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El puente de Clay

 

Tras el éxito de La ladrona de libros, el extraordinario best seller que conquistó a diez millones de lectores, diez años después, Markus Zusak vuelve con una saga familiar inolvidable y arrolladora, inspirada en el arte y la cultura clásica (Lumen).

 

En el principio hubo un asesino, un mulo y un chico, aunque esto no es el principio, es antes, soy yo, y yo soy Matthew, y aquí me tienes, en la cocina, de noche —la vieja desembocadura de la luz—, aporreando las teclas sin parar. La casa está sumida en el silencio.

Ahora mismo, todos duermen.

Estoy sentado a la mesa de la cocina.

La máquina de escribir y yo, yo y la vieja ME, como decía nuestro difunto padre que solía decir nuestra difunta abuela. En realidad, ella la llamaba “mi vieja y fiel ME”, pero yo nunca he sido muy dado a las florituras. A mí, si por algo se me conoce es por los moratones y el pragmatismo, la altura y la fuerza, las palabrotas y algún que otro arranque de sentimentalismo. Si eres como la mayoría, te preguntarás por qué iba yo a molestarme en hilar una frase y mucho menos a saber nada sobre poemas épicos o los antiguos griegos. A veces está bien que te subestimen de esa manera, pero aún está mejor cuando alguien se da cuenta. En mi caso, tuve suerte:

Para mí fue Claudia Kirkby.

También hubo un chico, un hijo, un hermano.

Sí, siempre hubo un hermano, y fue él —de nosotros, de los cinco— quien cargó con todo sobre los hombros. Como siempre, me lo contó tranquila y pausadamente y, por supuesto, no se equivocaba. Sí que había una vieja máquina de escribir enterrada en el viejo patio de un viejo pueblo de patios viejos, aunque más me valía contar bien los pasos o acabaría desenterrando el cadáver de una perra o una serpiente (cosa que hice, en ambos casos). Supuse que si la perra y la serpiente estaban allí, la máquina de escribir no podía encontrarse demasiado lejos.

Un perfecto tesoro sin piratas.

Cogí el coche al día siguiente de mi boda.

Salí de la ciudad.

Conduje toda la noche.

Atravesé kilómetros y kilómetros de vacío, y unos cuantos más.

El pueblo en sí era una dura y remota tierra de leyenda; se veía desde lejos. Estaba ese paisaje pajizo y esos cielos maratonianos. Lo rodeaba un páramo agreste sembrado de maleza y eucaliptos, y era cierto, joder si era cierto: la gente caminaba encorvada e inclinada. Ese mundo los había postrado.

Fue en la puerta del banco, junto a uno de los muchos bares, donde una mujer me indicó el camino. Era la mujer más recta del pueblo.

—Tuerza a la izquierda en Turnstile, ¿de acuerdo? Luego siga derecho unos doscientos metros y vuelva a torcer a la izquierda.

Era castaña, vestía bien —botas, vaqueros, una camisa lisa de color rojo— y entornaba un ojo al sol con encono. Lo único que la delataba era un triángulo invertido de piel en la base del cuello, fatigado, viejo y surcado, como el asa de un baúl de cuero.

—¿Lo tiene?

—Lo tengo.

—De todos modos, ¿qué número busca?

—El veintitrés.

—Ah, anda detrás de los viejos Merchison, ¿no?

—Bueno, para ser sincero, la verdad es que no.

La mujer se acercó más y en ese momento reparé en sus dientes, blancos y brillantes aunque amarillos, muy similares al insolente sol. Le tendí la mano al ver que se aproximaba, y ahí estábamos ella, yo, sus dientes y el pueblo.

—Matthew —me presenté.

La mujer se llamaba Daphne.

Volví al coche y, mientras tanto, ella le dio la espalda al cajero automático y caminó hacia mí. Incluso se había dejado la tarjeta, y se plantó a mi lado con una mano en la cadera. Yo estaba a punto de sentarme al volante cuando Daphne asintió, segura. Lo sabía. Era como si lo supiera casi todo, como una mujer al tanto de las noticias.

—Matthew Dunbar.

Lo dijo, no lo preguntó.

Ahí estaba yo, a doce horas de casa, en un pueblo que no había pisado en mis treinta y un años de vida, y parecía que todos hubieran estado esperándome.

Nos miramos largo rato, al menos unos segundos, de manera franca y directa. Varias personas aparecieron y pasaron de largo.

—¿Qué más sabe? ¿Sabe que he venido por la máquina de escribir?

Abrió el otro ojo.

Se midió con el sol del mediodía.

—¿La máquina de escribir? —Eso la dejó descolocada—. ¿De qué narices habla?

Aproximadamente en ese mismo momento, un anciano empezó a preguntarle a gritos si era suya la maldita tarjeta que estaba formando una maldita cola frente al maldito cajero, y Daphne corrió a recuperarla. Tal vez podría haberle explicado que en toda aquella historia había una vieja ME, de cuando en las consultas de los médicos se utilizaban máquinas de escribir y las secretarias aporreaban las teclas. Si le hubiese interesado o no, eso nunca lo sabré. Lo que sí sé es que sus indicaciones fueron precisas.

Miller Street:

Una tranquila cadena de montaje de amables casitas asándose al sol.

Aparqué el coche, cerré la puerta y crucé el crujiente césped.

Fue más o menos entonces cuando me arrepentí de no haber llevado a la chica con la que acababa de casarme —mejor dicho, la mujer, y madre de mis dos hijas— y, por supuesto, también a mis hijas. A ellas sí que les habría gustado aquello; habrían paseado, saltado y bailado por todas partes con sus piernas larguiruchas y sus melenas radiantes. Habrían hecho la rueda por el césped, gritando: “¡Y no nos miréis las braguitas, ¿vale?!”.

Menuda luna de miel:

Claudia estaba en el trabajo.

Las niñas estaban en el colegio.

Aunque hasta cierto punto me gustaba, claro; a una buena parte de mí le gustaba en buena parte.

Inspiré, espiré y llamé a la puerta.

Dentro, la casa era un horno.

Los muebles estaban achicharrados.

Los cuadros acababan de salir de la tostadora.

Tenían aire acondicionado. Estaba estropeado.

Hubo té y galletas de mantequilla, y el sol se aplastaba contra la ventana. También había sudor de sobra en la mesa. Goteaba de brazo a mantel.

En cuanto a los Merchison, eran gente hirsuta y honrada.

Eran un hombre de camiseta azul de tirantes, con unas imponentes patillas que parecían cuchillas de carnicero forradas de pelo, y una mujer llamada Raelene. La mujer llevaba pendientes de perla, rizos apretados y un bolso, y aunque vivía yendo eternamente a la compra, se quedó. En cuanto mencioné el patio y que podría haber algo enterrado en él, decidió que debía esperar. Cuando acabamos el té y de las galletas no quedaban más que migas, me situé frente a las patillas.

—Habrá que ponerse manos a la obra —dijo él, lisa y llanamente.

 

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