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Golpéate el corazón, de Amélie Nothomb

Esta novela, la número veinticinco de Amélie Nothomb, es una muestra pluscuamperfecta de su endiablada inteligencia como narradora, de la perspicacia de su mirada y de la placentera liviandad repleta de secretas cargas de profundidad de su literatura. Golpéate el corazón (Anagrama, 2019) es una novela de mujeres. Una narración sobre madres e hijas. Una fábula contemporánea deliciosamente ácida y malévola sobre los celos y la envidia, en la que también asoman otras complejidades de las relaciones humanas: las rivalidades, las manipulaciones, el poder que ejercemos sobre el otro, la necesidad que sentimos de ser amados…

 

A Marie le gustaba su nombre. No era tan banal como pudiera parecer y la colmaba de satisfacción. Cuando decía que se llamaba Marie, no  pasaba inadvertida. «Marie», repetían encantados.
Su nombre no era la única explicación de su éxito. Era consciente de su belleza. Alta y con buen cuerpo, con el rostro iluminado por su pelo rubio, llamaba la atención. En París habría podido pasar desapercibida, pero vivía en una ciudad lo bastante alejada de la capital para no convertirse en su extrarradio. Siempre había vivido allí, todo el mundo la conocía.
Marie tenía diecinueve años, le había llegado la hora de volar con sus propias alas. Tenía por delante una existencia extraordinaria, lo presentía. Estudiaba para secretaria, lo cual no era presagio de nada –algo había que estudiar–. Estábamos en 1971. «Paso a la juventud», repetía todo el mundo.

En sus salidas nocturnas por la ciudad, frecuentaba a gente de su edad, no se perdía una. Había fiestas casi cada noche para quien conociera gente. Tras una infancia tranquila y una aburrida adolescencia, la vida empezaba. «A partir de ahora, lo importante soy yo, es mi vida y no la de mis
padres o la de mi hermana.» El verano anterior, su hermana mayor se había casado con un buen chico, y ya había sido madre. Marie la había felicitado pensando: «¡Se acabó la diversión, querida!»
Le encantaba ser el centro de todas las miradas, provocar la envidia de las demás chicas, bailar toda la noche, volver a casa al amanecer, llegar tarde a clase. «Marie, otra vez de picos pardos», le decía cada vez el profesor con fingida severidad. Las feas, siempre puntuales, la miraban con rabia. Y Marie estallaba en una luminosa carcajada. Si le hubieran dicho que formar parte de la juventud dorada en una ciudad de provincias no auguraba nada extraordinario, no lo habría creído. No tenía ningún plan particular, solo sabía que sería grandioso. Por la mañana, cuando se despertaba, sentía en su corazón un gigantesco impulso y se dejaba llevar por aquel entusiasmo. Cada nuevo día prometía acontecimientos cuya naturaleza ignoraba. Amaba esa sensación de inminencia.
Cuando las chicas de su curso hablaban de su porvenir, Marie se partía de risa para sus adentros: boda, hijos, casa…, ¿cómo podían conformarse con eso? ¡Qué estupidez reducir sus esperanzas a unas simples palabras, y más aún a unas palabras tan mezquinas! Marie no les ponía nombre a sus expectativas, saboreaba sus infinitas dimensiones.
En las fiestas le gustaba que los chicos estuvieran exclusivamente pendientes de ella, y se encargaba de no mostrar preferencias por ninguno; que les consumiera la angustia de no ser los elegidos.
¡Qué placer sentirse constantemente provocada, mil veces deseada, nunca libada!
Pero existía una alegría aún más potente: consistía en provocar los celos de los demás. Cuando Marie veía cómo las chicas la miraban con aquellos dolorosos celos, disfrutaba de su suplicio hasta el extremo de sentir que se le secaba la boca. Más allá de aquella voluptuosidad, lo que expresaban
esos ojos amargos posados sobre ella era que aquella era su historia, que ella era la protagonista, y los demás sufrían al descubrir que eran simples figurantes, invitados al festín para recoger las migajas, invitados al drama para morir en él a causa de una bala perdida, es decir, de un fuego que no les
estaba destinado. Al destino solo le interesaba Marie, y esa exclusión de terceros le provocaba un placer supremo. Si hubieran intentado explicarle que el reverso de los celos equivalía a más celos y que no había sentimiento más horrible que ese, se habría encogido de hombros. Y mientras estuviera bailando y fuera el centro de la fiesta, la belleza de su sonrisa podía dar el pego.
El chico más guapo de la ciudad se llamaba Olivier. Esbelto, muy moreno como todos los del sur, era el hijo del farmacéutico y heredaría el negocio familiar. Amable, divertido, servicial, gustaba a todos y a todas. A Marie, este último detalle no le había pasado por alto. Solo tuvo que aparecer y se acabó lo que se daba: Olivier se enamoró locamente de ella. Marie saboreó el hecho de que se le notara tanto. En la mirada de las otras chicas, la dolorosa envidia dio paso al odio, y el placer que le producía verse observada de aquel modo la hacía estremecerse.
Olivier se equivocó respecto a la naturaleza de aquellos escalofríos y creyó ser amado. Conmovido, se arriesgó a darle un beso. Marie no lo rechazó, se limitó a entreabrir los ojos para comprobar la execración de la que estaba siendo objeto. Para ella el beso coincidió con el soberano mordisco de su demonio y gimió.
Lo que vino después se desarrolló siguiendo una mecánica tan antigua como el tiempo. Marie, que temía sufrir, se sorprendió al no sentir casi nada, salvo en el momento en que todo el mundo les vio marcharse juntos. Le encantó ser la encarnación, durante una noche, de la mejor esperanza femenina.
Loco de felicidad, Olivier no disimulaba su amor. Convertida en prima donna, Marie resplandecía. «¡Qué guapos! ¡Qué buena pareja hacen!», decía la gente. Ella se sentía tan feliz que creía estar enamorada. La sonrisa de sus padres no le producía tanta satisfacción como el desagradable pliegue en la comisura de los labios de las chicas de su edad. ¡Cómo le divertía ser la protagonista de aquella película de éxito!
Seis semanas más tarde, se rompió el encanto. Corrió a visitar al médico, que le confirmó lo que ya se temía. Horrorizada, le comunicó la noticia a Olivier, que la abrazó inmediatamente.

–¡Querida, es maravilloso! ¡Cásate conmigo!
Ella rompió a llorar.
–¿No quieres?
–Sí –dijo ella entre lágrimas–. Pero me habría gustado que las cosas fueran distintas.
–¿Qué más da? –respondió él abrazándola de alegría–. Cuando dos personas se quieren como
nosotros, enseguida se tienen hijos. Así que ¿para qué esperar?
–Preferiría que la gente no sospechara nada.
A él le enterneció lo que interpretó como pudor:
–Nadie sospechará nada. Todo el mundo ha visto lo locamente enamorados que estamos. Nos casaremos dentro de dos semanas. Seguirás teniendo la cintura de una chiquilla.

Sin argumentos, ella no dijo nada. Calculó que en quince días no podría preparar la fiesta
por todo lo alto que tanto deseaba. Olivier expuso a sus padres los hechos consumados. No les escondió la razón de tantas prisas, que provocó el entusiasmo de ambas madres y ambos padres:
–¡No habéis perdido el tiempo, chicos! Está bien, nada mejor que ser joven para tener un bebé.
«Jolín», pensó Marie, que fingía sentir orgullo con la esperanza de que creyeran en su felicidad.
La boda fue tan perfecta como puede serlo una boda preparada con tanta premura. Olivier estaba exultante.

–Gracias, querida. Siempre me han horrorizado esos banquetes que no se acaban nunca y a los que se invita a tíos a los que jamás has visto. Gracias a ti, esta será una auténtica boda de amor, una cena sencilla, una fiesta con nuestros verdaderos allegados –dijo mientras bailaba con ella.
Las fotografías recogieron la imagen de un joven loco de alegría y una joven de sonrisa forzada.
Los asistentes a la fiesta querían a los jóvenes casados. Precisamente por eso, por más que Marie espió los rostros, no vio a nadie con la expresión de celos que le habría permitido pensar que estaba viviendo el día más hermoso de su vida. A ella le habría gustado una fabulosa juerga llena de curiosos envidiosos, de desconocidos detestables, de feas abandonadas mirando un vestido de novia que no habría sido el mismo estúpido vestido de su madre.
«¡Te das cuenta de que a tu edad yo era tan delgada como tú!», había exclamado ella al comprobar que el modelo de después de la guerra le iba tan bien a su hija.
A Marie el comentario le pareció odioso.

La joven pareja se instaló en una bonita casa de la ciudad, no muy lejos de la farmacia. A la esposa le habría gustado elegir los muebles, pero a partir del segundo mes de embarazo un cansancio fuera de lo normal se apoderó de ella. El médico aseguró que se trataba de un fenómeno habitual, especialmente en embarazadas primerizas. Lo que ya no resultó tan normal fue que el agotamiento perdurara hasta el noveno mes. Solo se levantaba de la cama para comer, ya que se moría de hambre.

–Ya no voy a las clases, y eso es un fastidio –le dijo a su marido entre bocado y bocado.
–De todos modos eres demasiado inteligente para ser secretaria –respondió él.
Ella se quedó perpleja. Nunca había pensado en ser secretaria. Para ella, estudiar secretariado o agronomía era más o menos lo mismo. Además, ¿a qué se refería Olivier al decir «inteligente»? Se negó a profundizar en el tema y se acostó de nuevo. Había algo vertiginoso en poder dormir todo lo que quisiera. Se metía en la cama y sentía como el abismo del sueño se abría bajo su cuerpo, y ella se entregaba a aquella caída y, sin tiempo para detenerse a pensar en ello, desaparecía en el acto. Si no hubiera tenido tanto apetito, nunca se habría despertado.
A partir de la décima semana, empezó a sentir antojos de huevos. Cuando Olivier estaba en la farmacia, ella le telefoneaba:

–Hazme unos huevos pasados por agua. Siete minutos de cocción, ni más ni menos.
El joven esposo lo dejaba todo y corría a su casa a cocer los huevos. No podían prepararse de antemano, ya que los huevos pasados por agua siguen cociéndose hasta que te los comes. Con delicadeza les quitaba la cáscara y, en una bandeja, se los llevaba a Marie a la cama. La joven los devoraba con un placer aterrador, menos cuando, por distracción, él los había dejado cocer durante siete minutos y medio –entonces los rechazaba declarando: «Me ahogo»– o seis minutos y medio –cerraba los ojos y gemía diciendo que le daban asco.
–No dudes en despertarme a la hora que sea si vuelves a querer huevos –decía Olivier.
Un requerimiento inútil: ella no dudaba en hacerlo. Tras zamparse los huevos, volvía a caer dormida. No era necesario ser un sabio para diagnosticar un caso de huida a través del sueño, aunque nadie de su entorno lo comprendiera. Las rarísimas ocasiones en que Marie no dormía y pensaba, se decía: «Estoy embarazada, tengo diecinueve años y mi juventud ya ha terminado.»
Entonces el abismo del sueño se abría de nuevo y ella sentía el alivio de poder volver a hundirse en él.
Mientras comía los huevos, Olivier la miraba con ternura y a veces le preguntaba si el bebé daba pataditas. Ella respondía que no. El niño era muy discreto.
–No dejo de pensar en él –decía él.
–Yo también.
Mentía. Durante nueve meses, nunca pensó en el bebé. Y no se equivocó al respecto, ya que, si hubiera pensado en él, lo habría aborrecido.
Una instintiva precaución quiso que viviera su embarazo como una larga ausencia.
–¿Crees que será niño o niña? –preguntaba él a veces.
Ella se encogía de hombros. Si él proponía un nombre, ella lo rechazaba. Él respetaba su decisión. La verdad es que si lo intentaba, solo podía concentrarse en el bebé un segundo. Para ella seguía siendo algo radicalmente ajeno.
Vivió el parto como un brusco y desagradable regreso a la realidad. Al oír los berridos del recién nacido, se quedó estupefacta: así pues, durante todo ese tiempo había tenido a alguien dentro.

–Es una niña, señora –anunció la comadrona.
Marie no sintió nada, ni decepción ni alegría. Le habría gustado que le explicaran qué debía sentir. Estaba agotada.
Depositaron a la niña sobre su vientre. Ella la miró mientras se preguntaba qué reacción se esperaba de ella. En aquel instante, Olivier fue autorizado a reunirse con ella. Él era el vivo reflejo de todas las emociones que debería haber experimentado ella. Alterado, abrazó a su esposa y la felicitó y, con lágrimas en los ojos, tomó en brazos al bebé mientras exclamaba:
–¡Eres la niña más hermosa que he visto en mi vida!
A Marie se le heló el corazón. Olivier le mostró la carita de la niña.
–Querida, mira tu obra maestra.
Marie hizo acopio de fuerzas para contemplar a su criatura. El bebé era moreno, y tenía el pelo negro de un centímetro. No presentaba ninguno de los sarpullidos tan frecuentes entre los recién nacidos.

–Pareces tú en niña –dijo ella–. Deberíamos llamarla Olivia.
–¡No! Tiene la belleza de una diosa. La llamaremos Diane –decidió el joven padre.
Marie estuvo de acuerdo con la elección de su marido, pero su corazón se heló de nuevo.
Olivier le dio a la criatura. Ella la miró y pensó: «Ahora ya no eres asunto mío. Dependes de ti misma.»
Era el 15 de enero de 1972. Marie tenía veinte años.

 

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