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El aula perdida, un thriller estremecedor

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El aula perdida (Vestales) de Lucas Porzebny tiene la estructura narrativa justa para leerse como el guion de una película de terror. Muere un compañero de clases, se reúne el resto de la clase en la casa de campo de uno de ellos para pasar el fin de semana. Confesiones y reproches por igual van tiñendo la jornada. Al día siguiente, uno aparece muerto. Luego otro. Y otro. Y uno más. Encerrados en la casa, todos son sospechosos y víctimas. Así empieza.

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«¿Por qué hablar de una chica muerta y olvidada?», pensó Hugo Adder mientras se lavaba las manos en el baño de su casa de Barrio Parque. Las ideas que tenía sobre la muerte se diluyeron y se escurrieron por las cañerías; cerrar el grifo pareció convertirse en un acto cómplice de la mente y, cuando el agua dejó de fluir, también lo hicieron todos esos pensamientos. Se secó las manos y regresó a la sala de estar. Su visitante nocturno no estaba donde lo había dejado.

La persona que había llegado de improviso aquella noche de septiembre había permanecido de pie junto al equipo de música, que aún obligaba a escuchar la parte instrumental de Siempre te llevaré conmigo. Aquella visita imprevista había disparado recuerdos y preguntas de hacía casi diez años.

Hugo Adder caminó hasta el piano familiar enteramente decorativo, ya que, desde que sus abuelos habían fallecido, nadie lo tocaba, y agarró un vaso que había formado un círculo de agua sobre la cubierta. Bebió un profundo trago del whisky y contempló la gran sala con sus luces dicroicas, sus muebles elegantes y su opulencia familiar. Sonreía aún antes de que el líquido bajara. Hacía dos años que se había convertido en un jugador profesional de golf y, en tan corto tiempo, ya estaba viendo los frutos de su propia dedicación, con un perfil que se acercaba, lento pero seguro, al de promesa nacional.

Siempre había sabido que tenía talento para escalar con rapidez. Vivía en un estado natural de atracción casi magnética a los acontecimientos y a las personas que daban luz a aquellos sucesos. Se veía a sí mismo como una especie de sol, de resplandor máximo que lograba que los demás, diminutas estrellas, brillaran junto a él. Y, sin duda, el primer momento en el que había caído en la cuenta de ello había sido en la época de los pupitres. En una semana, volvería a juntarse con todos aquellos compañeros, como todos los años, en la reunión anual del curso.

Casi por inercia de la memoria, recordó una fotografía y caminó hasta una de las repisas para buscarla. Lo creyó un detalle divertido para mostrarle a la visita.

Le costó encontrarla entre los retratos de esplendor de los campeonatos ganados y la colección de álbumes de vacaciones en lugares paradisíacos, pero hurgó y sacó un portarretratos dorado. Nueve rostros le devolvieron una mirada congelada de hacía diez septiembres atrás. Hugo rió.

Era la última foto que se habían tomado en el colegio. Detrás de ellos, estaba la fachada del establecimiento, que proyectaba una enorme sombra sobre lo que en ese entonces era el curso del último año de la escuela secundaria J. Chambary. Esas pequeñas figuras eran todo lo que quedaba del grupo que, a lo largo de los años, se había desinflado de veinte estudiantes a nueve entre repetidores e imposibilidades de costeo de una institución de tal prestigio. Hacía mucho tiempo que no contemplaba aquella imagen polaroid protegida tras ese acrílico barato.

Oyó un ruido detrás y se dio vuelta con la sospecha de que vería a aquella persona en pasado y presente, en la fotografía y en la realidad, pero era solo el viento contra la cortina de los ventanales que daban al patio. ¿Dónde se había metido? Los grandes cristales separaban la casa de la pileta y, al estar abiertos, permitían que una suave brisa primaveral invadiera la sala. Hugo dejó boca abajo el retrato enmarcado y salió al jardín.

El aire que se respiraba le acarició el rostro y lo llevó a cerrar los ojos para disfrutar la revitalizante oxigenación que otorgaba respirar en lo profundo de la noche. Despegó los párpados y miró a su alrededor para contemplar en soledad los recovecos oscuros del patio. Distinguió de memoria el par de reposeras y unas macetas de cerámica que confirmaban con su inmutabilidad que la visita no estaba ahí.

«¿Me está jugando una broma?», pensó Hugo Adder, y algo resplandeciente en el agua captó su atención.

Se acercó a la pileta y comenzó a vislumbrar qué era aquello que flotaba. Tardó un instante en darse cuenta, pero la luna llena iluminaba hasta el más mínimo detalle con una mezcla de turquesas y blancos que encandilaba.

Era una polaroid. Idéntica a la copia que él mismo tenía; hermanas de una misma serie cronológica.

Volvió a mirar hacia el interior de la casa. Todo seguía igual a como estaba hacía unos minutos, a excepción de la melodía de jazz, que parecía haber terminado antes de tiempo. Hugo se agachó y estiró el brazo para rescatar la imagen del agua. Sus pulmones estaban cargados por la calidez de la temporada, y su mano agradeció la frescura. Agitó un poco el agua, pero no consiguió que la fotografía se acercara. Pensó en tomar el saca hojas –y nunca alcanzó a saber lo útil que habría sido–, pero decidió volver a intentar con la mano.

Fue en ese momento que recibió el impacto en la espalda, como el choque repentino de un automóvil, y cayó de cabeza a la pileta. El agua turbulenta le entró en la nariz y la boca, pero Hugo salió a flote con premura. Mojado como estaba, vio que su visitante, de pie junto al borde, le tendía una mano para ayudarlo a salir.

—¡La puta que te parió! —gritó Hugo, que no se esforzó en disimular el enojo.

Adder había sido el bromista del curso en el J. Chambary, estar del lado del destinatario de las picardías era algo nuevo para él, y ya se daba cuenta de que no le divertía en lo más mínimo. Sin pensarlo dos veces, sujetó la mano tendida e intentó hacer fuerza para subir, pero no consiguió moverse.

Entonces se dio cuenta de que quien estaba de pie no estaba haciendo de contrapeso para ayudarlo. Era al contrario: estaba inmovilizándolo al mantenerlo agarrado, como un animal salvaje que, después de mucho tiempo de acechar, por fin ha conseguido atrapar a su presa. No intercambiaron palabra hasta que Hugo Adder sintió que una segunda mano se apoyaba sobre su cabeza y lo sumergía con fuerza.

Intentó forcejear en vano, dado que estaban en la parte profunda, donde no hacía pie. Su consciencia se mezcló con un mundo de tonos celestes, de desesperación, burbujas y violencia. Fue así que el agua fue llenándole los pulmones hasta reemplazar aquella calidez etérea por una realidad de peso y sustancia. El instinto de supervivencia le alertó que estaba llegando al límite y, con un inhumano esfuerzo del que no quiere morir, Hugo consiguió sacar la cabeza del agua por última vez.

Vio a su visitante, aquella silueta recortada a la perfección por la luz de la luna, con el tanque de agua detrás, que le aportaba una cualidad de armonía casi pictórica. Pero, contra todo naturalismo del arte, en aquellos ojos ajenos, descubrió un alma automática y ensimismada, desprovista de piedad alguna. Si era una broma, debía terminar pronto.

Pero nadie reía, y Hugo Adder dejó de respirar.

 

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