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El latido de la tierra. de Luz Gabás

Vuelve Luz Gabás con su novela más sentida.
Alira, heredera de la mansión y las tierras que su familia conserva desde hace generaciones, se debate entre mantenerse fiel a sus orígenes o adaptarse a los nuevos tiempos. Cuando cree encontrar la respuesta a sus dudas, una misteriosa desaparición perturba la aparente calma que reinaba en la casa, la única habitada en un pequeño pueblo abandonado. Un guiño del destino la obligará a enfrentarse a su pasado y a cuestionarse cuanto para ella había sido inmutable. A partir de ese momento comenzará a sentir algo para lo que nunca pensó estar preparada: el amor. El latido de la tierra (Planeta) nos trae a la autora más confiada que nunca.

 

 

PAINT IT BLACK (ROLLING STONES)

Jueves, 21 de junio de 2018

—Muy bien, comencemos.
«Otra vez esas palabras», pensó Alira.
Al sospechar que la misma escena se iba a repetir, aunque ahora con una nueva persona, sintió ganas de vomitar. Y mordiscos de rabia en sus entrañas. Debía controlarla. El sentido común la advertía de que no era el momento adecuado para mostrar emociones emparentadas con el odio. Se concentró en realizar varias respiraciones profundas y en adoptar una actitud aparentemente razonable.
La mujer sentada frente a ella deslizó la mirada por los papeles extendidos sobre la mesa de oficina de melamina blanca, eligió uno y lo alzó levemente por el extremo izquierdo mientras con un lapicero en su mano derecha señalaba lo que fuera que estuviera leyendo.

—Su nombre no es muy común. ¿Se considera usted especial?
Sorprendida por la pregunta, Alira levantó la vista y se encontró con la mirada neutra de los ojos oscuros de quien se le había presentado como la subteniente Esther Vargas unos minutos antes. «Una mujer cercana ya a la jubilación», había pensado. Alguien con experiencia, manos grandes, muchas arrugas y melena corta de cabello fino y liso con mechas caoba. No la había visto nunca. Tal vez la hubieran enviado para ese caso. Aquella era una ciudad pequeña y conocía —aunque solo fuera de oídas— a casi todos los
compañeros de su amigo César.

—Pues no sé. Como todo el mundo. —«También Esther es un nombre especial, aunque no infrecuente», pensó Alira. ¿Qué importancia podía tener aquello?

—Yo diría que sus circunstancias se salen de lo normal…

—Lo vuelvo a decir. No he tenido nada que ver. No sé nada… ¡Si fui yo la primera en llamarlos!
Alira se sintió agotada. Antes de la ira, había pasado por el aturdimiento, por el asombro; incluso se había mostrado desafiante. Ya no podía más. Un súbito sentimiento de impotencia y de renuncia la tentó. Recordó la clásica escena de película en la que el sospechoso confiesa lo que sea con tal de terminar con la tortura psicológica de repetir mil veces lo mismo. Ahora podía comprenderla.
Las lágrimas acudieron a sus ojos. Miró en dirección al cristal que ocupaba la mitad superior de una de las paredes de ese
cuarto pequeño y desangelado. Estaba segura de que al otro lado se encontraba César observándola y escuchándola.

—No pienso responder a ninguna pregunta más —dijo antes de enterrar el rostro entre las manos—. Quiero irme a casa. —

Comenzó a sollozar suavemente. Esther respetó unos instantes de silencio que aprovechó para tomar unas notas.
Un hombre abrió la puerta.

—Alira… —dijo.

Ella reconoció la voz de César. Se puso en pie y se aproximó a él. No lo había vuelto a ver desde que la sacara de su casa para llevarla al cuartel de la Guardia Civil. De eso hacía varias horas. Se sintió aliviada. César, un poco más alto que ella, delgado, con el pelo rubio entrecano muy corto, de sonrisa fácil —aunque en esos momentos no sonriera—, infundía confianza a pesar del uniforme, que siempre marcaba distancias.

—¿Puedo volver a casa, César, por favor?

—Me temo que, de momento, eso no será posible —dijo Esther—. Es el escenario de un crimen.

—El cuerpo va de camino al Instituto de Medicina Legal y ya se ha recogido todo —medió César con un tono indeterminado, sin mirar a Alira en ningún momento.

—De acuerdo —accedió Esther—. Tan solo un par de preguntas más. —Señaló la silla vacía frente a ella para que
Alira se volviera a sentar y esperó a que lo hiciera—. ¿Cómo describiría su relación con la víctima?
La subteniente se estaba adelantando, pero tenía que arriesgarse. El estado del cuerpo imposibilitaba su identificación y tardarían varios días en conocer el resultado de la autopsia, pero eso era algo que nadie sabía. Las primeras horas en una investigación son cruciales. A falta de pruebas, tenía que guiarse por el instinto. Y a ninguno de los interrogados hasta el momento les había extrañado la supuesta identidad de la víctima, ni siquiera a Alira.

—Aquí dice —dio unos golpecitos sobre la transcripción de la declaración anterior— que normal, cordial, con algún que otro altibajo.

Alira asintió.

—Y yo creo que lo que realmente sentía era odio, simple y llanamente —continuó Esther en tono sentencioso—. Su existencia la molestaba.

—No sabe lo que dice. —Alira mordió las palabras. Los otros agentes habían sido firmes, pero no tan directos como esa mujer. Realmente parecía convencida de sus acusaciones—. No soy esa clase de persona.

—En algún momento, seguro que se le pasó por la cabeza librarse de quien para usted no era sino un estorbo.

Alira reconoció para sus adentros que, en un momento, hacia finales del invierno, lo había deseado. Con mucha intensidad. Demasiada para alguien como ella, una persona más bien serena. Se preguntó entonces si ya sabrían la fecha del crimen y se alarmó. Si hubiera coincidencia temporal, sus sentimientos de entonces la señalarían y su situación sería todavía más complicada.
Miró a César, pero este seguía esquivando su mirada. Seguramente él habría proporcionado toda la información sobre su pasado, lejano y reciente, para que hubiesen llegado a esa conclusión sobre su carácter. Fuera de contexto, todo se podía malinterpretar, hasta el extremo de… ¿Cómo podían insinuar, mejor dicho, acusarla de semejante atrocidad? Ella siempre había hecho lo correcto. Había sido una
buena chica, como se suele decir. Nunca había dado problemas. Más bien al contrario: había renunciado a su propia vida por salvar a su familia. ¿Por qué se empeñaban todos esos agentes en encauzar las preguntas para que pareciera una resentida, y envidiosa, capaz de ese sádico acto? Todavía no se lo podía creer.

Pero aquello era real.

Había sucedido.

Y César debería defenderla.

—Tú me conoces desde hace años, César. Sabes que jamás haría…

—Diríjase al sargento con el debido respeto, señora —la interrumpió Esther—. Mientras dure la investigación, o hasta que el caso esté cerrado, aquí no hay amistades que valgan.

«¿Así funcionan las cosas?», pensó Alira. Sintió un nuevo arrebato de ira. Probablemente no la beneficiara en nada, pero después de tantas horas allí encerrada, dando vueltas sobre lo mismo como en un bucle desquiciado, pensó que quizás convendría un cambio de actitud. Si no estaban dispuestos a creerla, qué más daba ya todo.

—Supongo que ha llegado el momento de decir que no pienso añadir nada más si no es en presencia de mi abogado. —«¿Con qué lo pagaría? ¿Pediría uno de oficio?»—. Me da la sensación de que no tienen nada. Y yo no pienso cargar con la culpa de algo que no he hecho.
Esther esbozó una breve sonrisa. Cuántas veces había escuchado esas palabras. Posiblemente la interrogada pensara que habían surtido su efecto, pero, en realidad, como primer contacto, para ella era más que suficiente. Comenzó a ordenar sus papeles.

—Muy bien, puede irse. Pero sepa que no hemos terminado con usted. Esté localizable.

«¿Y adónde iría?», pensó Alira. Siempre había estado allí. Ese era su sitio.

—Si me espera unos minutos fuera —dijo entonces César—, la acompañaré hasta la entrada. Un coche patrulla la
llevará de vuelta a su casa.

Alira odió la nueva formalidad con la que él se dirigió a ella, pero agradeció el gesto. Cogió el bolso y la americana de la silla y salió sin despedirse, una falta de educación que jamás habría cometido en su vida si todo no se empeñara en desmoronarse.

«La educación, como las piedras, parece sólida —pensó—. Pero también las piedras pueden resquebrajarse.»

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