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El activista (Theodore Boone 4), de John Grisham

En El activista (Montena, 2019), el joven abogado Theodore Boone ha vuelto y se enfrenta a una nueva intriga que afecta a la ciudad entera. El ayuntamiento planea la construcción de una carretera en las afueras de Strattenburg, a pesar de ir muy en contra de los intereses de sus habitantes.

Cuando Theo descubre la corrupción que se esconde bajo el proyecto, decide hacer todo lo posible para impedir que se lleve a cabo. Él y sus amigos pondrán en juego los recursos necesarios para revelar las verdaderas intenciones de los implicados y evitar que los constructores se salgan con la suya.

 

1
El equipo adversario era el de la Central, la «otra» escuela de la ciudad y la gran rival de la Escuela de Enseñanza Media Strattenburg. Siempre que había un partido o alguna competición contra la Central, la tensión aumentaba, la asistencia de público era mayor y parecía que todo cobrara más importancia. Esto ocurría incluso con los concursos de deba te. El mes anterior, el equipo de octavo de Strattenburg había derrotado al de la Central en medio de un abarrotado auditorio. Cuando los jueces anunciaron el resultado, hubo cierto descontento entre el público asistente. Se oyeron algunos abucheos, pero fueron rápidamente acallados. El buen comportamiento y la deportividad tenían que prevalecer en cualquier tipo de competición.

El capitán del equipo de Strattenburg era Theodore Boone. Era el líder, el alma del grupo, la persona a quien recurrir cuando las cosas se ponían difíciles. Theo y los suyos nunca habían perdido una competición, aunque también es cierto que no siempre habían ganado. Dos meses atrás hubo un acalorado debate sobre el tema de elevar de dieciséis a dieciocho años la edad para obtener el permiso de conducir. En aquella ocasión se produjo un empate con el equipo de las chicas de Strattenburg.

Pero, en ese momento, Theo no estaba pensando en debates anteriores. Se encontraba sobre el escenario, sentado a una mesa plegable, con Aaron a un lado y Joey al otro. Los tres muchachos, vestidos con traje y corbata, presentaban un aspecto muy serio y elegante. Su mesa se hallaba frente a la del equipo de la Central. El señor Mount, amigo, tutor y asesor del grupo de debate de Theo, estaba hablando ante el micrófono:

—Y ahora, Theodore Boone pronunciará el alegato final de Strattenburg.

Theo miró al público. Su padre estaba sentado en la primera fila. Su madre, una abogada divorcista muy solicitada, tenía compromisos en el juzgado y no había podido asistir para ver a su hijo en acción. Detrás del señor Boone había una hilera de asientos ocupados por alumnas. Entre ellas estaban April Finnemore, una de las mejores amigas de Theo, y Hallie Kershaw, la chica más popular de octavo curso. Detrás de ellas había varias profesoras: madame Monique, oriunda de Camerún, que enseñaba español y era la segunda maestra favorita de Theo (después del señor Mount, claro); la señora Garman, que daba clases de geometría, y la señora Everly, que enseñaba inglés. Incluso la directora, la señora Gladwell, estaba allí. En general, podía decirse que había bastante público, al menos para tratarse de un concurso de debate. Si hubiera sido un partido de baloncesto o de fútbol americano, habría el doble de espectadores. Pero, claro, en esos equipos hay más de tres jugadores por bando. Y, francamente, ver esos encuentros es mucho más emocionante.

Theo intentaba no pensar en todas esas cosas, aunque le resultaba difícil. Un problema de asma le impedía participar en deportes de equipo, así que esa era su oportunidad para competir delante de la gente. A la mayoría de sus compañeros les aterrorizaba hablar en público, pero él disfrutaba del desafío. Justin podía driblar a uno pasando la pelota entre sus piernas y encestar canastas de tres puntos sin parar. Sin embargo, cuando tenía que hablar ante la clase, se volvía más tímido que un crío de cuatro años. Brian era el nadador de trece años más rápido de todo Strattenburg y exhibía la arrogancia confiada de un gran deportista. Pero cuando se ponía delante de un grupo de gente, parecía encogerse.

No era el caso de Theo. Theo no pasaba mucho tiempo en las gradas de los campos de deporte animando a sus compañeros. En vez de eso, prefería ir a las salas de los tribunales para ver las batallas judiciales que los abogados libraban delante de jueces y jurados. Algún día Theo sería un gran abogado. Y, aunque solo tenía trece años, ya había aprendido una lección muy valiosa: hablar en público era muy importante para triunfar en la vida. Pero no era una tarea fácil. De hecho, mientras se ponía en pie y se encaminaba hacia el atril con paso decidido, sentía un runrún en el estómago y el corazón le iba a cien por hora. Había leído historias acerca de cómo los grandes deportistas se preparaban antes de competir, y cómo muchos de ellos se ponían tan tensos y nerviosos que llegaban incluso a vomitar. Theo no tenía el estómago revuelto, pero sí sentía cierto temor e inquietud.

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