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Galimberti (Edición actualizada y aumentada), de Larraquy y Caballero

Galimberti (Sudamericana, 2020) es una biografía única de un aventurero y personaje crucial del peronismo que representó como pocos el arco que llevó a varios del compromiso militante juvenil al pragmatismo neoliberal de los noventa. Es el retrato de un personaje inverosímil, que supo condensar en una vida todas las paradojas de dos épocas aparentemente irreconciliables: el ideal socialista de los 70 con el neoliberalismo de los 90. Es, asimismo, la oportunidad para reconstruir el relato de las cuatro décadas más intensas que vivió la Argentina del siglo XX, pero esta vez sin medias tintas, prejuicios, silencios, ni insinuaciones.

 

 

POR MARCELO LARRAQUY Y ROBERTO CABALLERO

 

 

Conocimos a Rodolfo Galimberti en la casa de un columnista de Página/12. Fue el primero de noviembre de 1999. Llegó un minuto después de la hora convenida. Era una tarde de lluvia. Traía un puro apagado y se acercó con pasos cortos. Nos tendió la mano. Tenía un sello de oro en el meñique derecho, un reloj sin marca visible y una corbata roja. Era más flaco y más joven de lo que suponíamos. Estaba agitado. “Sin grabadores”, dijo. “Sin grabadores”, repetimos. Entonces fue a dejar su pistola 9 milímetros sobre un escritorio. Quería que la regla fuera pareja para las dos partes.

Cuando regresó, seguíamos de pie. Le pidió un vaso de agua de la canilla al anfitrión y nos miró a los ojos.

—¿Qué quieren de mí? —preguntó.

—Un buen libro —respondimos.

Hasta ese momento llevábamos más de un año investigando sobre su vida y habíamos entrevistado a noventa personas. El primer intento de acercamiento había sido el 5 de mayo, día de su cumpleaños. Le enviamos una tarjeta:

“Estimado Rodolfo Galimberti, estamos escribiendo un libro donde usted se lleva la mejor parte. Queremos conocerlo. ¡Feliz cumpleaños!

Firmado: sus biógrafos.”

Entonces nos había agradecido la esquela con un llamado telefónico, y nos formuló diez preguntas de “sucesión aproximativa”: quería saber quiénes éramos y a quién respondíamos.Nos pidió que lo llamáramos la semana siguiente para convenir un encuentro. Pero nunca más respondió a un mensaje.

Un diálogo telefónico con el columnista de Página/12 nos volvió a abrir las puertas.

—¿Ustedes son los que están escribiendo la biografía de “Galimba”…?

—Sí.

—Está recaliente con ese asunto. Dice que es parte de una operación para cagarlo por el juicio de Hard Communication. Quiere encontrarse con ustedes.

Galimberti tenía una opinión cerrada sobre las motivaciones de una biografía:

—Hay dos clases. Las que se hacen a favor del protagonista, y este es el que la paga. Y las que se hacen en contra, que son operaciones de inteligencia. ¿A ustedes quién les paga?

Nos pedía que lo tuteáramos. Nos negamos. “Abandonen la actitud policial”, repetía. Era un diálogo sin salida. El anfitrión intentó aflojarlo: “Rodolfo, por qué no te juntás mañana a conversar tranquilo… parecen pibes macanudos”. Galimberti condicionó un futuro encuentro a que entrevistáramos a una serie de personas que empezó a seleccionar de su agenda. Tomamos nota. Eran:

Claudia Bello, Hugo Anzorregui, Claudia Peiró, Patricia Bullrich Luro Pueyrredon, Alberto Brito Lima, Jorge Antonio, Mariano Cavagna Martínez, Miguel Ángel Toma, Eduardo Epszteyn, Alberto Sprechjer, Octavio Frigerio, Mario Granero, Emilio Berra Alemán, Enrique “Mono” Grassi Susini, Daniel Hadad, Guillermo Seita, Aníbal Jozami, Alberto Kohan, Germán Kammerath, Jorge Rodríguez, Jorge Born, Archibaldo Lanús, Marcelo Longobardi, Alejandro MacFarlane, Felipe Solá, Carlos Spadone, Lorenzo Miguel y Jorge Luis Bernetti.

Algunos nombres nos sorprendieron. También las omisiones: en la lista no figuraban sus ex compañeros de Columna Norte de Montoneros. A la hora y media, la conversación continuaba entrecortada, y había perdido definitivamente el rumbo. Terminamos hablando de la reforma policial bonaerense y recordó una anécdota sobre el doctor León Arslanian:

“Tuvimos una reunión y mientras me habla veo que se va inclinando despacio, despegando el culo del asiento hasta que se larga un pedo, y siguió hablando como si nada. ¿Qué confianza se puede tener en un tipo así?”, se quejó.

Era un rodeo inútil. Él había perdido su turno con el dentista y tenía un funcionario judicial que lo esperaba. El anfitrión se tenía que ir.

—Nosotros no vamos a esperar seis meses para verlo, Rodolfo. Si quiere hablar, mejor. Y si no, lo lamentaremos pero el libro va a salir igual. Con usted o sin usted.

A Galimberti le gustó el desafío. Marcó un encuentro para el día siguiente, a la una de la tarde, en la parrilla La Rosa Negra de San Isidro. Aprovechó una distracción del anfitrión y antes de estrecharnos la diestra nos dijo:

—Está bien, el libro háganlo. Pero tengan en cuenta que se metieron con alguien muy pesado. Yo soy mucho mejor de lo que ustedes piensan pero mucho peor de lo que imaginan. Soy el Drácula argentino.

Y se fue con una sonrisa helada.

En el restaurante, tomó posición en una de las primeras mesas, con vista a la entrada. Nosotros quedamos de espaldas. Tomamos la carta, elegimos el plato y el vino. Tenía ropa de fajina: un chaleco de cazador color marrón claro. El mozo nos hizo probar el vino. Era un Catena Zapata tinto. Lo degustamos. “¿No está bueno? ¿Es muy fuerte?”, preguntó ansioso. Dudamos un segundo. Quisimos fundar una opinión. No nos dio tiempo. Lo hizo tirar sobre un recipiente de vidrio. El mozo trajo otro. “¿Este…?”, preguntó Galimberti. Volvimos a dudar. Seguíamos pensando en la respuesta justa. Ordenó tirarlo otra vez. “Estos boludos lo dejan a más de veinte grados…”, criticó. Cuando el mozo abrió la tercera botella, le dijimos que estaba bien. No íbamos a pasar toda la tarde desechando vinos de cien dólares. Empezamos a comer langostinos, mientras preparaban las corvinas negras. Nos elogió la elección. Luego retomó el discurso del día anterior.

—¿Quién les paga? No sean boludos, díganmelo. No está mal ser un mercenario. Yo soy un mercenario. Lo fui toda mi vida. Y la mayoría de los periodistas también lo son. Hay ciento setenta y dos tipos que reciben sobres de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado). Les puedo mostrar las filmaciones cuando van a retirar la guita. Se van a sorprender. Son tipos reconocidos, prestigiosos. Entonces díganme quién les paga y empecemos a laburar. Sean honestos conmigo. Abandonen la actitud policial.

Lo indignaba que continuáramos tratándolo de usted. No queríamos conceder nada.

—Ustedes no tienen conciencia de dónde se están metiendo. Se los voy a decir ahora porque ayer no correspondía. Ustedes me hicieron mucho daño desde la revista donde trabajan. Mucho daño económico. Hard perdió mucha guita por ustedes. Nos cagaron la empresa. Tenemos un juicio encima. Pero lo peor es que me difamaron. Dijeron que llamaba prostitutas para traerlas a la oficina…

—Nunca dijimos eso. Dijimos que en la oficina seleccionaban modelos para promociones.

—No se hagan los boludos conmigo. Yo no soy como los funcionarios de gobierno que van a buscar putas a Black Jack… Pídanme disculpas —dijo de golpe.

—No, no tenemos nada de que disculparnos.

—Ustedes no entienden… El oficio de ustedes es investigar. Está muy bien. Pero mi oficio es matar. Tienen que saberlo. Yo a ustedes los tengo en la lista de gente que quiero matar. Son mis enemigos. La tengo en mi mesa de luz. La repaso todas las mañanas…

Se inclinaba levemente hacia la mesa mientras nos hablaba. Su voz nos llegaba como un susurro forzado, metálico, duro y monocorde. Los mozos atendían a los comensales, cordiales. La música era agradable y estábamos a punto de mandarnos a mudar.

—Parece un adolescente… un adolescente de quince años que le arma un escándalo a su novia por una cuestión de celos —le dijimos, furiosos.

Se aflojó un poco.

—Muchachos, abandonen la actitud policial que tienen… no podemos laburar así.

Volvió a insistir en que lo tuteáramos. Pero su obsesión era saber quién nos pagaba.

—Entiéndalo, no nos paga nadie. Queremos hacer un libro que cuente los años setenta y los noventa a través suyo. El pasaje de un mundo a otro. Creímos que era una buena historia.

Se quedó un segundo en silencio. Aprovechamos para preguntarle por las dos veces que estuvo detenido en 1969: queríamos saber si JAEN, la agrupación que dirigía, había incendiado la Facultad de Filosofía y Letras.

—No, sean honestos: esa la hicimos entre todos. No nos adjudiquen más méritos de los que tuvimos…

Sacamos del portafolio un bloc de fotocopias de su libro La Revolución Peronista. Era un incunable. Le planteamos algunas dudas. Se quedó mirándonos.

—Pero entonces ustedes son dos ingenuos. Dos pelotudos… —hizo un gesto como si acabara de entender todo—. ¡Pero ustedes no tienen idea de dónde están parados! No sean boludos. Los van a hacer mierda. Si Estados Unidos se corre dos centímetros a la derecha, todos los periodistas como ustedes son boleta. Con el poder no se jode…

Ordenó café y nos convidó habanos; nos explicó cómo se cortaba la punta. Le preguntamos por la guerrillera Norma Arrostito. Sonrió al decir: “Era una mujer única”. Le preguntamos si había conocido al represor de la ESMA Jorge Rádice en los años setenta. “Tienen una mala técnica interrogativa, ustedes… Les voy a decir algo para que entiendan: yo soy igual que Rádice”, replicó. No permitía que grabáramos nada. “Si no nos tenemos confianza… no podemos laburar así. Díganme quién les paga y largamos. No sean boludos”. Nos habíamos prometido levantar la reunión a las seis de la tarde. Pero seguíamos. En un momento alzó su celular y llamó a su ex esposa, Dolores Leal Lobo.

—¿Cómo estás? Hace como dos años que no nos vemos… ¿no? Yo estoy hecho un monstruo, peso doscientos kilos. Mañana paso a buscarte y tomamos un té con tortas… Escuchame una cosa. Quiero presentarte a dos periodistas de Noticias y que les cuentes todo sobre nosotros… pero la verdad.

Ella no entendía nada. Su ex marido se había vuelto loco. “Y de Noticias, además…”, le decía. Galimberti trataba de convencerla.

—… Están haciendo un libro que le va a hacer bien al país. El restaurante estaba vacío. El mozo nos preguntó con discreción si nos quedábamos a cenar. Caímos en la cuenta de que eran las nueve. Galimberti pagó y dejó un billete de cien pesos de propina, más dos habanos. Saludó a Rojitas, el mozo, y le preguntó por Santiago del Estero, su provincia. En la acera, nos agradeció el encuentro. “Me emocionó la historia de tu abuela que participó en la Resistencia Peronista del cincuenta y cinco. Y gracias por haberme dicho que no me igualara con Rádice…”, nos dijo.

—La gente nos ha contado historias terribles sobre usted, pero ninguno nos dijo que haya torturado a nadie. Esa es una diferencia —le correspondimos.

Al otro día nos llamó el columnista de Página/12:

—¿Qué pasó? Rodolfo dice que le faltaron el respeto, que son dos insolentes, dos maleducados que no entienden nada de nada… Se arrepintió de haberse reunido con ustedes. No quiere verlos más.

Al día siguiente lo llamamos desde un locutorio.

—…Ustedes me quieren cagar con mi concurso… —estalló.

Seguimos con nuestro trabajo. A la semana recibimos el mensaje de un emisario suyo. Nos invitó a cenar en el jardín de su casa. Era una noche abierta, de verano. La piscina estaba iluminada. Tomamos un vino Valmont. Pensamos que el diálogo con Galimberti se iba a recomponer.

—Rodolfo dice que el libro de ustedes va a ser una mierda y como mucho va a vender siete mil ejemplares. Se están rompiendo el culo para nada.

—Y es lo más probable…

—Y dice que si lo que ustedes están buscando son veinte lucas, él se las da y le dejan de romper las bolas.

—Ni veinte lucas ni cien…

—Ni doscientas… —reafirmó el emisario, aliviado, con un golpe en la mesa.

—Nada. Decile que no entendió nada.

Después de las amenazas y el rechazo de su oferta para que lo olvidáramos, Galimberti pareció darse por vencido y aceptar los hechos. Una tarde nos pidió que lo llamáramos sin falta.

—Hola, estoy con el compañero Alberto Brito Lima tomando una copa para despedir el año. ¿No quieren hablar con él?

Combinamos una cita para el 31 de diciembre. En enero de 2000 volvimos a llamarlo a su celular. Galimberti estaba en una reposera tomando sol en Punta del Este. Era un día fantástico. Pero no podía olvidar al periodista Horacio Verbitsky, de quien hablaba como se habla de un enemigo.

—Acabo de leer un reportaje en Veintidós que es muy interesante. Por primera vez reconoce haber escrito el libro sobre Transporte Aéreo, patrocinado por la Fuerza Aérea en 1979. Es llamativa la fecha, ¿no? Ahora, pregúntenle, cuando llega a un aeropuerto de Estados Unidos… ¿qué pone en ese pedazo de la visa que pregunta si perteneció a una organización terrorista? ¿Qué pone él ahí…? Yo sé que todas estas son miserias personales de los tipos que estuvimos en guerra… pero, otra cosa que no se entiende es cuando dice que se alegra de que hayan sido derrotados los montoneros porque si no tipos como yo hubiéramos tomado el poder y qué sé yo… Es decir, no se equivoca, si nosotros hubiéramos tomado el poder lo hubiéramos hecho mierda… eso está bien, es lúcido de parte de él. Si no, hoy estaría Firmenich de presidente. Pero él no puede haber estado en una organización armada y decir que se alegra de su derrota. No puede escindir de esa derrota a los 30.000 desaparecidos y la metodología que se empleó para derrotarnos…

—Vimos a Brito Lima —le comentamos.

—¿Y cómo les fue?

—Llegó dos horas tarde. Justo apareció el ex intendente Rousselot por la confitería y comentó que estaba por abrir un shopping virtual en la web… Y en los setenta era el secretario de López Rega… Cambió todo, Rodolfo.

Después faltó a dos citas. En una tuvo la delicadeza de llamar media hora antes para avisar que no venía. El celular era la única forma de establecer contacto. Eran diálogos zigzagueantes, costosísimos, de más de una hora. Pasábamos del radical Nosiglia al general fusilado Aramburu y, en el medio, el músico Emilio del Guercio. Nos recomendaba ver a un montón de gente que lo odiaba, y que además ya habíamos visto. Hacíamos cinco o seis entrevistas por semana.

—Ahora queremos verlo a usted, Rodolfo. Tiene que tener una colaboración más activa, más orgánica… —le sugeríamos.

—Entonces pínchenme el teléfono, no sean boludos. Graben las conversaciones… así van avanzando.

Accedió a un tercer encuentro a fines de febrero, en la cafetería de su loft de Dorrego 1940. Nos había pedido preguntas por escrito. Llevamos ciento treinta. Llegó cuarenta y cinco minutos tarde. Apenas se sentó dijo que tenía que irse. No iba a hablar.

—Se los digo con franqueza. Yo soy lo contrario a lo que ustedes están buscando. Soy un personaje sin espesor, nunca fui funcionario. Hay tipos que te agarran un vagabundo y te hacen una novela… Además, ustedes son dos boludos. Perdieron su oportunidad. Estuvimos ocho horas hablando y no grabaron nada…

Sacamos tres cartulinas completas manuscritas con acciones y relaciones de sus últimos cuarenta años. Mes a mes. Era el recorrido de su vida. “Queremos hablar de todo esto”, le dijimos.

—Si esto es el libro yo me pego un tiro en las bolas… ¿Saben lo que pasa? Yo quiero leer una carilla. Yo no sé cómo escriben.

Sacamos del portafolio una carilla sobre JAEN. Era la parte del adiestramiento militar de los cuadros. La leyó en silencio.

—Está bien escrito, boludo —festejó—. Así tiene que estar escrito. Aparte se lee de corrido. No es una maldición. Está bien contada la época, el fresco, es espectacular porque es una época que no conocen. Impecable… ¿Quién les sopló todo esto?

Parecía entusiasmado. En ese momento tuvimos la certeza de que no iba a matarnos. Al menos hasta que termináramos el libro. Iba a sentir curiosidad en leer algunas partes. Le dimos dos carillas más.

—Uy…, cómo le pegan a Bonasso. No sean hijos de puta, che… ¿Saben lo que es Bonasso? Le explotás una bolsa de basura en la espalda y se muere de un síncope. Es un farsante, se los digo de corazón. Lo grave es que nunca tiró un papelito en su vida. ¿Viste los boludos grandotes que los mandan al fondo en el colegio? Pará, pará que quiero ver esto… Me encanta.

Nos devolvió el material, tomó las ciento treinta preguntas y las empezó a responder, una a una. “Sí, no, no es cierto”, repetía. Eran respuestas telegráficas e ininteligibles. “Graben, graben, no sean boludos…”. No encontrábamos las pilas de la emoción. Se enojó.

—Ustedes necesitan fierros. Hacen las cosas de la guerrilla. Les faltan pilas, grabadores, computadoras. Tienen que tener un cacho más de aparatos porque los van a matar. Van a perder la guerra… Además no pidieron nada de comer, son unos boludos. ¿Qué quieren, un té con torta?

Su celular no paraba de sonar. A las dos horas, mientras hablaba, cambió de tema en forma abrupta:

—¿Se dan cuenta de que acabo de cagar a un tipo? Y es un contacto importante. Tengo que darle otra cita para las ocho y media. No me destruyan la vida, hijos de puta…

Se levantó para irse. Le preguntamos si podíamos concertar un encuentro para el día siguiente. Nos dijo que tenía previsto andar en moto en el autódromo, pero no era nada seguro.

A partir de ese día empezamos a tutearlo.

A las tres semanas volvimos a reunirnos en la cafetería. Eran las seis de la tarde. Javier Martina, su asistente y guardaespaldas, se sentó a conversar con nosotros mientras lo esperábamos. Tendría unos treinta y cinco años. Había sido policía. Parecía respetuoso y amable. Al rato Galimberti llegó con el “Gordo Marcelino”. Lo presentó como un arquitecto amigo. Era un tipo de cuarenta años, cara fresca, barba candado, algo excedido en kilos. Galimberti le pidió que esperara diez minutos en la otra mesa, que resolvía un tema con nosotros y lo atendía. Nos explicó que tenían que hablar de negocios. La entrevista iba a ser corta. Siete horas después, Marcelino estaba semidormido en el sillón de su comedor y Galimberti hablaba en voz baja sobre la “contra” nicaragüense. Fue la primera vez que nos invitó a su casa. Era un loft equipado en metal y madera. La pared del baño estaba hecha de ladrillos de vidrio. Tenía una única ventana y estaba cerrada. Parecía que estábamos dentro de un submarino ruso. Nos mostró algunas armas de la Primera Guerra Mundial en un cuarto de arriba. También su dormitorio. Criticó al decorador que le puso el jacuzzi al lado de la cama. “Estos son los típicos inventos de los maricones. Discutí mucho con el diseñador, pero no me lo quiso cambiar…”. Al lado del jacuzzi había una barra de acero que se extendía desde el suelo hasta el techo. Alguien nos había comentado que era un soporte para que las chicas hicieran su show de striptease. Era su hobby privado. Le preguntamos para qué servía la barra. “¿Esto?… Lo tengo para hacer gimnasia”, respondió. Guardamos silencio. “No me van a pedir que les muestre ahora…”. Encargó empanadas, una tarta de zapallo y Coca light de la cafetería. Hablamos de la caída del misil Cóndor, del libro sobre el guerrillero Gorriarán Merlo de Julio Villalonga y Juan José Salinas, de la inteligencia del Batallón 601 en Centroamérica. La comida no era buena. Él lo admitió. Como habíamos entrado en materia, le preguntamos qué rol le había correspondido en el tráfico de armas a Ecuador. En 1995, hubo una petición de investigación del diputado Jesús Rodríguez que lo involucraba con una sucursal belga de la fábrica de armas francesa GIAT. Y el representante argentino era su amigo el francés Xavier Capdevielle. Lo había publicado La Nación. Respondió de inmediato: “Lo llamamos a Capdevielle”. Tomó su celular. “Hola, Xavier. Rodolfo Galimberti. Sí, guacho. ¿Cómo está el viejo? En la Argentina… Me di cuenta por cómo entra la llamada, ganso… ¿Vamos a hablar alguna vez de las cosas? ¿Ir a comer a tu casa ahora? Uy… estás más grave que yo. Estoy laburando. ¿Estás robando?… Escuchame una cosa, anormal. ¿Qué hacés mañana? Ah… ¿nueva novia? ¿Pero estás sobrio vos? Bueno, dale, pasámela, ¿cómo se llama? Hola. ¿Cómo te va? 2005. Estás en el futuro vos. ¿Qué edad tenés? Lo importante es la edad y las medidas. ¿Miss Punta del Este…? Dame con tu novio que te voy a ver inmediatamente… Eso no importa, estamos en combate todavía… con Oscar Wilde… me parece que chupé menos que vos, dame con el demente de tu novio. Un beso, encantado… ¿Escuchame, de dónde sacaste el aparato ese…? Estás cada día más grave… dejame el aparato abierto que termino lo que estoy haciendo y te llamo. ¿Vamos a contar algún día las cosas que hicimos o no? ¿Pero estás dispuesto a hablar de algo?… Te hablo en serio… porque tengo unos amigos que están haciendo un libro. Les estoy contando la verdad. ¿Está bien? ¿Seguro? En algún momento te hago una cita para que hables con ellos… ¿Cuánto hace que no volás, anormal? ¿El avión lo tenés? Vayamos a volar mañana. Dejame el teléfono abierto que te llamo cuando termino con ellos…”.

Ese día nos fuimos de su casa después de las cuatro de la madrugada. Cuando estábamos en la puerta, Galimberti le pidió a Javier Martina que despertara al Gordo Marcelino.

El 18 de abril de 2000 a las ocho y media de la tarde lo vimos otra vez. Fue en The Horse, un bar de Intendente Bullrich y Avenida del Libertador. Estaba con su asistente. Nos dijo que tenía que resolver un asunto de negocios con gente de la otra mesa. Pero que después íbamos a hablar. Se fue con la taza de té en la mano y volvió a los dos minutos. “Con estos se pierde el tiempo… hay que esperar que venga Toma”. Cuando llegó el diputado, Galimberti volvió a irse. Lo vimos hablando con él durante casi veinte minutos. Nos pusimos a observar quién era el jefe de quién. Por los gestos y las actitudes, Galimberti parecía el jefe. Igual que en los tiempos de JAEN. Al rato, Miguel Ángel Toma se fue y Galimberti volvió con la taza de té en la mano. Quisimos saber cuándo y por qué empezó a dedicarse a los negocios.

—Yo cuando volví a la legalidad sentí que no tenía nada que aportar —dijo—. Renuncié a la política y me dediqué a hacer guita, a todo este quilombo. Tengo principios: pago cargas sociales, impuestos, buenos sueldos, trato bien a la gente… Les va a costar encontrar un tipo que diga “el Loco es un garca”. Además, yo quiero homenajear a la gente de mi generación. Esa gente estaba para grandes cosas. Cuando veo a Vaca Narvaja vestido de gomero, a Perdía mendigando un puestito público, y a Firmenich autoexiliado en democracia, me dan asco. Ellos le faltan el respeto a los muertos. Yo me puse en la cabeza que mi mejor homenaje es tener éxito, demostrar que en esa época quisimos hacer la revolución y que hoy podemos ser empresarios o multimillonarios…

—Siempre fui de derecha —siguió. Nos pedía permanentemente que le planteáramos temas conflictivos.

—Pero che, hasta ahora lo único que hablamos fue de cómo se sacaba el sombrero mi abuelita… —se quejó.

Javier Martina se había ido un momento al baño. Le preguntamos si había matado a su mecenas Oscar Braun en Holanda.

—No, no digan eso —pidió—. Estaba en el Líbano cuando murió. Fue un accidente.

—Sin embargo sabemos que estuviste en el entierro… —soltamos.

—Volví por la muerte de él. Me llamaron de París a Beirut. “Murió Oscar Braun”, me dijeron. Tomé el avión… Alitalia, Roma-París y llegué.

Cuando le comentamos que circulaba una versión que indicaba que después de su muerte le había robado cheques y tarjetas de crédito se ofendió de verdad.

—No… Está mal la lectura que ustedes hacen de nosotros. Yo soy capaz, para que ustedes me entiendan… Miró el grabador y lo apagó con vehemencia.

—Yo soy capaz de agarrarles la cabeza a ustedes, bajarlas sobre la mesa y abrírselas con un destornillador. Soy capaz de agarrar una ametralladora y disparar a todo el local. Y lo haría pero no porque sea un psicópata asesino. Lo haría sólo si fuera una misión. Nosotros no peleamos ni matamos para robar guita. Yo no soy un killer…

En ese momento volvió Javier del baño. Ya había poca gente en el local. Llevábamos cinco horas con un té y una tostada. Hacía frío. El mobiliario del bar era bastante antiguo. Había sido un lugar de moda en los setenta. En un momento, Galimberti se levantó de la mesa para ver el calibre del tiro que había en un ventanal. “Es de la época de la guerrilla”, le aclaró el mozo, como si se tratara de una reliquia de la casa. Cuando volvió a sentarse, nos miró y nos recomendó que nos diéramos una inyección contra la gripe. “Llamen al médico y métanse en la cama. No sean boludos, no es paternalismo. En Europa hay una peste infernal. No van a poder terminar el libro…”. Teníamos mil preguntas. Dos muchachos entraron al bar y se sentaron en una de las mesas de atrás nuestro. Galimberti dijo que eran chorros. Se lo advirtió a Javier con un gesto. Puso los codos sobre la mesa. Daba la sensación de que si los pibes se movían, agarraba su arma y empezaban los tiros. Y nosotros en el medio, con la cabeza en la línea de fuego.

Seguimos conversando. Javier no les sacaba los ojos de encima a los nuevos clientes. Nos dimos vuelta. Parecían chorros de verdad. Hablando del periodismo argentino, salió el tema de Daniel Hadad. Galimberti estaba enojado con el artículo de su revista La Primera sobre los inmigrantes. “Yo se lo dije a Daniel. Es un mamarracho lo que hiciste. Aparte mal hecho. Le quitó un diente al boliviano que estaba en la tapa.

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