Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

El sueño de una máquina de coser, de Bianca Pitzorno

En la Italia de principios de siglo xx, una jovencísima modista lucha por conquistar la independencia a la vez que es testigo de todo lo que acontece tras los muros de las mejores casas de la ciudad y aprende un oficio tan difícil como delicado. Desde su infancia, cuando acompaña a su abuela cada día a las casas para coser, asistimos a su formación como costurera experta y reclamada por las señoras de las casas importantes de la ciudad, con lo que se despliega una maravillosa galería de personajes, anécdotas y situaciones que configuran un complejo tapiz de la sociedad del momento. El sueño de una máquina de coser (Espasa, 2020) narra una historia de emancipación femenina que viaja perfectamente, con maravillosas descripciones y una voz narrativa que sorprenderá y fascinará a las lectoras de hoy.

 

 

 

 

POR BIANCA PITZORNO

 

 

 

Tenía siete años cuando mi abuela empezó a encargarme los acabados más sencillos de las prendas que cosía en casa para sus clientas durante las épocas en que no le pedían que fuera a trabajar a domicilio. Nos habíamos quedado las dos solas después de la epidemia de cólera que se había llevado, sin hacer distinciones de sexo, a mis padres, mis hermanos y hermanas y a todos los demás hijos y nietos de mi abuela, mis tíos y mis primos. Cómo conseguimos esquivarla nosotras dos todavía no me lo explico.

Éramos pobres, pero también lo éramos antes de la epidemia. Nuestra familia nunca había tenido nada, excepto la fuerza de los brazos de los hombres y la habilidad de los dedos de las mujeres. Mi abuela, sus hijas y cuñadas eran conocidas en la ciudad por su destreza y precisión en la costura y el bordado, por su honestidad, limpieza y fiabilidad en las tareas domésticas cuando servían en las casas de los señores, ya que tenían cierta gracia si hacían de camareras y además podían ocuparse de la ropa. Del mismo modo, casi todas eran buenas cocineras. Los hombres trabajaban a jornal como albañiles, mozos, jardineros. En nuestra ciudad todavía no había muchas industrias que emplearan obreros, pero la cervecera, el lagar, el molino y también los eternos trabajos de excavación para el acueducto solían necesitar mano de obra no especializada. Que yo recuerde, nunca pasamos hambre, aunque cuando no lográbamos pagar el alquiler de los modestos pisos en los que vivía la gente de nuestra clase debíamos cambiar a menudo de casa y amontonarnos durante un tiempo en alguno de los sótanos o los bajos del casco antiguo.

Cuando nos quedamos solas, yo tenía cinco años y mi abuela cincuenta y dos. Todavía era fuerte y podría haberse ganado la vida si hubiera entrado a trabajar en casa de alguna de las familias donde había estado empleada de joven y había dejado un buen recuerdo. Pero ninguna de ellas le habría permitido tenerme consigo, y ella no quería meterme en uno de los hospicios o albergues para huérfanos tutelados por monjas que había en la ciudad, pero que tenían una pésima fama. Incluso trabajando a media jornada no habría sabido dónde dejarme durante el día. Así que apostó consigo misma a que conseguiría mantenernos a ambas únicamente cosiendo, y le salió tan bien que no recuerdo haber pasado ninguna privación durante aquellos años. Vivíamos en una vivienda de dos cuartitos en el semisótano de un edificio señorial, en una calle estrecha y empedrada del casco antiguo, y pagábamos el alquiler en especies: limpiando diariamente el portal y las escaleras hasta el cuarto piso. Mi abuela tardaba dos horas y media cada mañana en hacerlo; se levantaba cuando todavía estaba oscuro, y, después de guardar el cubo, los trapos y la escoba, empezaba a coser.

Había arreglado con tanta dignidad y gracia uno de los dos cuartitos que podía recibir a las clientas que venían a traerle encargos y algunas veces a tomarse medidas para las prendas que confeccionaba, aunque casi siempre era ella quien acudía a sus casas con la ropa hilvanada sobre el brazo, envuelta en una sábana para protegerla, y el cojín de los alfileres atado, junto a la tijera, a una cinta que le colgaba sobre el pecho. En esas ocasiones me llevaba consigo después de recordarme mil veces que me debía quedar quieta en un rinconcito. Lo hacía porque no sabía con quién dejarme, pero también para que empezara a aprender con lo que viera.

La especialidad de mi abuela era la lencería: ajuares completos para casa, sábanas, manteles, cortinas, pero también camisas de hombre y de mujer, ropa interior, conjuntos de recién nacido. En aquella época, sólo algunos almacenes de mucho lujo vendían estas prendas de vestir ya hechas. Nuestras grandes rivales en este terreno eran las monjas del Carmelo, a las que se les daban muy bien los bordados. Pero mi abuela también confeccionaba vestidos de día y de noche, chaquetas, abrigos. Todo de mujer. Y, obviamente, reduciendo las medidas, de niño. De hecho, yo siempre iba bien vestida, limpia y correcta, a diferencia de las otras pequeñas andrajosas del callejón. Con todo, a pesar de su edad, a ella la consideraban una «modistilla», alguien a quien dirigirse para las cosas más sencillas y cotidianas. En cambio, en la ciudad había dos costureras realmente importantes, rivales entre sí, que atendían a las señoras más ricas y a la moda, y ambas tenían un taller de costura y varias empleadas. Recibían los catálogos con los figurines, y en algunos casos incluso los tejidos, de la capital. Encargarles que te confeccionaran un traje costaba una fortuna. Con ese dinero mi abuela y yo podríamos haber vivido cómodamente dos años, o quizá más.

Luego había una familia, la del abogado Provera, que incluso se hacía traer desde París los vestidos de baile y de ceremonia de su mujer y sus dos hijas. Una verdadera extravagancia, porque era sabido en la ciudad que para todo lo demás, incluido su propio guardarropa, el abogado Provera era muy avaro, a pesar de poseer uno de los patrimonios más importantes de la localidad. «Cuanto más dinero tienen, más locos están», suspiraba mi abuela, que de joven había trabajado para los padres de la mujer, también riquísimos terratenientes que para la boda habían equipado a su única hija, Teresa, con un ajuar extraordinario, digno de una heredera americana, traído igualmente de París, y le habían asignado una dote principesca. Pero, por lo visto, el yerno sólo estaba dispuesto a gastar en la elegancia de sus mujeres, no en la suya propia. Como todos los señores, el abogado acudía a un sastre para hombres para hacerse sus trajes, aunque el oficio de sastre era por completo distinto del nuestro: se usaban otros tejidos, el corte era diferente; también eran distintas las técnicas de cosido y las reglas de aprendizaje: no se admitía que ninguna mujer trabajara en ese terreno, tal vez porque por las exigencias del pudor les estaba vetado tocar los cuerpos masculinos para tomarles las medidas, no lo sé, pero se trataba de una vieja tradición. Dos mundos del todo separados.

 

 

 

 

 

 

 

Posteos Relacionados