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Invisible, de Juan Solá

En Invisible, de Juan Solá (EDICIONES B), la locura cobra un nuevo significado cuando reposa en la existencia de aquello que se ama. Parecieran desdibujarse de inmediato las cercas que separan el cemento cruel de la cordura del siempre verde territorio de lo imaginario, y allí donde antes hubo una frontera, ahora existe una duda. Desde este margen, Andrea derriba certezas impuestas y cuestiona su genealogía para permitirse creer, al menos por un minuto, que la magia existe. Juan Solá nació en La Paz, Entre Ríos, en 1989. Escribe desde 1995, y en 1999 apareció su primer libro de cuentos. Sus trabajos fueron publicados por Árbol Gordo Editores, Hojas del Sur, Sudestada y Penguin Random House. En ESTACIÓN LIBRO compartimos este comienzo.

 

 

 

POR JUAN SOLÁ

 

 

Siempre es de noche en los departamentos del centro

La noche después del despertar, de aquel arrebato que lo cambió todo para siempre, volví al comedor para sentarme a escribir y escuché el maullido haciendo eco en el pulmón del edificio. Alguien había adoptado un gatito, andá a saber en qué piso, seguro en el primero, porque el maullido débil de la cría recién parida trepaba hasta las ventanas más altas del pulmón, mucho más arriba de la nuestra, donde a veces el sol sí llega.

Entre mis papeles, escritas a las apuradas con una letra que era tuya solo de puño, porque desde hacía días dibujabas las palabras con una abstracción espantosa, encontré tus notas. Fue tu caligrafía borrosa la primera advertencia de la tormenta, pero recién supe lo que sucedía cuando el ruido ensordecedor de las gotas sobre las chapas hacía agujeros en mi mente.

Siempre supe que eras diferente. La primera noche (era de tarde, ya sé, pero en los departamentos del centro siempre es de noche y aunque fuera jueves y la gente anduviera paseando cerca del río después de almorzar, yo preferí encerrarme con vos a tomar cocaína) escribiste tu nombre en un cuaderno que tenías por ahí arriba. Me dijiste mirá, así es mi letra. A ver la tuya.

Después serviste cerveza, pero con los ojos fijos en mi puño que trazaba, esta vez, el nombre que mi madre me había puesto. Qué linda letra, me dijiste. Parece letra de maestra.

Me reí porque es cierto, porque muchas veces me dijeron que tengo letra de maestra. Vos me miraste y no dijiste nada, pero yo me di cuenta de que pensabas que te gustaba cómo me reía. De hecho, pasó un buen tiempo hasta que te animaste a decirme algo bonito. No estabas acostumbrado, me explicaste. Esa otra vez era jueves también, pero nosotros ya no nos encerrábamos a tomar cocaína porque un poco habíamos podido hablar de los motivos de tanta miseria, y ocurre que la miseria pronunciada tiende a hacerse más débil.

 

 

 

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