Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

El delfín, de Mark Haddon

El delfín de Mark Haddon (SALAMANDRA) es un homenaje a la maravillosa e infinita capacidad de reelaboración de mitos y leyendas, por el autor de El curioso incidente del perro a medianoche, un pequeño gran libro fundamental para niños y adultos por igual.

 

 

 

POR MARK HADDON

 

Maia está embarazada de treinta y siete semanas. No le permitirían subir a bordo de un vuelo comercial, pero se alojan en casa de unos amigos, propietarios de viñedos en Bellevue Champillon, y otro invitado, Viktor, tiene una Piper PA-28 Warrior que lo llevará de regreso al aeródromo de Popham a la mañana siguiente. Su Land Rover lo espera allí y dejar a Maia en Winchester de camino a la costa del sur será lo más sencillo del mundo. A Philippe, el marido de Maia, no le gusta ponerla al cuidado de otro hombre, y mucho menos de uno a quien conoce desde hace sólo dos días, pero las piezas del rompecabezas parecen encajar de un modo tan feliz e imprevisto que le es prácticamente imposible negarse. Él conducirá hasta París, dejará el coche en el garaje de su apartamento, cogerá el Eurostar a Londres y llegará a la casa de Winchester un día después.

A Maia, por otro lado, le encantan los aviones pequeños. Viajar se ha vuelto demasiado fácil: te quedas dormido en Estambul y te despiertas en Pekín. A ella le gusta ver cómo van deslizándose los kilómetros: deltas, círculos de regadío, nubes que aparecen devanándose bajo las cumbres. Conserva el vívido recuerdo de sobrevolar el fiordo de Oslo siendo niña: una isla tras otra, cabañas de veraneo, muelles, barcos, los destellos del sol cabrilleando sobre el agua y una revelación difícil de expresar con palabras sobre el vínculo entre la escala, la huida y la superficie de la Tierra. Además, las náuseas matutinas, que persistieron hasta una etapa anormalmente tardía del embarazo, han remitido por fin; ahora siente la famosa dicha de las preñadas y ansía disfrutar de la libertad que ese bienestar conlleva antes de consagrar su vida a un ser humano muy pequeño y exigente.

La aprensión de Philippe está justificada. Viktor tiene la licencia de piloto privado, pero no la habilitación para vuelo instrumental. Eso no tendría importancia si viajase sólo con Rudy, su hijo de nueve años: saldrían temprano, y si el tiempo u otras circunstancias sufrían cambios, siempre podían posponer el vuelo hasta el día siguiente o bien, si estaban ya en el aire, tomar un rumbo alternativo. Pero Maia nunca madruga, se demora en los desayunos, tarda mucho en hacer las maletas y ha perdido un collar de coral que, según reitera, podrán mandarle a Inglaterra cuando lo encuentren, si eso ocurre. Aun así, ese collar es el objeto de una búsqueda tan concienzuda como infructuosa en una casa ciertamente grande. Cuando ella está a punto, el almuerzo ha llegado y ha concluido. Si fuera una mujer menos atractiva, Viktor no tendría ningún reparo en reprochárselo, pero, aunque no lo impresionan demasiado sus actuaciones en la pantalla, sí lo sorprende estar en compañía de una mujer que parece devolverlo a los quince años: espesa melena rubia, ojos azulísimos, una belleza de revista, una simpatía algo alocada y un cuerpo torneado hasta los límites de la exuberancia. Luce una cicatriz en la mejilla, cortesía de un grajo que entró volando por la ventana de su alcoba cuando tenía diez años. La fascinación que siente por ella le resulta muy grata, aunque también algo alarmante, más aún tratándose de un hombre habituado a tener la sala de un tribunal, y de hecho cualquier sala, en la palma de la mano.

Seis meses más tarde, el jardinero, Bruno, encontrará el collar, ya sucio y sin brillo, en una alameda situada junto a la linde de la finca, un lugar donde los Beaufour rara vez se aventuran, y menos aún sus invitados. La única explicación razonable será que un animal, atraído por su vivo color, se lo llevó de los alrededores de la piscina y atravesó el prado hasta los árboles antes de reparar en la inutilidad de su esfuerzo.

Posteos Relacionados