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El final del affaire, de Graham Greene

El final del affaire (Libros del Asteroide) es la mejor novela de Greene y también una de las más autobiográficas. Su meticulosa indagación sobre las luces y sombras de una relación sentimental, sobre los mecanismos del deseo y de la fe, y sobre los estrechos vínculos entre el amor y el odio conserva hoy la misma fuerza que cuando fue publicada en 1951. En exclusiva para ESTACIÓN LIBRO un adelanto que saldrá en pocos meses.

 

 

POR GRAHAM GREENE

 

 

Una historia no tiene ni principio ni fin: uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás. He dicho «uno elige» con el impreciso orgullo del escritor profesional al que, en las pocas ocasiones en que se le ha tomado en serio, se le ha elogiado por su pericia técnica, pero ¿elijo por voluntad propia la oscura noche de enero de 1946, cuando vi a Henry Miles cruzando el parque bajo un vasto río de lluvia, o más bien esa imagen me ha elegido a mí? Según las reglas de mi oficio, lo apropiado, y lo correcto, es empezar justo ahí, pero si en aquel momento hubiera creído en Dios, también debería haber creído en una mano que me daba un golpecito en el codo y me insinuaba: «Habla con él, aún no te ha visto».

Porque ¿qué razón había para que yo hablara con él? Si el odio no es una palabra demasiado exagerada para usarla en relación con un ser humano, yo odiaba a Henry, y también odiaba a su mujer, Sarah. Y él, supongo, tuvo que empezar a odiarme después de los hechos de aquella noche; del mismo modo que tuvo que odiar a su mujer y a ese otro en cuya existencia, por fortuna, ni él ni yo creíamos en aquellos días. Así que esta es una historia de odio mucho más que de amor, y si en algún momento digo algo a favor de Henry o de Sarah se puede confiar en mí: escribo en contra de mis prejuicios porque mi orgullo profesional me impulsa a elegir la
casi-verdad por encima, incluso, de mi casi-odio.

Me resultó raro ver a Henry en una noche como aquella: era muy comodón y después de todo —o eso pensaba yo— tenía a Sarah. Para mí, la comodidad es como un recuerdo equivocado en el lugar o en el momento equivocados: si uno está solo, prefiere la incomodidad. Y había un exceso de comodidad en la habitación que yo tenía alquilada en el lado malo del parque —el que
daba al sur—, amueblada con los desechos olvidados por los anteriores inquilinos. Se me había ocurrido dar una vuelta bajo la lluvia y tomarme una copa en el pub local. El estrecho vestíbulo de mi casa, atiborrado de trastos, estaba lleno de sombreros y abrigos de desconocidos —el hombre que vivía en el segundo piso había invitado a cenar a unos amigos— y cogí por error un paraguas que no era mío. Luego cerré la puerta con vidriera y bajé con cuidado los escalones que, en 1944, habían recibido el impacto de una bomba y que aún seguían sin reparar. Tenía motivos para recordar aquel suceso y el hecho de que la vidriera —sólida y fea, de estilo victoriano— hubiera resistido la explosión con la misma entereza que demostraron tener nuestros abuelos.

En cuanto empezaba a cruzar el parque me di cuenta de que llevaba un paraguas equivocado —tenía un agujero por el que se colaba la lluvia y me estaba empapando el cuello de la gabardina—, y fue entonces cuando vi a Henry. Me hubiera resultado muy fácil esquivarlo: no llevaba paraguas y a la luz de la farola pude darme cuenta de que la lluvia no le dejaba ver nada. Los negros árboles sin hojas no le ofrecían protección alguna: se desparramaban a su alrededor como cañerías rotas, así que la lluvia resbalaba por su oscuro sombrero de ala dura y se derramaba a chorros sobre su abrigo negro de funcionario. Si yo hubiera pasado por delante de él no me habría visto; además, podría haberme asegurado de que no me viera apartándome medio metro de su camino; pero le dije: «Henry, ¡no se te ve el pelo!», y noté que sus ojos se iluminaban como si fuésemos viejos amigos.

—Bendrix —dijo afectuoso, a pesar de que todo el mundo se inclinaría a pensar que era él, y no yo, quien tenía motivos para odiarme.

—Henry, ¿qué haces aquí con esta lluvia?

Hay hombres frente a los que uno siente el deseo irreprimible de tomarles el pelo; hombres cuyas virtudes no poseemos. Contestó con evasivas:

—Quería que me diera el aire.

Tuvo que agarrarse el sombrero cuando una súbita ráfaga de lluvia y viento estuvo a punto de llevárselo volando hacia el lado norte del parque.

—¿Cómo está Sarah? —pregunté, porque podría parecer raro que no lo hiciera, aunque nada podría haberme alegrado más que oír que estaba enferma, triste o que se estaba muriendo. En aquellos días yo pensaba que cualquier padecimiento suyo podría aliviar el mío, que si ella se moría podría sentirme libre: así ya no tendría que imaginar todas las cosas que imaginaba en las innobles
circunstancias en que me encontraba. Incluso pensé que podría haber llegado a tomarle aprecio al pobre tonto de Henry si Sarah estuviera muerta.

—Ah, ha ido a dar una vuelta —contestó, y al hacerlo puso de nuevo en marcha el demonio interior que me hizo recordar otras noches, cuando Henry debió de contestar lo mismo y solo yo sabía dónde estaba Sarah.

—¿Quieres tomar una copa? —le pregunté, y ante mi sorpresa se puso a caminar a mi lado. Hasta aquel día nunca habíamos tomado una copa juntos, a no ser que estuviéramos en su casa.

—Hace mucho que no te veo, Bendrix.

Por alguna razón todo el mundo me llama por mi apellido. A juzgar por el uso que mis amigos hacen de mi nombre de pila, no sirvió de nada que las ínfulas literarias de mis padres les impulsaran a bautizarme con el pretencioso nombre de Maurice.

—Sí, mucho tiempo.

—Caray, debe de haber pasado más de un año.

—Desde junio del 44 —contesté.

—Tanto tiempo, vaya, vaya…

Qué idiota, pensé, si no veía nada raro en un intervalo tan largo como un año y medio. Entre los dos «lados» de nuestras vidas no había más separación que unos quinientos metros de hierba. ¿Nunca se le había ocurrido preguntarle a Sarah: «¿Cómo le va a Bendrix?», «¿qué tal si invitamos a cenar a Bendrix?». ¿Nunca había detectado que las respuestas de su mujer eran elusivas, forzadas, reticentes? Yo había desaparecido de forma tan abrupta como una piedra que se hunde en un estanque. Supongo que las ondas inquietaron a Sarah durante una semana o quizá un mes, pero la venda que tapaba los ojos de Henry estaba muy bien sujeta.

 

 

 

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