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Kentukis, de Samanta Schweblin

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Una nueva novela de la prestigiosa autora argentina Samanta Schweblin que desvela el lado más inquietante de las nuevas tecnologías. La primera líneas es la que cuenta en todo relato que se precie. Lean este primer fragmento y lo comprobarán. Los personajes de esta novela encarnan el costado más real -y a la vez imprevisible- de la compleja relación que tenemos con la tecnología, renovando la noción del vouyerismo y exponiendo al lector a los límites del prejuicio, el cuidado de los otros, la intimidad, el deseo y las buenas intenciones. (Literatura Random House, 2018)

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Lo primero que hicieron fue mostrar las tetas. Se sentaron las tres en el borde de la cama, frente a la cámara, se sacaron las remeras y, una a una, fueron quitándose los corpiños. Robin casi no tenía qué mostrar, pero lo hizo igual, más atenta a las miradas de Katia y de Amy que al propio juego. Si querés sobrevivir en South Bend, le habían dicho ellas una vez, mejor hacerse amiga de las fuertes.

La cámara estaba instalada en los ojos del peluche, y a veces el peluche giraba sobre las tres ruedas escondidas bajo su base, avanzaba o retrocedía. Alguien lo manejaba desde algún otro lugar, no sabían quién era. Se veía como un osito panda simple y tosco, aunque en realidad se pareciera más a una pelota de rugby con una de las puntas rebanadas, lo que le permitía mantenerse en pie. Quienquiera que fuera el que estaba del otro lado de la cámara intentaba seguirlas sin perderse nada, así que Amy lo levantó y lo puso sobre una banqueta, para que las tetas quedaran a su altura. El peluche era de Robin, pero todo lo que tenía Robin era también de Katia y de Amy: ese era el pacto de sangre que habían hecho el viernes y que las uniría para el resto de sus vidas. Y ahora cada una tenía que hacer su numerito, así que volvieron a vestirse.

Amy regresó el peluche al piso, tomó el balde que ella misma había traído de la cocina y se lo colocó encima, tapándolo completamente. El balde se movió, nervioso y a ciegas por el cuarto. Chocaba con cuadernos, zapatos y ropa tirada, lo que parecía desesperar aún más al peluche. Cuando Amy simuló que su respiración se agitaba y empezó a hacer gemidos de excitación, el balde se detuvo. Katia se unió al juego, y ensayaron juntas un largo y profundo orgasmo simultáneo.

–Eso no cuenta como tu número –le advirtió Amy a Katia, en cuanto lograron dejar de reír.

–Por supuesto que no –dijo Katia, y salió disparada del cuarto-. ¡Prepárense! -gritó, alejándose por el pasillo.

Robin no solía sentirse cómoda con esos juegos, aunque admiraba la soltura con la que Katia y Amy actuaban, la forma en la que hablaban los chicos, cómo lograban que el pelo siempre les oliera bien y que las uñas se mantuvieran perfectamente pintadas todo el día. Cuando los juegos cruzaban ciertos límites, Robin se preguntaba si no estarían poniéndola a prueba. Había sido la última en entrar al «clan», como lo llamaban ellas, y hacía grandes esfuerzos para estar a la altura.

 

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