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El ojo y la flor, de Claudia Aboaf

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Esta nueva novela de Aboaf (Alfaguara), trata el reencuentro de dos hermanas, Juana y Andrea, en un mundo futuro donde el agua se ha retirado de los ríos y ocurre un éxodo masivo. Esta distopía (una realidad muy próxima) revela una existencia sin un elemento fundamental para la existencia. Por un lado, entonces, un sistema que se ha comido a sí mismo; por otro, la triste y desesperante tragedia del migrante.

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Vamos a contarles sin hundirte las astillas. Ni siquiera vas a enterarte de estas palabras. No van a dolerte, tampoco pueden traerte de vuelta.

¡Sacaste la cabeza de los planes torcidos, de la vejación reiterada! ¡Bravo, Juana!

Todo empezó cuando la mente de Juana aún comandaba su vida y padeció lo peor antes de crecerle las tetitas. El cuerpo chico de un hombre grande manejaba el suyo con cierta discreción, sin huellas. La arrastraba hasta la orilla del camarín de su madre en el teatro y la subía sobre la balsa improvisada con almohadones de pana. Partían juntos en una tempestad dislocada sin nadie que la rescatara. Todo se volvía cuerpo, y su mente quería huir del amasijo. Juana se veía sacudida entre truenos y olas que le estallaban encima. Entonces inventaba —quitada su pequeña vestimenta salvo las medias— cómo cortar los cables que la unían a su propio cuerpo; lo haría con el cuchillo que había sustraído del juego de cubiertos de plata. Y si la plata mata al vampiro, calculaba, podría detener ese corazón de buey que bramaba sobre el suyo ahogando su latido de trote liviano. Sería el metal justo para guillotinar el collar de ahorque con que el hombre la sujetaba y le sumaba una perla por noche mientras su madre actuaba. Pero cuando el hombre la molía y bombeaba su flujo de cascada, Juana creía que las olas altas espumosas la tragaban. Se ahogaba.

¡Juana, son los vestigios en los que el hombre te revuelca!

Se quedaba quieta en el camarín; así le había indicado su madre: quieta.

¡Quieta, Juana!

La madre la escondía en teatros oscuros o iluminados como un objeto valioso que ni ella tocaba. Entre olor a sudores y ropa usada; la ocultaba en esa vida nocturna de culturas remotas y territorios nebulosos. Y nunca le permitió ver una obra. Tampoco la que durara cuatro temporadas. No la sacó de aquel camarín más que para llevarla de vuelta a la casa donde su padre y su hermana dormían con las persianas bajas. Así, ni el maquillaje que el hombre chico usaba en la cara —ni su estatura— eran signos que supiera comprender. Quedaba suspendida de las conversaciones con otros pero acompañada de sonidos que llegaban al camarín amortiguados: voces sobresaltadas, efectos de oleaje y viento, golpazos, alguna música festiva, gritos breves o muy largos, metales sonoros.

¿Y no sabías pedir auxilio bajo la carga pesada del tipo, Juana?

Allí, en el camarín, revuelta como estaba entre parlamentos y retumbos, se volvía una salvaje: desnudada y encendida por un fuego antiguo. Había alertas esclavas por la fuerza bruta que sufría.

¡Juana, tenías que haber nacido para desenvolver tu infancia!, ¿pero qué era lo que te sucedía?

Nadie señaló al hombre corpulento, casi de su misma altura, que llenaba la boca de una nena mientras gárgaras guturales le enrojecían la cara y obtenía su ración humana. Nadie la señaló a ella como se señala una flor y se la nombra, y se admira su belleza sujeta del tallo, y se huele y se dice: este es el uso de la flor.

¿Y cuál era tu uso, Juana? ¿Un dulce masticable que se pega en los dientes, o un animalito doméstico que rasca con las uñas pero nadie le abre la puerta?

No estaba aún apalabrada.

Juana lloraba copiosamente. No hay una cantidad última de lágrimas, pero no manchan. Se fusionaban con otras humedades que salían de poros y orificios. Pero llorar hacía ruido. “No queremos los ruidos de las lágrimas, ni ojos enrojecidos”, le señalaba el hombre corto con órganos grandes. Y ella las vertía sin jadeos, como agua silenciosa.

¡Represaste las lágrimas, Juana, buen intento para salir de tu propio cuerpo!

Pero a cambio se le derramó sin contención una surgente de baba espesa: mezcla de su saliva con la crema del maquillaje que el hombre usaba.

A matarlo no se animaba, le faltaba fuerza para atravesar el cuero grueso que palpaba, casi abrazaba al sujetarse de la espalda corpulenta para no caerse. Más fácil atravesar con el cuchillo la piel de tela suave y elástica que la recubría, atravesar su cosa enteriza que ocupaba un pequeño espacio en el mundo. Pero lo que Juana realmente quería, mientras una mano grande la rascaba como si fuera a desenterrar risas y costillas, era sacar la cabeza de ahí, eliminar al conductor de su cuerpito que tanto obedecía.

Un día se arrojó de la balsa al mar revuelto y permaneció unos minutos en la frontera movida, como una suicida de agua: flotó se hundió flotó se hundió y Juana supuso el ingreso a una masa llena de vida (vio pececitos y plantas) y no solo la salida. Pero al instante entendió que no tenía que confundirse, no era el cuerpo lo que hundía, era la cabeza que ya no aguantaba.

¡Juana, guardás los dientes arrodillada mientras tu cráneo detona! ¡Fuera de allí, Juana! ¡Ese ombligo nuevo te delata!

Buscó entonces una imagen del cerebro coloreada, decidida a encontrar el resquicio justo donde calar el cuchillo, el que había dejado un espacio vacío en la felpa verde de los cubiertos antiguos. El cerebro le pareció un intestino apretado en dos redondeces protuberantes. Tal vez el truco era evacuar lo que su mente aprendía, impedir un rastro permanente. Evacuar su cerebro dos veces al día.

Intentó expulsar los recuerdos sentada en el inodoro con la panza vacía, hizo fuerza apretando los ojos, tensando la garganta, la lengua contraída. Estaba dispuesta a soportar cordones ardientes saliendo de las orejas o hacer caca blanda.

¡No tenías que apilar recuerdos, Juana, coleccionaste los restos en cajones sucios! ¡El hombre vigila escondido en la espesura de tu cerebro!

Pero el gran descubrimiento de Juana fue el hipocampo, “el corazón del cerebro”, como decían en la imagen. Era como un caballito de mar: “Un pequeño órgano para la memoria, el GPS del cuerpo”. Le brindaba la autolocalización. Si lograba matarlo, creyó, sus pensamientos ya no sabrían que ese era su cuerpo.

¡Juana, ese caballito azul no descansa y vive dentro de tu calavera!

Más adelante, a las funciones en el teatro le siguieron las fiestas tardías. Veía a los adultos inmersos en sus juegos de palabras. Las suyas no parecían seguir las reglas.

Su vida fue una conversación a la que ella llegó demasiado tarde. En la variedad de temas hubo asuntos que no debió mencionar o fue que, en ese juego, de las cosas importantes no se podía hablar.

En una de esas fiestas sintió que los tonos excitados la convocaban: era su turno, podía expresarse. Actores, escenógrafos —compañeros de la madre— entraban y salían de la excitación encendida con los aplausos. Y hablaban como si las palabras de cada uno fueran a quedar escritas sobre un pergamino. Púrpura era el color del vino tinto que Juana veía agitarse en los vasos y entrar por la boca como la carga de combustible. Descubrió sus lenguas teñidas, y las manchas púrpuras sobre la ropa no eran raras. Mientras la conversación se agitaba, Juana mantuvo la lengua dentro de un vaso de vino olvidado. Comprobó frente a un espejo que ahora ella también llevaba la marca púrpura que elevaba su rango al de los adultos, con sus lenguas implicadas en esas conversaciones agitadas. Juana niña reconocía el acontecimiento, el dolor y la fuerza eran tan inmensos. Se paseó por la sala mostrando la lengua teñida, exhibiéndola bien afuera. Pero al parecer en su lengua anidaban palabras densas, de alguna aleación extraña, una forja capaz de derribar adultos. Confundió las reglas, nadie quiso escucharla y había que irse. La fiesta siguió sin ella.

¡Perdiste el turno, Juana, no aprendiste cómo sumarte al juego de las conversaciones!

¡Te dormiste borracha, enrollaste la lengua, casi te la tragás! ¡Hay que pasar la verdad por el peine fino; para encajar en las fiestas queda mejor el olvido!

Y el hombre en el teatro, con un solo dedo, cada noche, con el clic del interruptor en el camarín de su madre, prendía la luz y le apagaba el lenguaje. Se lo arrancó de raíz. Y ya no supo. No sabía el lenguaje, nada sabía a nada.

¡Silencio, Juana! Shhhhh, silencio.

Llamaba bolsa al cielo cuando aún ponía nombres y conversaba. Por un tiempo corto Juana pensó que todos (gente, gatos, actores y porteros) respiraban en la misma bolsa negra nocturna y luego en la bolsa azul día. Pero cuando sonaban los golpes de nudillos y el canto áspero de la mano grande la despertaba de sus someras siestas en los almohadones de pana; en segundos, Juana quedaba fuera de la bolsa negra o dentro de una bolsa equivocada porque allí estaba sola, ni un alma durmiente la acompañaba. Nunca durmió un sueño largo en la bolsa negra de la noche, porque mientras su madre actuaba vestida de alguien más, el hombre la visitaba y comenzaba la friega que la fracturaba. Y en esas noches que se extendían más allá de la segunda función en el teatro, con la madre llevándola a alguna fiesta (las de las lenguas púrpuras), llegaban a la casa al amanecer y comían los restos fríos de la cena que su hermana y su padre dejaban. Entonces se cobijaba —cuando la bolsa negra se volvía azul— y allí dormía solitaria, junto a la cama fría de su hermana Andrea que ya había ido a la escuela.

¡Juana, cuando dormís te sobreviene una agudeza auditiva y una alerta animal encendida! ¡Entrás al bosque entreverado, y tu hipocampo se retuerce: alguien merodea en la selva con ramas que trepan y plantas que descienden! ¡Tu hombre acecha en el bosque y vos sos su muñequita!

Y aunque ahora estaba en su cuarto, Juana se sujetaba de la almohada para no extraviarse, y volvía a la cuadratura del camarín y a la repetición del clic de la luz al encenderse, y a los brazos del hombre que la molía.

¡Al menos eso conocés, Juana!

¡Sin dar testimonio perpetuás la fantasía, Juana, pero al contarlo la boca muerde lo real!

Muchos años después, en un fin de semana en la quinta de tu hermana Andrea en Maschwitz, te vimos adulta, Juana. Fue allí donde volviste a ver al hombre chico que ya no lo era tanto porque su enanismo rayaba ahora los centímetros de normalidad. Y el último miedo posible (habías creído que el terror anticipatorio a las visitas del hombre había marcado tu máximo registro) fue operante. Tu caballito de mar se retrajo espantado, y la baba volvió a rodarte por el mentón. Recordaste, sí. Aún recordabas la cara maquillada y la lengua encremada dentro de tu boca. Entonces, el miedo empujó y decir pareció importante. El terror se volvió palabras. Jugaste aquel juego de los grandes y le contaste a tu hermana. Fue un traspié, Juana, diste testimonio. Una confesión. La memoria declarativa rompió el dique y hablaste insolente. Te vimos arrepentirte enseguida, casi a la vez que los sonidos de las letras brotaban de tu boca y sedimentaban en imágenes francas.

El hombre chico —dijiste en resonancias del habla—, durante los años que duró la obra en cartel, donde actuaba la madre de las dos, te había hecho juguetear con su rabo, pero ese rabo apuntaba en la misma dirección de la cabeza que miraba —explicaste con gestos groseros a tu hermana—, y no como el de los animales en que cabeza y rabo apuntan para distinto lado. Te había sacado las medias blancas y encerrado en una botella como un pequeño barco al que mirar minuciosamente. El pellejo flexible hundido sin romperse hasta crear el orificio.

Y al ver a tu hombre ese fin de semana, en la quinta, te asaltó el desconcierto: había crecido en altura, y eso desencajó tu recuerdo. Intentaste —como hacías de niña—, intentaste otra vez con la geometría: pusiste el perchero y los almohadones: la balsa que tu hombre armaba desde un sillón al suelo. Con dos bastaba para que te acostaras y que de allí no te movieras. Quieta, quieta. Figuraste para Andrea tu cuerpo liviano en el colchón sencillo, estiraste los brazos para dar con tu tamaño. Tus codos sobre la pana azul verdadera, el vestido blanco que rozaba el suelo. La madre de las dos, disfrazada —señalaste con tu índice ida y vuelta—, te besaba en el aire lista para salir al escenario. El sonido de la puerta al cerrarse y extraviar la luz sobre las cosas; a ciegas mapeabas el lugar por si te perdías, como lo hiciste ahora para Andrea: la falta de ventanas, de aire, dijiste agitando las manos para ventilarte. También marcaste las orillas del camarín dando cuatro pasos largos. Y los sonidos fantásticos amortiguados —te pegaste cachetadas sobre las orejas—, y cómo olvidarte del baño pequeño.

Andrea retrocedió para salir del cubículo que Juana construía. No quiso ser testigo cierto y perder la debilidad sostenida por tanto tiempo bueno. Pero tuvo que reconocer, ante el relato de Juana, que el hombre bajo, que era el casero de la quinta, estaba allí y que su procedencia siempre había sido un misterio. Dejaba en evidencia su falta de preguntas y la supremacía del marido sobre ella; también su costumbre de mirar las hojas amarillas agonizadas cubriendo el parque de otoño, y luego muertas cuando crujientes se desperdigaban en trozos hasta perderse de vista.

¡Bruto intento, Juana! ¡Disparaste un rayo de claridad sobre tu hermana y reconociste en ella las pupilas dilatadas de las presas!

Juana esperó la respuesta de su hermana. Quedarse un poco más en esa quinta se volvió imperioso. Pasó allí parte de la noche y surgieron más diferencias y muy pocas semejanzas. El “por qué a vos y a mí no” había girado de una a otra hermana. Sin darse cuenta de que decían exactamente las mismas palabras.

Informaciones cruzadas, parciales, inexactas. Qué clase de destino enredado, para que el hombre bajo que vivía al final del sendero por donde se retiraba después de cada jornada, con su andar un poco patizambo y sus botas de goma negras, fuera el mismo que actuara en el teatro y ahora viviera allí, detrás de la arboleda. Y el marido, ante los avances de las hermanas, parecía saborear secretos con un gusto paladar, acostumbrado a ese dulce, callando fuerte, entornando los ojos, elevando el mentón. Al atardecer expuso para ellas su colección de armas y por la noche, cuando menos lo esperaban, los hombres encendieron reflectores entre los árboles y sonaron estruendos de todos los varones deportivos que sueltan su carga sobre las palomas doradas. Esa noche ellas fueron sus pichonas. Las dos hermanas volaron heridas, pero tomaron cielos distintos que se bifurcaron desde el bosque de pinos.

Juana había forcejeado con Andrea para que la escuchara, pero al contarlo con palabras a la manera adulta, su familiaridad con el camarín se había evaporado y de nuevo perdió las referencias. No supo entonces si estaba allí, en la quinta con su hermana, o en un bosque sin senderos de salida. De pronto, la frondosidad del bosque había engordado a su alrededor y vio a su hombre cómodo entre las plantas. Mientras tanto el hipocampo, lento pero con hueso, ya no podía andar recto. Su caballito de mar no había sobrevivido al estrés del cautiverio. Al relatarlo, Juana entendió que el miedo —aunque podría haber sido su cuchillo— había operado como un bisturí.

¡Ese decir te masticó, Juana! ¡Te devolvió al inodoro, chiquitita, apenas sujeta para no caerte en esa agua que parecía limpia pero que no debías tocar!

La jornada había fracasado desde el principio. Juana había tomado fotos falsas que Andrea destruyó exhibiendo las suyas, negativas, contrarias. Esos álbumes de fotos viejas no coincidían. Lo que Juana narró fue editado por la hermana. Y si la madre escuchara la historia que contó Juana, o el padre (que jamás la oiría), tomarían la historia troncal y también la corregirían, porque Juana, silente acostumbrada, no entretejió de manera correcta las piezas de la trama. Improvisó allí mismo, como en un jam de escritura. Una inflamación punzada que produjo cierto alivio pero le dejó la piel abierta.

No era posible ser coautoras de la misma historia. Habían peregrinado a diferentes catedrales guiadas por las ideas de los padres: la isla de Tigre, inseparable de su mística, fue refugio para el padre y Andrea, y los teatros penumbrosos para Juana, que llevaba la vida nocturna de su madre. En fin, se gritaron historias distintas. Sin embargo, esa misma noche, en medio de un silencio de otro mundo y no de este en el que todos se remueven inquietos, Andrea dejó a su marido, se fue desde Maschwitz directo a la isla de Tigre llevando un bolso pequeño. Pero al llegar a la casa montada sobre palafito donde acompañaba a su padre cuando era chica, Andrea palpitó que se abrían tinieblas futuras para las dos hermanas.

Y Juana no supo que cada palabra caída o tronada desde su garganta había encarnado robusta como un cordón nervioso que las ligaría para siempre. Podía ocultarse de sus recuerdos pero nunca de Andrea.

Finalmente, Juana pegó los labios y bailaron sus pupilas. Atravesó la hilera de árboles al tacto pisando el sendero de tierra polvorienta para irse. En su línea de fuga, el silencio en el fondo boscoso le cayó a plomo, impermeable y macizo.

¡Fuera de las conversaciones! Cómo no aprendiste las reglas… ¿Mutis para siempre?

¡Aún no finaliza el juego!

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