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Esther Díaz, la filósofa punk

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Las memorias de una filósofa plebeya. Madre, mujer golpeada, divorciada, nómada. En este libro (Ariel, 2019) repasa en primera persona fragmentos elegidos de su vida y, atándose a la promesa de no traicionar su deseo de parresía, dice la verdad sin medir las consecuencias. No es un relato cronológico sino uno organizado a partir de los traumas que le tocó atravesar, de las huellas que fue dejando en su cuerpo la violencia: por ser mujer, por ser una mala madre, mala esposa, por desear (y seducir) a hombres más jóvenes. En una palabra: por no conformarse a los mandatos de su época. Autorretrato de una mujer excepcional, Filósofa punk es un libro de un dolor y una libertad insondables. Este sábado 6 de abril presenta la autora su libro junto a Juan Carlos Kreimer y Lux Moreno en La Dain, Usina Cultural, Thames 1905. 

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Capítulo 1

Despertares

Nueva vida

El acontecimiento, lo que marca un antes y un después, es cuando dejo de ser mujer y comienzo a convertirme en cerdo. Es invierno, amanece, llego temprano a la sede de Paseo Colón. Todavía no hay alumnos. El bedel de guardia me entrega un sobre a mi nombre. Entre los ventiluces mal cerrados se cuela música de una casa vecina. La letra apenas se escucha, pero conozco el tango. Voy camino a los 50, punto y coma de la vida. Sin pensar, sin darme cuenta: cerca del punto final […] Me da bronca cuando pienso que ya está, que esto fue todo, y que sigo estando solo por mi modo de pensar. Subo la escalera, baja la música. Pero queda sobrevolando el fantasma de esa edad. Siempre pensé que los cincuenta eran el comienzo de la muerte.

Levemente perturbada, abro distraída el sobre que me acaban de entregar. Pomposa invitación a la celebración de los cincuenta años de una biblioteca. Me fijo en la fecha: 1939, el año de mi nacimiento. ¡Y estamos en 1989!¿Entonces estoy por cumplir 50? ¡Pero si tengo 48! ¿No? ¿Cómo? ¿Nunca tuve 49? Es como si el tiempo se burlara de mí. Frente al escritorio destartalado miro desolada los pupitres sin vida, los vidrios sucios, los puntitos de polvo flotando entre los primeros rayos de la mañana, y recuerdo. Una luz cenital cae impiadosa. Desde bambalinas, la hermana Inocencia me da un empujoncito y me manda al frente. Me acomodo sobre mis pies descalzos y miro enceguecida al público. Cuando se van delineando las siluetas, trago saliva y comienzo: ¡Qué miedo me causa esta soledad! ¿Qué dirán mis padres de mi ausencia? ¿Y si me vieran? Y no recuerdo más. Con esas palabras comenzaba una representación para las monjas mercedarias en el Sofía Bunge de Ituzaingó. Rulos, ojos bien abiertos y camisón de muselina verde. Tengo 2 años y medio. Estoy en el proscenio. Debo recitar un versito, recostarme junto a un árbol de papel maché y hacerme la dormida. Entrarían hadas envueltas con tules que, desde el vértice de sus bonetes, caerían en cascada multicolor. Bailarían, cantarían. Llevarían canastitas con ramilletes de anémonas, lavanda y tomillo. Pero eso no ocurrirá si yo no recito mi versito dándoles pie a las hadas. El cono de luz me impide distinguir a quiénes me estoy enfrentando. Aunque poco a poco comienza a revelarse. Por primera vez estoy sola en un escenario frente a un público silencioso y numeroso. Repetición y diferencia a través de mi existencia. Levanto un dedo admonitorio y digo resuelta: ¡Escuchad con atención el cuento que voy a contar! ¡Ay, no, me equivoqué! La carcajada colectiva se proyecta como una tromba. Deseo huir, pero me quedo así, con el índice en el aire. Desconcertada, atrapada, sin refugio. Ese instante es mi eternidad existencial y retorna cada vez que me siento humillada.

Hoy, cuarenta y tantos años después de aquella representación, descubro, en esta aula de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que no sabía mi edad. Mejor dicho, que me faltan días para cumplir esos años que negaba. Confieso que he mentido, aunque no era consciente de mi falsedad. Siento vergüenza como en el Sofía Bunge. Pero lo peor no es haber descubierto mi autoengaño, sino devenir cerdo. Perros, ratas y una enormidad de gatos merodeaban por el lugar, porque allí los feriantes del mercadito, que forma esquina, vuelcan los desperdicios. Como la curiosidad es más fuerte que el miedo, los amigos avanzaron unos metros. Oyeron, primero en conjunto y luego distintamente, injurias, golpes, ayes, ruidos de hierros y chapas, el jadeo de una respiración. De la penumbra surgían a la claridad blancuzca, saltarines y ululantes muchachones armados de palos y hierros, que descargaban un castigo frenético sobre un bulto yacente en medio de los tachos y montones de basura. Alguien entrevió caras furiosas, notablemente jóvenes, como enajenadas por el alcohol de la arrogancia. Otro dijo por lo bajo: “El bulto ese es el diarero don Manuel”. Se podía ver que el pobre viejo estaba de rodillas, el tronco inclinado hacia adelante, protegida con las manos ensangrentadas la cabeza destrozada que todavía procuraban introducir en un tacho de residuos. Don Manuel era un cerdo, alguien que ya había traspasado los 50. Eso lo convertía inexorablemente en víctima de los jóvenes, como si fuera una ley de la naturaleza aplicada a la cultura. Salen a cazar viejos. A hostigarlos hasta matarlos.

A sus 53 años, Bioy Casares escribió Diario de la guerra del cerdo. Esa mañana embarazada de ausencias, sonsonetes y ritornelos, punto y coma de la vida, fue una bisagra. No sospechaba entonces que veintiocho años más tarde de que aquel bedel me entregara un sobre en 1989 y más de setenta y cinco años después de la función en el convento en 1941, evocaría todo eso hoy, en 2018. Cuando estaba por cumplir 50 tenía un amigo muy amigo: Mario, perfil de águila, colorado, compendio de delicadezas y maldades; el espejo en el que me reflejaba. Éramos inseparables. Cada uno poseía copia de las llaves de la casa del otro. Él había formado pareja hacía pocos meses y yo me había puesto de novia con Roberto, veintiséis años menor. Mario y yo teníamos fantasías orgiásticas. Planeábamos hacer fiestas donde ocurriera de todo. La compulsión sexual nos asediaba. Hacía un año que Menem había asumido como presidente. La marea neoliberal comenzaba a inundar el país, pero nosotros todavía no habíamos tomado conciencia. O éramos inconscientes. Estábamos hambrientos de experiencias inéditas. No aceptábamos que un día fuese igual al otro. Necesitábamos vértigo. Cazadores solitarios en la selva salvaje de la vida. Era la jefa de Mario, pero en la cotidianeidad nos manejábamos como pares. Producíamos, competíamos, estudiábamos, trabajábamos, nos estimulábamos y amábamos a los muchachos. Aquella mañana de la invitación y el aula vacía Mario no estaba. En apariencia, no había nada que pudiera cachondearme.

Sin embargo, acicateada por la verdad que acababa de descubrir, recuerdo que se me despertó el deseo. Otra vez la compulsión. Quería cogerme a todos los hombres. No solo a los que me gustaban: a todos. Quería tomarme todas las drogas. No solo las pocas que conocía, también las que me faltaba conocer. Y por sobre todas las cosas quería hacer un ménage à trois, ménage à quatre, ménage à todo. Decidimos organizar una pequeña reunión en casa de Mario para concretar esas fantasías. Seríamos dos mujeres y dos varones. A ellos no les dijimos nada. Simplemente los invitamos a comer. ¿Qué llevamos? Nada, con ustedes es suficiente. Ahora me doy cuenta de que esperábamos una especie de milagro, pero tomamos ciertos recaudos: les pedimos a nuestros respectivos novios que no estuviesen presentes. Cenamos con vino tinto. Tomamos whisky importado, consumimos cocaína; también había marihuana. Después de comer bajamos las luces, pusimos música, salimos al balcón, bailamos. “Il y à de l’ambiance.” A eso de las tres de la mañana, apareció la pareja de Mario y nos cortó el mambo. Entró agresivo, no con todos, sino conmigo. Satirizaba mi relación con Roberto. Me refregaba la diferencia de edad con una crueldad que me dejaba sin aliento. Ignoro cuánto tiempo duró el asedio. Los invitados —psicoanalistas— se mantuvieron impertérritos. Yo miraba para todos lados como buscando refugio. Pero era evidente que los profesionales del silencio no se meterían y Mario, lejos de aliarse conmigo, disfrutaba el acoso. La inesperada reacción de mi amigo me sorprendió y me llenó de amargura. Una sonrisa mínima, de satisfacción, flotaba entre sus pecas. Sonrisa sin rostro que dolía más, mucho más, que los ultrajes de su chongo. Decidí irme. Zigzagueé por la calle, pero avanzaba. Me encontré con un policía y le hablé. Dije algunas incoherencias, quizás un comentario sobre el clima. Me devolvió miradas sobradoras. Presentí el peligro y seguí caminando. A pocas cuadras, me crucé con otro policía. También le hablé y me miró con sorna. Más adelante apareció un tercero. El mismo trámite. Ahí cobré conciencia de que se estarían avisando entre ellos que había una femenina reventada que andaba circulando. Temí que me detuvieran. Apareció un taxi, me abalancé. Portazo. Creí que me había salvado, aunque no sabía bien de qué. Adentro del auto me sentí sucia, muy sucia. ¿Tan mal estoy que intento levantarme a los vigilantes?

De niña fui testigo de la ignominia de esa gente: una noche de carnaval se habían llevado preso a mi papá por haberse disfrazado de San Francisco. Vestía una salida de baño larga, marrón, y llevaba alas de ángel. Un palito largo por debajo de la ropa le llegaba hasta la coronilla y sostenía un aro plateado (ignoro su origen) que orlaba su cabeza como la de un santo de estampita. ¿El detalle que lo condenó? En la soga que le servía de cinturón, en lugar de hacer nudos, colgó una escupidera. A mi papá lo arrestó el mismo agente que todas las mañanas le daba charla mientras vendía diarios y tomaban mate. Pero ¿cómo, amigo?, le dijo papi. Nada de amigo. Yo a usted no lo conozco, le contestó el uniformado. Y marche preso. Un cuarto de siglo después, cuando mi hija comenzó a estar mal, más de una vez fue violada por alguno de ellos; después me llamaban por teléfono para que la fuera a buscar a la comisaría. ¿Y yo les hablé a individuos de esa calaña? Me avergonzaba más eso que todo lo que había ocurrido aquella noche, que en realidad no pasó de una intoxicación grupal. Pensé que nada tenía sentido, que había que terminar con todo.

¿Quién no estuvo alguna vez sentado con angustia ante el telón de su propio corazón?

Desde mis 25 años me persiguen fantasmas de suicidio. Pero hasta esa noche nunca había intentado nada. Esa madrugada toqué un fondo oscuro. Sin embargo, como quien se ha hundido y emerge de repente, me di una mínima chance. Compré medialunas y el diario, y fui a casa. No había nadie. Preparé mate. No lograba reponerme de la humillación. Mi hijo hacía rato que se había mudado del hogar compartido. Mi hija, estragada por las drogas y con un brote psicótico, no aceptaba tratamientos. Bajo presión comenzó a asistir a sesiones de terapia familiar. Ella, yo y el analista, que era médico. Un día llegó tarde a la sesión. Nos explicó con lujo de detalles cómo, dónde y qué sustancia se había inyectado. Nos mostró las venas con los pinchazos. El, ¿cómo llamarlo?, ¿profesional? empalideció y comenzó a agitar la pierna derecha que tenía cruzada sobre la otra. Parece que se puso nervioso, doctor, le dijo Fabiana sobradora. El tipo nos echó, no sin antes reclamar su pago, por supuesto. Acudí a otros psiquiatras y psicólogos en busca de ayuda. Ella se resistía. Una vez llevé uno a mi casa diciéndole que era un amigo. Cuando lo vio le dijo: Vos sos un psi y si no te vas ya mismo te tiro un cenicero por la cabeza. Salió corriendo como una rata. Yo detrás de él. Extendió la mano para que le pagara sus honorarios, después de lo cual me gritó con vos de pito: ¡Nunca más quiero ver a esa chica! De Sedronar mejor no hablar.

Pedí una entrevista, les planteé el problema y las resistencias de Fabiana a los tratamientos, me dijeron: Señora, échela, es su casa. Seguí intentando soluciones hasta que un médico de la obra social de la Universidad de Buenos Aires (DOSUBA) me extendió una orden de internación. Pero me choqué con un obstáculo infranqueable. Para ese entonces ella había cumplido 21 años y amenazó al director de la clínica reclamando un abogado. También ahí nos dijeron que no volviéramos. Fabiana nunca me perdonó que haya querido encerrarla. Yo tampoco me lo perdono. Para completar los malestares de esos tiempos, hacía unos meses que me habían echado de una cátedra que amaba. Era titular de otra, pero no era lo mismo. Vientos y mareas. La incertidumbre académica me seguía asolando. Dormía en los cajones mi tesis. No me llamaban a defenderla, ya habían pasado doce meses. La convicción de que nunca lograría alcanzar mi posgrado no era la menor de mis preocupaciones de esa madrugada. En ese estado me acordé de que, en el baño, detrás del espejo, había cincuenta pastillas de Lexotanil. ¡Qué coincidencia! también eran cincuenta, como la cantidad de años que me perturbaba. Busqué la caja y la llevé a mi escritorio, el mismo en el que ahora —tanto tiempo después— estoy escribiendo. La apoyé sobre el diario que no lograba leer. Comencé a tomar las pastillas. Una a una, despacio. Sentía cómo se demoraban un instante en la garganta y luego bajaban. Las tragaba con la misma tranquilidad con que tomaba mate. Una pastilla, una chupada, una pastilla, una chupada. Se escuchaban los trinos de los pájaros madrugadores de la reserva ecológica. De pronto —no sé por qué— quise apresurar el trámite. Comencé a ponerme de a varias pastillas en la mano, me las metí en la boca y seguía empujándolas con mate. Cuando se terminaron me di cuenta de que era difícil que muriera con esa dosis.

Me puse de pie, fui a la puerta de entrada y la destrabé, como Leopoldo Lugones. Dos meses antes había ido con Roberto a El Tropezón, la posada náutica que Lugones eligió para matarse. Ciento veinte minutos en lancha desde Tigre hasta el Paraná de las Palmas. Al llegar al cruce de los ríos se amplía el alma. Una plancha azul tan calma como profunda. Parecería que se puede caminar sobre ella. Arribando a la isla aparecen coquetas las magnolias perladas y a su sombra se amontonan hortensias, alelíes y gualdas. Dicen que en el caso de Lugones la sangre llegó al río: se reventó por dentro. Yo ignoraba un detalle: antes de tomar el cianuro había dejado la puerta sin llave. Me pareció un gesto delicado y, con mayor o menor grado de conciencia, ese amanecer hice lo mismo. Destrabé la cerradura y dejé la llave puesta. Fui al baño y llené la bañera. Me senté del lado de afuera, sobre el piso, apoyé los dos brazos en el borde y hundí la mano izquierda en el agua. Con tres dedos de la derecha sostenía una hojita de afeitar. Apoyé sobre la piel y apreté con miedo. Un ligero temblor me agitaba los dedos. No es tan fácil como parece en las películas. Pero algo logré. De la muñeca brotó un hilito, viboreaba rojo, dibujaba meandros. Di una última pitada al porro y perdí la conciencia

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