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El libro del verano, de Tove Jansson

Una abuela y una nieta pasan los veranos en una isla del archipiélago finlandés, una conoce profundamente la vida, la otra está ansiosa por saberlo todo. Una historia encantadora en la que el pensamiento, la experiencia y la naturaleza adquieren una trascendencia vital. El libro del verano, de Tove Jansson (Cía. Naviera Ilimitada, 2019) es una novela llena de libertad y frescura, diálogos filosos y personajes y situaciones que escapan a cualquier estereotipo.

 

 

Baño matinal

 

Era una mañana de julio muy calurosa a pesar de lo temprano de la hora. Por la noche había llovido. La montaña desnuda se veía envuelta en un halo de vapor, el musgo y las grietas de las paredes aparecían cubiertas de humedad y por todas partes los colores se habían intensificado. Bajo la terraza, con las sombras de la mañana, la vegetación semejaba una selva tropical en la que todo se confundía en un racimo compacto de ramas y flores.

Ella se abría paso con sumo cuidado, tratando de no romper nada mientras buscaba con una mano cubriéndose la boca y temerosa de no perder el equilibrio.

–¿Qué haces? –preguntó la pequeña Sophia.

–Nada –respondió su abuela–. Bueno, sí –añadió irritada–, busco mi dentadura postiza. La niña bajó de la terraza.

–¿Y dónde se te perdió? –preguntó con gravedad.

–Aquí –respondió la abuela–. Estaba parada aquí mismo y se me cayó en algún lugar entre las peonías.
Comenzaron a buscar juntas.

–A ver –dijo Sophia–, apenas puedes mantenerte en pie. Córrete un poco.

Se sumergió bajo la frondosa bóveda florida del jardín, arrastrándose entre los tallos verdes. Le resultó agradable deslizarse por aquel territorio prohibido, sobre la tierra negra y suave. Y allí estaba, un apretado conjunto de dientes viejos, blancos y afilados.

–¡Los tengo! –gritó la niña incorporándose de un salto–. ¡Colócatelos!

–Bueno, está bien, pero no mires –dijo la abuela–. Es algo privado, muy íntimo.

Sophia sostenía la dentadura escondida detrás de la espalda.

–Pero quiero mirar –dijo.
La abuela se puso la dentadura con un movimiento rápido y sonrió. A Sophia no le pareció nada especial.

–¿Cuándo te vas a morir? –preguntó.

–Pronto –respondió la abuela–, pero eso no es asunto tuyo.

–¿Por qué no? –insistió Sophia. La abuela no contestó. Se dirigió a la montaña y luego tomó hacia la barranca.

–¡Eso está prohibido! –le gritó Sophia.

–Ya lo sé –dijo la vieja con desdén–. Tu padre no lo permitiría, pero da igual porque ahora está dormido y no se enterará.

Caminaron sobre la roca, resbaladiza por el musgo. El sol ya estaba alto y una suave brisa jugaba con el vapor que lo envolvía todo. La isla entera, cubierta por esa cálida neblina reluciente, se veía muy bella.

–¿Harán un hoyo? –preguntó la niña con aire amable.

–Sí –respondió la abuela–, y lo harán bien grande. Tan grande –añadió burlona– que entraremos todos en él.

–¿Y por qué? –preguntó la niña.

Siguieron en silencio hacia el promontorio.

–Nunca había llegado tan lejos –dijo Sophia–. ¿Y tú?

–No, yo tampoco –respondió la abuela. Fueron hasta el extremo del pequeño acantilado, donde la montaña descendía hacia el océano en terrazas cada vez más y más sombrías hasta hundirse en la oscuridad final. Cada escalón se veía tapizado por una franja de algas color verde claro que se mecían al ritmo de las olas.

–Quiero nadar –dijo la niña, esperando una resistencia que no llegó. En consecuencia, comenzó a desvestirse lenta y ansiosamente. “No se puede confiar en la gente que te deja hacer lo que quieres”, pensó. Sophia metió los pies en el agua y exclamó:

–Está fría.

–Por supuesto que está fría –respondió la vieja mientras pensaba en otra cosa–. ¿Qué esperabas?

La niña se deslizó en el agua hasta la cintura y esperó con inquietud.

–Nada –dijo la abuela–, sabes nadar.

“¡Es profundo!”, pensó Sophia. “Se olvida que nunca nadé donde no hago pie si no es con alguien a mi lado”.

Entonces volvió a salir y se sentó sobre la roca.

–Hoy será un día hermoso –dijo. El sol seguía elevándose. La isla y el mar resplandecían y el aire era muy
ligero.

–Sé bucear –dijo Sophia–, ¿sabes lo que se siente cuando se bucea?

–Claro que sí. Te olvidas de todo, te sumerges y simplemente buceas. Sientes cómo las algas te trepan por las piernas, son oscuras y el agua es clara, incluso más clara cerca de la superficie, y hay burbujas. Fluyes. Contienes la respiración y te deslizas, y luego giras y asciendes, emerges a la superficie y exhalas. Y flotas. No haces más que eso: flotar. Solo fluir.

–Y todo el tiempo con los ojos abiertos –dijo Sophia.

–Naturalmente. Nadie bucea con los ojos cerrados.

–¿Crees que yo podría bucear sola?

–Sí, sí –respondió la abuela–. Pero ahora vístete y volvamos a casa antes de que se despierte tu padre.

Empezaba a sentirse cansada. “Cuando lleguemos a casa”, pensó, “no bien entremos, creo que dormiré un poco. Y debo recordar decirle a su padre que la niña sigue asustándose cuando no hace pie en el agua”.

 

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