Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

La caída del hombre, de Grayson Perry

En La caída del hombre (Malpaso, 2019), Grayson Perry escribe con una facilidad pasmosa y un sentido del humor hilarante para aquellos que, probablemente, son algo reacios a lo que tiene que decir. Perry nació en 1960, es un artista inglés conocido por sus obras de cerámica y porque se transviste con asiduidad. Irreverente, original, rebelde… es un ícono cultural en su país y además resulta que lleva toda la vida reflexionando sobre la masculinidad y si los modelos a los que hemos estado expuestos hasta ahora siguen siendo válidos o no; es decir, se pregunta continuamente: «¿Qué clase de hombres harían el mundo un lugar mejor, para todos?», o «¿Qué pasaría si volviéramos a pensar en la vieja, machista, anticuada versión de la masculinidad, y abrazáramos una idea diferente de lo que constituye ser hombre?». Así comienza.

 

 

NO LO ARREGLES SI NO ESTÁ ROTO

 

Voy en bicicleta por un sendero largo y empinado que atraviesa el bosque. A mitad de ascenso veo a un niño de unos nueve o diez años que pedalea con gran esfuerzo; este sendero es un duro reto para quien no esté acostumbrado al ciclismo de montaña, y más aún si es un niño con una bici nueva. No sabe cómo funcionan las marchas, avanza tambaleándose y finalmente se detiene. Le corren lágrimas por las mejillas. «¡Papá, papá!», grita sollozando. Pide socorro, pero también está rabioso. Me ofrezco a ayudarle, pero es tal su furia, su vergüenza, que me ignora. Cuando lo adelanto veo al padre a lo lejos. Está con los brazos cruzados junto a su bicicleta de montaña y mira en silencio a su hijo, que se halla unos doscientos metros más abajo. También parece enfadado. He visto la cara de ese padre en mil campos de fútbol, en la puerta de mil escuelas. Es una cara que dice: «¡Sé fuerte, no gimotees, sé un hombre!». Es la cara de quien deja en herencia la rabia y el dolor que entraña ser un hombre. Me indigno en nombre del niño. No puedo contenerme y le digo al padre: «Espero que su hijo pueda permitirse una buena psicoterapia cuando sea mayor». El padre no responde.
Supongo que al escoger este libro usted ya tiene claro que es necesario cuestionar la masculinidad, que la desigualdad de género es un problema serio para todos y que sin ella el mundo sería un lugar mejor. Con estas páginas espero concienciar a más gente sobre la masculinidad; esa conciencia es un paso más hacia el cambio, ya que muchas formas de masculinidad pueden llegar a ser muy destructivas. Si este es el primer libro sobre el tema del género que usted ha comprado, me alegro. Es preciso examinar la masculinidad, no solo para impedir que los niños lloren de rabia frente a padres impasibles durante una excursión en bicicleta, sino también para construir un mundo mejor.
El estudio de la masculinidad puede considerarse un lujo, un pasatiempo para sociedades prósperas, instruidas y pacíficas, pero yo diría lo contrario: cuanto más pobre, más subdesarrollada y más inculta es una sociedad, más necesario es que la masculinidad se adapte al mundo moderno, porque probablemente está frenando el avance de esa sociedad. En todo el mundo hay hombres que cometen crímenes, declaran guerras, reprimen a mujeres y desbaratan economías, todo debido a su anticuada versión de la masculinidad.
Es preciso deslizar una uña filosófica bajo la firmemente adherida etiqueta de la masculinidad: así lograremos arrancarla. Debajo encontramos a hombres desnudos y vulnerables, incluso humanos. Es un cliché periodístico que la masculinidad siempre está de alguna manera «en crisis», amenazada por infecciones como los movedizos roles de género, pero en mi opinión muchos aspectos de la masculinidad son una lacra para la sociedad y afirmar que está «en crisis» es como afirmar que el racismo estaba «en crisis» en los Estados Unidos durante la era de los derechos civiles. Hace falta que la masculinidad cambie. Puede que algunos tengan dudas, pero quienes las tienen a menudo son hombres blancos de clase media con buenos puestos de trabajo y familias maravillosas: el actual estado de la masculinidad está sesgado a su favor. ¿Qué hay de los adolescentes para quienes la única forma viril de afrontar la pobreza y la disfunción social es la delincuencia? ¿O de todos los hombres solitarios que no consiguen pareja o tienen dificultades para hacer amigos y acaban quitándose la vida? ¿O de todos los hombres airados que arrojan sus frustraciones masculinas a los demás? Es necesario que nos examinemos a nosotros mismos con lucidez y nos preguntemos qué clase de hombre haría del mundo un lugar mejor para todos.
Cuando reflexionamos sobre la masculinidad y los hombres, los problemas pueden llegar a ser aterradoramente graves y extensos. Una discusión sobre las últimas tendencias hípster o sobre quién friega los platos puede derivar rápidamente en un debate sobre la violación, la guerra, el terrorismo, la opresión religiosa o el capitalismo depredador. Cuando veo las noticias de la noche por la televisión, a veces me parece que todos los problemas del mundo pueden reducirse a uno: el comportamiento de personas con cromosoma Y, pues son hombres quienes tienen el poder, el dinero, las armas y los antecedentes penales. Creo que uno de los problemas más importantes, si no el más importante, al que se enfrenta el mundo de hoy son las consecuencias de la masculinidad canalla. Algunas formas de masculinidad (en particular si es descaradamente brutal o disimuladamente tiránica) son tóxicas para una sociedad tolerante, libre e igualitaria.
Comprensiblemente, son las mujeres las que han encabezado el debate sobre el género. Al fin y al cabo, ellas son las que más oprimidas se han visto por sus restricciones. Los sentimientos de muchos hombres con respecto a este tema pueden resumirse así: «No lo arregles si no se ha roto»; el statu quo parece funcionar para ellos. Pero yo pregunto: «¿Realmente funciona?». ¿Y si la mitad de las víctimas de la masculinidad son hombres? La masculinidad podría ser una camisa de fuerza que está impidiéndoles «ser ellos mismos», sea cual sea el significado de la frase. En su afán de dominio, los hombres pueden haber descuidado aspectos esenciales de su propia humanidad, sobre todo en temas relativos a la salud mental. En su afán de ser plenamente masculinos, podrían estar impidiendo que su yo sea plenamente feliz. Quiero analizar lo que la feminista norteamericana Peggy McIntosh llama la «mochila invisible e ingrávida» del privilegio masculino, llena de «provisiones especiales, mapas, pasaportes, libros de códigos, visados, ropa, herramientas y cheques en blanco», para ver si para algunos hombres es tanto una carga como una bendición.
Siento la necesidad de aclarar que no me estoy oponiendo a los hombres en general, entre otras razones porque soy uno de ellos. Tampoco me opongo a toda la masculinidad: puedo ser tan masculino como cualquiera. Este libro trata de lo que yo entiendo por masculinidad y cuestiona si está funcionando, si nos hace felices. Uno de los problemas al hablar de masculinidad es la confusión entre sexo (masculino) y género (varón). El hecho físico, inequívoco y más o menos invariable del cuerpo masculino puede llevarnos a pensar que las conductas, los sentimientos y la cultura asociada a ese cuerpo (la masculinidad) están también grabados indeleblemente en la carne. Para muchos varones, ser masculino, actuar de manera viril, es sin duda una parte tan biológica de ellos como sus penes, sus testículos y sus voces graves. Pero la masculinidad es, ante todo, un conjunto de hábitos, tradiciones y creencias que históricamente se han asociado con ser hombre. Nuestros cuerpos tardan decenas de miles de años en evolucionar de forma muy gradual, pero los comportamientos considerados masculinos pueden ser tan transitorios como un capricho adolescente, una mina de carbón o un dios olvidado. Tenemos que dejar de ver la masculinidad como un sistema de conductas cerrado y dejar de ver el cambio como algo amenazador, feminizante y antinatural. Yo entiendo la masculinidad como la forma en que los hombres se comportan actualmente. Y creo que debe cambiar para incluir conductas que hoy se consideran femeninas, conductas sensatas que contribuyen a mejorar la vida y salvar el planeta.
No consigo recordar cuándo advertí por primera vez que era un varón y dudo que muchos hombres lo recuerden, pero eso está en la esencia de lo masculino, está en los cimientos mismos de nuestra identidad. Antes de que sepamos hablar o entendamos el lenguaje, se nos adoctrina en el género. Lo primero que pregunta la mayoría de la gente después de un parto es: «¿Niño o niña?». Una vez conocemos el sexo de un bebé, a menudo lo arrullamos con formas propias de cada género: «¿No es una preciosidad?», «¡qué patadas da!, será futbolista». Antes de que aprendan a escribir sus nombres, los niños están bien versados en los potentes clichés de género; las niñas juegan con muñecas, se maquillan o cuentan chismes y el mundo de un niño está lleno de naves espaciales, acción y rivalidad.
La masculinidad es, pues, algo profundamente arraigado en la psique masculina. Pero yo soy un travesti, me encanta vestirme con ropa asociada a lo femenino. Tal vez se trate de una renuncia inconsciente a lo masculino o, al menos, de un vuelo fantástico hacia la feminidad. A veces me gusta fingir que soy mujer, así que desde muy joven he sentido que la masculinidad era optativa para alguien con pene. A menudo suponen que, por el hecho de ser travesti, tengo una comprensión especial del sexo opuesto. Pero eso son bobadas: ¿qué puedo saber yo, que me he criado como un hombre, de la experiencia femenina? Sería insultante para las mujeres si pretendiera saberlo. En todo caso, el travestismo me permite tener una visión más lúcida de lo masculino, ya que he cuestionado mi propia masculinidad desde los doce años. He tenido que alejarme un poco de mí mismo, como un escéptico a las puertas del deteriorado templo de la masculinidad. Eso no significa que me haya adentrado en la feminidad, pero no sorprenderá a nadie que esté totalmente fascinado con la masculinidad, esa torpe bestia que hay dentro de mí y que llevo toda mi vida intentado contener y sortear.
Rebuscando a los doce años en el armario de mi madre me sentía peligrosamente raro y solo. Ni siquiera sabía que existía algo llamado travestismo o que otros hombres experimentaban lo mismo que yo. Esa sensación me llevó a creer que la masculinidad es un papel que interpretan ciegamente muchos hombres que no encuentran motivos para cuestionar lo que están haciendo. Cuando estudié la naturaleza de nuestras identidades mientras preparaba la exposición y la serie televisiva Who Are You?, descubrí que la identidad es una actuación continua, no un hecho estático. En palabras del filósofo Julian Baggini, «Yo es un verbo disfrazado de pronombre».
No puedo recordar un tiempo en que aceptara mi condición masculina de forma acrítica. Soy un hombre blanco (una insignia algo deslucida hoy en día) cargado de culpa y vergüenza por el comportamiento de mis semejantes. La virilidad para mi yo joven era muy problemática. De algún modo siempre tuve la molesta sospecha de que la masculinidad era intrínsecamente mala y que urgía controlarla. Siendo el primogénito, mi madre me utilizó como caja de resonancia para desahogar toda su rabia contra los hombres. A los quince años yo ya había almacenado un montón de propaganda antimasculina. Aun hoy me sorprendo a mí mismo observando o analizando a los hombres como si yo no fuera uno de ellos. La mayoría son unos tipos cordiales y razonables, pero los sujetos más agresivos (los violadores, los delincuentes, los asesinos, los evasores de impuestos, los políticos corruptos, los destructores del planeta, los abusadores sexuales y los pelmazos) tienden a ser… bueno, hombres.
No conté con buenos modelos. Mi padre se fue de casa cuando yo tenía cuatro años y no volví a tener ningún contacto significativo con él hasta los quince; a esas alturas ya había construido en buena medida mi propia versión de la masculinidad y de la sexualidad que aquella conllevaba, algo que conservo cuarenta años después. Mi padrastro, con quien viví la mayor parte de mi niñez, era un hombre inestable y violento que me daba pavor. De modo que los hombres eran poco fiables, brutales, distantes y ajenos. He sufrido a manos de hombres individuales y he soportados las restricciones de género en sí. Soy un hombre, he aprendido a comprenderme y espero comprender a los hombres en general. Escribo este libro de buena fe y con la esperanza de que los hombres logren alcanzar su plenitud en un mundo cambiante.
No se trata de despreciarlos o fustigarlos: al reflexionar sobre este libro he me dado cuenta de que, pese a mi disforia de género, puedo ser el clásico hombre masculino. En los círculos terapéuticos se emplea una frase bastante trillada: «Si lo detectas, lo tienes». Es decir, si adviertes cierta conducta en los demás es seguramente porque te comportas de forma similar. Yo llevo bastante tiempo detectando la masculinidad y noto que algunos de los rasgos asociados a los hombres son muy acusados en mí. Soy muy competitivo y territorial, en particular con otros hombres. Cuando pregunto sobre esto, mis congéneres suelen negar que se enfurezcan con sus rivales o que tengan otras flaquezas masculinas; entonces me veo como un macho monstruoso por admitir que quiero apuntarme tantos de maneras mezquinas. Tal vez debido a mis circunstancias, al hecho de ser travesti y artista, no he asimilado tanto como otros hombres los ideales de la masculinidad y tiendo por ello a detectarlos y cuestionarlos, incluso en mí mismo. Pienso que no tengo nada que perder excepto algunos hábitos antisociales.
Cuando era niño, mi inconsciente manejó el tema de la masculinidad de una manera muy particular: le cedió el papel a un oso de peluche. Quizá a algún nivel percibí que, viviendo bajo el mismo techo que mi padrastro, podía resultar peligroso desplegar toda la hombría que estaba a mi alcance. Una masculinidad manifiesta podría haber sido recibida por el Minotauro de casa como un desafío y podría haber desatado su cólera. El delicado mecanismo del inconsciente tenía una manera de lidiar con esto: deposité mis principales cualidades masculinas en mi mejor amigo Alan Measles, mi oso de peluche. En ausencia de modelos masculinos apropiados, mi inconsciente tal vez pensó que era mejor inventar uno realmente perfecto. Uno al que aún intento no defraudar.
Me habían regalado el peluche en mis primeras Navidades y ya estaba muy unido a él cuando contraje el sarampión a los tres años, de ahí que se apellidara Measles [sarampión]. Su nombre de pila venía del hijo de los vecinos, Alan, que era mi mejor amigo. Irónicamente, también era el segundo nombre de mi padrastro y el que mi madre empleaba, así que, en mi cabeza, el papel de la masculinidad alfa era un campo de batalla entre los dos alans. Alan Measles protagonizó todos mis juegos durante la infancia; físicamente al principio, de ahí su visible deterioro, pero según me hacía mayor se convirtió en un personaje imaginario de las intrincadas historias de combates y carreras que yo inventaba con figuras de Lego y Airfix en mi dormitorio. Mi juguetona imaginación inconsciente asignó a Alan el papel de dictador benigno y a mí el de guardaespaldas. Un papel extraño y poco seductor para la fantasía de un niño, cabría pensar, pero crucial si tenemos en cuenta la carga que Alan había heredado involuntariamente. En gran medida, Alan Measles simbolizó mi masculinidad. Representaba una hombría idealizada con las cualidades que a esa temprana edad yo atribuía a un hombre bueno. Alan, por otra parte, tenía conexiones con la misteriosa organización que ahora llamo Ministerio de la Masculinidad. Se trata de algo similar a la Stasi, una organización cuya tarea es garantizar que nadie se aparta del guion masculino dominante. Alan era un líder rebelde y nuestro territorio había sido invadido por los alemanes, a quienes encarnaba mi padrastro (apenas habían transcurrido veinte años desde la Segunda Guerra Mundial), de modo que librábamos una guerra de guerrilla desde una base secreta del valle (mi dormitorio), guerra que se prolongó hasta que cumplí quince años.
En mi cabeza todavía resuena la artillería sináptica de esa contienda psíquica. No hace mucho vi en una revista una foto de un nuevo modelo de Jaguar. Era un F-Type rojo de flancos abultados y morro agresivo. Nunca he tenido coche, pero sentí un fuerte impulso de comprar uno de color rojo. Podía permitirme pagarlo y me lo imaginé enfriándose en el patio de mi estudio tras una furiosa correría por la campiña de Anglia Oriental con la capota bajada. Hablé con mi mujer y ella no puso objeciones. Pero luego caí en la cuenta psíquica de que, a pesar de todos mis logros, seguía poniéndome a prueba como hombre en los términos de mi padrastro, que conducía un Jaguar E-Type. En algún lugar de mi psique quería llegar a la casa de mi madre y sacudir en la cara de aquel tipo mi enorme y lustrosa polla de metal rosado.
Cabría argumentar que no tiene ningún sentido discutir sobre la masculinidad porque no podemos cambiar la manera como se comportan los hombres y las mujeres: simplemente «nacen así». En fin… Estoy dispuesto a aceptar que la genética interviene en el género de los individuos, pero no demasiado.
Muchas feministas y defensores de la igualdad de género rechazan la idea de que la biología pueda tener la más mínima influencia en las diferencias de género. Creen que el cerebro masculino y el femenino son exactamente iguales, que el género está condicionado culturalmente; es más, que está condicionado por un entorno predominantemente masculino (y por ello perverso). Me gustaría darles la razón: no hay duda de que es más saludable ver el género como algo condicionado y, por lo tanto, fluido.
Sea como fuere, por mucho que la biología tenga un papel en las diferencias de género, ese hecho no cambia los argumentos a favor de la igualdad: solo significa que debemos estar muy atentos para que esos minúsculos sesgos innatos no se empleen como excusas de prácticas injustas y para asegurarnos de que todo el mundo tiene igualdad de oportunidades aunque no todo el mundo quiera hacer las mismas cosas. No debemos negar a los hombres la oportunidad de criar y proteger, del mismo modo que no debemos negar a las mujeres la oportunidad de matar y mutilar en nombre de la democracia occidental si eso es lo que quieren.
En 1976, los psicólogos sociales Robert Brannon y Deborah David enunciaron los cuatro imperativos que definen la masculinidad tradicional o el rol del sexo masculino. El primero se resumía en la frase «mariconadas no» [no sissy stuff]. Los otros tres eran «el gran señor» [the big wheel], que designa la búsqueda de éxito y estatus social así como la necesidad de ser admirado; «el roble robusto» [the sturdy oak], que alude a la imagen del hombre fuerte, seguro e independiente, sobre todo en momentos de crisis; y «dales caña» [give them hell], que muestra la importancia de la violencia, la agresión y la temeridad en la conducta de los hombres.
Estos rasgos, naturalmente, también se dan en ciertas mujeres, pero no se consideran tradicionalmente femeninos. Estas normas de la masculinidad se aplican con rigor: cada hombre tiene la impresión de que su virilidad está sometida a una vigilancia continua por parte, sobre todo, de otros hombres de la misma forma que él los vigila a ellos. Cada hombre sabe que debe comportarse de una manera determinada, vestir una ropa determinada, arrogarse unos derechos determinados e incluso sentirse de una forma particular. Pero el mundo está cambiando y la masculinidad debe cambiar con él.
Aquí me he centrado en cuatro áreas de la masculinidad que, en mi opinión, conviene examinar: el poder (cómo los hombres dominan buena parte de nuestro mundo), el teatro (cómo los hombres se visten y representan su papel), la violencia (cómo los hombres recurren al delito y la fuerza física) y la emoción (cómo sienten los hombres). No es este un libro sobre sexismo, aunque al escribir acerca de la masculinidad me he visto obligado a mencionar las muchas maneras como los hombres pueden ser sexistas, a sabiendas o sin saberlo. Espero que en estas páginas se sugieran nuevas formas de ampliar nuestras definiciones de la masculinidad.
En la cabeza de cada hombre hay un amo, una voz inconsciente que envía instrucciones a través de un interfono. Ese amo es el jefe del departamento que cada uno tiene asignado en el Ministerio de la Masculinidad. Ese ministerio quiere mantener las reglas. El amo ha recibido instrucciones de múltiples fuentes (los padres, los maestros, los amigos, el cine, la televisión, los libros…) sobre la naturaleza de lo masculino. Toma ideas e imágenes de esas fuentes y forma con ellas el modelo del hombre perfecto. El amo se planta allí y comprueba constantemente si su siervo está a la altura del ideal. Si fracasa, el hombre vigilado se sentirá indigno, tal vez incluso llegue a odiarse a sí mismo y a revolverse contra los demás. Quizá no tenga presente la existencia de ese amo (puede pensar que él es su propio patrón o que los hombres son libres para actuar como les da la gana), pero mientras no averigüe y entienda qué es el Ministerio de la Masculinidad, este lo tendrá bajo su mando. Quiero que los hombres lleven este libro en las manos cuando entren en la oficina del amo. Quiero que hagan preguntas valientes y miren hacia el futuro porque debemos negociar un nuevo pacto sobre la masculinidad.

 

 

Posteos Relacionados