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Humanos (¿o idiotas?)

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Humanos, de Tom Phillips (Paidós) es una divertida historia de la humanidad que da cuenta de los miles de años de pruebas y errores (errores) cometidos a lo largo del auge de la civilización, para aquellos lectores que desearían que Breve historia del mundo hubiera sido escrita por Monty Python. Los humanos han recorrido un largo camino en sus setenta mil años de paso por la tierra. Arte, ciencia, cultura, comercio: en la cadena evolutiva somos verdaderos ganadores. Pero no siempre fue fácil y hemos llegado a pifiarla de verdad. Uniendo historia, ciencia, política y cultura pop, Humanos nos ofrece una exploración panorámica de la humanidad en todo su esplendor y nos revela cómo incluso los errores más mundanos cambiaron el curso de la civilización como la conocemos. Aquí un fragmento de su primer capítulo “Por qué tu cerebro es idiota”.

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Desde Lucy, nuestro primer antepasado, que se cayó de un árbol, se rompió un brazo y murió, pasando por el emperador chino Zhengde, que almacenó pólvora en su palacio antes de un festival de linternas o por el ejército austriaco, que se atacó a sí mismo en una noche de borrachera. El libro también hace un repaso de los peores líderes políticos de la historia, así como un resumen de la incapacidad de la raza humana para prever el futuro. Humanos es un compendio único, divertido, irónico y lleno de ideas brillantes que ofrece una nueva perspectiva de la historia de la humanidad llena de interés y, claro está, de humor.

 

POR TOM PHILLIPS

 

Por qué tu cerebro es idiota 

 

Para su desgracia, apenas unas decenas de miles de años después de que nuestros ancestros entraran en escena (un abrir y cerrar de ojos, en términos evolutivos), los neandertales y el resto de nuestros parientes habían desaparecido de la faz de la Tierra. Conforme a una pauta que quedaría rápidamente establecida a lo largo de toda la historia humana, en cuanto llegamos nosotros, nuestros vecinos desaparecen. Transcurridos unos pocos miles de años desde que los humanos modernos se mudan a la zona, los neandertales empiezan a esfumarse del registro fósil, dejando tras de sí tan solo un puñado de genes fantasmales que aún rondan nuestro ADN (es evidente que hubo un cierto grado de mestizaje entre ellos y los intrusos que los iban a reemplazar; si tienes raíces europeas o asiáticas, por ejemplo, es bastante probable que entre el 1 y el 4% de tu ADN sea de origen neandertal). Las razones precisas por las que nosotros sobrevivimos mientras que nuestros primos tomaron la vía rápida a la extinción también son motivo de debate. De hecho, muchas de las explicaciones más probables tienen que ver con temas que surgirán repetidamente a lo largo de este libro. Puede que barriéramos a los neandertales por accidente, al traer con nosotros durante la migración enfermedades para las que no tenían defensas (la historia de la humanidad se reduce en buena medida a la de las enfermedades que fuimos pillando en nuestros viajes para luego contagiárselas a otros). Puede que tuviéramos la suerte de resultar más adaptables que ellos a un clima fluctuante; el rastro fósil sugiere que nuestros antepasados vivían en grupos sociales más grandes, y se comunicaban y comerciaban por un territorio mucho más extenso que los neandertales (más aislados y reacios a los cambios), lo que se traduciría en que tuvieran acceso a más recursos cuando sufrieran una ola de frío. O puede que sencillamente los matáramos, porque, qué quieres, nos va la marcha. Lo más probable es que no haya una explicación única y clara, porque las cosas rara vez funcionan así. Pero muchas de las explicaciones más verosímiles tienen dos cosas en común: nuestro cerebro y la forma en que lo usamos. No es tan sencillo como que «nosotros éramos listos y ellos tontos»; los neandertales no eran los torpes zopencos del estereotipo popular. Su cerebro era tan grande como el nuestro, y fabricaban herramientas, dominaban el fuego y creaban arte abstracto y joyas en Europa decenas de miles de años antes de que el Homo sapiens entrara en escena y empezara a gentrificarlo todo. Pero la mayoría de las ventajas con que pudimos razonablemente contar sobre nuestros primos neandertales tienen que ver con nuestra forma de pensar, ya se traduzca en una mayor adaptabilidad, en herramientas más avanzadas, en estructuras sociales más complejas o en el modo en que nos comunicábamos dentro del grupo o con otros grupos. Hay algo en la forma de pensar del ser humano que nos distingue como especiales. O sea, es una obviedad; está en el nombre mismo de nuestra especie: Homo sapiens, que es «hombre sabio» en latín (la modestia, seamos sinceros, nunca ha sido realmente uno de nuestros rasgos definitorios). Y, para hacer justicia a nuestro ego, el cerebro humano es una máquina en verdad extraordinaria. Somos capaces de detectar patrones en nuestro entorno y elaborar a partir de ellos previsiones fundadas de cómo podrían ir las cosas, construyendo así un modelo mental del mundo complejo, que incorpore más de lo que está a la vista. Luego podemos desarrollar ese modelo mental con avances imaginativos: tenemos la capacidad de concebir cambios en el mundo que mejorarían nuestra situación. Y podemos comunicar esas ideas a nuestros congéneres, para que otros puedan aportar mejoras que a nosotros no se nos habrían ocurrido, convirtiendo el conocimiento y la invención en un esfuerzo comunitario que se transmite de generación en generación. Después, podemos persuadir a otros para que trabajen colectivamente al servicio de un plan que solo existía previamente en nuestra imaginación, para conseguir romper barreras que ninguno hubiera logrado traspasar por su cuenta. Y a partir de ahí, repetimos el proceso muchas veces de cientos de formas distintas, una y otra vez, y lo que fueron en su día innovaciones drásticas se convierten en tradiciones, que a su vez generan nuevas innovaciones, hasta llegar finalmente a algo que podríamos llamar cultura o sociedad. Mirémoslo así: el primer paso es observar que los objetos redondos ruedan colina abajo mejor que los que son irregulares o tienen bultos. El segundo es discurrir que si te vales de una herramienta para pulir algo y hacerlo más redondo, rodará mejor. El tercer paso es enseñarle a tu amigo esos nuevos objetos redondos rodantes, y que a él entonces se le ocurra la idea de unir cuatro para hacer un carro. El cuarto es construir una flota de carrozas ceremoniales, para que la gente perciba mejor el esplendor de tu benevolente pero despiadado liderazgo. Y el quinto es ir por una autopista en un coche de alta gama escuchando una recopilación de himnos de soft rock mientras haces la peineta a los camiones Eddie Stobart con los que te cruzas. (Nota importante de interés para pedantes: la descripción que he hecho de la invención de la rueda es delirante e inexacta. La rueda, en realidad, se inventó en un momento sorprendentemente tardío del curso de nuestra evolución, cuando la civilización llevaba ya miles de años haciendo sus pinitos, tan contenta. La primera rueda del registro arqueológico, de hace unos cinco mil quinientos años, hallada en Mesopotamia, ni siquiera se empleaba como medio de transporte: era un torno de alfarería. Parece ser que aún tuvieron que pasar unos cuantos siglos más hasta que alguien tuvo la brillante idea de poner las ruedas de alfarero de canto y utilizarlas para llevar cosas de un lado a otro, iniciando así el proceso que llevaría hasta Lewis Hamilton. Mis disculpas a cualquier erudito de la rueda al que haya podido ofender con el párrafo anterior, que no tenía más intención que la puramente ilustrativa.) Pero por muy admirable que sea el cerebro humano, también es sumamente raro, y proclive a funcionar rematadamente mal en el peor momento posible. Tomamos regularmente decisiones fatales, creemos cosas irrisorias, ignoramos evidencias científicas que tenemos delante de las narices y nos descolgamos con planes carentes del menor sentido. Nuestra mente es capaz de concebir conciertos y ciudades y la teoría de la relatividad y hacerlos realidad, y en cambio es incapaz de decidir qué tipo de patatas fritas queremos comprar en el supermercado sin meditarlo penosamente durante cinco minutos. ¿Cómo es que nuestra singularísima forma de pensar nos ha permitido dar forma al mundo conforme a nuestros deseos de maneras increíbles y al mismo tiempo nos lleve sistemáticamente a hacer las peores elecciones posibles por más claro que esté lo pésimas ideas que son? En pocas palabras: ¿cómo podemos enviar hombres a la Luna con éxito y, a pesar de todo, mandar ese mensaje de texto a nuestra ex? Todo se reduce a las formas en que evolucionó nuestro cerebro. Lo que ocurre es que la evolución, en tanto que proceso, no es inteligente; pero al menos es persistente en su idiotez. A la evolución, lo único que le preocupa es que sobrevivas a las mil posibles muertes espantosas que te acechan a cada paso, el tiempo suficiente para asegurar que tus genes lleguen a la siguiente generación. Si lo consigues, ha cumplido con su trabajo. Si no, mala suerte. Esto significa, en definitiva, que la evolución no se dedica a la adivinación. Si una determinada característica te otorga una ventaja ahora mismo, la seleccionará, independientemente de que pueda o no lastrar a tus tataratataratataranietos con algo miserablemente caduco. En el mismo sentido, tampoco da puntos extras por presciencia: decir «bueno, esta característica resulta un tanto engorrosa ahora mismo, pero les será de gran utilidad a mis descendientes de aquí a un millón de años, créeme», no sirve para absolutamente nada. La evolución no obtiene resultados por planificar a largo plazo, sino más bien a base de arrojar sin más un número ridículamente abultado de organismos hambrientos y cachondos a un mundo peligroso y despiadado, y esperar a ver cuáles fracasan menos. Eso quiere decir que nuestro cerebro no es el resultado de un meticuloso proceso de diseño orientado a crear la mejor máquina pensante posible; lo que es es una colección casual de apaños, chapuzas y atajos que hicieron a nuestros antepasados remotos un 2 % más efectivos a la hora de conseguir comida, o un 3% mejores en comunicar el concepto ¡mierda, es un león, ten cuidado! Estos atajos mentales (denominados heurísticos,si queremos ponernos técnicos) son imprescindibles para sobrevivir, para interactuar con otros y para aprender de la experiencia: no puedes sentarte a currarte todo lo que necesitas a partir de un puñado de axiomas. Si tuviéramos que efectuar el equivalente cognitivo de un ensayo aleatorio controlado a gran escala cada vez que quisiéramos evitar quedarnos aturdidos al salir el sol por la mañana, no habríamos llegado muy lejos como especie. Es mucho más razonable que tu cerebro se diga: «Ah, sí, ya sale el sol» cuando ya lo ha visto salir unas cuantas veces. Igual que si Jeff te dice que comer las bayas moradas de aquel arbusto le sentó como un tiro, probablemente sea mejor creerle que comprobarlo personalmente. Pero también es aquí donde empiezan los problemas. Con todo lo útiles que resultan los atajos mentales (como los atajos en general), a veces nos pueden llevar por el mal camino. Y en un mundo en el que los asuntos con que hemos de lidiar son mucho más complejos que un «¿pruebo las bayas moradas o no?», nos hacen equivocar el camino muy, pero que muy a menudo. Hablando claro: gran parte del tiempo, tu cerebro (y el mío, y, en definitiva, el de cualquiera) se comporta como un perfecto idiota.

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