MATHESON

 

 

 

 

3:17 p.m.
Llovía con gran intensidad desde las cinco de la mañana. Menudo tiempo, pensó el doctor Barrett, reprimiendo una sonrisa. Se
sentía como el personaje de alguna novela gótica moderna: la lluvia torrencial, el frío, el viaje de dos horas desde Manhattan
en una de las grandes limusinas de tapicería de cuero negro del señor Deutsch. La interminable espera en este pasillo, viendo cómo varios hombres y mujeres de aspecto desconcertado entraban y salían de la habitación de Deutsch, mirándole de reojo.

Se sacó el reloj de bolsillo del chaleco y levantó la tapa. Llevaba más de una hora en aquel lugar. ¿Qué querría el señor Deutsch? Seguramente algo relacionado con la parapsicología. Los periódicos y revistas del anciano editaban con frecuencia artículos relacionados con ese tema: Regresa de la tumba; La muchacha que no podía morir… unos artículos que siempre eran sensacionalistas y casi nunca verídicos.

Haciendo una mueca, el doctor Barrett puso, con gran esfuerzo, la pierna derecha sobre la izquierda. Era un hombre alto y ligeramente gordo de cincuenta y tantos años. Su escaso cabello rubio no había cambiado de color, pero en su cuidada barba empezaban a asomar las canas. Estaba sentado, bien erguido, en una silla de respaldo recto, observando la puerta de la habitación de Deutsch. Edith, que se había quedado en el piso inferior, debía de estar impacientándose. Lamentaba que le hubiera acompañado, pero en ningún momento había pensado que la entrevista iba a demorarse tanto.

 

La puerta del dormitorio de Deutsch se abrió y su secretario, Hanley, apareció en el umbral.

–Doctor –dijo.

Barrett alcanzó su bastón y, tras levantarse, avanzó cojeando hasta la puerta. Se detuvo enfrente de Hanley, esperando a que le anunciara.

–El doctor Barrett está aquí, señor.

Cuando Hanley le hizo un gesto, entró en el dormitorio. El secretario cerró la puerta tras él. Era una habitación inmensa, con las paredes revestidas de paneles oscuros. El santuario del monarca, pensó Barrett, mientras avanzaba por la moqueta. Cuando se detuvo junto a la enorme cama, observó al anciano que estaba recostado en ella.

Rolf Rudolph Deutsch era un hombre calvo de unos ochenta y siete años. Estaba tan delgado que sus ojos negros le miraban desde unas profundas cuencas descarnadas.

–Buenas tardes –saludó Barrett con una sonrisa, pensando en lo sorprendente que era que aquella criatura consumida pudiera gobernar un imperio.

–Está cojo –comentó Deutsch, con voz áspera–. Nadie me había informado de ello.

–¿Disculpe? –dijo el doctor, poniéndose rígido.

–No se preocupe –le interrumpió Deutsch–. Supongo que no tiene ninguna importancia. Mi gente me recomendó que lo eligiera. Me dijeron que usted era uno de los cinco mejores en su campo.

Hizo una pausa para coger aire.

–Le pagaré cien mil dólares.

Barrett se sentía desconcertado.

–Su trabajo consistirá en demostrar los hechos.

–¿Qué tipo de hechos? –preguntó.

Deutsch vaciló, preguntándose, quizá, si debía responder a esa pregunta.

–La vida después de la muerte –respondió por fin.

–¿Usted quiere que…?

–… me diga si es posible o no.

El corazón de Barrett dio un vuelco. Esa suma de dinero le cambiaría por completo la vida; sin embargo, no sabía si moralmente podía aceptar el trabajo.

–No quiero mentiras –continuó Deutsch–. Solo deseo una respuesta verdadera, sea la que sea… Pero quiero una respuesta definitiva.

Barrett sintió cierta desesperación.

–¿Y cómo podré convencerle? –se vio obligado a preguntar.

–Proporcionándome hechos –respondió Deutsch, irritado.

–¿Y dónde voy a encontrarlos? Soy físico. Llevo veinte años estudiando parapsicología, pero todavía no he…

–Si existen –le interrumpió Deutsch–, los encontrará en el único lugar de la tierra que conozco en el que aún no se ha podido rebatir la supervivencia a la muerte: en la casa Belasco de Maine.

–¿La Casa Infernal?

Algo brilló en los ojos del anciano.

–Sí, en la Casa Infernal –respondió.

Barrett sintió un hormigueo de emoción.

–Tenía entendido que los herederos de Belasco la habían cerrado después de lo sucedido…

–Eso ocurrió hace treinta años –volvió a interrumpirle Deutsch–. Ahora necesitaban el dinero y decidí comprarla. ¿Podría estar allí el lunes?

Barrett vaciló pero, al ver que Deutsch empezaba a fruncir el ceño, se apresuró a asentir. No podía dejar pasar aquella oportunidad.

 

 

 

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