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Errantes, de Florencia Etcheves

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En este thriller, Florencia Etcheves hace gala de lo que sabe. Toma las armas de la periodista para ir tras cuatro muertes de lo más sospechosas y una clave: la memoria. Tres suicidios de adolescentes y la muerte de una niña cuarenta años atrás resultan los disparadores de una novela más que negra, negrísima. Errantes (Planeta) esconde un secreto. Aquí el comienzo.

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Ocho años antes, en Sanuribe, provincia de Buenos Aires, la tierra arrojó a la superficie un secreto. La novedad duró veinticuatro horas y muy pocos se enteraron. Los huesos humanos que se encontraron durante la construcción de la ruta que conectaría el pueblo con la ciudad más cercana no fueron lo suficientemente importantes como para frenar el progreso y la pujanza que significó llegar en auto de un lugar a otro. Algunos testigos sintieron que el hallazgo era un incordio. Otros lo vieron como un simple retraso. Uno solo de ellos interpretó que se trataba de una maldición.

 

Apenas llegó al canal de televisión para grabar su programa, apoyó con impaciencia el dedo en el sensor que leía las huellas digitales, esperó unos segundos hasta que la pantallita luminosa mostrara su nombre y apellido, y corrió el torno de metal con el hueso de la cadera. Luego pasó por la sala de maquillaje para que su aspecto fuera el que se pretendía del otro lado de la pantalla y repitió, frente a la cámara, las frases que su producción había elaborado. Eran los pasos de su rutina diaria. Podría haberse ido. Bastaba con regresar hasta el estacionamiento del canal, subirse al auto y manejar la media hora que la separaba de su casa. Y, como la mayoría de las veces, dejar los zapatos de tacones altísimos tirados en el medio del living, mordisquear los restos de comida de la noche anterior y tirarse en el sillón de cuero negro a mirar alguna serie por Netflix. Pero nada de eso sucedió. La culpa la tuvo la foto, de eso no le quedaron dudas. Y un poco Sonia, su madre. Esa mañana, Carmen había tenido que salir corriendo del gimnasio. La llamada telefónica la había sorprendido en el vestuario, ni siquiera llegó a entrar en la sala de aparatos. Antes de atender, sin excepción, miraba la pantalla del teléfono. No se detenía en llamados que salían como privados ni en los números que no reconocía, tampoco hablaba con compañeros de trabajo ni con sus amigas. En definitiva, la función de hablar con el otro, existiendo WhatsApp, le resultaba innecesaria. Salvo que llamara su madre, por eso atendió. 

—¿Sos mi hija? Hola, hola. ¿Sos vos? 

Como siempre, la voz de Sonia se escuchaba angustiada. Usaba el teléfono únicamente para pedir ayuda, cosa que sucedía cada vez más seguido. 

—Sí, mamá, soy yo —contestó Carmen mientras con la mano que le quedaba libre se acomodaba las calzas de licra—. ¿Dónde estás? Se escucha bastante mal. 

—No sé —contestó. 

Nadie tenía tanta convicción como ella cuando ignoraba algo—. Hay dos verdulerías, cuatro líneas de colectivo que pasan por la puerta, la acera tiene treinta y dos baldosas grises y seis marrones. Yo estoy parada en la puerta de una panadería. Carmen entrecerró los ojos tratando de armar un mapa imaginario con la información que acababa de darle su madre. 

—¿Llegás a leer el cartel de la calle, mami? —preguntó. 

—Dos A, dos L, una C y una O —respondió con entusiasmo; acto seguido, murmuró—: Dieciséis figazas, catorce medialunas, ocho tortitas negras… 

«Callao», pensó Carmen. Sonia estaba en la panadería de la esquina de su propia casa. Con una paciencia que últimamente le costaba más sostener, la dejó terminar con el recuento de lo que veía en la vidriera y le rogó que no se moviera del lugar. 

El cerebro de su madre estaba atascado desde hacía rato. Nadie podía precisar en qué momento exacto había dejado de funcionar, pero Carmen recordaba como origen, aunque en verdad no lo eran, dos situaciones alarmantes, una detrás de otra. La primera tuvo lugar un domingo de invierno. Sonia cumplía años y había decidido cocinar para su hija y Rebeca, una vecina encantadora que le había contagiado las costumbres del judaísmo. Una vez por semana iban juntas a una sinagoga de Once, compartían la cena de Rosh Hashaná y en los últimos tiempos pasaban las tardes intentando aprender hebreo con unos libros viejísimos que los hijos de Rebeca habían usado de niños en el colegio. A Sonia siempre le había gustado cumplir años, lo vivía como una especie de triunfo ante vaya a saber uno qué desafío. «Te gané, te gané», murmuraba durante todo el día, el único al año en el que se dejaba abrazar y besar. Durante el resto, su cuerpo parecía estar rodeado de un muro invisible, inviolable. 

Los 4 de agosto la frontera se abría y Carmen podía tocar a su madre. Sonia había preparado la mesa con esmero. Sobre un mantel blanco estaban acomodados los tres platos de cerámica color azul con sus respectivos cubiertos; unas copas de cristal que, según ella, Rebeca había traído de Israel; una panera de plata colmada de rodajas de pan cortadas a la perfección y un jarrón lleno de flores de colores. Carmen entró en la casa de su madre y aprovechó el día de gracia en el que podía darle un abrazo y estamparle dos besos sonoros en las mejillas. Rebeca había llegado un rato antes. Se la notaba incómoda, no sacaba los ojos de la mesa. Sonia estaba exultante, como cada 4 de agosto. Hablaba sin parar, se reía y hacía muecas frente a un espejo con el sombrero que su hija le había llevado de regalo. 

—Mamá, pusiste flores. ¡Qué lindo! —exclamó Carmen. 

Rebeca abrió la boca como para hacer algún comentario, pero de inmediato se arrepintió y optó por el silencio. Algo estaba mal. Carmen se acercó a la mesa y, con cuidado, levantó unos centímetros el ramo de flores. Acercó la nariz al jarrón de vidrio y dijo con un tono suave: —Mamá, en el florero hay vino. 

Sonia arrugó el ceño y negó con la cabeza. Se pasó las manos por el vestido de seda color azul mientras evaluaba una respuesta. 

—Me distraje, debe haber sido eso —concluyó. 

La segunda situación tuvo lugar en el bar en el que Carmen solía tomar café con su madre. Aquella tarde soleada, Sonia no hizo nada extraño. Pidió como siempre su café en jarrito, con la crema aparte; eligió una porción de budín de naranjas y le dijo a la moza que el vaso de soda que solía acompañar el pedido tenía que ser de agua sin gas. Todo lo anormal vino luego, de la mano de las palabras. Su relato, aunque coherente, dejó de tener nombres propios: usaba «esa mujer tan amorosa» para referirse a Rebeca, su vecina y amiga, y «el hombre alto de la puerta» para mencionar a Luis, el encargado de su edificio. De la noche a la mañana, su madre había dejado de deletrear con tino el mundo. Las supuestas distracciones de Sonia se convirtieron de a poco en algo frecuente: objetos perdidos que aparecían, luego de meses, en lugares insólitos; personas a las que olvidaba o confundía con una solución de continuidad pasmosa; historias y frases que repetía una y mil veces, historias que ya no recordaba, historias que inventaba. Carmen no sabía qué hacer con eso y, por ignorancia o comodidad, tomó el peor de los caminos: se convirtió en cómplice de los disparates de su madre y optó por hacerse también la distraída, incluso más que ella. Cuando iba a visitarla, se dedicaba a sacar libros de la heladera y a acomodarlos en la biblioteca; revisaba el cubo de basura sabiendo que encontraría algún vaso o cepillo del pelo; aceptaba llamar Juana a Mabel, la señora de la limpieza. Fue así que empezó a usar las mentiras como si fueran un tranquilizante eficaz. Volvió a repasar el llamado de su madre: estaba en una calle en la que había dos verdulerías, en la puerta de una panadería y podía leer el cartel que decía «Callao». «¿Por qué está ahí y no en su casa?», pensó. Sonia había perdido muchas cosas a lo largo de su vida, pero la obediencia era algo que conservaba, como se conserva el color de los ojos o las manchas de nacimiento. Acatar órdenes era algo que la regía como un faro en medio del océano. Carmen le había dicho que no se moviera y no se movió. Siguió parada en la misma esquina desde la que había llamado a su hija. Estaba vestida con una falda recta de pana color marrón que le llegaba justo debajo de las rodillas, una camisa de seda blanca cerrada hasta el cuello y unas botitas de cuero cortas y de tacón bajo. Hacía casi un mes que Sonia se vestía de la misma manera. Después de tres días de berrinches en los que se había negado a quitarse esa ropa hasta para dormir, Carmen optó por una solución tan práctica como eficaz: le compró tres faldas, cuatro camisas y dos pares de botas exactamente iguales. 

—Mamá, ¿estás bien? —preguntó mientras bajaba a los apurones del auto que había estacionado en doble fila. Sonia levantó la cabeza y la miró llena de dudas, como quien intenta recordar. 

—Soy Carmen, acá estoy. Vamos para tu casa. La mujer mitad memoria y mitad olvido sonrió y estiró el brazo derecho. Había cerrado el puño con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. 

—¿Qué tenés ahí, mamá? A ver, abrí la mano —preguntó Carmen mientras intentaba separar los dedos flacos de su madre. 

—Las llaves de casa —contestó Sonia con voz ronca, mientras le mostraba el objeto a su hija con gesto triunfante. Carmen respiró hondo y largó el aire despacio, una técnica que solía usar para evitar que los ojos se le inundaran de lágrimas. 

—Mamá, no son las llaves. Es el pelapapas. 

Durante unos segundos se quedaron quietas mirando el pelapapas de metal con mango de plástico azul, como si la potencia de los ojos de ambas pudiera convertirlo en llaves. Fue Carmen la que rompió ese instante de magia fracasada. 

—Vamos a tu casa, vas a estar bien. 

—No es necesario que me mientas, hija querida, aunque aprecio la cortesía.

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