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El cuchillo en la mano

¿Se imaginan escuchar los pensamientos de la gente que los rodea? En El cuchillo en la mano de Patrick Ness (Walker, 2018) ocurre. Y no, no es tan genial como podemos imaginar, es un verdadero castigo. Los habitantes de un pequeño pueblo se ven infectados por un germen que les provoca esta particularidad. Salvo un joven, el único entre los adultos, que consigue el silencio…

 

Sinopsis

Prentisstown no es como el resto de ciudades. Desde que sus habitantes se infectaron con el germen pueden escuchar los pensamientos de la gente de su alrededor en un Ruido constante y abrumador. No existe la privacidad. No hay secretos.

Todd Hewitt es el único adolescente en esta ciudad de hombres. Este nunca ha sido su lugar. Jamás ha encajado. Hasta que por casualidad encuentra un sitio en completo en silencio. Algo imposible. Un terrible secreto. Y ahora va a tener que escapar antes de que sea demasiado tarde.

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Lo primero que descubres cuando tu perro aprende a hablar es que los perros no tienen mucho que decir. Más bien, casi nada.

— Quiero hacer caca, Todd.

— Cállate, Manchee.

— Caca, Todd. Caca.

— He dicho que te calles.

Estamos paseando por los campos que se extienden al sureste del pueblo, esos que descienden hacia el río y se hunden en la ciénaga. Ben me ha encargado ir a la ciénaga a buscar manzanas silvestres y, también, llevar conmigo a Manchee, pero ya se sabe que Cillian compró el perro solo para ganarse las simpatías del alcalde Prentiss, de modo que aquí estoy yo, con un chucho que me regalaron por mi cumpleaños el año pasado, a pesar de que yo dejase bien claro que no quería ningún perro, que lo único que quería era que Cillian se decidiese de una vez a arreglar la moto de fisión para que yo no tuviera que ir andando a los lugares más recónditos de este estúpido pueblo, pero, ah, claro, de eso nada: feliz cumpleaños, Todd, aquí tienes este cachorrito recién comprado, Todd, y a pesar de que no lo quieras, a pesar de que nunca pidieses algo parecido, ¿a que no adivinas quién va a alimentarlo, educarlo, lavarlo, pasearlo y oír su cháchara, ahora que está lo bastante crecido para que el germen del habla le haya puesto la boca a funcionar? ¿A que no lo adivinas?

— Caca —insiste Manchee con un ladrido ensimismado—. Caca, caca, caca.

— Vale, pues haz caca y deja de ladrar sobre el tema.

Arranco unos hierbajos del borde del sendero y trato de atizarle con ellos. No le doy, no pretendo darle, pero él se ríe con uno de sus ladridos cortos y sigue trotando. Voy tras él agitando los hierbajos a uno y otro lado, protegiéndome de los rayos del sol, tratando de mantener la mente en blanco.

Lo cierto es que no nos hace falta ir a la ciénaga por las manzanas. Si tanto las necesita, Ben puede ir a comprarlas a la tienda del señor Phelps. Además, recoger manzanas en la ciénaga no es trabajo para un hombre, porque no está permitido que los hombres holgazaneen de semejante manera. En lo que a mí respecta, me faltan treinta días para convertirme oficialmente en un hombre. He vivido doce años —cada uno con sus trece largos meses— y otros doce meses más, y toda esa vida ha valido para que me encuentre a un mes del gran cumpleaños. Los planes están planeándose y los preparativos, preparándose; habrá una fiesta, imagino, pero tengo la impresión de que será algo extraño, oscuro y demasiado brillante al mismo tiempo, y a pesar de todo me transformaré en un hombre, y buscar manzanas no es tarea para un hombre; ni siquiera para uno que está a punto de serlo.

Claro que Ben sabe que puede pedírmelo, sabe que aceptaré ir por las manzanas, pues la ciénaga es el único lugar en Prentisstown y alrededores en el que uno puede descansar del ruido que los hombres desparraman por todas partes, del barullo incesante que surge de su interior aun cuando duermen e ignoran que siguen pensando y que cualquiera puede oírlo. Los hombres y su ruido. No sé cómo lo hacen, cómo se soportan los unos a los otros.

Los hombres son criaturas ruidosas.

— ¡Ardilla! —chilla Manchee, y salta hacia delante y sale del camino sin que, al parecer, le importen mis gritos, y, claro, allá voy yo también (miro alrededor para asegurarme de que no hay nadie), a correr por los campos, porque Cillian montaría un número si Manchee se cayese en algún maldito agujero, ya que entonces la maldita culpa sería mía, a pesar de que yo haya dicho, desde el maldito principio, que no quería un maldito perro.

— ¡Manchee! ¡Vuelve aquí!

— ¡Ardilla!

Al atravesar el pastizal, los gusanos se me adhieren a los pies. Uno de ellos se hace trizas cuando intento quitármelo y me deja una mancha verdosa en las zapatillas que, por experiencia, sé que no saldrá.

— ¡Manchee! —bramo.

— ¡Ardilla! ¡Ardilla! ¡Ardilla!

Ladra y da vueltas alrededor de un árbol, y la ardilla, insultante, brinca de una rama a otra al ritmo de sus ladridos. Vamos, revoltoso, dice el ruido de la ardilla. Vamos, atrévete, ven por mí. revoltoso, revoltoso, revoltoso.

— ¡Ardilla, Todd! ¡Ardilla!

Hay que ver. Los animales son estúpidos.

Agarro a Manchee por el collar y le doy una palmada en los cuartos traseros.

— ¡Ay, Todd! ¡Ardilla! —Le doy otra cachetada. Y otra más—. ¡Ay! ¡Ardilla, Todd!

— Basta —digo mientras mi propio ruido ruge con tanta fuerza que apenas puedo oírme pensar, lo cual, como verás, lamentaré pronto.

Chico revoltoso, chico revoltoso, piensa la ardilla, mirándome. Ven aquí, chico revoltoso.

— Por mí puedes irte a donde ya sabes —le espeto, aunque, por si no lo sabe, se lo digo con todas las letras.

Más me habría valido volver a inspeccionar los alrededores.

Salido de entre los hierbajos, Aaron se me echa encima, me da una bofetada y, no contento con partirme el labio con su anillo, vuelve a golpearme, esta vez con el puño cerrado, pero, como ya me estoy cayendo a la hierba, no me da en la nariz sino en la mandíbula, y yo sigo precipitándome para evitar el puñetazo y suelto el collar de Manchee, que, ladrando, corre en pos de la ardilla, el traidor, y al fin aterrizo en la hierba con las manos y las rodillas para ponerme perdido de esa sustancia verdosa de los gusanos.

Me quedo aquí, en el suelo, jadeando.

El ruido de Aaron, que me mira desde arriba, me llega en forma de retazos, de citas de las escrituras y de lo que será su próximo sermón, y entonces el lenguaje, joven Todd, y la búsqueda del sacrificio y el santo elige su camino y un aluvión de imágenes que están en el ruido de cualquier hombre, de cosas conocidas y visiones fugaces de…

¿De qué? Pero ¿de qué, demonios…?

Pero un pasaje de su sermón se eleva sobre lo demás y lo anula, y yo lo miro a los ojos y, de repente, ya no quiero saber nada más. Noto el sabor de la sangre que me mana del labio y ya no quiero saber más. Él nunca viene por aquí, los hombres nunca vienen por aquí; sus motivos tendrán, los hombres, y, así, por aquí solo venimos mi perro y yo, pero ahora resulta que él ha venido y yo ya no quiero saber más.

Me mira, sonriéndome a través de la barba, me mira mientras descanso en la hierba.

Ha sido un puñetazo sonriente.

— El lenguaje, joven Todd —dice—, nos ata como la cadena a un prisionero. ¿Es que no has aprendido nada en la iglesia, muchacho? —A ello añade una de las frases más frecuentes en sus sermones—. Si uno de nosotros cae, todos caemos con él.

«Sí, Aaron», pienso.

— Dilo con la boca, Todd.

— Sí, Aaron —digo.

— ¿Y esas palabrotas? —inquiere—. ¿Y esas maldiciones? No creas que no las he oído. Tu ruido te delata. Nos delata a todos.

«A todos, no», pienso, pero, al tiempo, digo:

— Lo siento, Aaron.

Se va inclinando sobre mí, va acercándoseme hasta que puedo captar el aliento que le sale de entre los labios, oler ese chorro de aire que quiere cerrarse sobre mí como los dedos de una mano.

— Dios lo oye todo —susurra—. Dios lo oye.

Levanta la mano una vez más y, al ver que me estremezco, suelta una carcajada y desaparece como si tal cosa, se aleja hacia el pueblo llevándose su ruido con él.

Estoy temblando. Por el labio partido, sí, pero también por el coraje, la sorpresa y la rabia que siento, y sobre todo por el odio que me inspira este pueblo y los hombres que viven en él, tanto que tardo un rato en recuperarme y en estar en disposición de ir a buscar al perro. «¿Qué demonios estaba haciendo aquí?», me pregunto, y estoy tan cabreado, tan lleno de ira y odio (y miedo, sí, pero cállate) que no me molesto en mirar alrededor para saber si Aaron está escuchando mi ruido. No me vuelvo para mirar. No miro. Y luego miro, veo al perro y lo atrapo.

— ¿Aaron, Todd? ¿Aaron?

— No pronuncies ese nombre, Manchee.

— Sangre, Todd. ¿Todd? ¿Todd? ¿Sangre?

— Ya sé. Cállate.

— Revoltoso —responde el cabeza hueca, como si eso no significara nada.

Le doy un azote en el lomo.

— Eso tampoco lo digas.

— ¡Ay, Todd!

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