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Estupor y temblores, de Amélie Nothomb

Estupor y temblores (Anagrama, 1999), novela con declarada carga autobiográfica, que ha obtenido un éxito impresionante en Francia, cuenta la historia de una joven belga de 22 años, Amélie, que empieza a trabajar en Tokio en una de las mayores compañías mundiales, Yumimoto, quintaesencia de las empresas japonesas. En el Japón actual, fuertemente jerarquizado (en el que cada superior es, antes que nada, el inferior de otro), Amélie, afligida por el doble handicap de ser a la vez occidental y mujer –extraviada en un hormiguero de burócratas, subyugada además por la muy japonesa belleza de su superior directa, con la cual tiene unas relaciones de franca perversidad–, sufre una cascada de humillaciones.

 

 

 

POR AMÉLIE NOTHOMB

 

El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie.
Podríamos decirlo de otro modo. Yo estaba a las órdenes de la señorita Mori, que estaba a las órdenes del señor Saito, y así sucesivamente, con tal precisión que, siguiendo el escalafón, las órdenes podían ir saltando los niveles jerárquicos.
Así pues, en la compañía Yumimoto yo estaba a las órdenes de todo el mundo.

El 8 de enero de 1990, el ascensor me escupió en el último piso del edificio Yumimoto. El ventanal, al fondo del vestíbulo, me aspiró como lo habría hecho la ventanilla rota de un avión. Lejos, muy lejos, se veía una ciudad tan lejos que dudaba haberla pisado jamás.
Ni siquiera se me ocurrió pensar que fuera necesario presentarme en la recepción. En realidad, no me rondaba la cabeza ninguna ocurrencia, sólo la fascinación por el vacío, por el ventanal.

A mis espaldas, una voz ronca acabó por pronunciar mi nombre. Me di la vuelta. Un hombre de unos cincuenta años, bajo, delgado y feo, me miraba con desagrado.

–¿Por qué no le ha comunicado su llegada a la recepcionista? –me preguntó.

No supe qué contestar y nada contesté. Incliné la cabeza y los hombros, constatando que en tan sólo diez minutos, sin haber pronunciado ni una palabra, ya había causado una mala impresión en mi primer día en la compañía Yumimoto.

El hombre me dijo que se llamaba señor Saito. Me pidió que le siguiera por innumerables e inmensas salas, en las que me presentó a multitud de personas, cuyos nombres yo iba olvidando a medida que él los iba pronunciando. Luego me hizo pasar al despacho de su superior, el señor Omochi, que era enorme y espantoso, lo cual confirmaba su condición de vicepresidente.

A continuación, me señaló una puerta y, con tono solemne, me anunció que, tras ella, estaba el señor Haneda, el presidente. Ni que decir tenía que no debía pasárseme por la cabeza la posibilidad de conocerlo.
Finalmente, me guió hasta una gigantesca sala en la que trabajaban unas cuarenta personas. Me indicó cuál era mi sitio, situado justo frente al de mi inmediata superiora, la señorita Mori. Esta última asistía a una reunión en aquel momento y se reuniría conmigo a primera hora de la tarde.
El señor Saito me presentó rápidamente a la asamblea. Y a continuación me preguntó si me gustaban los retos. Estaba claro que no tenía derecho a responder con una negativa.

–Sí –dije.
Fue la primera palabra que pronuncié en la empresa. Hasta aquel momento me había limitado a inclinar la cabeza.
El «reto» que me propuso el señor Saito consistía en aceptar la invitación de un tal Adam Johnson para jugar juntos al golf el domingo siguiente. Yo tenía que escribir una carta en inglés dirigida a dicho señor para comunicárselo.

–¿Quién es Adam Johnson? –cometí la estupidez de preguntar.
Mi superior suspiró con exasperación y no respondió. ¿Acaso constituía una aberración no saber quién era Adam Johnson o, por el contrario, mi pregunta había pecado de indiscreción? Nunca lo supe –y nunca supe quién era Adam Johnson.
El ejercicio me pareció fácil. Me senté y redacté una carta cordial: el señor Saito se mostraba encantado con la idea de jugar al golf el próximo domingo con el señor Johnson y le transmitía sus más cordiales saludos. Se la llevé a mi superior.
El señor Saito leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:

–Repítala.

Pensé que quizás había sido excesivamente amable o familiar con Adam Johnson y redacté un texto frío y distante: el señor Saito acusaba recibo de la decisión del señor Johnson y, conforme a sus deseos, jugaría al golf con él.
Mi superior leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:

–Repítala.

Sentí la tentación de preguntarle en qué me había equivocado, pero como su reacción a mi investigación respecto al destinatario de la carta ya había demostrado, parecía evidente que mi jefe no toleraba las preguntas. Así pues, debería averiguar por mi cuenta qué clase de lenguaje utilizar con el misterioso Adam Johnson.

Pasé las horas siguientes redactando cartas dirigidas al jugador de golf. El señor Saito marcaba el ritmo de mi producción rompiéndolas, sin más comentario que aquel chillido a modo de estribillo. Cada vez me veía obligada a inventar una nueva formulación.

Aquel ejercicio tenía un lado «Hermosa marquesa, vuestros divinos ojos me matan de amor» que no dejaba de tener su encanto. Exploré categorías gramaticales mutantes: «¿Y si Adam Johnson se convirtiera en verbo, próximo domingo en sujeto, jugar al golf en complemento directo y el señor Saito en adverbio? El próximo domingo acepta encantado adamjohnsonizar un jugar al golf señorsaitomente. ¡Chúpate ésta, Aristóteles!»

Empezaba a divertirme cuando me interrumpió mi superior. Rompió la enésima carta sin siquiera leerla y me comunicó que la señorita Mori acababa de llegar.

–Esta tarde trabajará usted con ella. Mientras tanto, tráigame un café.

Ya eran las dos de la tarde. Mis ejercicios epistolares me habían absorbido tanto que ni siquiera se me había ocurrido hacer la más mínima pausa.
Dejé la taza sobre la mesa del señor Saito y me di la vuelta. Una chica alta y grande como un arco se dirigía hacia mí.

Siempre que pienso en Fubuki me viene a la mente el arco nipón, más alto que un hombre. Por eso bauticé la empresa «Yumimoto», es decir: «las cosas del arco».
Y cuando veo un arco, siempre me viene a la mente Fubuki, más alta que un hombre.

–¿La señorita Mori?

–Llámeme Fubuki.

Yo ya no escuchaba lo que me decía. La señorita Mori medía por lo menos un metro ochenta, una altura que pocos varones japoneses alcanzan. Pese a la rigidez nipona a la que tenía que sacrificarse, era una mujer esbelta y absolutamente cautivadora. Pero lo que me dejó de piedra fue el esplendor de su rostro. Ella me hablaba, yo escuchaba el sonido de su voz, dulce y rebosante de inteligencia. Me mostraba los expedientes, me explicaba cuál era su contenido, sonreía. No se daba cuenta de que no la estaba escuchando.
A continuación me invitó a leer los documentos que había reunido sobre mi mesa, situada frente a la suya. Se sentó y se puso a trabajar. Dócilmente, hojeé aquellos papeluchos que ella había preparado para que yo los estudiara. Se trataba de liquidaciones de pago, listados.

Dos metros más allá, el espectáculo de su rostro continuaba siendo cautivador. Inclinados sobre aquellas cifras, sus párpados le impedían percatarse de que la estaba observando. Tenía la nariz más hermosa del mundo, la nariz japonesa, esa nariz inimitable, de inconfundibles y delicadas aletas. No todos los japoneses poseen ese tipo de nariz, pero si alguien la tiene sólo puede ser de origen nipón. Si Cleopatra hubiera tenido una nariz así, la geografía del planeta se habría enterado de lo que vale un peine.
Por la tarde, hubiera resultado mezquino pensar que de nada me habían servido las aptitudes por las que había sido contratada. Al fin y al cabo, lo que yo deseaba era trabajar en una empresa japonesa. Y en eso estaba.

Tenía la sensación de haber pasado una excelente jornada. Los días que siguieron confirmaron aquella impresión.
Seguía sin saber cuál era mi misión en la empresa; pero no me importaba. Al señor Saito yo le parecía una persona desconcertante; eso todavía me importaba menos. Estaba encantada con mi colega. Su amistad me parecía una razón más que suficiente para pasar diez horas diarias en la compañía Yumimoto.

Su piel, a la vez pálida y mate, era idéntica a la que con tanto acierto describe Tanizaki. Fubuki encarnaba a la perfección la belleza nipona, con la asombrosa excepción de su altura. Su rostro recordaba el «clavel del antiguo Japón», símbolo de la noble doncella de antaño: culminando aquella inmensa silueta, parecía destinado a dominar el mundo.

Yumimoto era una de las mayores empresas del universo. El señor Haneda dirigía el departamento Import-Export, que compraba y vendía todo lo imaginable a través del planeta. El catálogo Import-Export de Yumimoto era la versión titánica de los inventarios de Prévert: desde ementhal finlandés hasta sosa de Singapur, pasando por fibra óptica canadiense, neumático francés y yute de Togo, nada escapaba a su radio de influencia.

En Yumimoto el dinero superaba lo humanamente imaginable. A partir de cierta acumulación de ceros, los importes abandonaban el dominio de las cifras para entrar en el territorio del arte abstracto. Me preguntaba si, en el seno de la empresa, existía algún ser capaz de alegrarse de haber ganado cien millones de yens o de lamentar la pérdida de una suma equivalente.
Al igual que los ceros, los empleados de Yumimoto sólo adquirían algún valor cuando se situaban detrás de otras cifras. Todos menos yo, que ni siquiera alcanzaba la categoría de cero.

Los días transcurrían y yo seguía sin servir para nada. Aquello no me molestaba demasiado. Me parecía que se habían olvidado de mí, lo cual no me desagradaba. Sentada ante mi mesa, leía y releía los documentos que Fubuki había puesto a mi disposición. Su carencia de interés era prodigiosa, a excepción de uno, una relación de todos los miembros de la compañía Yumimoto: en él figuraban sus nombres, apellidos, fecha y lugar de nacimiento, nombre del cónyuge eventual y de los hijos con, en cada caso, la fecha de nacimiento.
En sí mismas, aquellas informaciones no contenían ningún elemento especialmente fascinante. Pero cuando uno está hambriento, un mendrugo de pan puede resultar de lo más apetitoso: en el estado de desocupación y de inanición en el que se hallaba mi cerebro, aquella lista me parecía tan suculenta como una revista de chismes. De hecho, eran los únicos papeluchos que entendía.

Para fingir que estaba trabajando en aquellos documentos, decidí aprendérmelos de memoria. Contenían un centenar de nombres. La mayoría estaban casados y eran padres o madres de familia, lo cual dificultaba todavía más mi tarea.
Estudiaba: mi rostro estaba ora inclinado sobre aquel material, ora erguido para poder recitarlo desde el interior de mi cámara oscura. Cuando levantaba la cabeza, mi mirada siempre se posaba sobre el rostro de Fubuki, sentada frente a mí.

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